Teoría de la presciencia o conocimiento de las cosas futuras.






Teoría de la presciencia o
conocimiento de las cosas futuras,
según el espiritismo.




La génesis, los milagros y las profecías según el espiritismo de Allan kardec
CAPÍTULO XVI
Teoría de la presciencia

1. – ¿Cómo es posible el conocimiento del futuro? Es lógico que se prevean los acontecimientos que habrán de ser consecuencia del estado presente, pero no los que no tienen con éste relación alguna, y menos aun los que se atribuyen al acaso. Se suele decir que las cosas futuras no existen, que todavía se encuentran en la nada. ¿Cómo, entonces, es posible saber que sucederán? Con todo, son muy numerosos los casos de predicciones que se cumplen, lo que nos lleva a la conclusión de que ahí se da un fenómeno para cuya explicación falta la clave, visto que no hay efecto sin causa. Esa causa es la que intentaremos descubrir, y el espiritismo, que es de por sí la clave de tantos misterios, nos la proveerá, mostrándonos también que el hecho de las predicciones no es incompatible con las leyes naturales.

Tomemos, a modo de comparación, un ejemplo de las cosas usuales, que nos ayudará a hacer que se comprenda el principio que nos proponemos dilucidar.

2. – Supongamos que un hombre ubicado en lo alto de una montaña contempla la vasta extensión de una llanura. En esa situación, la distancia de una legua le resultará poca cosa, y fácilmente podrá abarcar, con una sola mirada, todos los accidentes del terreno, desde el comienzo hasta el final del camino. Por su parte, un viajero que recorra ese camino por primera vez sabrá que si avanza llegará a destino, lo que constituye una simple previsión de la consecuencia que habrá de tener su marcha; pero los accidentes del terreno, las subidas y las bajadas, los ríos que deberá cruzar, los bosques que atravesará, los precipicios en que podría caer, los ladrones que lo acechan para robarle, las casas hospitalarias donde podrá descansar, todo eso es independiente de su persona, y constituye para él lo desconocido, el futuro, porque su vista no va más allá de la pequeña zona que lo rodea. En cuanto a la duración, la mide por el tiempo que emplea en recorrer el camino. Si se suprimieran los puntos de referencia, la duración desaparecería. En cambio, para el hombre que está en la cima de la montaña y que sigue al viajero con la mirada, todo aquello es el presente. Supongamos que ese hombre vaya al encuentro del viajero y le diga: “En determinado momento encontrarás tal cosa, serás atacado, pero recibirás auxilio”. Estará prediciendo el futuro; para el viajero es el futuro; para el hombre de la montaña ese futuro es el presente.


3. – Ahora, si saliéramos del ámbito de las cosas puramente materiales, y nos introdujéramos con el pensamiento en el dominio de la vida espiritual, veríamos que ese fenómeno se produce en mayor escala. Los Espíritus desmaterializados son como el hombre de la montaña: el espacio y la duración no existen para ellos. Pero la extensión y la penetración de su vista son proporcionales a la pureza y a la elevación que han alcanzado en la jerarquía espiritual. Ellos son, en relación con los Espíritus inferiores, como hombres provistos de un poderoso telescopio, al lado de otros que apenas disponen de los ojos. En los Espíritus inferiores la visión está circunscripta, no sólo porque ellos difícilmente pueden alejarse del mundo en el que están cautivos, sino también porque la densidad de sus periespíritus actúa como un velo en relación con las cosas distantes, del mismo modo que la niebla las oculta para los ojos del cuerpo.

Por lo tanto, se comprende que, de conformidad con el grado de perfección, un Espíritu pueda abarcar un período de algunos años, de algunos siglos e incluso de muchos miles de años, porque, ¿qué es un siglo en relación con lo infinito? Los acontecimientos no se desarrollan en sucesión delante de él, como las irregularidades del camino delante del viajero, sino que ve simultáneamente el comienzo y el fin del período. Todos los acontecimientos que en ese período constituyen el porvenir para el hombre de la Tierra, son el presente para él, de modo que podría venir a decirnos con certeza: “determinada cosa ocurrirá en tal momento”, porque él ve esa cosa como el hombre de la montaña ve lo que le espera al viajero en el transcurso de su viaje. Si no lo hace, se debe a que el conocimiento del futuro podría resultar perjudicial para el hombre; obstaculizaría su libre albedrío; lo paralizaría en el trabajo que le corresponde cumplir a favor de su progreso. El bien y el mal que lo aguardan, al mantenerse como una incógnita, constituyen una prueba para él.

Si esa facultad, aunque restringida, puede incluirse entre los atributos de la criatura humana, ¿qué grado de poder no habrá de alcanzar en el Creador, que abarca el infinito? Para Dios, el tiempo no existe: el comienzo y el fin de los mundos constituyen el presente. Dentro de ese inmenso panorama, ¿qué representa la duración de la vida de un hombre, de una generación, de un pueblo?


4. – No obstante, como el hombre debe cooperar al progreso general, y ciertos acontecimientos tienen que ser el resultado de su colaboración, es conveniente que en ciertos casos presienta esos acontecimientos, a fin de que haga sus planes y esté listo para actuar cuando llegue el momento propicio. Por eso Dios permite, en ocasiones, que se levante una punta del velo; pero siempre con un fin útil, y nunca para satisfacer una curiosidad vana. Esa misión no puede ser confiada a todos los Espíritus, pues los hay que no conocen el futuro mejor que los hombres, sino a Espíritus suficientemente adelantados para cumplirla. Ahora bien, es oportuno observar que las revelaciones de ese orden siempre se hacen espontáneamente, y nunca, o al menos muy raramente, en respuesta a una pregunta directa.


5. – Esa misión puede también ser confiada a determinados hombres, de la siguiente manera:

Aquel a quien se le ha confiado el encargo de revelar algo oculto puede recibir, sin proponérselo, la inspiración de los Espíritus que saben de qué se trata, y entonces lo transmite automáticamente, sin comprender lo que hace. Se sabe además que, tanto durante el sueño como en el estado de vigilia (despiertos), en los éxtasis de la doble vista (1),  el alma se desprende y adquiere en un grado más o menos elevado las facultades del Espíritu libre. Si se trata de un Espíritu adelantado y, sobre todo, si ha recibido como los profetas una misión especial en ese sentido, gozará, en los momentos de emancipación del alma, de la facultad de abarcar por sí mismo un período más o menos extenso, y verá, como presentes, los acontecimientos de ese período. Puede entonces revelarlos en ese mismo instante, o conservar el recuerdo de ellos al despertar. Si esos acontecimientos deben permanecer en secreto, él los olvidará o sólo conservará una vaga intuición de lo que se le ha revelado, suficiente para guiarlo instintivamente.

(1) Facultad de ver las cosas ausentes como si estuviesen presentes.

Por eso en ciertas ocasiones esa facultad se desarrolla providencialmente, ante la inminencia de algún peligro, durante las grandes catástrofes, en las revoluciones; y por eso la mayoría de las sectas perseguidas han tenido numerosos videntes. Incluso a eso se debe que los grandes capitanes avancen resueltamente contra el enemigo, convencidos de la victoria; que hombres de genio, como Cristóbal Colón, por ejemplo, se dirijan hacia una meta prediciendo, por así decirlo, el momento en que habrán de alcanzarla. Sucede que ellos han visto el objetivo, que no era desconocido para sus Espíritus.

Por consiguiente, el don de la predicción no tiene nada que sea más sobrenatural que una infinidad de fenómenos. Se basa en las propiedades del alma y en la ley que rige las relaciones del mundo visible con el mundo invisible, a las que el espiritismo ha venido a dar a conocer. ¿Pero cómo admitir la existencia de un mundo invisible si no se admite la existencia del alma, o la individualidad de esta después de la muerte? El incrédulo que niega la presciencia es consecuente consigo mismo; falta saber si lo es con la ley natural.


6. – Es probable que esta teoría de la presciencia no resuelva de un modo absoluto todos los casos de revelaciones del porvenir que se puedan presentar, pero no es posible dejar de reconocer que establece el principio fundamental. Si no puede explicarlo todo, eso se debe a que el hombre tiene dificultad para colocarse en ese punto de vista extraterrenal. A causa de su propia inferioridad, su pensamiento, incesantemente atraído hacia el sendero de la vida material, es casi siempre impotente para separarse del suelo. Al respecto, ciertos hombres son como los pájaros jóvenes, cuyas alas demasiado débiles no les permiten elevarse en el aire, o como aquellos cuya vista es demasiado corta para ver a lo lejos, o bien, y, por último, como los que carecen de un sentido para ciertas percepciones.


7. – Para la comprensión de las cosas espirituales, es decir, para que nos hagamos de ellas una idea tan clara como la que nos formamos de un paisaje que tenemos delante de los ojos, nos falta en realidad un sentido, exactamente como al ciego de nacimiento le falta el sentido necesario que le permita comprender los efectos de la luz, de los colores y de la visión prescindiendo del contacto. A eso se debe que solamente lleguemos a conseguirlo por un esfuerzo de la imaginación, y con ayuda de comparaciones con cosas que nos sean familiares. Las cosas materiales, sin embargo, no nos pueden dar de las cosas espirituales más que ideas muy imperfectas, razón por la cual no se debería tomar al pie de la letra esas comparaciones, y creer, por ejemplo, en el caso de que se trata, que la amplitud de las facultades perceptivas de los Espíritus depende de la altura efectiva en que se encuentran, y que necesiten estar sobre una montaña o encima de las nubes para abarcar el tiempo y el espacio.

Esa facultad es inherente al estado de espiritualización o, si se prefiere, de desmaterialización del Espíritu. Esto significa que la espiritualización produce un efecto que se puede comparar, aunque muy imperfectamente, con el de la visión de conjunto que tiene el hombre en lo alto de la montaña. Esta comparación tendía simplemente a mostrar que acontecimientos que para algunos todavía pertenecen al futuro, para otros están en el presente y, por lo tanto, se pueden predecir, lo que no implica que el efecto se produzca de la misma manera.

Por consiguiente, para gozar de esa percepción, el Espíritu no precisa transportarse a un punto cualquiera del espacio. Aquel que se encuentra en la Tierra, a nuestro lado, puede poseerla en toda su plenitud, tanto como si se hallase a mil leguas de distancia, mientras que nosotros no vemos nada más allá de nuestro horizonte visual. Como la visión de los Espíritus no se produce del mismo modo ni con los mismos elementos que la del hombre, el horizonte visual de aquellos es muy distinto. Ahora bien, precisamente ese es el sentido que nos falta para que podamos concebirlo. El Espíritu, comparado con el encarnado, es como el vidente comparado con el ciego


8. – Además, debemos considerar que esa percepción no se limita a la extensión, sino que abarca la penetración de todas las cosas. Es, reiteramos, una facultad inherente y proporcional al estado de desmaterialización. La encarnación la amortigua, sin que llegue a anularla por completo, porque el alma no queda encerrada en el cuerpo como en una caja. El encarnado la posee, aunque siempre en un grado menor que cuando se halla completamente desprendido; eso es lo que confiere a ciertos hombres un poder de penetración que a otros les falta totalmente; una mayor agudeza de la visión moral; una comprensión más fácil de las cosas extramateriales.

El Espíritu encarnado no solamente percibe, sino que también conserva el recuerdo de lo que ha visto en el estado de Espíritu libre, y ese recuerdo es como un cuadro que se refleja en su pensamiento. Durante la encarnación el Espíritu ve, aunque vagamente, como a través de un velo; en el estado de libertad, ve y comprende claramente. El principio de la visión no es exterior a él, sino que está en él; por eso no tiene necesidad de nuestra luz exterior. Por efecto del desarrollo moral, el círculo de las ideas y las concepciones se amplía; por efecto de la desmaterialización gradual del periespíritu, éste se purifica de los elementos densos que alteraban la delicadeza de las percepciones. De ese modo, resulta fácil entender que la ampliación de todas las facultades resulta del progreso del Espíritu.


9. – El grado de extensión de las facultades del Espíritu es el que, durante la encarnación, determina su mayor o menor aptitud para comprender las cosas espirituales. No obstante, esa aptitud no es la consecuencia necesaria del desarrollo de la inteligencia; no la confiere la ciencia vulgar; y por eso se ve a hombres de gran saber tan ciegos para las cosas espirituales como otros lo son para las cosas materiales; son refractarios a ellas porque no las comprenden, lo que significa que todavía no han progresado en ese sentido, mientras que otros, de instrucción e inteligencia comunes, las captan con la mayor facilidad, lo que prueba que ya tenían de tales cosas una intuición previa. Para estos, se trata de un recuerdo retrospectivo de lo que han visto y aprendido, ya sea en la erraticidad o en sus existencias anteriores, como otros tienen la intuición de las lenguas y de las ciencias que practicaron.


