Génesis orgánica

 






GÉNESIS ORGÁNICA








La Génesis de Allan Kardec

Formación inicial de los seres vivos
Hubo un tiempo en que los animales no existían, de modo que estos han tenido un comienzo. Cada especie apareció a medida que el globo adquiría las condiciones necesarias para su existencia. Esto es indudable. Ahora bien, ¿cómo se formaron los primeros individuos de cada especie? Se entiende que desde que existió una primera pareja, los individuos se multiplicaron. Pero ¿de dónde salió esa primera pareja? Ese es uno de los misterios inherentes al principio de las cosas, respecto de los cuales sólo podemos enunciar hipótesis. Si la ciencia no está en condiciones aún de resolver por completo el problema, puede al menos encaminarse hacia la solución.

La primera cuestión que se presenta es esta: Cada especie animal, ¿salió de una pareja primitiva o de varias parejas creadas o, si se prefiere, que brotaron simultáneamente en diferentes lugares? 

Esta última suposición es la más probable, y se puede incluso decir que surge de la observación. En efecto, en cada especie hay una infinita variedad de géneros, que se distinguen por caracteres más o menos precisos. Hacía falta necesariamente al menos un tipo por cada variedad, adecuado al medio en que esta debía vivir, puesto que cada una se reproduce de manera idéntica. 

Por otro lado, la vida de un individuo, sobre todo de un individuo de una especie que hace su primera aparición, está sujeta a tantas vicisitudes, que una creación entera podría quedar comprometida sin la pluralidad de los tipos primitivos, lo cual no parece conforme a la previsión divina. Además, si un tipo pudo formarse en un lugar, no hay razón para que no haya podido formarse en muchos otros lugares, y por la misma causa.

Por último, la observación de las capas geológicas confirma la presencia, en terrenos de idéntica formación y en proporciones enormes, de las mismas especies en puntos del globo muy alejados entre sí. Esa multiplicación tan generalizada, y en cierto modo contemporánea, habría sido imposible con un único tipo primitivo.

Por consiguiente, todo concurre para probar que hubo una creación simultánea y múltiple de las primeras parejas de cada especie animal y vegetal.

En la suposición de que, por una causa cualquiera, la Tierra volviese a su estado primitivo de incandescencia, todo se descompondría; los elementos se separarían; todas las sustancias fusibles se fundirían; todas las que son volatilizables se volatilizarían. Posteriormente, un segundo enfriamiento determinaría una nueva precipitación, y de nuevo se formarían las antiguas combinaciones.

La ley que rige la formación de los minerales conduce naturalmente a la formación de los cuerpos orgánicos.

El análisis químico muestra que todas las sustancias vegetales y animales están compuestas por los mismos elementos que los cuerpos inorgánicos. De esos elementos, los que desempeñan un rol principal son el oxígeno, el hidrógeno, el nitrógeno y el carbono.

Los demás sólo se encuentran de manera eventual. Al igual que en el reino mineral, la diferencia de proporciones en la combinación de esos elementos produce todas las variedades de sustancias orgánicas y sus diversas propiedades, tales como los músculos, los huesos, la sangre, la bilis, los nervios, la sustancia cerebral y la grasa, en los animales; la savia, la madera, las hojas, los frutos, las esencias, los aceites, las resinas, etc., en los vegetales. Así, en la formación de los animales y las plantas no interviene ningún elemento especial que no se encuentre también en el reino mineral.

Puesto que los elementos constitutivos de los seres orgánicos y de los seres inorgánicos son los mismos, y que los vemos constantemente, en determinadas circunstancias, formar piedras, plantas y frutos, podemos inferir de ahí que los cuerpos de los primeros seres vivos se formaron, como las primeras piedras, por la reunión de las moléculas elementales, en virtud de la ley de afinidad, a medida que las condiciones de viabilidad del globo fueron propicias para tal o cual especie.


El principio vital
Cuando decimos que las plantas y los animales están formados por los mismos principios que constituyen los minerales, hay que entender esto en sentido exclusivamente material, pues sólo se trata del cuerpo. 

Sin referirnos al principio inteligente, que es una cuestión aparte, existe en la materia orgánica un principio especial, inaprensible, que aún no se ha podido definir: el principio vital. Ese principio, que está activo en el ser vivo, se ha extinguido en el ser muerto; pero no por eso deja de conferirle a la sustancia propiedades características que la distinguen de las sustancias inorgánicas. La química, que descompone y recompone la mayor parte de los cuerpos inorgánicos, también consiguió descomponer los cuerpos orgánicos, pero nunca llegó a reconstituir ni siquiera una hoja muerta, lo que constituye una prueba evidente de que existe en los seres orgánicos algo que no existe en los inorgánicos.

Al combinarse sin el principio vital, el oxígeno, el hidrógeno, el nitrógeno y el carbono sólo habrían formado un mineral o cuerpo inorgánico. Sin embargo, puesto que el principio vital modifica la constitución molecular de ese cuerpo, le confiere propiedades especiales y, en lugar de una molécula mineral, se obtiene una molécula de materia orgánica.

La actividad del principio vital es mantenida durante la vida mediante la acción del funcionamiento de los órganos, del mismo modo que el calor por el movimiento de rotación de una rueda. Al cesar esa acción con motivo de la muerte, el principio vital se extingue, al igual que el calor cuando la rueda deja de girar. No obstante, el efecto producido sobre el estado molecular del cuerpo por el principio vital subsiste hasta después de la extinción de ese principio, como la carbonización de la madera persiste después de que se ha extinguido el calor y la cesación del movimiento de la rueda. En el análisis de los cuerpos orgánicos, la química encuentra los elementos que los constituyen: oxígeno, hidrógeno, nitrógeno y carbono, pero no puede reconstituir aquellos cuerpos; dado que ya no existe la causa, le es imposible reproducir el efecto, mientras que sí puede reconstituir una piedra.


El hombre
Desde el punto de vista corporal y puramente anatómico, el hombre pertenece a la clase de los mamíferos, de los cuales difiere únicamente por algunos matices en la forma exterior. En cuanto a lo demás, posee la misma composición química de los animales, los mismos órganos, las mismas funciones y los mismos modos de nutrición, de respiración, de secreción y de reproducción. El hombre nace, vive y muere en las mismas condiciones y, cuando muere, su cuerpo se descompone como el de todo ser viviente. No hay en su sangre, ni en su carne, ni en sus huesos, un átomo de más ni de menos que en el cuerpo de los animales. Como estos, al morir devuelve a la tierra el oxígeno, el hidrógeno, el nitrógeno y el carbono que se habían combinado para formarlo, de modo que esos elementos, mediante nuevas combinaciones, van a formar nuevos cuerpos minerales, vegetales y animales. La analogía es tan grande que, cuando las experiencias no pueden hacerse en el propio hombre, sus funciones orgánicas se estudian en ciertos animales.

Por poco que se observe la escala de los seres vivos, desde el punto de vista del organismo, se reconoce que, desde el liquen hasta el árbol, y desde el zoófito hasta el hombre, existe una cadena que se eleva gradualmente sin solución de continuidad(1), y cuyos eslabones tienen, sin excepción, un punto de contacto con el eslabón precedente. Si se acompaña paso a paso la serie de los seres, podría decirse que cada especie es un perfeccionamiento, una transformación de la especie inmediatamente inferior. Dado que las condiciones del cuerpo del hombre son idénticas a las de los otros cuerpos, química y constitucionalmente, y dado que nace, vive y muere de la misma manera, también él debe de haberse formado en las mismas condiciones que los demás.

(1) Según la R.A.E. de la lengua “Sin solución de continuidad” significa “Sin interrupción”.


Aunque eso pueda costarle mucho a su orgullo, el hombre debe resignarse a no ver en su cuerpo material más que el último eslabón de la animalidad en la Tierra. Ese es el inexorable argumento de los hechos, contra el cual sería inútil protestar.

No obstante, cuanto más disminuye para él el valor del cuerpo, tanto más crece en importancia el principio espiritual. Si el primero lo nivela con los irracionales, el segundo lo eleva a una altura inconmensurable. Vemos el límite extremo del animal, pero no vemos el límite al que puede llegar el Espíritu del hombre. 

