El escaso valor de la diminuta Tierra...

 



EL ESCASO VALOR DE LA DIMINUTA TIERRA Y POR ENDE DE SUS POBLADORES EN RELACIÓN CON EL INCONMESURABLE ESPACIO INFINITO



La Génesis de Allan Kardec

La Vía Láctea

Durante las hermosas noches estrelladas y sin luna, muchos han contemplado esa franja blanquecina que atraviesa el cielo de un extremo al otro, al que los antiguos denominaron Vía Láctea a causa de su apariencia lechosa. En los tiempos modernos, ese resplandor difuso ha sido exhaustivamente explorado por el telescopio, de modo que ese camino de polvo dorado, o ese río de leche de la mitología antigua, se ha transformado en un vasto campo de maravillas desconocidas. Las investigaciones de los observadores condujeron al conocimiento de su naturaleza y revelaron que allí, donde nuestra mirada errante apenas percibe una débil luminosidad, existen millones de soles más luminosos e importantes que el que ilumina nuestra tierra. 

En efecto, la Vía Láctea es una campiña matizada con flores solares y planetarias que brillan en toda su enorme extensión. Nuestro Sol y todos los cuerpos que lo acompañan forman parte de ese conjunto de mundos radiantes que componen la Vía Láctea. Con todo, a pesar de sus dimensiones gigantescas comparado con la Tierra, y a la magnitud de su imperio, el Sol apenas ocupa un lugar inapreciable en esa vasta creación. Pueden contarse unos treinta millones de soles semejantes a él que gravitan en esa inmensa región, apartados unos de otros por más de cien mil veces el radio de la órbita terrestre [Más de 3 trillones, 400 billones de leguas. (N. de Allan Kardec.)]. 

Mediante ese cálculo aproximado se puede evaluar la extensión de esa región sideral, así como la relación que existe entre nuestro sistema y la universalidad de los sistemas que ella contiene. Se puede, asimismo, evaluar la exigüidad del dominio solar y, a fortiori, el escaso valor de nuestra diminuta Tierra. ¡Qué sería entonces si se considerasen los seres que lo pueblan!

Digo “escaso valor” porque nuestras determinaciones se aplican no sólo a la extensión material, física, de los cuerpos que estudiamos –lo que sería poco–, sino también y sobre todo al estado moral en que se hallan como morada, y al grado que ocupan en la universal jerarquía de los seres. La Creación se muestra ahí en toda su majestad, creando y propagando alrededor del mundo solar, y en cada uno de los sistemas que lo rodean por doquier, las manifestaciones de la vida y la inteligencia. 

De ese modo, se conoce la posición que ocupan nuestro Sol y la Tierra en el mundo de las estrellas. Estas consideraciones ganarán aún mayor peso si reflexionamos sobre el estado mismo de la Vía Láctea, que, vista de lejos, en la inmensidad de las creaciones siderales, no representa más que un punto insignificante e inapreciable, porque no es más que una nebulosa estelar entre los millones de las que existen en el espacio. Si ella nos parece más vasta y rica que las otras, se debe a la exclusiva razón de que nos rodea y se desarrolla en toda su extensión ante nuestros ojos, mientras que las otras, perdidas en las profundidades insondables, apenas se dejan entrever. 

Ahora bien, si sabemos que la Tierra es nada o casi nada en el sistema solar; que este es nada o casi nada en la Vía Láctea; que esta, a su vez, es nada o casi nada en la universalidad de las nebulosas, y que incluso esa universalidad es muy poca cosa dentro del inconmensurable infinito, entonces comenzaremos a comprender qué es el globo terrestre.


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Evolución del alma espírita







EVOLUCIÓN DEL ALMA ESPÍRITA








Según las enseñanzas de los espíritus superiores, nuestra alma ha pasado por los seres inferiores de la creación, como alma vital e intelectual pero no como alma espírita, de acuerdo con la clasificación que se le da a la palabra alma en el tema II del libro titulado “Introducción al estudio de la Doctrina Espirita” en el que textualmente dice:

Evitaríase igualmente la confusión empleando la palabra alma en los tres casos (el alma como principio de la vida orgánica, el alma como principio de la inteligencia y el alma como un ser moral), añadiéndole un calificativo que especificase el punto de vista bajo el cual la consideramos o la aplicación que de ella se hace. Sería entonces una palabra genérica, representando al mismo tiempo el principio de la vida material, de la inteligencia y del sentido moral, y que se distinguiría por medio de un atributo, como el gas, por ejemplo, que se distingue añadiéndole las palabras hidrógeno, oxígeno o nitrógeno. Entonces se podría decir, y tal vez fuese lo mejor, el alma vital para el principio de la vida material, el alma intelectual para el principio de la inteligencia y el alma espírita para el principio de nuestra individualidad después de la muerte. Como se ve, todo esto es una cuestión de palabras, pero una cuestión muy importante para entenderse. Según eso, el alma vital sería común a todos los seres orgánicos: plantas, animales y hombres; el alma intelectual propia de los animales y hombres, y el alma espírita pertenecería solamente al hombre.


Las comunicaciones de los espíritus superiores sobre el paso de nuestra alma por los seres inferiores de la creación aparecen tanto el libro de La Génesis como en el Libro de los Espíritus de Allan Kardec, a saber:

La Génesis de Allan Kardec 
La creación universal
A aquellos que desean conocer, y se muestran humildes ante Dios, les diré, solicitándoles incluso que no deduzcan de mis palabras ningún sistema prematuro, que el Espíritu no llega a recibir la iluminación divina que le otorga, simultáneamente con el libre albedrío y la conciencia, la noción de sus elevados destinos, sin haber pasado por la serie de los seres inferiores, entre los cuales se elabora lentamente la individualidad. Sólo a partir del día en que el Señor imprime en su frente Su augusta señal, el Espíritu toma un lugar en el seno de las humanidades.
 
El Libro de los Espíritus de Allan Kardec
Los animales y el hombre
- Se ha dicho que el alma del hombre en su origen es el estado de infancia en la vida corporal, que apenas destella su inteligencia y que se ensaya en la vida; ¿dónde pasa el espíritu por esta primera fase?
«En una serie de existencias que precede al período que llamáis humanidad.»
- ¿Parece, pues, que el alma ha sido el principio inteligente de los seres inferiores de la creación?
«¿No hemos dicho que todo se encadena y tiende a la unidad de la naturaleza? En esos seres que estáis muy lejos de conocerlos en su totalidad, se elabora el principio inteligente, se individualiza poco a poco y se ensaya en la vida, como hemos dicho. Este es, hasta cierto punto, un trabajo preparatorio como el de la germinación, después del cual el principio inteligente experimenta una transformación y se convierte en espíritu. Entonces empieza para él el periodo de la humanidad, y con él la conciencia de su porvenir, la distinción del bien y del mal y la responsabilidad de sus actos, como después del período de la infancia viene el de la adolescencia, luego la juventud, y en fin la edad madura…»

 Y León Denis en su libro titulado: El problema del ser, del destino y del dolor, dice:
En la planta, la inteligencia dormita; en el animal, sueña; sólo en el hombre despierta, se conoce, se posee y se hace consciente...


En relación con el origen del cuerpo humano, en el libro La Génesis de Allan kardec se habla de una posible hipótesis, sobre la posible utilización del traje del mono para la primera vestidura como ser espiritual, según el siguiente texto:

Hipótesis sobre el origen del cuerpo humano
De la similitud existente en las formas exteriores de los cuerpos del hombre y el mono, ciertos fisiólogos dedujeron que el primero es una mera transformación del segundo. Esta hipótesis no tiene nada de imposible, y, si fuese cierta, la dignidad del hombre no sufriría por ello menoscabo alguno. Los cuerpos de los simios pudieron muy bien haber servido de vestimenta a los primeros espíritus humanos, necesariamente poco adelantados, que vinieron a encarnar en nuestro globo. El cuerpo del simio era más aproximado que el de ningún otro animal para satisfacer las necesidades y poder ejercitar las facultades de aquellos espíritus. En vez de crearse un vestido especial para el espíritu, éste encontró uno ya hecho. El espíritu ha podido vestir la piel del mono sin dejar de ser un espíritu humano, así como el hombre, aun cuando vista la piel de ciertos animales, continúa siendo hombre.