10. – La facultad de cambiar el punto de vista, para ver desde uno más elevado, no solo ofrece la solución del problema de la presciencia; es además la clave de la verdadera fe, de la fe sólida, y también el más poderoso elemento de fuerza y de resignación, porque, dado que la vida terrestre aparece desde lo alto como un punto en la inmensidad, se comprende el escaso valor de las cosas que, vistas desde abajo, parecen tan importantes. Los incidentes, las miserias, las vanidades de la vida disminuyen a medida que se despliega el inmenso y espléndido horizonte del porvenir. El que ve de esa manera las cosas de este mundo se encuentra poco o nada afectado por las vicisitudes, y por eso mismo es tan feliz como sea posible en la Tierra. Así pues, es necesario compadecerse de los que concentran sus pensamientos en la estrecha esfera terrestre, porque experimentan con toda su fuerza el impacto de las tribulaciones que, como otros tantos aguijones, los atormentan sin cesar.


11. – En cuanto al porvenir del espiritismo, como se sabe, los Espíritus son unánimes en afirmar que su triunfo está próximo, a pesar de los obstáculos que se le oponen. Esta previsión les resulta fácil, en principio, porque la propagación de la doctrina es obra personal de ellos; como colaboran con el movimiento o lo dirigen, ellos saben lo que deben hacer. En segundo lugar, les basta con abarcar un período de corta duración para ver en él los poderosos auxiliares que Dios promueve, y que no tardarán en manifestarse.

Aunque no sean Espíritus desencarnados, transpórtense los espíritas apenas treinta años hacia delante, al seno de la generación que surge, y consideren desde ahí lo que sucede en la actualidad; sigan los pasos del espiritismo, y verán consumirse en vanos esfuerzos a quienes se consideran destinados a derribarlo. Verán cómo estos desaparecen poco a poco de la escena, mientras el árbol crece y extiende sus raíces cada día un poco más.


12. – La mayoría de las veces, los acontecimientos comunes de la vida privada son consecuencia de la manera de proceder de cada persona. Algunas, de acuerdo con su capacidad, su habilidad, su perseverancia, su prudencia y su energía, tendrán éxito en aquello en lo que otras fracasarán por efecto de su ineptitud. Podemos decir, pues, que cada uno es el artífice de su propio futuro, un futuro que jamás está sujeto a una ciega fatalidad, independiente de su persona. Si se conoce el carácter de un individuo, se puede
con facilidad predecir la suerte que lo espera en el camino que ha elegido.


13. – Los acontecimientos relacionados con los intereses generales de la humanidad son regulados por la Providencia. Cuando algo está en los designios de Dios, se cumple pese a todo, de una manera o de otra. Los hombres contribuyen a que se ejecute, pero ninguno es indispensable, pues de lo contrario Dios estaría a merced de sus criaturas. Si alguien deja de cumplir la misión que le corresponde, otro se encargará de ella. No existe una misión forzosa; el hombre siempre es libre de cumplir o no la que se le ha confiado y que voluntariamente aceptó. Si no lo hace, pierde los beneficios que de ahí resultan para él, y asume la responsabilidad de los retrasos que podrían derivar de su negligencia o su mala voluntad. Si se convierte en un obstáculo para que esta se cumpla, Dios podrá apartarlo con un soplido.


14. – El resultado final de un acontecimiento puede, por lo tanto, ser seguro, porque se halla en los designios de Dios. No obstante, como la mayoría de las veces los detalles y el modo de ejecución están subordinados a las circunstancias y al libre albedrío de los hombres, los métodos y los recursos pueden ser eventuales. Los Espíritus pueden hacer que presintamos el conjunto, si es conveniente que seamos advertidos al respecto; no obstante, para fijar con precisión el lugar y la fecha, sería necesario que conociesen previamente la decisión que tomará este o aquel individuo. Ahora bien, si esa decisión todavía no está en su pensamiento, tal individuo podrá, de conformidad con la que llegue a ser esa decisión, anticipar o postergar el desenlace, o modificar los medios secundarios de acción, aun cuando todo converja en el mismo resultado. Así, por ejemplo, los Espíritus pueden, a partir del conjunto de las circunstancias, prever que una guerra está relativamente próxima, que es inevitable, sin que por eso estén en condiciones de predecir el día en que comenzará, ni los incidentes pormenorizados cuya modificación depende de la voluntad de los hombres.


15. – Para la determinación de la época de los acontecimientos futuros es necesario, además, tomar en cuenta una circunstancia inherente a la naturaleza misma de los Espíritus.

El tiempo, tanto como el espacio, sólo se puede evaluar con el auxilio de puntos de comparación o de referencia que lo dividan en períodos que puedan ser contados. En la Tierra, la división natural del tiempo en días y años está subordinada a la salida y puesta del Sol, así como a la duración del movimiento de traslación de la Tierra. La subdivisión de los días en veinticuatro horas es arbitraria; se halla indicada por medio de instrumentos especiales, como los relojes de arena, las clepsidras, los relojes de cuerda, los relojes de sol, etc. Las unidades para la medición del tiempo deben de variar de acuerdo con los planetas, puesto que los períodos astronómicos son diferentes. En Júpiter, por ejemplo, el día equivale a diez de nuestras horas, y los años a más de doce años terrestres.

Hay, por lo tanto, para cada mundo, una manera diferente de computar la duración, de acuerdo con la naturaleza de las revoluciones astrales que en él se efectúan. Eso ya constituye una dificultad para los Espíritus que, sin conocer nuestro mundo, determinan fechas relacionadas con nosotros. Además, fuera de los mundos no existen esos medios de apreciación. Para un Espíritu en el espacio, no hay nacimiento ni puesta de sol que indique los días, ni revolución periódica que establezca los años. Sólo existe, para él, la duración y el espacio infinitos. (Véase el Capítulo VI, § 1 y siguientes.) Por lo tanto, quien nunca haya venido a la Tierra no poseerá ningún conocimiento de nuestros cálculos, que por otra parte le resultarían completamente inútiles. Más aún: quien nunca haya encarnado en un mundo, carecerá de todas las nociones relativas a las fracciones de la duración. Cuando un Espíritu extraño a la Tierra viene a manifestarse entre nosotros, no puede precisar las fechas de los acontecimientos de otro modo que, identificándose con nuestros hábitos, lo que sin duda es factible para él, aunque la mayoría de las veces no le parezca útil hacerlo.


16. – La manera de computar la duración es una convención arbitraria dispuesta entre los encarnados, con miras a las necesidades de la vida corporal de relación. Para medir la duración como nosotros, los Espíritus tendrían que valerse de nuestros instrumentos de precisión, que no existen en la vida espiritual.

Sin embargo, los Espíritus que componen la población invisible de nuestro globo, que ya han vivido aquí y que continuarán viviendo junto a nosotros, se hallan naturalmente identificados con nuestros hábitos, de los que guardan el recuerdo en la erraticidad. Tienen, pues, menos dificultad que los otros para ubicarse en nuestro punto de vista en lo que se refiere a las costumbres terrestres. En Grecia contaban el tiempo por olimpiadas; en otras partes, por períodos lunares o solares, según las épocas y los lugares. Podrían, por consiguiente, determinar con mayor facilidad las fechas de los acontecimientos futuros, siempre que los conozcan. No obstante, sin contar con que eso no siempre les está permitido, se ven impedidos de hacerlo por el hecho de que, puesto que las circunstancias detalladas están subordinadas al libre albedrío y a la decisión eventual del hombre, la fecha exacta sólo puede conocerse realmente después de que el acontecimiento ha tenido lugar.

Tal es el motivo por el cual las predicciones circunstanciadas no pueden ofrecer ninguna certeza, y sólo deben ser admitidas como probabilidades, aun cuando no lleven consigo el sello de la legítima sospecha. Por eso, los Espíritus verdaderamente sabios nunca hacen predicciones para fechas determinadas, y se limitan a hacer que presintamos las consecuencias de las cosas cuyo conocimiento nos es útil. Insistir para obtener detalles precisos equivale a exponerse a las mistificaciones de los Espíritus frívolos, que predicen todo lo que se les ocurre sin preocuparse por la verdad, y se divierten con los temores y las decepciones que causan. 

Las predicciones que ofrecen más probabilidades son las que tienen un carácter de utilidad general y humanitario; las demás solo deben ser tomadas en cuenta cuando se cumplen. Se puede, conforme a las circunstancias, aceptarlas a título de advertencia, pero sería imprudente obrar con anticipación en vista de su cumplimiento en un día determinado. Podemos estar seguros de que son tanto más sospechosas cuanto más detalladas.


17. – La forma que en general se ha empleado hasta ahora en las predicciones hace que estas sean auténticos enigmas, a menudo indescifrables. Esa forma misteriosa y cabalística, de la que Nostradamus nos ofrece el tipo más completo, les confiere un cierto prestigio ante el vulgo, que tanto más valor les atribuye cuanto más incomprensibles resultan. Por su ambigüedad, las predicciones se prestan a interpretaciones muy diferentes, de tal modo que, según el sentido que se atribuya a ciertas palabras alegóricas o convencionales, más la manera en que se realice el cálculo –extrañamente complicado– de las fechas, y con un poco de buena voluntad, se encuentra en ellas casi todo lo que se desea.

Sea como fuere, no se puede dejar de convenir en que algunas predicciones presentan un carácter serio, y sorprenden con su veracidad. Es probable que la forma velada haya tenido, en alguna época, su razón de ser e incluso su necesidad.

Hoy las circunstancias son otras; el positivismo de este siglo no sería compatible con el lenguaje sibilino. Por eso, en la actualidad, las predicciones ya no están revestidas de esas formas extravagantes; las que hacen los Espíritus no tienen nada de místico; ellos emplean el lenguaje común, tal como lo habrían hecho cuando vivían en la Tierra, porque no han dejado de pertenecer a la humanidad. Hacen que presintamos las cosas futuras, sean personales o generales, cuando eso puede ser útil, en la medida de la perspicacia de que están dotados, como lo harían nuestros consejeros o amigos. Por consiguiente, sus previsiones son más bien advertencias que nada quitan al libre albedrío, antes que predicciones propiamente dichas que implicarían una fatalidad absoluta. Por otra parte, los Espíritus casi siempre presentan su opinión con fundamentos, porque no desean que el hombre someta su razón a una fe ciega, sino que la utilice para apreciar la exactitud de lo que dicen.


18. – La humanidad contemporánea también tiene sus profetas. Más de un escritor, poeta, literato, historiador o filósofo, ha volcado en sus escritos el presentimiento de la marcha futura de los acontecimientos, cuya realización vemos en la actualidad.

Muchas veces esa aptitud proviene, sin duda, de la rectitud del juicio, que deduce las consecuencias lógicas del presente; pero otras veces también es el resultado de una clarividencia especial inconsciente, o de una inspiración ajena. Lo que esos hombres hicieron cuando estaban vivos, pueden hacerlo con mayor razón y exactitud en el estado de Espíritu, pues su visión espiritual ya no está velada por la materia.