En eso el materialismo puede ver que el espiritismo, lejos de temer a los descubrimientos de la ciencia y su positivismo, va al encuentro de ellos y los provoca, porque tiene la certeza de que el principio espiritual, que tiene existencia propia, en nada será perjudicado.



El Libro de los Espíritus de Allan kardec

Formación de los seres vivos
¿Cuándo comenzó a poblarse la Tierra?
“Al principio todo era caos; los elementos estaban mezclados. Poco a poco cada cosa tomó su lugar. Entonces aparecieron los seres vivos adecuados al estado del globo.”

¿De dónde vinieron los seres vivos a la Tierra?
“La Tierra contenía los gérmenes que aguardaban el momento favorable para desarrollarse. Los principios orgánicos se congregaron tan pronto como cesó la fuerza que los mantenía separados, y formaron los gérmenes de todos los seres vivos. Esos gérmenes permanecieron en estado latente e inerte, como la crisálida y las semillas de las plantas, hasta el momento propicio para la eclosión de cada especie. Entonces los seres de cada especie se congregaron y se multiplicaron.”

¿Dónde estaban los elementos orgánicos antes de la formación de la Tierra?
“Se encontraban, por decirlo así, en estado de fluido en el espacio, en medio de los Espíritus, o en otros planetas, en espera de la creación de la Tierra para comenzar una nueva existencia en un nuevo mundo.”

La química nos muestra que las moléculas de los cuerpos inorgánicos se unen para formar cristales de una regularidad constante, según cada especie, tan pronto como se encuentran en las condiciones requeridas. La menor perturbación en esas condiciones basta para impedir la reunión de los elementos o, por lo menos, la disposición regular que constituye el cristal. ¿Por qué no habría de suceder lo mismo con los elementos orgánicos? Conservamos durante años simientes de plantas y de animales que sólo se desarrollan a una temperatura determinada y en un medio propicio. Se ha visto germinar granos de trigo después de muchos siglos. Hay, pues, en esas simientes, un principio latente de vitalidad, que sólo espera una circunstancia favorable para desarrollarse. Lo que sucede a diario ante nuestros ojos, ¿no habría podido existir desde el origen del globo? Esa formación de los seres vivos, que salen del caos por la fuerza misma de la naturaleza, ¿le resta algo a la grandeza de Dios? Lejos de eso, responde mejor a la idea que nos hacemos de su poder, el cual se ejerce en los mundos infinitos por medio de leyes eternas. Es cierto que esta teoría no resuelve la cuestión del origen de los elementos vitales. Con todo, Dios tiene sus misterios y ha puesto límites a nuestras investigaciones. 

¿Hay todavía seres que nacen de modo espontáneo? 
“Sí, pero el germen primitivo ya existía en estado latente. Todos los días sois testigos de ese fenómeno. ¿Acaso los tejidos del hombre y de los animales no contienen los gérmenes de una cantidad de gusanos que esperan, para nacer, la fermentación pútrida necesaria para su existencia? Es un pequeño mundo que dormita y que se crea.”


Poblamiento de la Tierra. Adán
La especie humana, ¿se encontraba entre los elementos orgánicos contenidos en el globo terrestre?
“Sí, y llegó a su tiempo. Por eso se ha dicho que el hombre se formó del lodo de la tierra.”

¿Podemos saber en qué época aparecieron el hombre y los demás seres vivos en la Tierra?
“No. Todos vuestros cálculos son quimeras.”

Si el germen de la especie humana se encontraba entre los elementos orgánicos del globo, ¿por qué no se forman hombres de modo espontáneo, como en su origen?
“El principio de las cosas forma parte de los secretos de Dios. Sin embargo, se puede decir que los hombres, una vez esparcidos en la Tierra, absorbieron en sí los elementos necesarios para su formación, a fin de transmitirlos según las leyes de la reproducción. Lo mismo ocurrió con las diferentes especies de seres vivos.”

La especie humana, ¿comenzó con un solo hombre?
“No. Aquel a quien llamáis Adán no fue el primero ni el único que pobló la Tierra.”

¿Podemos saber en qué época vivió Adán?
“Más o menos en la época que le asignáis: alrededor de 4000 años antes de Cristo.”

El hombre a quien la tradición ha conservado con el nombre de Adán fue uno de los que sobrevivieron, en una región, a algunos de los grandes cataclismos que en diversas épocas trastornaron la superficie del globo, y llegó a ser el tronco de una de las razas que hoy lo pueblan. Las leyes de la naturaleza no admiten que los progresos de la humanidad, comprobados mucho tiempo antes de Cristo, hayan podido realizarse en unos pocos siglos, como habría sucedido si el hombre sólo hubiese estado en la Tierra desde la época asignada a la existencia de Adán. Algunos consideran, con más razón, que Adán es un mito o una alegoría que personifica a las primeras edades del mundo.


Diversidad de las razas humanas
¿De dónde provienen las diferencias físicas y morales que distinguen a las diversas razas de hombres en la Tierra?
“Del clima, la vida y las costumbres. Lo mismo ocurre con dos hijos de una misma madre, quienes, educados lejos uno del otro y de modo diferente, no se parecerán en nada en el aspecto moral.”

El hombre, ¿surgió en varios puntos del globo?
“Sí, y en diversas épocas. Esa es una de las causas de la diversidad de razas. Más tarde, al dispersarse en diferentes regiones y unirse con otras razas, los hombres han formado nuevos tipos.”

Esas diferencias, ¿constituyen especies distintas?
“No, por cierto. Todas son de la misma familia. ¿Acaso las diferentes variedades de un mismo fruto impiden que este pertenezca a la misma especie?”

Si la especie humana no procede de un solo hombre, ¿deben por eso los hombres dejar de mirarse como hermanos?
“Todos los hombres son hermanos en Dios, porque están animados por el espíritu y tienden al mismo objetivo. Vosotros siempre queréis tomar las palabras al pie de la letra.”


AMOR, CARIDAD y TRABAJO







Revoluciones periódicas de la Tierra

 




REVOLUCIONES PERIÓDICAS DE LA TIERRA






La Génesis de Allan Kardec

Revoluciones periódicas
Además de su movimiento anual alrededor del Sol, que produce las estaciones; así como del movimiento de rotación sobre sí misma en 24 horas, del que resultan el día y la noche, la Tierra tiene un tercer movimiento, que se completa en aproximadamente 25.000 años (más exactamente en 25.868 años), y que produce el fenómeno designado en astronomía con el nombre de precesión de los equinoccios.

Ese movimiento, que no se podría explicar en unas pocas palabras sin la ayuda de figuras o sin una demostración geométrica, consiste en una especie de oscilación circular, que se ha comparado con la de un trompo bailando, debido al cual el eje de la Tierra, al cambiar de inclinación, describe un doble cono cuyo vértice está en el centro del planeta y cuyas bases abarcan la superficie circunscripta por los círculos polares, es decir, una amplitud de 23 grados y medio de radio. (1)

(1) Un reloj de arena, compuesto de dos ampolletas cónicas, girando sobre sí mismo en una posición inclinada; o dos palos cruzados en forma de X, girando sobre el punto de intersección, pueden dar una idea aproximada de la figura formada por ese movimiento del eje. (N. de Allan Kardec.)

El equinoccio es el instante en que el Sol, al pasar de un hemisferio al otro, se encuentra perpendicular al ecuador, lo que sucede dos veces por año, el 20 de marzo, cuando el Sol pasa al hemisferio boreal, y el 22 de septiembre, cuando regresa al hemisferio austral.

No obstante, a consecuencia del cambio gradual en la oblicuidad del eje, lo que acarrea otro cambio en la oblicuidad del ecuador sobre la eclíptica, el momento del equinoccio se adelanta cada año algunos minutos (25 minutos y 7 segundos). A este adelanto se lo denomina precesión de los equinoccios (del latín proecedere, ir hacia delante, compuesto de proe, adelante, y cedere, irse).