Hipótesis que podría ser afianzada por el hecho de que, si en los mundos superiores los animales están más evolucionados, según el texto siguiente extraído del Libro de los Espíritus, podrían haber sido utilizados para la vestidura de los primeros seres espirituales. Dicho texto dice:

- ¿Siguen los animales una ley progresiva como el hombre?
«Sí, y por esto en los mundos superiores, donde están más adelantados los hombres, lo están también los animales que tienen medios más desarrollados de comunicación; …»


¿Mas, realmente cuál sería el punto de partida del alma espiritual? En el Libro de los Espíritus hay una referencia a este punto que dice textualmente:
El punto de partida del espíritu es una de esas cuestiones que se refieren al principio de las cosas, y pertenece a los secretos de Dios. No es dado al hombre conocerlo de una manera absoluta, y en este punto, ha de limitarse a suposiciones y a sistemas más o menos probables. Los mismos espíritus están muy lejos de conocerlo todo, y sobre lo que no saben pueden también tener opiniones personales más o menos sensatas.


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Ciencia y religión según el espiritismo

 



CIENCIA y RELIGIÓN SEGÚN EL ESPIRITISMO





La Génesis de Allan Kardec
La doctrina espírita es el resultado de la enseñanza colectiva y concordante de los Espíritus.
 
La ciencia está llamada a constituir la génesis de acuerdo con las leyes de la naturaleza.
 
Dios prueba su grandeza y su poder a través de la inmutabilidad de sus leyes, y no mediante su derogación.
 
Para Dios, el pasado y el futuro son el presente.
 

Capítulo I
Caracteres de la revelación espírita
Así como la ciencia propiamente dicha tiene por objeto el estudio de las leyes del principio material, el objeto especial del espiritismo es el conocimiento de las leyes del principio espiritual. Ahora bien, como este último principio es una de las fuerzas de la naturaleza, que reacciona sin cesar sobre el principio material, al igual que este lo hace sobre aquel, se deduce de ahí que el conocimiento de uno no puede estar completo sin el conocimiento del otro; que el espiritismo y la ciencia se complementan; que la ciencia sin el espiritismo se halla imposibilitada de explicar ciertos fenómenos recurriendo solamente a las leyes de la materia, y que por haber prescindido del principio espiritual se encuentra con tantas dificultades; que el espiritismo sin la ciencia carecería de apoyo y de control, y podría equivocarse.
 
Los descubrimientos que realiza la ciencia, lejos de rebajar a Dios, lo glorifican; sólo destruyen lo que los hombres han edificado sobre las falsas ideas que se formaron acerca de Dios.
 
 
Capítulo IV
El rol de la ciencia en la génesis
La historia del origen de casi todos los pueblos antiguos se confunde con la de la religión que profesaban, razón por la cual sus primeros libros han sido de carácter religioso. Y como todas las religiones están ligadas al principio de las cosas, que también es el de la humanidad, ellas dieron, sobre la formación y el ordenamiento del universo, explicaciones acordes con el estado de los conocimientos de la época y de sus fundadores. De ahí resultó que los primeros libros sagrados han sido al mismo tiempo los primeros libros de ciencia, así como fueron, durante un extenso período, el único código de las leyes civiles.
 
La religión era entonces un freno poderoso para gobernar. Los pueblos se sometían de buen grado a los poderes invisibles, en nombre de los cuales se los subyugaba, y de los cuales los gobernantes se decían mandatarios, en caso de que no se hicieran pasar por iguales a esos mismos poderes.
 
Para dar más fuerza a la religión era necesario presentarla como absoluta, infalible e inmutable, sin lo cual hubiera perdido su ascendiente sobre seres casi brutos, en quienes apenas nacía la razón. No había que discutirla, como tampoco las órdenes del soberano; de ahí el principio de la fe ciega y de la obediencia pasiva, que así tuvieron, al principio, su razón de ser y su utilidad. Además, la veneración de los libros sagrados, casi siempre virtualmente descendidos del cielo o inspirados por la divinidad, imposibilitaba todo examen de los mismos.
 
En los tiempos primitivos, los medios de observación eran necesariamente muy imperfectos, de modo que las primeras teorías acerca del sistema del mundo debían estar plagadas de errores groseros. Sin embargo, aunque esos medios hubieran sido tan completos como lo son hoy, los hombres no habrían sabido emplearlos. Por otra parte, tales medios no podían ser más que el fruto del desarrollo de la inteligencia y del consiguiente conocimiento de las leyes de la naturaleza. A medida que el hombre adelantó en el conocimiento de esas leyes, fue penetrando los misterios de la Creación y rectificó las ideas que se había formado acerca del origen de las cosas.
 