AMOR, CARIDAD y TRABAJO







Génesis mosaica







GÉNESIS MOSAICA







La génesis, los milagros y las predicciones según el espiritismo de Allan Kardec

Los seis días bíblicos
CAPÍTULO 1:
1. En el comienzo Dios creó el cielo y la tierra.
2. La tierra era uniforme y estaba completamente vacía; las tinieblas cubrían la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas. 
3. Dijo Dios: “Hágase la luz”, y la luz se hizo.
4. Dios vio que la luz estaba bien, y separó la luz de las tinieblas.
5. Dio a la luz el nombre de día, y a las tinieblas el nombre de noche, y de la tarde y de la mañana se hizo el primer día. 
6. Dijo Dios también: “Hágase el firmamento en medio de las aguas y que él separe las aguas de las aguas”.
7. Y Dios hizo el firmamento; y separó las aguas que estaban debajo del firmamento de las que estaban encima del firmamento. Y así se hizo.
8. Y Dios dio al firmamento el nombre de cielo; y de la tarde y de la mañana se hizo el segundo día.
9. Dijo Dios, además: “Reúnanse en un solo lugar las aguas que están bajo el cielo, y aparezca el elemento árido”. Y así se hizo.
10. Dios dio al elemento árido el nombre de tierra, y llamó mar a todas las aguas reunidas. Y vio que eso estaba bien.
11. Dijo Dios también: “Produzca la tierra la hierba verde que dé semilla, y árboles frutales que den fruto, cada uno de su especie, y que contengan en sí mismas sus semillas, para que se reproduzcan en la tierra”. Y así se hizo.
12. La tierra entonces produjo la hierba verde que era portadora de la semilla, según su especie, y árboles frutales que contenían en sí mismos sus semillas, según su especie. Y Dios vio que eso era bueno.
13. Y de la tarde y de la mañana se hizo el tercer día.
14. Dijo Dios también: “Háganse cuerpos de luz en el firmamento del cielo, a fin de que se separen el día de la noche, y sirvan de señales para marcar el tiempo y las estaciones, los días y los años.
15. Brillen ellos en el firmamento del cielo e iluminen la Tierra”. Y así se hizo.
16. Entonces Dios hizo dos grandes cuerpos luminosos, uno mayor para presidir el día, y otro menor para presidir la noche; hizo también las estrellas.
17. Y los puso en el firmamento del cielo para que brillen sobre la tierra.
18. Para que presidan el día y la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y Dios vio que era bueno.
19. Y de la tarde y de la mañana se hizo el cuarto día.
20. Dijo Dios, además: “Produzcan las aguas animales vivos que naden en las aguas, y aves que vuelen sobre la tierra, debajo del firmamento del cielo”.
21. Entonces Dios creó los grandes peces y todos los animales que tienen vida y movimiento, que las aguas han producido, cada uno de una especie, y creó también todas las aves, cada una de su especie. Y vio que era bueno. 
22. Y los bendijo, diciendo: “Creced y multiplicaos, y llenad las aguas del mar; y que los pájaros se multipliquen sobre la tierra”.
23. Y de la tarde y de la mañana se hizo el quinto día.
24. Dijo Dios también: “Produzca la Tierra animales vivos, cada uno de su especie, los animales domésticos, los reptiles y las bestias salvajes de la tierra, según sus diferentes especies”. Y así se hizo.
25. Dios hizo, pues, las bestias salvajes de la tierra según sus especies, los animales domésticos y todos.
26. Dijo luego: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; y que él mande sobre los peces del mar, las aves del cielo, las bestias, sobre toda la tierra y sobre todos los reptiles que se mueven en la tierra”.
27. Dios entonces creó al hombre a su imagen, y lo creó a imagen de Dios, macho y hembra los creó.
28. Dios los bendijo y les dijo: “Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; mandad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, y sobre todos los animales que se mueven en la tierra”.
29. Dijo Dios, además: “Os he dado todas las hierbas que traen su semilla a la tierra, y todos los árboles que encierran en sí mismos sus semillas, cada uno de una especie, a fin de que os sirvan de alimento.
30. Y os di a todos los animales de la tierra, y a todas las aves del cielo, y a todo lo que se mueve en la tierra y que está vivo y animado, a fin de que tengan con qué alimentarse”. Y así se hizo.
31. Dios vio todas las cosas que había hecho, y eran todas muy buenas. 
32. Y de la tarde y de la mañana se hizo el sexto día. 


CAPÍTULO 2:
1. El cielo y la tierra quedaron, pues, acabados de ese modo con todos sus ornamentos.
2. Dios terminó en el séptimo día toda la obra que hizo, y reposó en ese séptimo día, luego de haber acabado todas sus obras.
3. Bendijo el séptimo día y lo santificó, porque había cesado en ese día de producir todas las obras que había creado.
4. Ese fue el origen del cielo y de la tierra, y así fueron creados el día que el Señor hizo uno y otro.
5. Y que creó todas las plantas de los campos antes de que hubiesen salido de la tierra, y todas las hierbas de las planicies antes de que hubiesen germinado. Porque el Señor Dios aún no había hecho que lloviese sobre la tierra, y no había hombre para labrarla.
6. Pero de la tierra se elevaba una fuente que regaba toda su superficie.
7. El Señor Dios formó, pues, al hombre del lodo de la tierra, y le esparció sobre el rostro un soplo de vida, y el hombre se volvió viviente y animado.


Después de las explicaciones contenidas en los capítulos precedentes sobre el origen y la constitución del universo, de acuerdo con los datos suministrados por la ciencia, en cuanto a la parte material, y por el espiritismo, en cuanto a la parte espiritual, es conveniente confrontar todo eso con el texto del Génesis de Moisés, a fin de que cada uno pueda establecer una comparación y juzgar con conocimiento de causa. Serán suficientes algunas explicaciones suplementarias para hacer comprensibles las partes que necesitan esclarecimientos especiales.

En lo que respecta a algunos puntos, sin duda existe una notable concordancia entre el Génesis de Moisés y la doctrina científica; pero sería un error suponer que basta con que se sustituyan los seis días de veinticuatro horas de la creación bíblica, por seis períodos indeterminados, para que esté completa la analogía. Otro error no menos importante sería que se creyera que, salvo el sentido alegórico de ciertas palabras, el Génesis y la ciencia marchan a la par y que ésta y aquel se explican mutuamente.

En primer lugar, observemos, según hemos visto (Capítulo VII, § 14), que el número de seis períodos geológicos es arbitrario, visto que se cuentan más de veinticinco formaciones perfectamente caracterizadas. Ese número apenas determina las grandes fases generales, y sólo fue adoptado al comienzo para ordenar las cosas tanto como se pudiera de acuerdo con el texto bíblico, en una época –que por otra parte no está muy lejana– en la que se consideraba que la ciencia debía ser controlada por la Biblia. A eso se debió que los autores de la mayor parte de las teorías cosmogónicas (1), con el propósito de facilitar su aceptación, se esforzaron por conservar la concordancia con el texto sagrado. Tan pronto como la ciencia se apoyó en el método experimental, se sintió fortalecida y se emancipó. Hoy es ella la que controla a la Biblia.

(1) Concernientes a los relatos míticos relativos a los orígenes del mundo.

Por otro lado, la geología, que toma como único punto de partida la formación de los terrenos graníticos no incluye en el cómputo de los períodos el estado primitivo de la Tierra. Tampoco se ocupa del Sol, de la Luna y las estrellas, ni del conjunto del universo, que pertenecen a la astronomía. Por consiguiente, para encuadrar todo en el Génesis, corresponde que se agregue un primer período que abarque ese orden de fenómenos, el cual se podría denominar período astronómico.

Además, no todos los geólogos consideran el período diluviano como un período aparte, sino como un acontecimiento transitorio, pasajero, que no varió en forma considerable el estado climático del globo, como tampoco marcó una nueva fase para las especies vegetales y animales, ya que, salvo pocas excepciones, se encuentran las mismas especies antes y después del diluvio. Por lo tanto, podemos abstenernos de considerar ese período, sin que por eso nos apartemos de la verdad.

El siguiente cuadro comparativo, en el que se encuentran resumidos los fenómenos que caracterizan cada uno de los seis períodos, permite abarcar el conjunto y considerar las relaciones y las diferencias que existen entre los referidos períodos y la génesis bíblica:

CIENCIA

GÉNESIS

I. PERÍODO ASTRONÓMICO.

Aglomeración de la materia cósmica universal en un punto del espacio, en una nebulosa que dio origen, por la condensación de la materia en diversos puntos, a las estrellas, al Sol, a la Tierra, a la Luna y a todos los planetas.

Estado primitivo fluídico e incandescente de la Tierra.

Atmósfera inmensa cargada de toda el agua en forma de vapor, y de todas las materias volatilizables.

PRIMER DÍA.

El Cielo y la Tierra.

La luz.


III. PERÍODO DE TRANSICIÓN.

Las aguas cubren toda la superficie del globo.

Primeros depósitos de sedimentos formados por las aguas.

Calor húmedo.

El Sol comienza a atravesar la atmósfera brumosa.

Primeros seres organizados de la más rudimentaria constitución.

Líquenes, musgos, helechos, licopodios, plantas herbáceas. Vegetación colosal.

Primeros animales marinos: zoófitos, poliperos, crustáceos.

Depósitos de hulla.

TERCER DÍA.

Las aguas que están debajo del firmamento se reúnen; aparece el elemento árido.

La tierra y los mares.

Las plantas.

IV. PERÍODO SECUNDARIO.

Superficie de la Tierra poco accidentada; aguas poco profundas y pantanosas.

Temperatura menos cálida; atmósfera más purificada.

Considerables depósitos de calcáreos por las aguas.

Vegetación menos colosal; nuevas especies; plantas leñosas; primeros árboles.

Peces; cetáceos; moluscos, grandes reptiles acuáticos y anfibios.

CUARTO DÍA.

El Sol, la Luna y las estrellas.

V. PERÍODO TERCIARIO. 

Grandes levantamientos de la corteza sólida; formación de los continentes. Retiro de las aguas hacia los lugares bajos; formación de los mares.

Atmósfera purificada; temperatura actual producida por el calor solar.

Animales terrestres gigantescos.

Vegetales y animales de la actualidad. Aves.

 

DILUVIO UNIVERSAL.

QUINTO DÍA. 

Los peces y los pájaros.

VI. PERÍODO CUATERNARIO O POSDILUVIANO.

Terrenos aluviales.

Vegetales y animales de la actualidad.

El hombre.

SEXTO DÍA. 

Los animales terrestres.

El hombre.

 

El primer aspecto sobresaliente de este cuadro comparativo es que la obra de cada uno de los seis días no se corresponde de manera rigurosa, como muchos suponen, con cada uno de los seis períodos geológicos. La concordancia más notable es la de la sucesión de los seres orgánicos, que es casi la misma, así como la de la aparición del hombre en último término. Ese es un hecho importante.

Hay también coincidencia, no en cuanto al orden numérico de los períodos, sino en cuanto al hecho citado en el pasaje en que se lee que, al tercer día: “Las aguas que están debajo del cielo se reunieron en un solo lugar y apareció el elemento árido”. Es la expresión de lo que ocurrió en el período terciario, cuando los levantamientos de la corteza sólida dejaron al descubierto los continentes y expulsaron las aguas que formaron los mares. Sólo entonces aparecieron los animales terrestres, según la geología y según Moisés.

Cuando Moisés dice que la Creación fue realizada en seis días, ¿habrá querido aludir a días de veinticuatro horas, o habrá empleado esa palabra en el sentido de período, duración, espacio de tiempo indeterminado, dado que la palabra hebrea que se traduce como día tiene esa doble acepción? La primera hipótesis es la más probable, si nos atenemos al texto mismo. La referencia a la tarde y a la mañana, como limitaciones de cada uno de los seis días, da lugar a que se suponga que Moisés ha querido referirse a días comunes. No se puede concebir ninguna duda al respecto, cuando consta, en el versículo 5: “Dio a la luz el nombre de día, y a las tinieblas el nombre de noche; y de la tarde y de la mañana se hizo el primer día”. Esto, evidentemente, sólo se puede aplicar al día de veinticuatro horas, dividido por la luz y las tinieblas. El sentido resulta aún más preciso cuando dice, en el versículo 17, al hablar del Sol, de la Luna y de las estrellas: “Las puso en el firmamento del cielo para que brillen sobre la Tierra; para que presidan el día y la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y de la tarde y de la mañana se hizo el cuarto día”.

Por otra parte, en la Creación todo era milagroso y, desde que se toma la senda de los milagros, se puede perfectamente creer que la Tierra fue hecha en seis días o en seis veces veinticuatro horas, sobre todo cuando se ignoran las leyes naturales elementales. Todos los pueblos civilizados compartieron esa creencia, hasta el momento en que la geología proporcionó las pruebas que demostraban su imposibilidad.

Uno de los puntos más criticados del Génesis es el de la creación del Sol después de la luz. Trataron de explicarlo con el auxilio de los datos proporcionados por la geología, alegando que, en los primeros tiempos de su formación, como se hallaba cargada de vapores densos y opacos, la atmósfera terrestre no permitía la visión del Sol, que por ese motivo no existía para la Tierra. Esta explicación podría llegar a ser admisible si en esa época ya hubiese habido habitantes que verificaran la presencia o la ausencia del Sol. Ahora bien, según el propio Moisés, en esa época no había más que plantas que, pese a todo, no habrían podido crecer y multiplicarse sin la acción del calor solar.

Existe, pues, un evidente anacronismo en el orden que estableció Moisés para la creación del Sol. Sin embargo, involuntariamente o no, él no cometió un error al decir que la luz precedió al Sol.

El Sol no es el principio de la luz universal, sino una concentración del elemento luminoso en un punto o, dicho de otro modo, del fluido que en determinadas circunstancias adquiere propiedades luminosas. Ese fluido, que es la causa, debió forzosamente existir antes que el Sol, que es sólo un efecto. El Sol es causa en relación con la luz que irradia, pero es efecto en relación con la luz que recibió.

En una habitación a oscuras, una vela encendida es un pequeño sol. ¿Qué es lo que se hizo para encender la vela? Se desarrolló la propiedad lumínica del fluido luminoso, y se concentró ese fluido en un punto. La vela es la causa de la luz que se difunde en la habitación; pero si el principio luminoso no hubiera existido antes de la vela, esta no habría podido ser encendida.

Lo mismo ocurre con el Sol. El error proviene de la falsa idea, que se mantuvo durante largo tiempo, de que el universo entero comenzó con la Tierra y, por consiguiente, no se comprende que el Sol pudo haber sido creado después de la luz. Sabemos actualmente que antes de que nuestro Sol y nuestra Tierra fuesen creados, ya existían millones de soles y de tierras que, por lo tanto, gozaban de la luz. En principio, entonces, la aseveración de Moisés es absolutamente exacta; es falsa cuando lleva a creer que la Tierra fue creada antes que el Sol. Al estar sujeta al Sol por su movimiento de traslación, la Tierra debió ser creada después de este. Eso es lo que Moisés no podía saber, ya que ignoraba la ley de gravitación.