Con el transcurso del tiempo, esos pocos minutos suman horas, días, meses y años; de lo que resulta que el equinoccio de la primavera, que se produce actualmente en el mes de marzo, pasado cierto tiempo se verificará en febrero, después en enero, posteriormente en diciembre. Entonces el mes de diciembre tendrá la temperatura de marzo, y marzo la de junio, y así sucesivamente hasta que, al volver al mes de marzo, las cosas habrán de encontrarse en el estado actual, lo que ocurrirá después de 25.868 años, para comenzar indefinidamente la misma revolución. (2)

(2) La precesión de los equinoccios provoca otro cambio: el que se produce en la posición de los signos del zodíaco. La Tierra, que tarda un año en girar alrededor del Sol, cada mes se encuentra ante una nueva constelación. Estas son doce, a saber: Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpio, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis. Se denominan constelaciones zodiacales o signos del zodíaco, y forman un círculo en el plano del ecuador terrestre. De acuerdo con el mes del nacimiento de cada individuo, se decía que había nacido bajo tal o cual signo; de ahí los pronósticos de la astrología. No obstante, a raíz de la precesión de los equinoccios, ocurre que los meses ya no corresponden a las mismas constelaciones que hace 2000 años. Quien nace en el mes de julio ya no está en el signo de Leo, sino en el de Cáncer. De este modo se derrumba la idea supersticiosa ligada a la influencia de los signos. (Véase el Capítulo V, § 12.) (N. de Allan Kardec.)

De ese movimiento cónico del eje resulta que los polos de la Tierra no miran constantemente a los mismos puntos del cielo; que la Estrella Polar no será siempre estrella polar; que los polos gradualmente se inclinan más o menos hacia el Sol y reciben de él rayos más o menos directos. A eso se debe que Islandia y Laponia, por ejemplo, ubicadas en el círculo polar, podrán en algún momento recibir rayos solares como si estuviesen en la latitud de España e Italia y que, en la posición del extremo opuesto, España e Italia llegarán a tener la temperatura de Islandia y Laponia, y así sucesivamente a cada renovación del período de 25.000 años.

Las consecuencias de ese movimiento todavía no pudieron ser determinadas con precisión, porque sólo se ha podido observar una muy pequeña parte de su revolución. Al respecto, pues, sólo existen presunciones, algunas de las cuales tienen cierta probabilidad.

Esas consecuencias son:

1.º) El calentamiento y el enfriamiento alternativo de los polos y, en consecuencia, la fusión de los hielos polares durante la mitad del período de 25.000 años, así como su nueva formación durante la otra mitad de ese período. De ahí resulta que los polos no estarían condenados a una esterilidad perpetua, sino que les corresponde disfrutar a su vez de los beneficios de la fertilidad.

2.º) El desplazamiento gradual del mar, que de a poco invade algunas tierras y deja otras al descubierto, para de nuevo abandonarlas y regresar a su lecho anterior. Ese movimiento periódico, renovado indefinidamente, constituiría una verdadera marea universal de 25.000 años.

La lentitud con que se opera ese movimiento del mar hace que ese fenómeno resulte casi imperceptible para cada generación, si bien es observable al cabo de algunos siglos. No puede ocasionar ningún cataclismo súbito porque los hombres, de generación en generación, se retiran a medida que el mar avanza, así como avanzan sobre las tierras de las que el mar se retira. A esa causa, más que probable, algunos científicos atribuyen el alejamiento del mar en ciertas costas y su invasión en otras.

El desplazamiento lento, gradual y periódico del mar es un hecho comprobado por la experiencia y atestiguado por numerosos ejemplos en todos los puntos del globo. Su efecto es el mantenimiento de las fuerzas productivas de la Tierra. Esa prolongada inmersión constituye para los terrenos sumergidos un lapso de descanso, durante el cual recuperan los principios vitales agotados por una producción no menos dilatada. Los inmensos depósitos de materias orgánicas formados por la permanencia de las aguas durante siglos y siglos son abonos naturales renovados periódicamente, y las generaciones se suceden sin advertir esos cambios. (3)

(3) Entre los acontecimientos más recientes que demuestran el desplazamiento del mar se pueden citar los siguientes:

En el golfo de Gascogne, entre el viejo Soulac y la Torre de Cordouan, cuando el mar está calmo, se percibe en el fondo del agua partes de una muralla: se trata de los restos de la antigua e importante ciudad de Noviomagus, invadida por las olas en 580. El peñasco de Cordouan, que se encontraba por entonces pegado a la orilla, ahora está a 12 kilómetros.

En el mar de la Mancha, sobre la costa del Havre, las aguas ganan terreno día a día y minan los acantilados de Sainte-Adresse, que poco a poco se desmoronan. A dos kilómetros de la costa, entre Sainte-Adresse y el cabo de La Hève, se encuentra el banco del Èclat, que tiempo atrás se hallaba a la vista y pegado a tierra firme. Antiguos documentos demuestran que, en ese lugar, por sobre el cual actualmente se navega, existía la pequeña aldea de Saint-Denis-chef-de-Caux. Como el mar invadió el terreno en el siglo XIV, la iglesia quedó bajo las aguas en 1378. Hay quienes dicen que cuando hay buen tiempo se puede ver sus ruinas en el fondo del mar.

En casi toda la extensión del litoral de Holanda, el mar sólo está contenido mediante diques, que se rompen de tanto en tanto. El antiguo lago Flevo, que se unió con el mar en 1225, forma hoy el golfo de Zuyderzée. Esa irrupción del océano devoró varias poblaciones.

De acuerdo con esto, el territorio de París y de toda Francia habrá de ser un día ocupado nuevamente por el mar, como ya lo ha sido en muchas oportunidades, en concordancia con lo que muestran las observaciones geológicas. Entonces, las regiones montañosas formarán islas, como lo son ahora Jersey, Guernesey e Inglaterra, que antiguamente lindaban con el continente.

Se navegará por encima de regiones que actualmente se recorren con el ferrocarril; los barcos tendrán un puerto en Montmartre, en el monte Valeriano, en las colinas de Saint-Cloud o de Meudon; los bosques y las florestas que actualmente son lugares de paseo quedarán sepultados por las aguas, cubiertos de limo, y poblados de peces en vez de pájaros.

El diluvio bíblico no puede haber tenido esa causa, pues la invasión de las aguas fue repentina y su permanencia de breve duración, mientras que de otro modo esa permanencia habría sido de muchos miles de años, y se extendería hasta el presente, sin que los hombres lo hubieran notado. (N. de Allan Kardec.)


AMOR, CARIDAD y TRABAJO







El espacio

 




EL ESPACIO




La Génesis de Allan kardec

El espacio…
Para figurarnos, cuanto es posible hacerlo con nuestras limitadas facultades, la infinidad del espacio, supongamos que, partiendo de la tierra, perdida en medio de lo infinito, hacia un punto cualquiera del Universo, y esto con la prodigiosa velocidad de la chispa eléctrica, que recorre millares de leguas a cada segundo, apenas hemos dejado este globo y habiendo recorrido millones de leguas, nos encontramos en un sitio donde nuestro globo nos aparece bajo el aspecto de una pálida estrella. Un instante después, siguiendo la misma dirección llegamos hacia las estrellas lejanas, que apenas se distinguen desde la estación terrestre, y desde allí no solo no se distingue la tierra en las profundidades del cielo, sino que aun el Sol con todo su esplendor queda eclipsado por la distancia que de él nos separa. Animados siempre por la misma velocidad del relámpago, dejamos atrás sistemas de mundos a cada paso que avanzamos en la extensión, islas de luz etérea, vías estelíferas (estrelladas), regiones suntuosas donde Dios ha sembrado mundos con la misma profusión que hay flores en la primavera en las praderías terrestres.

Solo hace algunos minutos que vamos marchando y ya centenares de millones de millones de leguas, billones y trillones nos separan de la tierra, y millones y millones de mundos han pasado por nuestra vista, y, sin embargo, escuchad... no hemos avanzado un solo paso en el Universo.

Si continuamos durante años y siglos, y millones de períodos cien veces seculares, e incesantemente con la misma velocidad inicial, no por eso habremos adelantado más; y esto en cualquiera dirección que vayamos y hacia cualquier punto que nos dirigiésemos a partir de este grano invisible que llamamos tierra.

Eso es el espacio.