Así como para comprender y definir el movimiento correlativo de las agujas de un reloj es preciso conocer las leyes que presiden su mecanismo, apreciar la naturaleza de los materiales y calcular la potencia de las fuerzas activas, para comprender el mecanismo del universo es preciso conocer las leyes que rigen todas las fuerzas puestas en acción en ese vasto conjunto.
 
El hombre se mostró impotente para resolver el problema de la Creación hasta el momento en que la ciencia le ofreció la clave para hacerlo. Fue preciso que la astronomía le abriese las puertas del espacio infinito y le permitiese sumergir en él su mirada; que mediante el poder del cálculo pudiese determinar con rigurosa precisión el movimiento, la posición, el volumen, la naturaleza y el rol de los cuerpos celestes; que la física le revelase las leyes de la gravitación, del calor, de la luz y de la electricidad, así como el poder de esos agentes sobre la naturaleza entera, y la causa de los innumerables fenómenos que de ellos resultan; que la química le enseñase las transformaciones de la materia, y la mineralogía las materias que forman la corteza del planeta; que la geología le enseñase a leer en las capas terrestres la formación gradual de ese mismo globo. La botánica, la zoología, la paleontología y la antropología habrían de iniciarlo en la filiación y en la sucesión de los seres organizados. Con la arqueología, el hombre pudo seguir las huellas de la humanidad a través de las épocas. En suma, todas las ciencias, complementándose unas a otras, debían hacer un aporte indispensable para el conocimiento de la historia del mundo. A falta de esas contribuciones, el hombre sólo tenía como guía sus primeras hipótesis.
 
Por eso, antes de que el hombre dominara aquellos elementos de apreciación, todos los investigadores de la génesis, cuya razón se topaba con imposibilidades materiales, giraban dentro de un mismo círculo, sin que pudieran salir de él. Sólo lo lograron cuando la ciencia abrió camino haciendo una brecha en el vetusto edificio de las creencias. Entonces todo cambió de aspecto. Una vez que se encontró el hilo conductor, pronto se superaron las dificultades. En lugar de una génesis imaginaria, surgió una génesis positiva y, de cierto modo, experimental. El campo del universo se amplió hasta lo infinito. Se descubrió que la Tierra y los astros se formaron gradualmente, conforme a leyes eternas e inmutables, leyes que dan, acerca de la grandeza y la sabiduría de Dios, un testimonio muy superior al de una creación milagrosa, extraída repentinamente de la nada, como un cambio escénico, por efecto de una idea súbita que se le presentó a la Divinidad después de permanecer una eternidad en la inacción.
 
Puesto que es imposible que se conciba la génesis sin los datos proporcionados por la ciencia, se puede decir con absoluta verdad que la ciencia está llamada a componer la verdadera génesis, según las leyes de la naturaleza.
 
En el punto al que llegó en el siglo diecinueve, ¿consiguió la ciencia resolver todas las dificultades del problema de la génesis?
 
No, por cierto; pero es indiscutible que demolió definitivamente todos los errores capitales, y asentó sus fundamentos más esenciales sobre datos irrecusables. Los puntos todavía dudosos sólo son, para hablar con propiedad, cuestiones de detalles, cuya solución, sea cual fuere en el futuro, no podrá disminuir el valor del conjunto. Además, a pesar de los recursos que la ciencia ha tenido a su disposición, hasta ahora le faltó un elemento importante, sin el cual jamás podría completarse la obra.
 
De todas las génesis antiguas, la que más se aproxima a los datos de la ciencia moderna, a pesar de los errores que contiene, demostrados hoy de modo evidente, es indiscutiblemente la de Moisés. Algunos de esos errores son incluso más aparentes que reales, y provienen, ya sea de la falsa interpretación atribuida a ciertas palabras, cuyo primitivo significado se perdió al pasarlo de una lengua a otra en la traducción, o cuya acepción cambió junto con las costumbres de los pueblos, o bien de la forma alegórica propia del estilo oriental, que fue tomada al pie de la letra en vez de que se le buscara el sentido.
 
La Biblia, evidentemente, narra hechos que la razón, desarrollada por la ciencia, hoy no podría admitir, así como también otros que parecen extraños y a los que rechazamos, porque aluden a costumbres que ya no son las nuestras. Sin embargo, a la par de eso, habría parcialidad si no se reconociera que contiene cosas grandes y hermosas. La alegoría ocupa en ella un espacio considerable, y oculta bajo su velo sublimes verdades, que son descubiertas cuando se penetra hasta la esencia del pensamiento, pues en ese caso el absurdo se desvanece.
 