Esa misma idea se encuentra en la génesis según los antiguos persas. En el primer capítulo del Vendidad, al describir el origen del mundo, expresa Ormuz: “He creado la luz que fue a iluminar al Sol, la Luna y las estrellas”. (Diccionario de mitología universal). La forma aquí es, sin duda, más clara y científica que en el Génesis de Moisés, y no requiere comentarios.

Evidentemente, Moisés compartía las creencias más primitivas sobre la cosmogonía. Como los hombres de su época, creía en la solidez de la bóveda celeste, así como en los reservorios superiores de las aguas. Esa idea está expresada sin alegorías ni ambigüedades en el siguiente pasaje (versículo 6 y siguientes): “Dijo Dios: Hágase el firmamento en medio de las aguas, y que él separe las aguas de las aguas. Dios hizo el firmamento, y separó las aguas que estaban debajo del firmamento de las que estaban encima del firmamento”. (Véase el Capítulo V, “Antiguos y modernos sistemas del mundo”, §§ 3, 4 y 5.)

Según una antigua creencia, el agua era considerada el principio, el elemento generador primitivo, de modo que Moisés no habla de la creación de las aguas, que aparentemente ya existían. “Las tinieblas cubrían el abismo”, es decir, la profundidad del espacio, a la cual la imaginación se representaba, de modo vago, ocupada por las aguas y en medio de tinieblas, antes de la creación de la luz. Por esa razón Moisés dice que: “El Espíritu de Dios era llevado sobre las aguas”. Dado que se consideraba a la Tierra formada en medio de las aguas, era necesario aislarla. Se supuso entonces que Dios había hecho el firmamento –una bóveda sólida– para separar las aguas de arriba de las que habían quedado en la Tierra.

A fin de que comprendamos ciertas partes del Génesis, es indispensable que nos coloquemos en el punto de vista de las ideas cosmogónicas de la época que este refleja.

A partir de los progresos de la física y la astronomía, una doctrina como esa es insostenible. No obstante, Moisés atribuye esas palabras al propio Dios. Ahora bien, ya que estas expresan un hecho notoriamente falso, tenemos dos opciones: o Dios se equivocó en el relato que hizo de su obra, o ese relato no es una revelación divina. Como la primera suposición no es admisible, se debe concluir que Moisés se limitó a expresar sus propias ideas. (Véase el Capítulo I, § 3.)

Moisés se aproxima un poco más a la verdad cuando dice que Dios hizo al hombre con el lodo de la tierra (2). De hecho, la ciencia demuestra (Véase el Capítulo X) que el cuerpo del hombre está compuesto por elementos tomados de la materia inorgánica o, dicho de otra manera, del lodo de la tierra.

(2) El término hebreo haadam, “hombre”, del cual derivó Adán, y el término haadama, “tierra”, tienen la misma raíz. (N. de Allan Kardec.)

La mujer formada de una costilla de Adán es una alegoría, aparentemente pueril si se la toma al pie de la letra, aunque profunda en cuanto al sentido. Tiene por finalidad mostrar que la mujer es de la misma naturaleza que el hombre y, por consiguiente, es igual a este ante Dios, y no una criatura aparte, hecha para ser sojuzgada y tratada como una esclava. Al considerarla salida de la propia carne del hombre, la imagen de igualdad es más significativa que si hubiera sido formada por separado del mismo lodo. Equivale a decirle al hombre que ella es su igual y no su esclava, que él debe amarla como a una parte de sí mismo.

Para los espíritus incultos, sin ninguna noción de las leyes generales, incapaces de abarcar el conjunto y de concebir lo infinito, esta creación milagrosa e instantánea presentaba algo de fantástico que ofuscaba su imaginación. El cuadro del universo extraído de la nada en unos pocos días, por un solo acto de la voluntad creadora, era para ellos la señal más evidente del poder de Dios. Qué mejor descripción, en efecto, más sublime y poética de ese poder, que estas palabras: “Dios dijo: ¡Hágase la luz, y la luz se hizo!” Dios, al crear al universo mediante la actividad lenta y gradual de las leyes de la naturaleza, les hubiera parecido de menor importancia, menos poderoso. Necesitaban algo maravilloso, que saliera del esquema común, porque de lo contrario habrían dicho que Dios no era más hábil que los hombres. Una teoría científica y racional de la Creación los hubiese dejado fríos e indiferentes.

No rechacemos, pues, la génesis bíblica; por el contrario, estudiémosla de la misma manera que se estudia la historia de la infancia de los pueblos. Se trata de una epopeya rica en alegorías, cuyo sentido oculto debemos encontrar; alegorías que es preciso analizar y explicar con la ayuda de las luces de la razón y la ciencia. Al mismo tiempo que resaltamos su belleza poética y sus enseñanzas veladas por la forma llena de imágenes, es preciso que expongamos decididamente sus errores, a favor del interés mismo de la religión. Esta será mucho más respetada cuando esos errores dejen de ser impuestos a la fe como verdades, y Dios parecerá más grande y poderoso cuando no se asocie su nombre con hechos controvertidos.


El paraíso bíblico perdido
NOTA: A continuación de algunos versículos se encuentra la traducción literal del texto hebreo, que expresa más fielmente el pensamiento primitivo. El sentido alegórico se destaca así más claramente. (N. de Allan Kardec.)

CAPÍTULO 2:
8. Y el Señor Dios había plantado desde el comienzo un jardín de delicias, en el cual puso al hombre que había formado.
9. El Señor Dios también hizo que brotara de la tierra toda especie de árboles hermosos a la vista, y cuyo fruto era agradable al paladar, y en medio del paraíso (3) el árbol de vida, con el árbol de la ciencia del bien y del mal.
(Jehová Eloim hizo salir de la tierra –min haadama– todo árbol hermoso a la vista y bueno para comer, y el árbol de vida –vehetz hachayim– en medio del jardín, y el árbol de la ciencia del bien y del mal.)

(3) Paraíso, del latín paradisus, derivado del griego paradeisos, jardín, pomar, lugar plantado con árboles. El término hebreo empleado en el Génesis es hagan, que tiene el mismo significado. (N. de Allan Kardec.)

15. El Señor tomó, pues, al hombre, y lo puso en el paraíso de delicias, a fin de que lo cultivase y lo cuidara.
16. Le dio también este mandamiento, y le dijo: “Come de todos los árboles del paraíso.
(Jeová Eloim ordenó al hombre –hal haadam– diciendo: “De todo árbol del jardín –hagan– puedes comer”.)
17. Pero no comas del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal; porque tan pronto como lo comas, morirás sin remedio”.
(“Y del árbol de la ciencia del bien y del mal –oumehetz hadaat tob vara– no comerás, pues el día en que de él comas, morirás.”)


CAPÍTULO 3:
1. Ahora bien, la serpiente era el más astuto de todos los animales que el Señor Dios había creado en la tierra. Y le dijo a la mujer: “¿Por qué Dios os ordenó que no comáis del fruto de todos los árboles del paraíso?”
(Y la serpiente era más astuta que todos los animales terrestres que había hecho Jehová Eloim; la cual dijo a la mujer –el haischa–: “¿Cómo es que Eloim os ha dicho no comáis de ningún árbol del jardín?”).
2. La mujer respondió: “Comemos de los frutos de todos los árboles que están en el paraíso.
(Dijo ella, la mujer, a la serpiente: “Podemos comer del fruto –miperi– de los árboles del jardín”.).
3. Pero del fruto del árbol que está en medio del paraíso, Dios nos ordenó que no comiésemos de él, y que no lo tocásemos, para que no corramos peligro de muerte”.
4. La serpiente replicó a la mujer: “De ninguna manera moriréis.
5. Es que Dios sabe que, tan pronto como hayáis comido de ese fruto, vuestros ojos se abrirán y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”.
6. La mujer consideró entonces que el fruto de aquel árbol era bueno para comer; que era apetecible y agradable a la vista. Y, tomando de él, lo comió, y se lo dio a su marido, que también comió.
(La mujer vio que el árbol era bueno como alimento y que era deseable para comprender –léaskil–, y tomó de su fruto, etc.).
8. Y como oyeron la voz del Señor Dios, que se paseaba a la tarde por el paraíso, cuando sopla una brisa suave, ellos se retiraron hacia el medio de los árboles del paraíso, a fin de ocultarse de delante de su presencia.
9. Entonces el Señor Dios llamó a Adán, y le dijo: “¿Dónde estás?”
10. Adán le respondió: “Oí tu voz en el paraíso, y tuve miedo, porque estaba desnudo, por eso me escondí”.
11. El Señor le respondió: “¿Y cómo supiste que estabas desnudo, acaso porque comiste el fruto del árbol del cual yo os prohibí que comieseis?”
12. Adán le respondió: “La mujer que me diste por compañera me mostró el fruto de ese árbol, y comí de él”.
13. El Señor Dios dijo a la mujer: “¿Por qué hiciste eso?” Ella respondió: “La serpiente me
engañó, y comí de ese fruto”.
14. Entonces el Señor Dios dijo a la serpiente: “Por haber hecho eso, serás maldita entre todos los animales y todas las bestias de la tierra; andarás sobre tu vientre, y comerás tierra todos los días de tu vida.
15. Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre su raza y la tuya. Ella te aplastará la cabeza, y tú tratarás de morderle el talón”.
16. Dios dijo también a la mujer: “Habré de afligirte con muchos males durante tus embarazos; parirás con dolor; estarás bajo la dominación de tu marido, y él te dominará”.
17. Dijo a continuación a Adán: “Porque has escuchado la voz de tu mujer, y has comido del fruto del árbol que te prohibí que comieses, la tierra te será maldita por causa de lo que hiciste, y sólo con mucho trabajo extraerás de ella con qué alimentarte durante toda tu vida.
18. Ella te producirá espinos y abrojos, y te alimentarás con la hierba de la tierra.
19. Y comerás el pan con el sudor de tu rostro, hasta que vuelvas a la tierra de donde fuiste tomado, porque eres polvo y al polvo volverás”.
20. Y Adán dio a su mujer el nombre de Eva, que significa vida, porque ella era la madre de todos los vivientes. 
21. El Señor Dios también hizo para Adán y su mujer túnicas de pieles con que los cubrió. 22. Y dijo: “He aquí a Adán hecho uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal. Evitemos pues, ahora, que él eche mano del árbol de la vida, que tome de su fruto y que, comiendo de ese fruto, viva eternamente”.
(Jehová Eloim dijo: “He aquí que el hombre fue como uno de nosotros para el conocimiento del bien y del mal, y ahora él puede extender la mano y tomar del árbol de la vida –veata pen ischlachyado velakach mehetz hachayim–; comerá de él y vivirá eternamente”.)
23. El Señor Dios lo hizo salir del jardín de delicias, a fin de que fuese a trabajar en el cultivo de la tierra de donde fue tomado.
24. Y habiéndolo expulsado, colocó querubines (4) delante del jardín de delicias, los cuales hacían brillar una espada de fuego, para guardar el camino que llevaba al árbol de la vida.

(4) Del hebreo cherub, keroub (buey) y charab (labrar). Ángeles del segundo coro de la primera jerarquía, que eran representados con cuatro alas, cuatro caras y patas de buey. (N. de Allan Kardec.)


Bajo una imagen pueril y a veces ridícula, si nos atuviéramos a la forma, la alegoría a menudo oculta grandes verdades. A primera vista, ¿habrá una fábula más absurda que la de Saturno, el dios que devoraba piedras, confundiéndolas con sus hijos? Con todo, al mismo tiempo, ¡cuán profundamente filosófica y verdadera es esa figura, si le buscamos el sentido moral! Saturno es la personificación del tiempo; como todas las cosas son obra del tiempo, él es el padre de todo lo que existe; pero también todo se destruye con el tiempo. Saturno devorando piedras es el símbolo de la destrucción, producida por el tiempo, de los cuerpos más duros, que son sus hijos, puesto que se formaron con el tiempo. ¿Y quién escapa, según esa misma alegoría, a semejante destrucción? Júpiter, símbolo de la inteligencia superior, del principio espiritual que es indestructible. Esa imagen es incluso tan natural que, en el lenguaje moderno, sin alusión a la antigua fábula, acerca de una cosa que finalmente se deterioró, se dice que ha sido devorada por el tiempo, carcomida, devastada por el tiempo.

Toda la mitología pagana no es en realidad más que un gran cuadro alegórico de las diversas caras, buenas y malas, de la humanidad. Para quien busca su sentido, se trata de un curso completo de la más profunda filosofía, como sucede con las fábulas modernas. Lo absurdo residía en que se tomara la forma por el fondo.