Los desiertos del espacio
Un desierto inmenso, sin límites, se extiende más allá de la aglomeración de estrellas que acabamos de mencionar, y la envuelve. Soledades suceden a soledades, e inconmensurables planicies de vacío se extienden a lo lejos. Los cúmulos de materia cósmica se encuentran aislados en el espacio como islas flotantes de un inmenso archipiélago. Si queremos apreciar de alguna forma la distancia enorme que separa al cúmulo de estrellas del que formamos parte, de otras aglomeraciones más cercanas, debemos saber que esas islas estelares se encuentran diseminadas y son escasas en el vasto océano de los cielos, y que la extensión que separa a unas de otras es incomparablemente mayor que la que mide sus respectivas dimensiones.

Ahora bien, como ya vimos, la nebulosa estelar mide, en números redondos, mil veces la distancia de las estrellas más próximas, es decir, unos cien mil trillones de leguas. La distancia que existe entre ellas, por ser mucho mayor, no podría ser expresada en números accesibles para la comprensión de nuestro espíritu. Sólo la imaginación, en sus concepciones más elevadas, es capaz de atravesar esa prodigiosa inmensidad, esas soledades mudas y privadas de toda apariencia de vida, y de encarar de algún modo la idea de esa infinidad relativa.

No obstante, ese desierto celeste que envuelve a nuestro universo sideral, y que parece extenderse como si se tratara del más lejano confín de nuestro mundo astral, es abarcado por la vista y el poder infinito del Altísimo, que, más allá de esos cielos de nuestros cielos, ha desarrollado la trama de su creación sin límites.

Más allá de esas vastas soledades, en efecto, mundos magnificentes irradian tanto como en las regiones accesibles a las investigaciones humanas; más allá de esos desiertos fluctúan espléndidos oasis en el límpido éter, y renuevan sin cesar las escenas admirables de la existencia y de la vida. Allá se suceden los conglomerados lejanos de sustancia cósmica, a los que la profunda mirada del telescopio entrevé a través de las regiones transparentes de nuestro cielo, y a los que dais el nombre de “nebulosas irresolubles”, las cuales os parecen ligeras nubes de polvo blanco, perdidas en un punto desconocido del espacio etéreo. Allá se revelan y se desarrollan mundos nuevos, cuyas condiciones variadas y diversas de las que son inherentes a vuestro globo, les confieren una vida que vuestras concepciones no pueden imaginar, ni vuestros estudios comprobar. Es allá donde fulgura en toda su plenitud el poder creador. Aquel que llega desde las regiones ocupadas por vuestro sistema, se depara con la acción de otras leyes, cuyas fuerzas rigen las manifestaciones de la vida. Y los nuevos caminos que se nos presentan en esas singulares regiones nos abren sorprendentes perspectivas.



Consideraciones morales
Nos acompañasteis en nuestras excursiones celestes, y visitasteis con nosotros las inmensas regiones del espacio. Ante nuestra mirada, los soles han sucedido a los soles, los sistemas a los sistemas, las nebulosas a las nebulosas; ante nuestros pasos se desplegó el panorama espléndido de la armonía del cosmos, y gozamos anticipadamente de la idea de lo infinito, a la que solamente de acuerdo con nuestra perfectibilidad futura podremos comprender en toda su extensión. Los misterios del éter nos desvelaron su enigma, hasta aquí indescifrable, y al menos concebimos la idea de la universalidad de las cosas. Es necesario que ahora nos detengamos a reflexionar.

No cabe duda de que es bueno haber reconocido cuán ínfima es la Tierra, y lo mediocre que resulta su importancia en la jerarquía de los mundos; es bueno haber abatido la presunción humana, que nos es tan apreciada, y habernos humillado ante la grandeza absoluta. No obstante, aún será más bueno que interpretemos en sentido moral el espectáculo del que hemos sido testigos. Deseo hablar del poder infinito de la naturaleza, y de la idea que nos debemos hacer de su modo de actuar en los diversos dominios del vasto universo.

Como estamos habituados a juzgar las cosas según nuestra pobre e insignificante morada, imaginamos que la naturaleza no ha podido o no ha debido actuar sobre los otros mundos más que de acuerdo con las reglas que conocemos en la Tierra. Ahora bien, es precisamente en ese punto que debemos reformar nuestro modo de ver.

Por un instante, echad una mirada sobre una región cualquiera de vuestro globo y sobre una de las producciones de vuestra naturaleza, ¿no reconocéis allí el sello de una variedad infinita y la prueba de una actividad sin par? ¿No veis en el ala de una avecilla de las Canarias, en el pétalo de un pimpollo de rosa entreabierto, la prodigiosa fecundidad de esa bella naturaleza? 

Que vuestros estudios sean aplicados a los seres que aletean en los aires, que desciendan hasta la violeta de los prados, que se sumerjan en las profundidades del océano, y en todo y por todas partes leeréis esta verdad universal: la naturaleza todopoderosa obra conforme a los lugares, los tiempos y las circunstancias; es una sola en su armonía general, aunque múltiple en sus producciones; juguetea con un sol tanto como con una gota de agua; puebla de seres vivos un mundo inmenso con la misma facilidad con que hace eclosionar el huevo depositado por la mariposa.

Ahora bien, si es tal la variedad que la naturaleza ha podido describirnos en todos los lugares de este pequeño mundo, tan estrecho, tan limitado, ¿cuánto más amplio debéis considerar ese modo de acción si evaluáis las perspectivas de los mundos enormes? ¿Cuánto más desarrollada y pujante habréis de reconocer su poderosa amplitud si la aplicáis en esos mundos maravillosos que, mucho más que la Tierra, dan testimonio de su incognoscible (insondable, impenetrable…) perfección?

No veáis, pues, en torno de cada uno de los soles del espacio, sólo sistemas planetarios semejantes al vuestro; no veáis en esos planetas sólo los tres reinos de la naturaleza que brillan alrededor vuestro. Pensad, por el contrario, que, así como ningún rostro de hombre es semejante a otro en todo el género humano, también una diversidad prodigiosa, inimaginable, ha sido esparcida por las moradas etéreas que flotan en el seno de los espacios.

Del hecho de que nuestra naturaleza animada comience en el zoófito y culmine en el hombre, que la atmósfera alimente la vida terrestre, que el elemento líquido la renueve sin cesar, que vuestras estaciones hagan que se sucedan en esa vida los fenómenos que las distinguen, no deduzcáis que los millones de millones de planetas que ruedan en la inmensidad sean semejantes a aquel en el que habitáis. Lejos de eso, aquellos difieren de acuerdo con las diferentes condiciones que les han sido prescriptas, y conforme al papel que le cupo a cada uno en el escenario del mundo. Son variadas piedras preciosas de un inmenso mosaico, flores diversas de un maravilloso jardín.



El Libro de los Espíritus de allan Kardec

Espacio universal
El espacio universal, ¿es infinito o limitado?
“Infinito. Suponle límites: ¿qué habría más allá? Eso confunde a tu razón, bien lo sé. Sin embargo, tu razón te dice que no puede ser de otro modo. Lo mismo ocurre con lo infinito en todas las cosas. En vuestro reducido ámbito no podéis comprenderlo.”

Si se supone que el espacio tiene un límite, por muy lejano que el pensamiento pueda concebirlo, la razón dice que más allá de ese límite hay algo, y así gradualmente hasta lo infinito, pues ese algo, aunque fuese el vacío absoluto, también sería espacio.

El vacío absoluto, ¿existe en alguna parte del espacio universal?
“No, nada está vacío. Lo que para ti es vacío se encuentra ocupado por una materia que escapa a tus sentidos y a tus instrumentos.”


AMOR, CARIDAD y TRABAJO







El escaso valor de la diminuta Tierra...

 



EL ESCASO VALOR DE LA DIMINUTA TIERRA Y POR ENDE DE SUS POBLADORES EN RELACIÓN CON EL INCONMESURABLE ESPACIO INFINITO



La Génesis de Allan Kardec

La Vía Láctea

Durante las hermosas noches estrelladas y sin luna, muchos han contemplado esa franja blanquecina que atraviesa el cielo de un extremo al otro, al que los antiguos denominaron Vía Láctea a causa de su apariencia lechosa. En los tiempos modernos, ese resplandor difuso ha sido exhaustivamente explorado por el telescopio, de modo que ese camino de polvo dorado, o ese río de leche de la mitología antigua, se ha transformado en un vasto campo de maravillas desconocidas. Las investigaciones de los observadores condujeron al conocimiento de su naturaleza y revelaron que allí, donde nuestra mirada errante apenas percibe una débil luminosidad, existen millones de soles más luminosos e importantes que el que ilumina nuestra tierra. 