¿Por qué, entonces, no se le quitó antes ese velo? De un lado, por la falta de los conocimientos que sólo la ciencia y una filosofía sana podían proporcionar, y por otro lado, por el principio de la inmutabilidad absoluta de la fe, consecuencia de un respeto demasiado ciego a la letra, ante el cual la razón debía inclinarse, así como por el temor a comprometer el andamiaje de las creencias, erigido sobre el sentido literal. Como esas creencias partían de un punto primitivo, se temió que, si se quebraba el primer eslabón de la cadena, todas las mallas de la red acabarían por disgregarse.
 
Al llevar sus investigaciones hasta las entrañas de la Tierra y las profundidades de los cielos, la ciencia demostró de manera irrefutable los errores de la génesis mosaica tomada al pie de la letra, así como la imposibilidad material de que los acontecimientos hayan sucedido tal como se relatan textualmente en el Génesis. Al proceder de ese modo, la ciencia asestó un profundo golpe a las creencias seculares. La fe ortodoxa se intranquilizó, porque creyó que le quitaban la piedra fundamental. No obstante, ¿quién tenía de su lado a la razón? ¿Acaso la tenía la ciencia, que avanzaba con prudencia y progresivamente sobre el sólido terreno de los guarismos y la observación, sin afirmar nada antes de tener las pruebas en la mano; o un relato escrito en una época en la que no existían en absoluto los medios de observación? Al fin de cuentas, ¿quién debe vencer, el que sostiene que dos más dos son cinco y rechaza una verificación, o el que afirma que dos más dos son cuatro y prueba lo que dice?
 
Se objetará, en ese caso, que, si la Biblia es una revelación divina, entonces Dios se equivocó. Y si no es una revelación divina, entonces deja de tener autoridad, de modo que la religión se derrumba por falta de base.
 
Una de dos: la ciencia está en un error, o tiene razón. Si tiene razón, no puede hacer que sea verdadera una opinión que es contraria a lo que ha demostrado. No hay revelación que pueda prevalecer sobre la autoridad de los hechos.
 
No cabe duda de que Dios, que es todo verdad, no puede inducir a los hombres a error, ni a sabiendas ni sin saberlo, pues de lo contrario no sería Dios. Por lo tanto, si los hechos contradicen las palabras que se le atribuyen, es preciso concluir por lógica que Él no las pronunció, o que esas palabras han sido interpretadas en un sentido opuesto al que les corresponde.
 
Si con esas contradicciones la religión sufre algún daño, la culpa no es de la ciencia, que no puede hacer que lo que es deje de serlo, sino de los hombres, por haber establecido prematuramente dogmas absolutos, de los cuales hicieron una cuestión de vida o muerte, a partir de hipótesis susceptibles de que fueran desmentidas por la experiencia.
 
Hay cosas a cuyo sacrificio debemos resignarnos, lo queramos o no, cuando no es posible evitarlo. Cuando el mundo avanza, sin que la voluntad de unos pocos pueda detenerlo, lo más sensato es que lo acompañemos y nos adaptemos al nuevo estado de cosas, en vez de aferrarnos al pasado y correr el riesgo de que nos arrastre en su caída.
 
Por respeto a los textos que se consideran sagrados, ¿se debería obligar a la ciencia a que guarde silencio? Sería algo tan imposible como pretender que la Tierra deje de girar. Las religiones, sean cuales fueren, nunca ganaron nada defendiendo errores evidentes. La ciencia tiene por misión descubrir las leyes de la naturaleza. Ahora bien, como esas leyes son obra de Dios, no pueden ser contrarias a las religiones que se basan en la verdad. La ciencia cumple su misión forzosamente y como consecuencia natural del desarrollo de la inteligencia humana, que también es obra divina, y no avanza más que con el permiso de Dios, en virtud de las leyes progresivas que Él ha establecido. Así pues, imponer el anatema al progreso, porque atenta contra la religión, equivale a ir contra la voluntad de Dios. Más aún, es un esfuerzo inútil, porque ni siquiera todos los anatemas del mundo podrían impedir que la ciencia avance y que la verdad se abra camino. Si la religión se niega a avanzar junto con la ciencia, esta avanzará a solas.
 