Lo mismo ocurre con el Génesis, donde se deben hallar grandes verdades morales debajo de las figuras materiales que, tomadas al pie de la letra, serían tan absurdas como si, en nuestras fábulas, tomásemos en sentido literal las escenas y los diálogos atribuidos a los animales.

Adán es la personificación de la humanidad; su falta individualiza la debilidad del hombre, en quien predominan los instintos materiales a los que él no sabe resistirse.

El árbol, como árbol de la vida, es el emblema de la vida espiritual; como árbol de la ciencia, representa la conciencia del bien y del mal, que el hombre consigue mediante el desarrollo de su inteligencia y de su libre albedrío, en virtud del cual elige entre uno y otro. Resalta el momento en que el alma del hombre deja de ser guiada únicamente por sus instintos, toma posesión de su libertad y asume la responsabilidad de sus actos.

El fruto del árbol simboliza el objeto de los deseos materiales del hombre; es la alegoría de la codicia; resume en una sola figura las motivaciones de la inclinación al mal. Comerlo es sucumbir a la tentación (5). El árbol crece en medio del jardín de las delicias para enseñar que la seducción se encuentra en el seno mismo de los placeres, y para recordarnos que, si el hombre da preponderancia a los goces materiales, se aferra a la Tierra y se aparta de su destino espiritual.

(5) En ninguno de los textos el fruto está especificado como manzana, palabra que sólo se encuentra en las versiones infantiles. El término del texto hebreo es peri, que tiene las mismas acepciones que en francés, sin la determinación de la especie, y puede ser tomado en sentido material, moral, alegórico, en sentido propio y figurado. Para los israelitas no existe una interpretación obligatoria; cuando una palabra tiene varias acepciones, cada uno la interpreta como quiere, toda vez que la interpretación no sea contraria a la gramática. El término peri fue traducido en latín por malum, que se aplica tanto a la manzana como a cualquier otra especie de frutos. Deriva del griego mélon, participio del verbo mélo, interesar, cuidar, atraer. (N. de Allan Kardec.)

La muerte con que se lo amenaza, en caso de que transgreda la prohibición que se le ha hecho, es un aviso de las consecuencias inevitables, físicas y morales, que derivan de la violación de las leyes divinas que Dios ha grabado en su conciencia. Es muy evidente que aquí no se trata de la muerte corporal, puesto que, después de haber cometido la falta, Adán aún vivió durante largo tiempo, sino de la muerte espiritual o, en otras palabras, de la pérdida de los bienes que resultan del progreso moral, pérdida representada por su expulsión del jardín de las delicias.

La serpiente está lejos de ser considerada actualmente como el prototipo de la astucia. Aquí se la incluye más por su forma que por su carácter, como una alusión a la perfidia de los malos consejos que se insinúan como la serpiente, y de la cual por esa razón muchas veces el hombre desconfía. Por otra parte, si la serpiente es condenada a reptar porque ha engañado a la mujer, significa que antes ese animal tenía patas, en cuyo caso ya no era una serpiente. Entonces, ¿por qué imponer como verdades, a la fe ingenua y crédula de los niños, alegorías tan evidentes, y que al falsear su valoración acerca de ellas se hace que más tarde consideren a la Biblia como un muestrario de fábulas absurdas?

Si la falta de Adán consistió literalmente en haber comido un fruto, no cabe duda de que esa falta no podría, por su naturaleza casi pueril, justificar el rigor con que fue castigada. Tampoco se podría admitir racionalmente que ese hecho sea como en general se supone; de otro modo Dios, al considerarlo un crimen irremisible, habría condenado a su propia obra, ya que Él había creado al hombre para su propagación. Si Adán hubiese entendido en ese sentido la prohibición de tocar el fruto del árbol, y con ella se hubiese conformado escrupulosamente, ¿dónde estaría la humanidad, y qué habría sido de los designios del Creador? 

Dios no había creado a Adán y Eva para que permanecieran solos en la Tierra; la prueba de eso está en sus propias palabras, las que les dirige inmediatamente después de haberlos creado, cuando aún estaban en el paraíso terrestre: “Dios los bendijo y les dijo: Creced y multiplicaos, llenad la Tierra y sometedla”. (Génesis, 1:28.) Dado que la multiplicación del hombre era ley desde el paraíso terrenal, su expulsión de allí no pudo haber tenido como causa el hecho supuesto.

Lo que dio crédito a esa suposición fue el sentimiento de vergüenza que Adán y Eva experimentaron ante la mirada de Dios, y que los llevó a que se cubrieran. Pero esa vergüenza es de por sí una figura por comparación: simboliza la confusión que todo culpable experimenta en presencia de aquel al que ha ofendido.

¿Cuál es, pues, en definitiva, esa falta tan grave que provocó la condena perpetua de todos los descendientes de aquel que la cometió? Caín, el fratricida, no fue tratado con tanta severidad. Ningún teólogo ha podido definirla con lógica, porque todos ellos, apegados a la letra, han girado dentro de un círculo vicioso.

Hoy sabemos que esa falta no es un hecho aislado, personal, de un individuo, sino que abarca bajo un único aspecto alegórico, el conjunto de las prevaricaciones de que la humanidad de la Tierra, todavía imperfecta, puede convertirse en culpable, y que se resume en estas palabras: infracción a la ley de Dios. Ese es el motivo por el cual la falta del primer hombre, en el cual está simbolizada la humanidad, tenga como símbolo un acto de desobediencia.

Al decirle a Adán que extraería el alimento de la tierra con el sudor de su frente, Dios simboliza la obligación del trabajo; pero ¿por qué convirtió al trabajo en un castigo? ¿Qué sería de la inteligencia del hombre si este no la desarrollara mediante el trabajo? ¿Qué sería de la Tierra, si no fuese fecundada, transformada, saneada por el trabajo inteligente del hombre?

Fue dicho (Génesis, 2:5 y 7): “El Señor Dios aún no había hecho que lloviese sobre la Tierra, y no había en ella hombre para labrarla. El Señor formó, pues, al hombre del lodo de la tierra”. Esas palabras, próximas a estas otras: Poblad la Tierra, prueban que el hombre estaba destinado desde su origen a ocupar la totalidad de la tierra y a cultivarla; prueban, además, que el paraíso no era un lugar circunscripto a una determinada región del globo. Si el cultivo de la tierra habría de ser una consecuencia de la falta de Adán, resultaría que, si Adán no hubiera pecado, la Tierra no habría sido cultivada, y los designios de Dios no se habrían cumplido.

¿Por qué Dios le dijo a la mujer que pariría con dolor debido a que había cometido una falta? ¿Cómo puede el dolor del parto ser un castigo, cuando es un efecto del organismo, y cuando está probado fisiológicamente que es inevitable? ¿Cómo puede constituir un castigo algo que se produce según las leyes de la naturaleza? Eso es lo que los teólogos todavía no han explicado, ni podrán hacerlo mientras no abandonen el punto de vista en que se han colocado. Con todo, aquellas palabras que parecen tan contradictorias tienen una justificación.

Observemos, en primer lugar, que si en el momento de la creación de Adán y Eva, sus almas hubiesen sido sacadas de la nada, como todavía se enseña, la pareja debería carecer de experiencia en todas las cosas; debería por lo tanto ignorar lo que es morir. Ya que los dos estaban solos en la Tierra, al menos mientras vivieron en el paraíso terrestre, no habían presenciado la muerte de nadie. ¿Cómo, entonces, habrían podido comprender en qué consistía la amenaza de muerte que Dios les hacía? ¿Cómo habría podido comprender Eva que parir con dolor sería un castigo, visto que, como acababa de nacer a la vida, jamás había tenido hijos y era la única mujer que existía en el mundo?

Por consiguiente, las palabras de Dios debían carecer de sentido para Adán y Eva. Recién salidos de la nada, no podían saber cómo ni porqué habían surgido allí; no podían comprender ni al Creador ni el motivo de la prohibición que se les imponía. Sin experiencia alguna acerca de las condiciones de la vida, pecaron como niños que actúan sin discernimiento, lo que vuelve todavía más incomprensible la terrible responsabilidad que Dios hizo pesar sobre ellos y sobre la humanidad entera.

Lo que constituye para la teología un caso sin solución, el espiritismo lo explica sin dificultad y de una manera racional mediante la anterioridad del alma y la pluralidad de las existencias, ley sin la cual todo es misterioso y anómalo en la vida del hombre. En efecto, admitamos que Adán y Eva ya hubieran vivido, y de inmediato todo tiene una justificación: Dios no les habla como a niños, sino como a seres en estado de comprenderlo y que lo comprenden, prueba evidente de que ambos tenían conocimientos previos. Admitamos, además, que hubiesen vivido en un mundo más adelantado y menos material que el nuestro, donde el trabajo del Espíritu sustituía al del cuerpo; que por haberse rebelado contra la ley de Dios, representada en la desobediencia, hubiesen sido excluidos de allí y exiliados como un castigo en la Tierra, donde el hombre, por la naturaleza del globo, está obligado a un trabajo corporal, y entonces reconoceremos que Dios tenía razón cuando les dijo: En el mundo al que iréis a vivir de ahora en adelante, “cultivaréis la tierra y de ella extraeréis el alimento con el sudor de vuestra frente”; y a la mujer: “Parirás con dolor”, porque esa es la condición de ese mundo. (Véase el Capítulo XI, § 31 y siguientes.)

De tal modo, el paraíso terrenal, cuyos vestigios han sido buscados infructuosamente en la Tierra, era la imagen del mundo feliz donde Adán había vivido o, más bien, donde había vivido la raza de los Espíritus que él personifica. La expulsión del Paraíso marca el momento en que esos Espíritus vinieron a encarnar entre los habitantes de este mundo, y el cambio de situación que fue la consecuencia de esa expulsión. El ángel armado con una espada flamígera, que defiende la entrada al Paraíso, simboliza la imposibilidad en que se encuentran los Espíritus de los mundos inferiores de penetrar en los mundos superiores antes de que lo merezcan por su purificación. (Véase, más adelante, el Capítulo XIV, § 9 y siguientes.)

“Caín (después del asesinato de Abel) respondió al Señor: ‘Mi iniquidad es demasiado grande para que se me pueda perdonar. Me expulsáis hoy de sobre la Tierra, y yo iré a ocultarme de vuestra presencia. Seré un fugitivo y un vagabundo en la Tierra, y entonces cualquiera que me encuentre me matará’. El Señor le respondió: ‘No, eso no sucederá, porque quien mate a Caín será castigado duramente’. Y el Señor puso una señal sobre Caín, a fin de que quienes pudieran encontrarlo no lo matasen.

“Habiéndose retirado de delante del Señor, Caín quedó deambulando por la Tierra, y vivió en la región oriental del Edén. Conoció Caín a su mujer, la cual concibió y parió a Henoc. Él construyó a continuación una ciudad a la que llamó Henoc (Enoquia) del nombre de su hijo.” (Génesis, 4:13 a 16.)

Si nos atuviéramos a la letra del Génesis, llegaríamos a las siguientes conclusiones: Adán y Eva estaban solos en el mundo después de su expulsión del paraíso terrenal; posteriormente tuvieron los dos hijos, Caín y Abel. Ahora bien, luego de que Caín se retiró a otra región después de haber asesinado a su hermano, no volvió a ver a su padre y a su madre, quienes de nuevo quedaron solos. Sólo mucho más tarde, a la edad de ciento treinta años, Adán tuvo su tercer hijo, que se llamó Set, luego de cuyo nacimiento vivió aún, según la genealogía bíblica, ochocientos años, y engendró más hijos e hijas.

Por consiguiente, cuando Caín fue a establecerse al oriente del Edén, solamente había en la Tierra tres personas: su padre, su madre y él, que quedó solo, por su lado. Sin embargo, Caín tuvo mujer y un hijo. ¿Qué mujer podía ser esa, y dónde habría podido él desposarla? Él construyó una ciudad; pero una ciudad presupone la existencia de habitantes, visto que no sería por presumir que Caín la hiciera para él, su mujer y su hijo, ni que pudiese edificarla solo.

Por lo tanto, de esa narración debemos inferir que la región estaba poblada. Ahora bien, no podía serlo por los descendientes de Adán, que por entonces estaban reducidos a uno solo: Caín.

La presencia de otros habitantes se destaca igualmente de estas palabras de Caín: “Seré un fugitivo y un vagabundo, y cualquiera que me encuentre me matará”, así como de la respuesta que Dios le dio. ¿Por qué Caín temía que alguien lo matase, y qué utilidad tendría la señal que Dios le puso para preservarlo, si no habría de encontrar a nadie? Ahora bien, si había en la Tierra otros hombres además de la familia de Adán, significa que esos hombres estaban allí antes de él, de donde se deduce esta consecuencia, extraída del texto mismo del Génesis: Adán no es el primero ni el único padre del género humano. (Véase el Capítulo XI, § 34.)