En efecto, la Vía Láctea es una campiña matizada con flores solares y planetarias que brillan en toda su enorme extensión. Nuestro Sol y todos los cuerpos que lo acompañan forman parte de ese conjunto de mundos radiantes que componen la Vía Láctea. Con todo, a pesar de sus dimensiones gigantescas comparado con la Tierra, y a la magnitud de su imperio, el Sol apenas ocupa un lugar inapreciable en esa vasta creación. Pueden contarse unos treinta millones de soles semejantes a él que gravitan en esa inmensa región, apartados unos de otros por más de cien mil veces el radio de la órbita terrestre [Más de 3 trillones, 400 billones de leguas. (N. de Allan Kardec.)]. 

Mediante ese cálculo aproximado se puede evaluar la extensión de esa región sideral, así como la relación que existe entre nuestro sistema y la universalidad de los sistemas que ella contiene. Se puede, asimismo, evaluar la exigüidad del dominio solar y, a fortiori, el escaso valor de nuestra diminuta Tierra. ¡Qué sería entonces si se considerasen los seres que lo pueblan!

Digo “escaso valor” porque nuestras determinaciones se aplican no sólo a la extensión material, física, de los cuerpos que estudiamos –lo que sería poco–, sino también y sobre todo al estado moral en que se hallan como morada, y al grado que ocupan en la universal jerarquía de los seres. La Creación se muestra ahí en toda su majestad, creando y propagando alrededor del mundo solar, y en cada uno de los sistemas que lo rodean por doquier, las manifestaciones de la vida y la inteligencia. 

De ese modo, se conoce la posición que ocupan nuestro Sol y la Tierra en el mundo de las estrellas. Estas consideraciones ganarán aún mayor peso si reflexionamos sobre el estado mismo de la Vía Láctea, que, vista de lejos, en la inmensidad de las creaciones siderales, no representa más que un punto insignificante e inapreciable, porque no es más que una nebulosa estelar entre los millones de las que existen en el espacio. Si ella nos parece más vasta y rica que las otras, se debe a la exclusiva razón de que nos rodea y se desarrolla en toda su extensión ante nuestros ojos, mientras que las otras, perdidas en las profundidades insondables, apenas se dejan entrever. 

Ahora bien, si sabemos que la Tierra es nada o casi nada en el sistema solar; que este es nada o casi nada en la Vía Láctea; que esta, a su vez, es nada o casi nada en la universalidad de las nebulosas, y que incluso esa universalidad es muy poca cosa dentro del inconmensurable infinito, entonces comenzaremos a comprender qué es el globo terrestre.


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Evolución del alma espírita







EVOLUCIÓN DEL ALMA ESPÍRITA








Según las enseñanzas de los espíritus superiores, nuestra alma ha pasado por los seres inferiores de la creación, como alma vital e intelectual pero no como alma espírita, de acuerdo con la clasificación que se le da a la palabra alma en el tema II del libro titulado “Introducción al estudio de la Doctrina Espirita” en el que textualmente dice:

Evitaríase igualmente la confusión empleando la palabra alma en los tres casos (el alma como principio de la vida orgánica, el alma como principio de la inteligencia y el alma como un ser moral), añadiéndole un calificativo que especificase el punto de vista bajo el cual la consideramos o la aplicación que de ella se hace. Sería entonces una palabra genérica, representando al mismo tiempo el principio de la vida material, de la inteligencia y del sentido moral, y que se distinguiría por medio de un atributo, como el gas, por ejemplo, que se distingue añadiéndole las palabras hidrógeno, oxígeno o nitrógeno. Entonces se podría decir, y tal vez fuese lo mejor, el alma vital para el principio de la vida material, el alma intelectual para el principio de la inteligencia y el alma espírita para el principio de nuestra individualidad después de la muerte. Como se ve, todo esto es una cuestión de palabras, pero una cuestión muy importante para entenderse. Según eso, el alma vital sería común a todos los seres orgánicos: plantas, animales y hombres; el alma intelectual propia de los animales y hombres, y el alma espírita pertenecería solamente al hombre.


Las comunicaciones de los espíritus superiores sobre el paso de nuestra alma por los seres inferiores de la creación aparecen tanto el libro de La Génesis como en el Libro de los Espíritus de Allan Kardec, a saber:

La Génesis de Allan Kardec 
La creación universal
A aquellos que desean conocer, y se muestran humildes ante Dios, les diré, solicitándoles incluso que no deduzcan de mis palabras ningún sistema prematuro, que el Espíritu no llega a recibir la iluminación divina que le otorga, simultáneamente con el libre albedrío y la conciencia, la noción de sus elevados destinos, sin haber pasado por la serie de los seres inferiores, entre los cuales se elabora lentamente la individualidad. Sólo a partir del día en que el Señor imprime en su frente Su augusta señal, el Espíritu toma un lugar en el seno de las humanidades.
 
El Libro de los Espíritus de Allan Kardec
Los animales y el hombre
- Se ha dicho que el alma del hombre en su origen es el estado de infancia en la vida corporal, que apenas destella su inteligencia y que se ensaya en la vida; ¿dónde pasa el espíritu por esta primera fase?
«En una serie de existencias que precede al período que llamáis humanidad.»
- ¿Parece, pues, que el alma ha sido el principio inteligente de los seres inferiores de la creación?
«¿No hemos dicho que todo se encadena y tiende a la unidad de la naturaleza? En esos seres que estáis muy lejos de conocerlos en su totalidad, se elabora el principio inteligente, se individualiza poco a poco y se ensaya en la vida, como hemos dicho. Este es, hasta cierto punto, un trabajo preparatorio como el de la germinación, después del cual el principio inteligente experimenta una transformación y se convierte en espíritu. Entonces empieza para él el periodo de la humanidad, y con él la conciencia de su porvenir, la distinción del bien y del mal y la responsabilidad de sus actos, como después del período de la infancia viene el de la adolescencia, luego la juventud, y en fin la edad madura…»

 Y León Denis en su libro titulado: El problema del ser, del destino y del dolor, dice:
En la planta, la inteligencia dormita; en el animal, sueña; sólo en el hombre despierta, se conoce, se posee y se hace consciente...


En relación con el origen del cuerpo humano, en el libro La Génesis de Allan kardec se habla de una posible hipótesis, sobre la posible utilización del traje del mono para la primera vestidura como ser espiritual, según el siguiente texto:

Hipótesis sobre el origen del cuerpo humano
De la similitud existente en las formas exteriores de los cuerpos del hombre y el mono, ciertos fisiólogos dedujeron que el primero es una mera transformación del segundo. Esta hipótesis no tiene nada de imposible, y, si fuese cierta, la dignidad del hombre no sufriría por ello menoscabo alguno. Los cuerpos de los simios pudieron muy bien haber servido de vestimenta a los primeros espíritus humanos, necesariamente poco adelantados, que vinieron a encarnar en nuestro globo. El cuerpo del simio era más aproximado que el de ningún otro animal para satisfacer las necesidades y poder ejercitar las facultades de aquellos espíritus. En vez de crearse un vestido especial para el espíritu, éste encontró uno ya hecho. El espíritu ha podido vestir la piel del mono sin dejar de ser un espíritu humano, así como el hombre, aun cuando vista la piel de ciertos animales, continúa siendo hombre.

Hipótesis que podría ser afianzada por el hecho de que, si en los mundos superiores los animales están más evolucionados, según el texto siguiente extraído del Libro de los Espíritus, podrían haber sido utilizados para la vestidura de los primeros seres espirituales. Dicho texto dice:

- ¿Siguen los animales una ley progresiva como el hombre?
«Sí, y por esto en los mundos superiores, donde están más adelantados los hombres, lo están también los animales que tienen medios más desarrollados de comunicación; …»


¿Mas, realmente cuál sería el punto de partida del alma espiritual? En el Libro de los Espíritus hay una referencia a este punto que dice textualmente:
El punto de partida del espíritu es una de esas cuestiones que se refieren al principio de las cosas, y pertenece a los secretos de Dios. No es dado al hombre conocerlo de una manera absoluta, y en este punto, ha de limitarse a suposiciones y a sistemas más o menos probables. Los mismos espíritus están muy lejos de conocerlo todo, y sobre lo que no saben pueden también tener opiniones personales más o menos sensatas.