Solamente las religiones estancadas pueden temer a los descubrimientos de la ciencia. Esos descubrimientos sólo son funestos para aquellas que consienten en distanciarse de las ideas progresivas y se inmovilizan en el absolutismo de sus creencias. Por lo general, se forman de la Divinidad una idea tan mezquina, que no comprenden que asimilar las leyes de la naturaleza reveladas por la ciencia es glorificar a Dios en sus obras. En su ceguera, prefieren rendir homenaje al Espíritu del mal. Una religión que no estuviese, acerca de ningún punto, en contradicción con las leyes de la naturaleza, no tendría nada que temer al progreso, y sería invulnerable.
 
La génesis comprende dos partes: la historia de la formación del mundo material, y la de la humanidad considerada en su doble principio, corporal y espiritual. La ciencia se ha limitado a la investigación de las leyes que rigen la materia. En el hombre, incluso, sólo ha estudiado la envoltura carnal. En ese aspecto, llegó a comprender, con precisión irrefutable, las partes fundamentales del mecanismo del universo y del organismo humano. Así, sobre ese punto principal, está en condiciones de completar la génesis de Moisés y rectificar sus partes defectuosas.
 
Pero la historia del hombre, considerado como ser espiritual, se relaciona con un orden especial de ideas que no es del dominio de la ciencia propiamente dicha, y del cual, por ese motivo, no constituye un objeto de sus investigaciones. La filosofía, a cuyas atribuciones pertenece más particularmente ese género de estudios, apenas ha formulado sobre el punto en cuestión sistemas contradictorios, que van desde la más pura espiritualidad hasta la negación del principio espiritual e incluso de Dios, sin otras bases aparte de las ideas personales de sus autores. Así pues, ha dejado sin solución el asunto, por falta de un examen suficiente.
 
Esta cuestión, sin embargo, es para el hombre la más importante, porque incluye el problema de su pasado y de su porvenir, mientras que la relativa al mundo material sólo lo afecta indirectamente. Lo que le importa saber, ante todo, es de dónde viene y hacia dónde va, así como si ya ha vivido, si volverá a vivir, y cuál es el destino que le está reservado.
 
Sobre todas estas cuestiones la ciencia permanece muda. La filosofía apenas emite opiniones que concluyen en un sentido diametralmente opuesto, pero que al menos admite su discusión, lo que hace que muchas personas se ubiquen de su lado antes que seguir junto a la religión, que no discute.
 
Todas las religiones coinciden en cuanto al principio de la existencia del alma, aunque no lo demuestren. Pero no concuerdan en lo que respecta al origen del alma, ni a su pasado y su porvenir, ni principalmente, y eso es lo esencial, a las condiciones de las que depende su destino futuro. En su mayoría, en relación con el futuro del alma, presentan un cuadro que imponen a la creencia de sus adeptos, que sólo con la fe ciega se puede aceptar, pero que no ofrece condiciones para soportar un examen serio. Como el destino que las religiones enuncian para el alma está ligado, en sus dogmas, a las ideas que se formaban en los tiempos primitivos sobre el mundo material y el mecanismo del universo, ese destino no es compatible con el estado actual de los conocimientos. Por consiguiente, como forzosamente perderían al aceptar el examen y la discusión, las religiones encuentran más sencillo proscribir a los dos.
 
Esas divergencias en lo atinente al porvenir del hombre generan la duda y la incredulidad. No podía ser de otro modo. Dado que cada religión pretende ser la única dueña de la verdad, y que se contradicen unas a otras, sin ofrecer pruebas suficientes de sus aserciones como para reunir a la mayoría, el hombre, ante la indecisión, se ha replegado en el presente. Con todo, la incredulidad da lugar a un penoso vacío. El hombre encara con ansiedad lo desconocido, donde tarde o temprano fatalmente tendrá que ingresar. La idea de la nada lo paraliza. Su conciencia le dice que más allá del presente hay algo que le está reservado. Pero ¿qué será? Su razón, desarrollada, ya no le permite seguir admitiendo las narraciones con que lo arrullaron en la infancia, ni tomar la alegoría por la realidad. ¿Cuál es el sentido de esa alegoría? La ciencia rasgó una punta del velo, pero no ha revelado lo que al hombre más le interesa saber. Él pregunta en vano, pero ella nada le responde de un modo decisivo que pueda calmar sus temores. Por todas partes se topa con una afirmación que se opone a una negación, sin que ni de un lado ni del otro se presenten pruebas positivas. De ahí la incertidumbre, y la incertidumbre acerca de las cosas de la vida futura hace que el hombre se arroje, poseído por una especie de frenesí, sobre las cosas de la vida material.
 