Hacían falta los conocimientos que el espiritismo suministró acerca de las relaciones del principio espiritual con el principio material; acerca de la naturaleza del alma, de su creación en estado de simplicidad y de ignorancia, de su unión con el cuerpo, de su indefinida marcha progresiva a través de sucesivas existencias y a través de los mundos, que son otros tantos escalones en el camino del perfeccionamiento; acerca de su gradual liberación de la influencia de la materia mediante el uso del libre albedrío, de la causa de sus inclinaciones buenas o malas y de sus aptitudes; acerca del fenómeno del nacimiento y de la muerte; de la situación del Espíritu en la erraticidad y, finalmente, acerca del porvenir como premio a  sus esfuerzos por mejorar y a su perseverancia en el bien, para que se hiciese la luz sobre todos los aspectos de la génesis espiritual.

Gracias a esa luz el hombre sabe, de ahora en más, de dónde viene, hacia dónde va, por qué está en la Tierra y por qué sufre. Sabe que su porvenir está en sus manos, y que la duración de su cautiverio en este mundo depende exclusivamente de él. El Génesis, despojado de la alegoría limitada y mezquina, se le presenta grande y digno de la majestad, de la bondad y de la justicia del Creador. Considerado desde ese punto de vista, el Génesis confundirá a la incredulidad y la vencerá.


AMOR, CARIDAD y TRABAJO







Génesis espiritual

 




GÉNESIS ESPIRITUAL





La Génesis de Allan kardec

Principio espiritual
La existencia del principio espiritual es un hecho que, por decirlo así, no necesita más demostración que el de la existencia del principio material. Es, en cierta forma, una verdad axiomática (evidente): se confirma por sus efectos, como la materia por los que le son propios.

El principio espiritual es el corolario (deducción…) de la existencia de Dios. Sin ese principio, Dios no tendría razón de ser, puesto que no se podría concebir que la soberana inteligencia reinara durante toda la eternidad únicamente sobre la materia bruta. Puesto que no se puede admitir a Dios sin los atributos esenciales de la Divinidad: la justicia y la bondad, esas cualidades serían inútiles si Él sólo pudiera ejercitarlas sobre la materia.

Por otro lado, no se podría concebir un Dios soberanamente justo y bueno, que creara seres inteligentes y sensibles, para arrojarlos a la nada luego de algunos días de padecimientos sin compensaciones, y que se recreara en esa sucesión indefinida de seres que nacen sin haberlo pedido, pensando por un instante apenas para que sólo conozcan el dolor y se extingan definitivamente después de una efímera existencia.

Sin la supervivencia del ser pensante los padecimientos de la vida serían, de parte de Dios, una crueldad sin objetivo. Por ese motivo, el materialismo y el ateísmo son consecuencia uno del otro: al negar la causa, no se puede admitir el efecto; al negar el efecto, no se puede admitir la causa. El materialismo es, pues, coherente consigo mismo, aunque no lo sea con la razón.

La idea de la perpetuidad del ser espiritual es innata en el hombre; se encuentra en él en estado de intuición y de anhelo. El hombre comprende que solamente ahí reside la compensación de las miserias de la vida. Esa es la causa por la que siempre ha habido y habrá cada vez más espiritualistas que materialistas, y más deístas que ateos.

A la idea intuitiva y al poder del razonamiento, el espiritismo agrega la sanción de los hechos, la prueba material de la existencia del ser espiritual, de su supervivencia, de su inmortalidad y de su individualidad. Específica y define lo que aquella idea tenía de vago y abstracto. Muestra que el ser inteligente actúa fuera de la materia, tanto después como durante la vida del cuerpo.

El principio espiritual y el principio vital, ¿son una sola y la misma cosa?

A partir, como siempre, de la observación de los hechos, diremos que, si el principio vital fuese inseparable del principio inteligente, habría alguna razón para confundirlos. Sin embargo, dado que vemos seres que viven y no piensan, como las plantas; cuerpos humanos que continúan animados por la vida orgánica cuando ya no existe ninguna manifestación del pensamiento; que en el ser vivo se producen movimientos vitales independientes de la acción de la voluntad; que durante el sueño la vida orgánica permanece en plena actividad, mientras que la vida intelectual no se manifiesta por ningún signo exterior, cabe admitir que la vida orgánica reside en un principio inherente a la materia, independiente de la vida espiritual, que es propia del Espíritu. Ahora bien, visto que la materia tiene una vitalidad independiente del Espíritu, y que el Espíritu tiene una vitalidad independiente de la materia, resulta evidente que esa doble vitalidad reposa sobre dos principios diferentes. 

El principio espiritual, ¿tendrá origen en el elemento cósmico universal? ¿Será sólo una transformación, un modo de existencia de ese elemento, como la luz, la electricidad, el calor, etc.?

Si fuese así, el principio espiritual sufriría las vicisitudes de la materia; se extinguiría por la desagregación, como el principio vital; el ser inteligente no tendría más que una existencia momentánea, como la del cuerpo, y al morir volvería a la nada o, lo que sería lo mismo, al todo universal. Estaríamos, en una palabra, ante la confirmación de las doctrinas materialistas.

Las propiedades sui generis (singulares) que se le reconocen al principio espiritual prueban que este tiene existencia propia, independiente, puesto que, si su origen estuviese en la materia, le faltarían esas propiedades. Dado que la inteligencia y el pensamiento no pueden ser atributos de la materia, si nos remontamos de los efectos a la causa, se llega a la conclusión de que el elemento material y el elemento espiritual son dos principios constitutivos del universo. El elemento espiritual individualizado constituye los seres llamados Espíritus, como el elemento material individualizado constituye los diferentes cuerpos de la naturaleza, orgánicos e inorgánicos.

Admitido el ser espiritual, como este no puede proceder de la materia, ¿cuál es su origen, su punto de partida? 

Para responder, no disponemos en absoluto de los medios de investigación, como sucede con todo lo relativo al principio de las cosas. El hombre sólo puede comprobar lo que existe; acerca de todo lo demás, no le cabe otra cosa que enunciar hipótesis. Y ya sea porque ese conocimiento esté fuera del alcance de su inteligencia actual, o porque en este momento pueda resultarle inútil o perjudicial, Dios no se lo concede siquiera mediante la revelación.

Lo que Dios permite que sus mensajeros le digan y lo que, por otra parte, el hombre puede deducir por sí mismo a partir del principio de la soberana justicia, que es uno de los atributos esenciales de la Divinidad, es que todos los seres espirituales tienen el mismo punto de partida: todos son creados simples e ignorantes, con idéntica aptitud para progresar mediante su actividad individual; todos alcanzarán el grado de perfección compatible con los esfuerzos personales de la criatura; todos, porque son hijos del mismo Padre, son objeto de igual solicitud: no existe ninguno más favorecido o mejor dotado que los otros, ni dispensado del trabajo impuesto a los demás para que alcancen la meta.

Al mismo tiempo que creó, desde siempre, mundos materiales, Dios también ha creado seres espirituales desde toda la eternidad. Si no fuese así, los mundos materiales no tendrían ningún sentido. Sería mucho más fácil concebir los seres espirituales sin los mundos materiales, que estos últimos sin aquellos. Los mundos materiales debían proporcionar a los seres espirituales elementos de actividad para el desarrollo de su inteligencia.

El progreso es la condición normal de los seres espirituales, y la perfección relativa es la meta que deben alcanzar. Ahora bien, como Dios ha creado desde toda la eternidad, y crea sin cesar, también desde toda la eternidad han existido seres que alcanzaron el punto culminante de la escala.

Antes de que la Tierra existiese, mundos incontables habían sucedido a otros mundos, y cuando la Tierra salió del caos de los elementos, el espacio ya estaba poblado de seres espirituales en todos los grados de adelanto, desde los que surgían a la vida hasta los que, desde toda la eternidad, habían tomado un lugar entre los Espíritus puros, vulgarmente denominados ángeles. 


Unión del principio espiritual con la materia
Puesto que la materia debía ser el objeto del trabajo del Espíritu para el desarrollo de sus facultades, era necesario que este pudiese actuar sobre ella, razón por la cual tuvo que habitar en ella. Como la materia debía ser al mismo tiempo el objetivo y el instrumento del trabajo, Dios, en vez de unir el Espíritu a la piedra rígida, creó, para su uso, cuerpos organizados, flexibles y capaces de recibir todos los impulsos de su voluntad, así como también de prestarse a todos sus movimientos.

Por lo tanto, el cuerpo es al mismo tiempo la envoltura y el instrumento del Espíritu. A medida que este adquiere nuevas aptitudes, se reviste con una envoltura apropiada al nuevo tipo de trabajo que le corresponde realizar, tal como se hace con el operario a quien se le confía una herramienta menos sencilla a medida que demuestra su capacidad para realizar una tarea más delicada.

Para ser más exactos, es necesario expresar que el Espíritu mismo es el que modela su envoltura y la adecua a sus nuevas necesidades; perfecciona, desarrolla y completa su organismo a medida que experimenta la necesidad de poner de manifiesto nuevas facultades; en una palabra, lo adapta de acuerdo con su inteligencia. Dios le proporciona los materiales, y a él le corresponde hacer uso de ellos. A eso se debe que las razas avanzadas tengan un organismo o, si se prefiere, herramientas más perfeccionadas que las de las razas primitivas. De ese modo también se explica la marca especial que el carácter del Espíritu imprime a los rasgos de la fisonomía y a las líneas del cuerpo.

Por ser exclusivamente material, el cuerpo sufre las vicisitudes de la materia. Después de funcionar durante algún tiempo, se desorganiza y se descompone. El principio vital, como ya no encuentra un elemento para su actividad, se extingue y el cuerpo muere. El Espíritu, para quien el cuerpo privado de vida se torna inútil, lo abandona, como se abandona una casa en ruinas o la ropa que no sirve.


Hipótesis sobre el origen del cuerpo humano
De la semejanza de formas exteriores que existe entre el cuerpo del hombre y el del mono, algunos fisiólogos arribaron a la conclusión de que el primero es apenas una transformación del segundo. Nada de eso es imposible y, de ser cierto, no hay razón para que la dignidad del hombre se vea afectada. Es muy probable que los cuerpos de los monos hayan servido de vestimenta a los primeros Espíritus humanos, necesariamente poco adelantados, que vinieron a encarnar en la Tierra, visto que esa vestimenta era más apropiada a sus necesidades y más adecuada al ejercicio de sus facultades que el cuerpo de cualquier otro animal. En vez de que se elaborase una envoltura especial para el Espíritu, este lo habría encontrado ya listo. Se vistió entonces con la piel del mono, sin que dejara de ser un Espíritu humano.

Queda perfectamente entendido que aquí sólo se trata de una hipótesis que de ninguna manera se enuncia como principio, sino que se presenta solamente para mostrar que el origen del cuerpo en nada perjudica al Espíritu, que es el ser principal, y que la semejanza del cuerpo del hombre con el del mono no implica paridad entre su Espíritu y el del mono.

Admitida esa hipótesis, se puede decir que, bajo la influencia y por efecto de la actividad intelectual de su nuevo habitante, la envoltura se modificó, se embelleció en los detalles y conservó la forma general del conjunto. Mejorados a través de la procreación, los cuerpos se reprodujeron en las mismas condiciones, como ocurre con los árboles injertados. Dieron origen a una especie nueva que poco a poco se apartó del tipo primitivo, a medida que el Espíritu progresaba. El Espíritu mono, que no fue aniquilado, continuó procreando para su uso cuerpos de mono, del mismo modo que el fruto del árbol silvestre reproduce árboles de esa especie, y el Espíritu humano procreó cuerpos de hombres, variantes del primer molde en el que él se instaló. El tronco se bifurcó y produjo un retoño, que a su vez se convirtió en tronco.


Encarnación de los Espíritus
El espiritismo nos enseña de qué manera se produce la unión del Espíritu con el cuerpo, en la encarnación. 

Por su esencia espiritual, el Espíritu es un ser indefinido, abstracto, que no puede ejercer una acción directa sobre la materia, sino que precisa un intermediario. Ese intermediario es la envoltura fluídica, que en cierto modo es parte integrante del Espíritu. Se trata de una envoltura semimaterial, es decir, que pertenece a la materia por su origen y a la espiritualidad por su naturaleza etérea. Como toda la materia, es extraída del fluido cósmico universal, el cual en esa circunstancia experimenta una modificación especial. Esa envoltura, denominada periespíritu, hace de un ser abstracto, el Espíritu, un ser concreto, definido, que puede ser aprehendido mediante el pensamiento. Lo vuelve apto para actuar sobre la materia tangible, conforme sucede con todos los fluidos imponderables, que son, como se sabe, los más poderosos motores.