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Ciencia y religión según el espiritismo

 



CIENCIA y RELIGIÓN SEGÚN EL ESPIRITISMO





La Génesis de Allan Kardec
La doctrina espírita es el resultado de la enseñanza colectiva y concordante de los Espíritus.
 
La ciencia está llamada a constituir la génesis de acuerdo con las leyes de la naturaleza.
 
Dios prueba su grandeza y su poder a través de la inmutabilidad de sus leyes, y no mediante su derogación.
 
Para Dios, el pasado y el futuro son el presente.
 

Capítulo I
Caracteres de la revelación espírita
Así como la ciencia propiamente dicha tiene por objeto el estudio de las leyes del principio material, el objeto especial del espiritismo es el conocimiento de las leyes del principio espiritual. Ahora bien, como este último principio es una de las fuerzas de la naturaleza, que reacciona sin cesar sobre el principio material, al igual que este lo hace sobre aquel, se deduce de ahí que el conocimiento de uno no puede estar completo sin el conocimiento del otro; que el espiritismo y la ciencia se complementan; que la ciencia sin el espiritismo se halla imposibilitada de explicar ciertos fenómenos recurriendo solamente a las leyes de la materia, y que por haber prescindido del principio espiritual se encuentra con tantas dificultades; que el espiritismo sin la ciencia carecería de apoyo y de control, y podría equivocarse.
 
Los descubrimientos que realiza la ciencia, lejos de rebajar a Dios, lo glorifican; sólo destruyen lo que los hombres han edificado sobre las falsas ideas que se formaron acerca de Dios.
 
 
Capítulo IV
El rol de la ciencia en la génesis
La historia del origen de casi todos los pueblos antiguos se confunde con la de la religión que profesaban, razón por la cual sus primeros libros han sido de carácter religioso. Y como todas las religiones están ligadas al principio de las cosas, que también es el de la humanidad, ellas dieron, sobre la formación y el ordenamiento del universo, explicaciones acordes con el estado de los conocimientos de la época y de sus fundadores. De ahí resultó que los primeros libros sagrados han sido al mismo tiempo los primeros libros de ciencia, así como fueron, durante un extenso período, el único código de las leyes civiles.
 
La religión era entonces un freno poderoso para gobernar. Los pueblos se sometían de buen grado a los poderes invisibles, en nombre de los cuales se los subyugaba, y de los cuales los gobernantes se decían mandatarios, en caso de que no se hicieran pasar por iguales a esos mismos poderes.
 
Para dar más fuerza a la religión era necesario presentarla como absoluta, infalible e inmutable, sin lo cual hubiera perdido su ascendiente sobre seres casi brutos, en quienes apenas nacía la razón. No había que discutirla, como tampoco las órdenes del soberano; de ahí el principio de la fe ciega y de la obediencia pasiva, que así tuvieron, al principio, su razón de ser y su utilidad. Además, la veneración de los libros sagrados, casi siempre virtualmente descendidos del cielo o inspirados por la divinidad, imposibilitaba todo examen de los mismos.
 
En los tiempos primitivos, los medios de observación eran necesariamente muy imperfectos, de modo que las primeras teorías acerca del sistema del mundo debían estar plagadas de errores groseros. Sin embargo, aunque esos medios hubieran sido tan completos como lo son hoy, los hombres no habrían sabido emplearlos. Por otra parte, tales medios no podían ser más que el fruto del desarrollo de la inteligencia y del consiguiente conocimiento de las leyes de la naturaleza. A medida que el hombre adelantó en el conocimiento de esas leyes, fue penetrando los misterios de la Creación y rectificó las ideas que se había formado acerca del origen de las cosas.
 
Así como para comprender y definir el movimiento correlativo de las agujas de un reloj es preciso conocer las leyes que presiden su mecanismo, apreciar la naturaleza de los materiales y calcular la potencia de las fuerzas activas, para comprender el mecanismo del universo es preciso conocer las leyes que rigen todas las fuerzas puestas en acción en ese vasto conjunto.
 
El hombre se mostró impotente para resolver el problema de la Creación hasta el momento en que la ciencia le ofreció la clave para hacerlo. Fue preciso que la astronomía le abriese las puertas del espacio infinito y le permitiese sumergir en él su mirada; que mediante el poder del cálculo pudiese determinar con rigurosa precisión el movimiento, la posición, el volumen, la naturaleza y el rol de los cuerpos celestes; que la física le revelase las leyes de la gravitación, del calor, de la luz y de la electricidad, así como el poder de esos agentes sobre la naturaleza entera, y la causa de los innumerables fenómenos que de ellos resultan; que la química le enseñase las transformaciones de la materia, y la mineralogía las materias que forman la corteza del planeta; que la geología le enseñase a leer en las capas terrestres la formación gradual de ese mismo globo. La botánica, la zoología, la paleontología y la antropología habrían de iniciarlo en la filiación y en la sucesión de los seres organizados. Con la arqueología, el hombre pudo seguir las huellas de la humanidad a través de las épocas. En suma, todas las ciencias, complementándose unas a otras, debían hacer un aporte indispensable para el conocimiento de la historia del mundo. A falta de esas contribuciones, el hombre sólo tenía como guía sus primeras hipótesis.
 
Por eso, antes de que el hombre dominara aquellos elementos de apreciación, todos los investigadores de la génesis, cuya razón se topaba con imposibilidades materiales, giraban dentro de un mismo círculo, sin que pudieran salir de él. Sólo lo lograron cuando la ciencia abrió camino haciendo una brecha en el vetusto edificio de las creencias. Entonces todo cambió de aspecto. Una vez que se encontró el hilo conductor, pronto se superaron las dificultades. En lugar de una génesis imaginaria, surgió una génesis positiva y, de cierto modo, experimental. El campo del universo se amplió hasta lo infinito. Se descubrió que la Tierra y los astros se formaron gradualmente, conforme a leyes eternas e inmutables, leyes que dan, acerca de la grandeza y la sabiduría de Dios, un testimonio muy superior al de una creación milagrosa, extraída repentinamente de la nada, como un cambio escénico, por efecto de una idea súbita que se le presentó a la Divinidad después de permanecer una eternidad en la inacción.
 
Puesto que es imposible que se conciba la génesis sin los datos proporcionados por la ciencia, se puede decir con absoluta verdad que la ciencia está llamada a componer la verdadera génesis, según las leyes de la naturaleza.
 
En el punto al que llegó en el siglo diecinueve, ¿consiguió la ciencia resolver todas las dificultades del problema de la génesis?
 
No, por cierto; pero es indiscutible que demolió definitivamente todos los errores capitales, y asentó sus fundamentos más esenciales sobre datos irrecusables. Los puntos todavía dudosos sólo son, para hablar con propiedad, cuestiones de detalles, cuya solución, sea cual fuere en el futuro, no podrá disminuir el valor del conjunto. Además, a pesar de los recursos que la ciencia ha tenido a su disposición, hasta ahora le faltó un elemento importante, sin el cual jamás podría completarse la obra.
 
De todas las génesis antiguas, la que más se aproxima a los datos de la ciencia moderna, a pesar de los errores que contiene, demostrados hoy de modo evidente, es indiscutiblemente la de Moisés. Algunos de esos errores son incluso más aparentes que reales, y provienen, ya sea de la falsa interpretación atribuida a ciertas palabras, cuyo primitivo significado se perdió al pasarlo de una lengua a otra en la traducción, o cuya acepción cambió junto con las costumbres de los pueblos, o bien de la forma alegórica propia del estilo oriental, que fue tomada al pie de la letra en vez de que se le buscara el sentido.
 
