Penas eternas





 

PENAS ETERNAS







Origen de la doctrina de las penas eternas

La doctrina de las penas eternas, así como la del Infierno material, tuvo su razón de ser mientras el miedo sirvió de freno a los hombres poco adelantados tanto en lo intelectual como en lo moral. Como estaban imposibilitados de captar los matices a menudo delicados del bien y del mal, así como el valor relativo de las circunstancias atenuantes o agravantes, los hombres se impresionarían poco o nada con la idea de las penas morales; tampoco comprenderían la idea de una justicia basada en penas graduales y proporcionales.

Cuanto más próximos se encuentran del estado primitivo, más materialistas son los hombres. El sentido moral es el que se desarrolla más tardíamente en ellos, razón por la cual apenas pueden formarse de Dios y de sus atributos, así como de la vida futura, una idea muy vaga e imperfecta. 

Ese tipo de hombres necesitaba creencias religiosas compatibles con su naturaleza todavía grosera. Una religión exclusivamente espiritual, que fuera todo amor y caridad, no podía asociarse con la brutalidad de las costumbres y de las pasiones.

A medida que el Espíritu se desarrollaba, el velo material fue disipándose poco a poco, y los hombres resultaron más aptos para comprender las cuestiones espirituales. Pero eso ocurrió en forma lenta y gradual. En ocasión de su advenimiento, Jesús pudo proclamar un Dios clemente, así como referirse a su reino, que no es de este mundo, y decir a los hombres: “Amaos los unos a los otros y haced el bien a quienes os odian”, en tanto que los antiguos decían: “Ojo por ojo, diente por diente”.

Con todo, Cristo no pudo revelar a sus contemporáneos todos los misterios del porvenir. Él mismo lo dijo: “Todavía tengo muchas cosas para deciros, pero no las comprenderíais; por eso os hablo en parábolas”. En cambio, fue muy explícito en lo que respecta a la moral, es decir, a los deberes del hombre para con su prójimo, porque supo darse a entender haciendo vibrar la cuerda sensible de la vida material. En cuanto a las demás cuestiones, se limitó a sembrar bajo la forma alegórica los gérmenes que deberían desarrollarse más adelante.

La doctrina de las penas y las recompensas futuras pertenece a este último orden de ideas. Sobre todo, en relación con las penas, Cristo no podía provocar un quiebre brusco en relación con las ideas preconcebidas. Había venido para señalar a los hombres nuevos deberes. Ya era mucho que pudiera sustituir el odio y la venganza por la caridad y el amor al prójimo, el egoísmo por la abnegación. Además, racionalmente no podía debilitar el miedo al castigo que se reservaba a los prevaricadores, sin debilitar al mismo tiempo la noción del deber. 

Si bien Jesús amenazó a los culpables con el fuego eterno, también los amenazó con que serían arrojados a la Gehena. Pero ¿qué era la Gehena? Un lugar de los alrededores de Jerusalén, un basural en el que se arrojaban los desperdicios de la ciudad. ¿Se debería interpretar también eso al pie de la letra? Se trataba de una de esas imágenes enérgicas de las que Jesús se valía para impresionar a las masas. Lo mismo sucede con el fuego eterno. Si ese no hubiera sido su pensamiento, habría estado en contradicción consigo mismo al exaltar la clemencia y la misericordia de Dios, pues la clemencia y la inexorabilidad son opuestos que se anulan. Así pues, cometeríamos una extraña equivocación en lo relativo al sentido de las palabras de Jesús, si le atribuyéramos la sanción del dogma de las penas eternas, cuando toda su enseñanza proclama la mansedumbre del Creador.

Además, Él sabía que el tiempo y el progreso se encargarían de explicar su sentido alegórico, sobre todo porque, según su predicción, el Espíritu de Verdad acudiría para esclarecer a los hombres acerca de todas las cosas.


Imposibilidad material de las penas eternas

Según el dogma de las penas eternas, el destino del alma después de la muerte está fijado de forma irrevocable, de modo que el progreso le está vedado definitivamente. Ahora bien, ¿el alma progresa o no? Esa es la cuestión. Si progresa, la eternidad de las penas es imposible.

¿Se puede dudar de ese progreso, cuando se ve la enorme variedad de aptitudes morales e intelectuales que existe en la Tierra, desde el salvaje hasta el hombre civilizado, y cuando se ve la diferencia que presenta un mismo pueblo en el transcurso de un siglo a otro? Si admitiéramos que ya no son las mismas almas, habría entonces que admitir que Dios crea almas en todos los grados de adelanto, según las épocas y los lugares, y que favorece a unas, mientras que destina a otras a una inferioridad perpetua. Pero eso sería incompatible con la justicia, que debe ser pareja para todas las criaturas.

Es indudable que el alma atrasada moral e intelectualmente, como lo es la de los pueblos bárbaros, no puede disponer de los mismos elementos para ser feliz, de las mismas aptitudes para gozar del esplendor de lo infinito, que aquella otra alma cuyas facultades están ampliamente desarrolladas. Por lo tanto, si esas almas no progresan, en las condiciones más favorables sólo podrán gozar eternamente de una felicidad, por decirlo así, negativa. De modo que, para estar de acuerdo con la rigurosa justicia, llegamos forzosamente a la conclusión de que las almas más adelantadas son las mismas que estaban atrasadas, y que han progresado. En este punto nos enfrentamos con la importante cuestión de la pluralidad de las existencias: el único medio racional para resolver esta dificultad. Con todo, vamos a dejarla de lado, a fin de considerar el alma desde el punto de vista de una única existencia.