El fluido periespiritual constituye, por consiguiente, el lazo de unión entre el Espíritu y la materia. Durante su unión con el cuerpo sirve de vehículo al pensamiento del Espíritu, para transmitir el movimiento a las diferentes partes del organismo, las cuales actúan por impulso de su voluntad, y para hacer que repercutan en el Espíritu las sensaciones producidas por los agentes exteriores. Los nervios son sus hilos conductores, como en el telégrafo el fluido eléctrico tiene como conductor al hilo metálico.

Cuando el Espíritu debe encarnar en un cuerpo humano en vías de formación, un lazo fluídico, que no es más que una expansión de su periespíritu, lo vincula al embrión hacia el cual se siente atraído por una fuerza irresistible desde el momento de la concepción. A medida que el embrión se desarrolla, el lazo se acorta. Bajo la influencia del principio vital material del embrión, el periespíritu, que posee ciertas propiedades de la materia, se une molécula a molécula al cuerpo que se forma. Por eso es posible decir que el Espíritu, por intermedio de su periespíritu, se enraíza en cierto modo en ese germen, como lo hace una planta en la tierra. Cuando el embrión llega a la plenitud de su desarrollo, la unión es completa, y entonces nace a la vida exterior.

Por un efecto contrario, esa unión del periespíritu y de la materia carnal, que se efectúa bajo la influencia del principio vital del embrión, cesa cuando ese principio deja de actuar, a consecuencia de la desorganización del cuerpo, que ocasiona la muerte. La unión, mantenida tan solo por una fuerza actuante, cesa en el momento en que esa fuerza deja de actuar. Entonces, el periespíritu se desprende molécula a molécula, del mismo modo que se había unido, y el Espíritu es devuelto a la libertad. Por lo tanto, no es la partida del Espíritu la que causa la muerte del cuerpo, sino que esta es la que causa la partida de aquel.

El espiritismo nos enseña, mediante los hechos cuya observación nos facilita, los fenómenos que acompañan a esa separación. Algunas veces esta es rápida, sencilla, delicada e indolora, mientras que en otras es muy lenta, laboriosa y terriblemente penosa, de conformidad con el estado moral del Espíritu, y puede durar meses enteros.

Desde que el Espíritu es atrapado a través del lazo fluídico que lo liga al embrión, la turbación se apodera de él. Esa turbación aumenta a medida que el lazo se ajusta, y en los últimos momentos el Espíritu pierde la conciencia de sí mismo, de modo que jamás es testigo consciente de su nacimiento. Cuando el niño respira, el Espíritu comienza a recobrar sus facultades, que se desarrollan a medida que se forman y consolidan los órganos que habrán de servirle para su manifestación. En esto también resplandece la sabiduría que preside todas las partes de la obra de la creación. Facultades demasiado activas consumirían y destrozarían órganos delicados y apenas en formación; por eso su energía es proporcional a la fuerza de resistencia de esos órganos.

Con todo, al mismo tiempo que el Espíritu recobra la conciencia de sí mismo, pierde el recuerdo de su pasado, aunque no pierde las facultades, las cualidades ni las aptitudes adquiridas con anterioridad, aptitudes que habían quedado transitoriamente en estado latente y que, al volver a la actividad, lo ayudarán a desenvolverse más y mejor que antes. Renace tal como había llegado a ser mediante su trabajo anterior; ese renacimiento constituye un nuevo punto de partida, un nuevo peldaño que subir. Incluso allí se manifiesta la bondad del Creador, dado que el recuerdo del pasado, con frecuencia penoso o humillante, sumado a la angustia de una nueva existencia, podría perturbarlo y crearle impedimentos. Sólo recuerda lo que ha aprendido, porque eso le es útil. Si en ocasiones conserva una vaga intuición de los acontecimientos pasados, esa intuición es como el recuerdo de un sueño fugitivo. Se trata, por consiguiente, de un hombre nuevo, por más antiguo que sea su Espíritu. Adopta nuevos hábitos con la ayuda de sus conquistas anteriores. Cuando regresa a la vida espiritual, su pasado se despliega ante su mirada, y entonces evalúa si ha empleado bien o mal su tiempo.

El Espíritu es siempre él mismo, antes, durante y después de la encarnación, pues esta es sólo una fase especial de su existencia. El olvido únicamente se produce en el transcurso de la vida exterior de relación, ya que, durante el sueño, parcialmente desprendido de los lazos carnales, el Espíritu es restituido a la libertad y a la vida espiritual, y recuerda su pasado. Su visión espiritual no está tan oscurecida por la materia.

Según la opinión de algunos filósofos espiritualistas, el principio inteligente, distinto del principio material, se individualiza, se elabora, al pasar por los diversos grados de la animalidad. Es ahí donde el alma se ensaya para la vida y desarrolla sus primeras facultades mediante la ejercitación; sería, por así decirlo, su período de incubación. Llegada al grado de desarrollo que ese estado permite, recibe las facultades especiales que constituyen el alma humana. Existiría entonces una filiación espiritual, del mismo modo que existe una filiación corporal.

Este sistema plantea numerosas cuestiones, cuyos pros y contras no es oportuno discutir aquí, del mismo modo que no se justifica el análisis de las diferentes hipótesis que se han enunciado en relación con este asunto. Por consiguiente, sin que investiguemos el origen del alma, ni que tratemos de conocer los grados por los cuales pudo haber pasado, la consideramos a partir de su ingreso en la humanidad, en el punto en que, dotada de sentido moral y de libre albedrío, comienza a ejercer la responsabilidad de sus actos.

La obligación que tiene el Espíritu encarnado de ocuparse del alimento del cuerpo, de su seguridad y su bienestar, lo impulsa a emplear sus facultades en investigaciones, a ejercitarlas y desarrollarlas. Así pues, su unión con la materia es de utilidad para su adelanto, y por eso la encarnación es una necesidad. Además, a través de la actividad inteligente que realiza para su beneficio sobre la materia, contribuye a la transformación y al progreso material del globo en el que habita. Así, a medida que progresa, colabora con la obra del Creador, de la cual se convierte en un agente inconsciente.

Sin embargo, la encarnación del Espíritu no es constante ni perpetua, sino apenas transitoria. Cuando abandona un cuerpo, no retoma otro inmediatamente. Durante un lapso más o menos considerable vive la vida espiritual, que es su vida normal, de tal modo que el tiempo que duran sus diferentes encarnaciones resulta insignificante comparado con el que pasa en estado de Espíritu libre.

En el intervalo entre sus encarnaciones, el Espíritu también progresa, en el sentido de que aprovecha, para su adelanto, los conocimientos y la experiencia que obtuvo durante la vida corporal –nos referimos al Espíritu que ha alcanzado el estado de alma humana, de modo que posee libertad de acción y conciencia de sus actos–; analiza lo que hizo mientras vivió en la Tierra, pasa revista a lo que ha aprendido, reconoce sus faltas, elabora planes, y toma resoluciones mediante las cuales pretende guiarse en una nueva existencia, con la intención de obrar mejor. De ese modo, cada existencia representa un paso hacia adelante en el camino del progreso, una especie de escuela de aplicación. 

Por lo general, la encarnación no es, pues, un castigo para el Espíritu, según piensan algunos, sino una condición inherente a la inferioridad del Espíritu, así como también un medio para que progrese.

A medida que progresa moralmente, el Espíritu se desmaterializa, es decir, se depura al liberarse de la influencia de la materia; su vida se espiritualiza, sus facultades y sus percepciones se amplían; su felicidad es proporcional al progreso realizado. No obstante, como actúa en virtud de su libre albedrío, puede por negligencia o mala voluntad retardar su adelanto; prolonga, por consiguiente, la duración de sus encarnaciones materiales, que entonces se convertirán en un castigo, dado que por sus faltas permanece en las categorías inferiores, obligado a recomenzar la misma tarea. Así pues, del Espíritu depende abreviar, por medio del trabajo de purificación realizado sobre sí mismo, la duración del período de las encarnaciones.

El progreso material de un globo acompaña el progreso moral de sus habitantes. Ahora bien, como la creación de los mundos y de los Espíritus es incesante, y como estos progresan más o menos rápidamente, conforme al empleo que hagan de su libre albedrío, resulta de ahí que hay mundos más o menos antiguos, con grados diferentes de adelanto físico y moral, en los cuales la encarnación es más o menos material y, por consiguiente, el trabajo para los Espíritus es más o menos arduo. Desde este punto de vista, la Tierra es uno de los mundos menos adelantados. Poblado por Espíritus relativamente inferiores, la vida corporal es en él más penosa que en otros globos. También los hay más atrasados, donde la existencia es todavía más penosa que en la Tierra, y en comparación con los cuales ésta sería un mundo relativamente feliz.

Cuando los Espíritus han realizado en un mundo la totalidad del progreso que el estado de ese mundo permite, lo abandonan para encarnar en otro más adelantado, donde adquieren nuevos conocimientos, y así sucesivamente, hasta que ya no les resulta provechosa la encarnación en un cuerpo material. Entonces pasan a vivir con exclusividad la vida espiritual, en la que continúan su progreso en otro sentido y por otros medios. Cuando alcanzan el punto culminante del progreso, gozan de la suprema felicidad. Admitidos en los consejos del Todopoderoso, conocen su pensamiento, se convierten en sus mensajeros, sus ministros directos en el gobierno de los mundos, y tienen bajo sus órdenes a Espíritus de diversos grados de adelanto.

De esa manera, sea cual fuere el grado en que se encuentren en la jerarquía espiritual, desde el más bajo al más elevado, todos los Espíritus, encarnados o desencarnados, tienen sus atribuciones en el gran mecanismo del universo; todos son útiles al conjunto, al mismo tiempo que lo son para sí mismos. A los menos adelantados, como simples operarios, les corresponde el desempeño de una tarea material, que al principio es inconsciente, y después se torna cada vez más inteligente. En el mundo espiritual existe actividad en todas partes, y en ningún lado hay ociosidad improductiva.

Cuando la Tierra se encontró en condiciones climáticas apropiadas para la existencia de la especie humana, encarnaron en ella Espíritus; y si se admite que encontraron envolturas ya formadas, a las que solo tuvieron que adaptar a su uso, se comprende aún mejor que hayan podido nacer simultáneamente en varios puntos del globo.

Aunque los primeros que surgieron debieron de estar poco adelantados, por la razón misma de que tenían que encarnar en cuerpos muy imperfectos, por cierto, es probable que hubiera notorias diferencias en sus caracteres y aptitudes, según el grado de su desarrollo moral e intelectual. Los Espíritus que se asemejaban se agruparon naturalmente por analogía y simpatía. Así, la Tierra se encontró poblada por Espíritus de diversas categorías, más o menos aptos o rebeldes al progreso. Puesto que los cuerpos recibían la impresión del carácter del Espíritu, y dado que esos cuerpos se procreaban de conformidad con sus respectivos tipos, resultaron de ahí diferentes razas, tanto en lo físico como en lo moral. Al continuar encarnando preferentemente entre los que se les asemejaban, los Espíritus similares perpetuaron el carácter distintivo físico y moral de las razas y de los pueblos, carácter que sólo con el tiempo desaparece, mediante su fusión y el progreso de los Espíritus. (Véase la Revista Espírita, julio de 1860, pág. 198: “Frenología y fisiognomía”.)


Reencarnación
El principio de la reencarnación es una consecuencia inevitable de la ley del progreso. Sin la reencarnación, ¿cómo se explicaría la diferencia que existe entre el actual estado social y el de los tiempos de barbarie? Si las almas fueran creadas al mismo tiempo que los cuerpos, las que nacen hoy serían tan nuevas, tan primitivas como las que vivieron hace mil años. Además, no habría ninguna conexión entre ellas, ninguna relación necesaria; serían absolutamente independientes unas de otras. ¿Por qué, entonces, las almas de la actualidad están mejor dotadas por Dios que las que las precedieron? ¿Por qué comprenden mejor las cosas? ¿Por qué poseen instintos más depurados, costumbres más moderadas? ¿Por qué tienen la intuición de ciertas cosas sin haberlas aprendido? Invitamos a que se resuelva este dilema, a menos que se admita que Dios crea almas de diferentes calidades, de acuerdo con las épocas y los lugares: proposición inconciliable con la idea de una justicia soberana.

Reconozcamos, por el contrario, que las almas de hoy ya han vivido en tiempos lejanos; que posiblemente fueron bárbaras como su época, pero que han progresado; que en cada nueva existencia traen lo que han adquirido en las existencias anteriores; que, por consiguiente, las almas de los tiempos civilizados no son almas creadas más perfectas, sino que se perfeccionaron por sí mismas con el transcurso del tiempo, y entonces tendremos la única explicación admisible de la causa del progreso social. (Véase El libro de los Espíritus, Libro II, Capítulos IV y V.)


Emigraciones e inmigraciones de los Espíritus
En el intervalo entre sus existencias corporales, los Espíritus se encuentran en estado de erraticidad y forman la población espiritual del ambiente del globo.