La Biblia, evidentemente, narra hechos que la razón, desarrollada por la ciencia, hoy no podría admitir, así como también otros que parecen extraños y a los que rechazamos, porque aluden a costumbres que ya no son las nuestras. Sin embargo, a la par de eso, habría parcialidad si no se reconociera que contiene cosas grandes y hermosas. La alegoría ocupa en ella un espacio considerable, y oculta bajo su velo sublimes verdades, que son descubiertas cuando se penetra hasta la esencia del pensamiento, pues en ese caso el absurdo se desvanece.
 
¿Por qué, entonces, no se le quitó antes ese velo? De un lado, por la falta de los conocimientos que sólo la ciencia y una filosofía sana podían proporcionar, y por otro lado, por el principio de la inmutabilidad absoluta de la fe, consecuencia de un respeto demasiado ciego a la letra, ante el cual la razón debía inclinarse, así como por el temor a comprometer el andamiaje de las creencias, erigido sobre el sentido literal. Como esas creencias partían de un punto primitivo, se temió que, si se quebraba el primer eslabón de la cadena, todas las mallas de la red acabarían por disgregarse.
 
Al llevar sus investigaciones hasta las entrañas de la Tierra y las profundidades de los cielos, la ciencia demostró de manera irrefutable los errores de la génesis mosaica tomada al pie de la letra, así como la imposibilidad material de que los acontecimientos hayan sucedido tal como se relatan textualmente en el Génesis. Al proceder de ese modo, la ciencia asestó un profundo golpe a las creencias seculares. La fe ortodoxa se intranquilizó, porque creyó que le quitaban la piedra fundamental. No obstante, ¿quién tenía de su lado a la razón? ¿Acaso la tenía la ciencia, que avanzaba con prudencia y progresivamente sobre el sólido terreno de los guarismos y la observación, sin afirmar nada antes de tener las pruebas en la mano; o un relato escrito en una época en la que no existían en absoluto los medios de observación? Al fin de cuentas, ¿quién debe vencer, el que sostiene que dos más dos son cinco y rechaza una verificación, o el que afirma que dos más dos son cuatro y prueba lo que dice?
 
Se objetará, en ese caso, que, si la Biblia es una revelación divina, entonces Dios se equivocó. Y si no es una revelación divina, entonces deja de tener autoridad, de modo que la religión se derrumba por falta de base.
 
Una de dos: la ciencia está en un error, o tiene razón. Si tiene razón, no puede hacer que sea verdadera una opinión que es contraria a lo que ha demostrado. No hay revelación que pueda prevalecer sobre la autoridad de los hechos.
 
No cabe duda de que Dios, que es todo verdad, no puede inducir a los hombres a error, ni a sabiendas ni sin saberlo, pues de lo contrario no sería Dios. Por lo tanto, si los hechos contradicen las palabras que se le atribuyen, es preciso concluir por lógica que Él no las pronunció, o que esas palabras han sido interpretadas en un sentido opuesto al que les corresponde.
 
Si con esas contradicciones la religión sufre algún daño, la culpa no es de la ciencia, que no puede hacer que lo que es deje de serlo, sino de los hombres, por haber establecido prematuramente dogmas absolutos, de los cuales hicieron una cuestión de vida o muerte, a partir de hipótesis susceptibles de que fueran desmentidas por la experiencia.
 
Hay cosas a cuyo sacrificio debemos resignarnos, lo queramos o no, cuando no es posible evitarlo. Cuando el mundo avanza, sin que la voluntad de unos pocos pueda detenerlo, lo más sensato es que lo acompañemos y nos adaptemos al nuevo estado de cosas, en vez de aferrarnos al pasado y correr el riesgo de que nos arrastre en su caída.
 
Por respeto a los textos que se consideran sagrados, ¿se debería obligar a la ciencia a que guarde silencio? Sería algo tan imposible como pretender que la Tierra deje de girar. Las religiones, sean cuales fueren, nunca ganaron nada defendiendo errores evidentes. La ciencia tiene por misión descubrir las leyes de la naturaleza. Ahora bien, como esas leyes son obra de Dios, no pueden ser contrarias a las religiones que se basan en la verdad. La ciencia cumple su misión forzosamente y como consecuencia natural del desarrollo de la inteligencia humana, que también es obra divina, y no avanza más que con el permiso de Dios, en virtud de las leyes progresivas que Él ha establecido. Así pues, imponer el anatema al progreso, porque atenta contra la religión, equivale a ir contra la voluntad de Dios. Más aún, es un esfuerzo inútil, porque ni siquiera todos los anatemas del mundo podrían impedir que la ciencia avance y que la verdad se abra camino. Si la religión se niega a avanzar junto con la ciencia, esta avanzará a solas.
 
Solamente las religiones estancadas pueden temer a los descubrimientos de la ciencia. Esos descubrimientos sólo son funestos para aquellas que consienten en distanciarse de las ideas progresivas y se inmovilizan en el absolutismo de sus creencias. Por lo general, se forman de la Divinidad una idea tan mezquina, que no comprenden que asimilar las leyes de la naturaleza reveladas por la ciencia es glorificar a Dios en sus obras. En su ceguera, prefieren rendir homenaje al Espíritu del mal. Una religión que no estuviese, acerca de ningún punto, en contradicción con las leyes de la naturaleza, no tendría nada que temer al progreso, y sería invulnerable.
 
La génesis comprende dos partes: la historia de la formación del mundo material, y la de la humanidad considerada en su doble principio, corporal y espiritual. La ciencia se ha limitado a la investigación de las leyes que rigen la materia. En el hombre, incluso, sólo ha estudiado la envoltura carnal. En ese aspecto, llegó a comprender, con precisión irrefutable, las partes fundamentales del mecanismo del universo y del organismo humano. Así, sobre ese punto principal, está en condiciones de completar la génesis de Moisés y rectificar sus partes defectuosas.
 
Pero la historia del hombre, considerado como ser espiritual, se relaciona con un orden especial de ideas que no es del dominio de la ciencia propiamente dicha, y del cual, por ese motivo, no constituye un objeto de sus investigaciones. La filosofía, a cuyas atribuciones pertenece más particularmente ese género de estudios, apenas ha formulado sobre el punto en cuestión sistemas contradictorios, que van desde la más pura espiritualidad hasta la negación del principio espiritual e incluso de Dios, sin otras bases aparte de las ideas personales de sus autores. Así pues, ha dejado sin solución el asunto, por falta de un examen suficiente.
 
Esta cuestión, sin embargo, es para el hombre la más importante, porque incluye el problema de su pasado y de su porvenir, mientras que la relativa al mundo material sólo lo afecta indirectamente. Lo que le importa saber, ante todo, es de dónde viene y hacia dónde va, así como si ya ha vivido, si volverá a vivir, y cuál es el destino que le está reservado.
 
Sobre todas estas cuestiones la ciencia permanece muda. La filosofía apenas emite opiniones que concluyen en un sentido diametralmente opuesto, pero que al menos admite su discusión, lo que hace que muchas personas se ubiquen de su lado antes que seguir junto a la religión, que no discute.
 
Todas las religiones coinciden en cuanto al principio de la existencia del alma, aunque no lo demuestren. Pero no concuerdan en lo que respecta al origen del alma, ni a su pasado y su porvenir, ni principalmente, y eso es lo esencial, a las condiciones de las que depende su destino futuro. En su mayoría, en relación con el futuro del alma, presentan un cuadro que imponen a la creencia de sus adeptos, que sólo con la fe ciega se puede aceptar, pero que no ofrece condiciones para soportar un examen serio. Como el destino que las religiones enuncian para el alma está ligado, en sus dogmas, a las ideas que se formaban en los tiempos primitivos sobre el mundo material y el mecanismo del universo, ese destino no es compatible con el estado actual de los conocimientos. Por consiguiente, como forzosamente perderían al aceptar el examen y la discusión, las religiones encuentran más sencillo proscribir a los dos.
 