Imaginemos un joven de veinte años, como tantos que existen actualmente, ignorante, de instintos viciosos, que niega la existencia de su alma y la de Dios, entregado al descontrol y a cometer toda clase de perversidades. Posteriormente, en un medio favorable, ese joven trabaja, se instruye, se corrige gradualmente hasta convertirse en un creyente piadoso. ¿No es ese un ejemplo palpable del progreso del alma durante la vida, ejemplo que se reitera todos los días? Ese hombre muere a edad avanzada como un santo, y por cierto su salvación está asegurada. Con todo, ¿cuál habría sido su destino si un accidente lo hubiera llevado a la muerte cuarenta o cincuenta años antes? En esa época reunía todas las condiciones necesarias para que fuera condenado; de modo que, una vez condenado, toda forma de progreso le estaría vedada. Nos encontramos, pues, ante un hombre que sólo se salvó porque vivió más tiempo, y que, según la doctrina de las penas eternas, se habría perdido para siempre si hubiera vivido menos, tal vez como consecuencia de un accidente fortuito. Dado que su alma pudo progresar en un momento determinado, ¿por qué razón no habría podido progresar también después de la muerte, en caso de que una causa ajena a su voluntad le hubiera impedido hacerlo en vida? ¿Por qué Dios le habría negado los medios? El arrepentimiento, aunque tardío, no habría dejado de llegar. En cambio, si desde el instante mismo de su muerte se le hubiese impuesto una condena irremisible, su arrepentimiento habría sido infructuoso por toda la eternidad, y su aptitud para progresar habría quedado anulada para siempre.

El dogma de la eternidad absoluta de las penas es, por lo tanto, incompatible con el progreso de las almas, al cual opone una barrera infranqueable. Ambos principios se anulan recíprocamente, pues la existencia de uno implica forzosamente el aniquilamiento del otro. ¿Cuál de los dos es real? La ley del progreso existe realmente: no se trata de una teoría, sino de un hecho confirmado por la experiencia; es una ley de la naturaleza, ley divina, imprescriptible. Así pues, si esta existe y no puede conciliarse con la otra, entonces la otra no existe. Si el dogma de la eternidad de las penas fuese verdadero, san Agustín, san Pablo y tantos otros jamás habrían visto el Cielo en caso de que hubieran muerto antes de realizar el progreso que los condujo a la conversión.

A este último argumento responderán que la conversión de esos santos personajes no fue el resultado del progreso del alma, sino de la gracia que se les concedió y por la que fueron tocados.

Con todo, eso es un juego de palabras. Si esos santos practicaron el mal, y más tarde el bien, significa que mejoraron. Por consiguiente, progresaron. ¿Por qué Dios les habría concedido como favor especial la gracia de que se corrigieran? ¿Por qué a ellos sí y a otros no? Siempre se nos responde con la doctrina de los privilegios, incompatible con la justicia de Dios y con el amor que dispensa por igual a todas las criaturas.

Según la doctrina espírita, de acuerdo con las palabras mismas del Evangelio, con la lógica y con la justicia más rigurosa, el hombre es hijo de sus obras, tanto en esta vida como después de la muerte. No le debe nada a la gracia. Dios lo recompensa por los esfuerzos que realiza, y lo castiga por su negligencia durante todo el tiempo que se obstina en ella.


Las penas eternas a la luz de la Doctrina Espírita son una quimera que se desmiente con la lógica y el conocimiento práctico de las leyes espirituales que nos rigen. La obra de Dios es renovadora y progresiva, tendente a la perfección. La eternidad de las penas o de los castigos sería una especie de enfermedad incurable.

Los Espíritus superiores nos enseñan que sólo el bien es eterno, porque es la esencia de Dios, y que el mal tendrá un fin. En consecuencia de este principio combaten la doctrina de la eternidad de las penas como contraria a la idea que Dios nos da de su justicia y de su bondad. Pero la luz no se hace para los Espíritus sino debido a su elevación; en las clases inferiores sus ideas aún se encuentran oscurecidas por la materia; para ellos, el futuro está cubierto por un velo: no ven más que el presente. Están en la posición de un hombre que escala una montaña; en el fondo del valle, la niebla y las curvas del camino limitan su visión: le es preciso llegar a la cima para abarcar todo el horizonte, para evaluar su recorrido y lo que le queda por hacer. Al no percibir el término de sus sufrimientos, los Espíritus imperfectos creen que siempre han de sufrir, y este pensamiento es en sí mismo un castigo para ellos. Por lo tanto, si ciertos Espíritus nos hablan de penas eternas es porque creen en ellas, debido a su inferioridad.

Bibliografía:
El Cielo y el Infierno
amorpazycaridad.es
cursoespirita.com


AMOR, CARIDAD y TRABAJO







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