Es preciso considerar los flagelos destructores y los cataclismos como ocasiones de llegadas y partidas colectivas, recursos providenciales para renovar la población corporal del globo, que se robustece mediante la introducción de nuevos elementos espirituales más purificados.

Las renovaciones rápidas, casi instantáneas, que se producen en el elemento espiritual de la población a consecuencia de los flagelos destructores, aceleran el progreso social; si no fuera por las emigraciones e inmigraciones que de tiempo en tiempo vienen a darle un impulso violento, ese progreso sólo se realizaría con extrema lentitud.

Es de notar que las grandes calamidades que diezman a las poblaciones están seguidas invariablemente por una era de progreso en el orden físico, intelectual o moral y, por consiguiente, en el estado social de las naciones en las que estas se verifican. Eso se debe a que tienen por finalidad producir una transformación en la población espiritual, que es la población normal y activa del globo.

Esa transfusión que ocurre entre la población encarnada y la desencarnada de un mismo globo, se efectúa también entre los mundos, ya sea individualmente en las condiciones normales, o de forma masiva en circunstancias especiales. Hay, pues, emigraciones e inmigraciones colectivas de un mundo hacia otro, de donde resulta la introducción, en la población de un globo, de elementos absolutamente nuevos. Nuevas razas de Espíritus, que vienen a mezclarse con las existentes, constituyen nuevas razas de hombres. Ahora bien, como los Espíritus no pierden nunca lo que han conquistado, llevan consigo la inteligencia y la intuición de los conocimientos que poseen y, por consiguiente, imprimen su carácter a la raza corporal que van a animar. Para eso no necesitan que se creen nuevos cuerpos exclusivamente para su uso. La especie corporal existe, de modo que siempre encuentran cuerpos listos para recibirlos. Por lo tanto, apenas son nuevos habitantes. A su llegada a la Tierra integran primero la población espiritual, para después encarnar como los demás.


Raza adámica
De acuerdo con la enseñanza de los Espíritus, fue una de esas importantes inmigraciones, o si se prefiere, una de esas colonias de Espíritus provenientes de otra esfera, la que dio origen a la raza simbolizada en la persona de Adán, la cual por esa razón se denomina raza adámica. A su llegada a la Tierra, el planeta ya estaba poblado desde tiempos inmemoriales, como América cuando llegaron a ella los europeos.

Más adelantada que las que la habían precedido en este planeta, la raza adámica es, en efecto, la más inteligente, la que impulsa el progreso de las demás. El Génesis nos la muestra industriosa desde sus comienzos, apta para las artes y las ciencias, sin que haya pasado aquí por la infancia intelectual, lo que no sucede con las razas primitivas, pero que concuerda con la opinión de que estaba compuesta por Espíritus que ya habían alcanzado cierto progreso. Todo prueba que la raza adámica no es antigua en la Tierra, y nada se opone al hecho de que habita en ella desde hace apenas unos miles de años, lo que no estaría en contradicción ni con los hallazgos geológicos ni con las investigaciones antropológicas, sino que, por el contrario, tendería a confirmarlas.

La doctrina según la cual el género humano en su totalidad proviene de un solo individuo desde hace seis mil años es inadmisible en el estado actual de los conocimientos. Las principales consideraciones que la refutan, apoyadas tanto en el orden físico como en el moral, se resumen en los siguientes enunciados:

Desde el punto de vista fisiológico, algunas razas presentan tipos particulares característicos que no permiten atribuirles un origen común. Hay diferencias que evidentemente no se deben al efecto del clima, puesto que los blancos que se reproducen en los países de los negros no se vuelven negros, y viceversa. El calor del sol tuesta y oscurece la epidermis, pero nunca ha convertido a un blanco en negro, ni le ha achatado la nariz, ni cambió sus rasgos fisonómicos, ni le convirtió en crespo ni lanoso el cabello lacio y sedoso. Hoy se sabe que el color del negro proviene de un tejido subcutáneo particular, característico de la especie. 

Debemos entonces considerar que las razas negra, mongólica y caucásica tuvieron orígenes propios y nacieron simultánea o sucesivamente en diferentes partes del globo. Su cruzamiento produjo las razas mixtas secundarias. Los caracteres fisiológicos de las razas primitivas constituyen un indicio evidente de que provienen de tipos especiales. Las mismas consideraciones se aplican, por consiguiente, tanto para los hombres como para los animales, en lo que respecta a la pluralidad de los troncos.

Adán y sus descendientes están representados en el Génesis como hombres esencialmente inteligentes, puesto que desde la segunda generación construyen ciudades, cultivan la tierra y forjan los metales. Sus progresos en las artes y en las ciencias son rápidos y duraderos. No se podría concebir, por lo tanto, que ese tronco haya tenido como ramas numerosos pueblos tan atrasados, de inteligencia tan rudimentaria, al tal punto que en nuestros días aún rozan la animalidad, además de que han perdido todo rastro e incluso hasta el mínimo recuerdo tradicional de lo que hacían sus padres. Una diferencia tan radical en las aptitudes intelectuales y en el desarrollo moral constituye una prueba, no menos evidente, de que existe una diferencia de origen.

Independientemente de los descubrimientos geológicos, la prueba de la existencia del hombre en la Tierra antes de la época determinada por el Génesis se extrae de la población del globo.

Sin aludir a la cronología china, que según algunos se remonta a treinta mil años atrás, documentos de probada autenticidad muestran que Egipto, la India y otros países ya estaban poblados y florecientes como mínimo tres mil años antes de la Era Cristiana, por lo tanto, mil años después de la creación del primer hombre, según la cronología bíblica. Documentos y observaciones recientes no parecen dejar ninguna duda en cuanto a las relaciones que han existido entre América y los antiguos egipcios, de donde se deduce que esa región ya estaba poblada en aquella época. Sería preciso, entonces, admitir que en mil años la posteridad de un solo hombre fue capaz de poblar la mayor parte de la Tierra. Ahora bien, semejante fecundidad estaría en flagrante contradicción con todas las leyes antropológicas. El propio Génesis no atribuye a los primeros descendientes de Adán una fecundidad anormal, puesto que hace su recuento nominal hasta Noé.

Esa imposibilidad se vuelve aún más evidente cuando se admite, de acuerdo con el Génesis, que el diluvio destruyó a todo el género humano, con excepción de Noé y su familia, que no era numerosa, en el año 1656 del mundo, es decir, 2348 años antes de Jesucristo. En ese caso, la población de la Tierra apenas se remontaría a Noé. Ahora bien, hacia esa época, la historia designa a Menes como rey de Egipto. Cuando los hebreos se establecieron en ese país, 642 años después del diluvio, Egipto ya era un poderoso imperio, y habría sido poblado –sin mencionar otras regiones–, en menos de seis siglos, tan sólo por los descendientes de Noé, lo cual no es admisible.

Observemos, asimismo, que los egipcios recibieron a los hebreos como extranjeros. Sería sorprendente que aquellos hubiesen perdido el recuerdo de un origen común tan cercano, cuando conservaban religiosamente los monumentos de su historia.

Así pues, una rigurosa lógica, corroborada por los hechos, demuestra de la manera más categórica que el hombre está en la Tierra desde un lapso indeterminado, muy anterior a la época que señala el Génesis. Ocurre lo mismo con la diversidad de los troncos primitivos, dado que demostrar la falsedad de una proposición equivale a demostrar la proposición contraria. Si la geología descubriera rastros auténticos de la presencia del hombre antes del gran período diluviano, la demostración sería aún más completa.


Doctrina de los ángeles caídos y del paraíso perdido
La palabra ángel, como tantas otras, tiene varias acepciones. Se la emplea indistintamente en sentido bueno o malo, porque se dice: “los ángeles buenos” y “los ángeles malos”, “el ángel de la luz” y “el ángel de las tinieblas”; de donde se sigue que, en su acepción general, significa simplemente Espíritu.

Los ángeles no son seres aparte de la humanidad, creados perfectos, sino Espíritus que alcanzaron la perfección, como todas las criaturas, mediante sus esfuerzos y su mérito. Si los ángeles fueran seres creados perfectos, dado que rebelarse contra Dios es un signo de inferioridad, los que se rebelaron no podrían ser ángeles. La rebelión contra Dios es inconcebible en seres que Él creó perfectos, mientras que es posible por parte de seres aún atrasados.

La palabra ángel, según la etimología (del griego ággelos), significa enviado, mensajero. Ahora bien, no es racional suponer que Dios haya elegido a sus mensajeros entre seres suficientemente imperfectos para rebelarse contra Él.



El Libro de los Espíritus de Allan Kardec

ACERCA DE LOS ESPÍRITUS
Origen y naturaleza de los Espíritus.
¿Qué definición se puede dar de los Espíritus?
“Se puede decir que los Espíritus son los seres inteligentes de la creación. Pueblan el universo fuera del mundo material.”

NOTA. La palabra Espíritu es empleada aquí para designar a las individualidades de los seres extracorporales, y no al elemento inteligente universal.

Los Espíritus, ¿son seres distintos de la Divinidad, o sólo serían emanaciones o porciones de ella, razón por la cual se los llama hijos o criaturas de Dios?
“¡Dios mío! Son su obra, exactamente como lo es una máquina hecha por el hombre. Esa máquina es obra del hombre y no él mismo. Tú sabes que cuando el hombre hace una cosa bella, útil, la llama su criatura, su creación. Pues bien, lo mismo ocurre con Dios: somos sus hijos puesto que somos su obra.”

Los Espíritus, ¿han tenido un principio, o son eternos como Dios?
“Si los Espíritus no hubiesen tenido principio serían iguales a Dios. En cambio, son su creación y se hallan sometidos a su voluntad. Dios es eterno, eso es incontestable. Pero acerca de cuándo y cómo nos creó, nada sabemos. Puedes decir que no hemos tenido principio, si entiendes por eso que Dios, por ser eterno, debió crear sin descanso. No obstante, cuándo y cómo fue hecho cada uno de nosotros, te lo repito, nadie lo sabe: allí está el misterio.”

Puesto que hay dos elementos generales en el universo: el elemento inteligente y el elemento material, ¿podría decirse que los Espíritus están formados por el elemento inteligente, así como los cuerpos inertes están formados por el elemento material?
“Es evidente. Los Espíritus son la individualización del principio inteligente, así como los cuerpos son la individualización del principio material. Lo que se desconoce es la época y el modo en que se produjo esa formación.”

La creación de los Espíritus, ¿es permanente o sólo tuvo lugar en el origen de los tiempos?
“Es permanente; quiere decir que Dios nunca dejó de crear.”

Los Espíritus, ¿se forman espontáneamente o proceden unos de otros?
“Dios los crea, como al resto de las criaturas, mediante su voluntad. No obstante, una vez más lo repito, su origen es un misterio.”

¿Es exacto decir que los Espíritus son inmateriales?
“¿Cómo se puede definir algo cuando se carece de términos de comparación y con un lenguaje insuficiente? ¿Puede un ciego de nacimiento definir la luz? Inmaterial no es la palabra; incorporal sería más exacto, pues debes comprender que el Espíritu, al ser una creación, debe ser algo. Se trata de una materia quintaesenciada, pero sin analogía para vosotros, y tan etérea que no puede ser captada por vuestros sentidos.”

Decimos que los Espíritus son inmateriales porque su esencia difiere de todo lo que conocemos con el nombre de materia. Un pueblo de ciegos no dispondría de términos para expresar la luz y sus efectos. El ciego de nacimiento cree que todas las percepciones se obtienen a través del oído, el olfato, el gusto y el tacto. No comprende las ideas que el sentido que le falta le proporcionaría. Asimismo, con respecto a la esencia de los seres sobrehumanos, nosotros somos verdaderos ciegos. Sólo podemos definirlos mediante comparaciones que siempre son imperfectas, o por un esfuerzo de nuestra imaginación.

Los Espíritus, ¿tienen fin? Se comprende que el principio del que emanan sea eterno, pero lo que preguntamos es si su individualidad tiene término y si, en un momento dado, más o menos distante, el elemento que los forma no se disemina y retorna a la masa, como sucede con los cuerpos materiales. Es difícil comprender que algo que tuvo comienzo pueda no tener fin.
“Hay muchas cosas que vosotros no comprendéis, porque vuestra inteligencia es limitada, lo cual no es una razón para rechazarlas. El niño no comprende todo lo que es comprensible para su padre, ni el ignorante comprende lo mismo que el sabio. Te decimos que la existencia de los Espíritus no tiene fin. Es todo lo que podemos decir por ahora.”

El alma, ¿tiene en el cuerpo una sede determinada y circunscrita?
“No, pero en los grandes genios, en los que piensan mucho, reside más particularmente en la cabeza; y en el corazón en los que poseen sentimientos elevados y cuyas acciones benefician a la humanidad.”


AMOR, CARIDAD y TRABAJO