Esas divergencias en lo atinente al porvenir del hombre generan la duda y la incredulidad. No podía ser de otro modo. Dado que cada religión pretende ser la única dueña de la verdad, y que se contradicen unas a otras, sin ofrecer pruebas suficientes de sus aserciones como para reunir a la mayoría, el hombre, ante la indecisión, se ha replegado en el presente. Con todo, la incredulidad da lugar a un penoso vacío. El hombre encara con ansiedad lo desconocido, donde tarde o temprano fatalmente tendrá que ingresar. La idea de la nada lo paraliza. Su conciencia le dice que más allá del presente hay algo que le está reservado. Pero ¿qué será? Su razón, desarrollada, ya no le permite seguir admitiendo las narraciones con que lo arrullaron en la infancia, ni tomar la alegoría por la realidad. ¿Cuál es el sentido de esa alegoría? La ciencia rasgó una punta del velo, pero no ha revelado lo que al hombre más le interesa saber. Él pregunta en vano, pero ella nada le responde de un modo decisivo que pueda calmar sus temores. Por todas partes se topa con una afirmación que se opone a una negación, sin que ni de un lado ni del otro se presenten pruebas positivas. De ahí la incertidumbre, y la incertidumbre acerca de las cosas de la vida futura hace que el hombre se arroje, poseído por una especie de frenesí, sobre las cosas de la vida material.
 
Ese es el inevitable efecto de las épocas de transición: se derrumba el edificio del pasado, sin que todavía esté construido el del porvenir. El hombre se asemeja al adolescente que ya no tiene la creencia ingenua de sus primeros años, pero tampoco posee los conocimientos de la edad madura. Apenas siente vagas aspiraciones que no sabe definir.
 
Si la cuestión del hombre espiritual ha permanecido hasta ahora en estado de teoría, se debe a que faltaban los medios de observación directa, que sí estaban disponibles para comprobar el estado del mundo material, de modo que el campo permaneció abierto a las especulaciones del espíritu humano. Mientras el hombre no conoció las leyes que rigen la materia ni pudo aplicar el método experimental, pasó de sistema en sistema en lo relativo al mecanismo del universo y a la formación de la Tierra. Lo que ocurrió en el orden físico ocurrió también en el orden moral. Para fijar las ideas faltó el elemento esencial: el conocimiento de las leyes que rigen el principio espiritual. Ese conocimiento estaba reservado a nuestra época, como el de las leyes de la materia fue obra de los dos últimos siglos.
 
Hasta el presente, el estudio del principio espiritual, comprendido dentro de la metafísica, fue puramente especulativo y teórico. En el espiritismo es absolutamente experimental. Con la ayuda de la facultad mediúmnica, actualmente más desarrollada y, sobre todo, generalizada y mejor estudiada, el hombre se encontró en posesión de un nuevo instrumento de observación. La mediumnidad ha sido para el mundo espiritual lo que el telescopio representó para el mundo astral o el microscopio para el de los seres infinitamente pequeños. Ha permitido que se explorasen, que se estudiasen, por así decirlo, de visu (1), las relaciones de aquel mundo con el mundo corporal; que en el hombre vivo se diferenciase el ser inteligente del ser material, y que se los observara actuando separadamente. Una vez establecidas las relaciones con los habitantes del mundo espiritual, ha sido posible seguir al alma en su trayectoria ascendente, en sus migraciones, en sus transformaciones. En síntesis, se pudo estudiar el elemento espiritual. Eso era lo que les faltaba a los anteriores investigadores de la génesis para que comprendieran y rectificaran sus errores.
 
(1)  Locución latina que significa “por haberse visto”. (N. del T.)
 
Dado que se hallan en incesante contacto, el mundo espiritual y el mundo material son solidarios entre sí, y ambos tienen su parte activa en la génesis. Sin el conocimiento de las leyes que rigen al primero, sería imposible elaborar una génesis completa, así como un escultor está impedido de dar vida a una estatua. Sólo ahora, aunque ni la ciencia material ni la ciencia espiritual hayan pronunciado la última palabra, el hombre posee los dos elementos adecuados para arrojar luz sobre este inconmensurable problema. Le resultaban absolutamente necesarias esas dos claves para llegar a una solución, al menos aproximada. En cuanto a la solución definitiva, quizás nunca sea dado al hombre encontrarla en la Tierra, porque hay cosas que son secretos de Dios.

 
 
El evangelio según el espiritismo de Allan Kardec
CAPÍTULO I
Alianza de la ciencia con la religión
La ciencia y la religión son las dos palancas de la inteligencia humana. Una revela las leyes del mundo material; la otra, las leyes del mundo moral. Con todo, dado que ambas tienen el mismo principio, que es Dios, no pueden contradecirse. Si una fuera la negación de la otra, entonces necesariamente una estaría equivocada y la otra tendría razón, porque no es posible que Dios quiera destruir su propia obra. La incompatibilidad que se ha creído ver entre esos dos órdenes de ideas se debe a una falta de observación y al sobrado exclusivismo de una y otra parte. De ahí el conflicto del que han nacido la incredulidad y la intolerancia.
 
Han llegado los tiempos en que las enseñanzas de Cristo deben recibir su complemento; en que el velo arrojado a propósito sobre algunas partes de esa enseñanza debe ser levantado. Han llegado los tiempos en que la ciencia deje de ser exclusivamente materialista y tome en cuenta el elemento espiritual; en que la religión deje de ignorar las leyes orgánicas e inmutables de la materia, y en que ambas fuerzas, apoyadas la una en la otra y avanzando en armonía, se presten mutuo apoyo.
 
La ciencia y la religión no han podido ponerse de acuerdo hasta hoy porque, como cada una miraba las cosas desde su exclusivo punto de vista, se rechazaban mutuamente. Faltaba algo que llenara el vacío que las separaba, un lazo de unión que las aproximara. Ese lazo de unión está en el conocimiento de las leyes que rigen el mundo espiritual y las relaciones de este con el mundo corporal, leyes tan inmutables como las que regulan el movimiento de los astros y la existencia de los seres. Una vez que esas relaciones fueron constatadas mediante la experiencia, se hizo una nueva luz: la fe se dirigió a la razón, la razón no encontró nada ilógico en la fe, y el materialismo fue derrotado. No obstante, en esto, como en todo, hay personas que quedan rezagadas, hasta que las arrastra el movimiento general, que las aplastaría si quisieran resistirse en vez de acompañarlo. En este momento se produce una verdadera revolución moral, que incide sobre los espíritus. Después de haberse preparado durante más de dieciocho siglos, alcanza su plena realización, y señalará una nueva era para la humanidad. Las consecuencias de esa revolución son fáciles de prever: habrá de introducir inevitables modificaciones en las relaciones sociales. Nadie tendrá fuerzas para oponerse a ellas, porque forman parte de los designios divinos y son la consecuencia de la ley del progreso, que es una ley de Dios.

 
 
El libro de los espíritus de Allan Kardec
Libro primero – Capítulo II
Conocimiento del principio de las cosas
17. ¿Es dado al hombre conocer el principio de las cosas?
“No, Dios no permite que todo sea revelado al hombre en la Tierra.”
 
18. El hombre, ¿penetrará algún día el misterio de las cosas ocultas?
“El velo se levanta ante él a medida que se purifica. No obstante, para comprender ciertas cosas necesita facultades que no posee aún.”
 
19. ¿No puede el hombre, por medio de las investigaciones de la ciencia, penetrar algunos de los secretos de la naturaleza?
“La ciencia ha sido dada al hombre para su adelanto en todas las cosas, pero él no puede sobrepasar los límites que Dios ha fijado.”
 
Cuanto más es dado al hombre penetrar en esos misterios, tanto mayor debe ser su admiración por el poder y la sabiduría del Creador. Sin embargo, ya sea por orgullo o por debilidad, su propia inteligencia suele hacerlo juguete de la ilusión. Amontona sistema sobre sistema y cada día que pasa le muestra cuántos errores ha tomado por verdades y cuántas verdades ha rechazado como errores. Esas son otras tantas decepciones para su orgullo.
 
20. Fuera de las investigaciones de la ciencia, ¿es dado al hombre recibir comunicaciones de un orden más elevado sobre lo que escapa al testimonio de sus sentidos?
“Sí, si Dios lo juzga útil puede revelar lo que la ciencia no llega a conocer.”
 
Por medio de estas comunicaciones el hombre adquiere, dentro de ciertos límites, el conocimiento de su pasado y de su destino futuro.
 
 
AMOR, CARIDAD y TRABAJO