Ese es el inevitable efecto de las épocas de transición: se derrumba el edificio del pasado, sin que todavía esté construido el del porvenir. El hombre se asemeja al adolescente que ya no tiene la creencia ingenua de sus primeros años, pero tampoco posee los conocimientos de la edad madura. Apenas siente vagas aspiraciones que no sabe definir.
 
Si la cuestión del hombre espiritual ha permanecido hasta ahora en estado de teoría, se debe a que faltaban los medios de observación directa, que sí estaban disponibles para comprobar el estado del mundo material, de modo que el campo permaneció abierto a las especulaciones del espíritu humano. Mientras el hombre no conoció las leyes que rigen la materia ni pudo aplicar el método experimental, pasó de sistema en sistema en lo relativo al mecanismo del universo y a la formación de la Tierra. Lo que ocurrió en el orden físico ocurrió también en el orden moral. Para fijar las ideas faltó el elemento esencial: el conocimiento de las leyes que rigen el principio espiritual. Ese conocimiento estaba reservado a nuestra época, como el de las leyes de la materia fue obra de los dos últimos siglos.
 
Hasta el presente, el estudio del principio espiritual, comprendido dentro de la metafísica, fue puramente especulativo y teórico. En el espiritismo es absolutamente experimental. Con la ayuda de la facultad mediúmnica, actualmente más desarrollada y, sobre todo, generalizada y mejor estudiada, el hombre se encontró en posesión de un nuevo instrumento de observación. La mediumnidad ha sido para el mundo espiritual lo que el telescopio representó para el mundo astral o el microscopio para el de los seres infinitamente pequeños. Ha permitido que se explorasen, que se estudiasen, por así decirlo, de visu (1), las relaciones de aquel mundo con el mundo corporal; que en el hombre vivo se diferenciase el ser inteligente del ser material, y que se los observara actuando separadamente. Una vez establecidas las relaciones con los habitantes del mundo espiritual, ha sido posible seguir al alma en su trayectoria ascendente, en sus migraciones, en sus transformaciones. En síntesis, se pudo estudiar el elemento espiritual. Eso era lo que les faltaba a los anteriores investigadores de la génesis para que comprendieran y rectificaran sus errores.
 
(1)  Locución latina que significa “por haberse visto”. (N. del T.)
 
Dado que se hallan en incesante contacto, el mundo espiritual y el mundo material son solidarios entre sí, y ambos tienen su parte activa en la génesis. Sin el conocimiento de las leyes que rigen al primero, sería imposible elaborar una génesis completa, así como un escultor está impedido de dar vida a una estatua. Sólo ahora, aunque ni la ciencia material ni la ciencia espiritual hayan pronunciado la última palabra, el hombre posee los dos elementos adecuados para arrojar luz sobre este inconmensurable problema. Le resultaban absolutamente necesarias esas dos claves para llegar a una solución, al menos aproximada. En cuanto a la solución definitiva, quizás nunca sea dado al hombre encontrarla en la Tierra, porque hay cosas que son secretos de Dios.

 
 
El evangelio según el espiritismo de Allan Kardec
CAPÍTULO I
Alianza de la ciencia con la religión
La ciencia y la religión son las dos palancas de la inteligencia humana. Una revela las leyes del mundo material; la otra, las leyes del mundo moral. Con todo, dado que ambas tienen el mismo principio, que es Dios, no pueden contradecirse. Si una fuera la negación de la otra, entonces necesariamente una estaría equivocada y la otra tendría razón, porque no es posible que Dios quiera destruir su propia obra. La incompatibilidad que se ha creído ver entre esos dos órdenes de ideas se debe a una falta de observación y al sobrado exclusivismo de una y otra parte. De ahí el conflicto del que han nacido la incredulidad y la intolerancia.
 
Han llegado los tiempos en que las enseñanzas de Cristo deben recibir su complemento; en que el velo arrojado a propósito sobre algunas partes de esa enseñanza debe ser levantado. Han llegado los tiempos en que la ciencia deje de ser exclusivamente materialista y tome en cuenta el elemento espiritual; en que la religión deje de ignorar las leyes orgánicas e inmutables de la materia, y en que ambas fuerzas, apoyadas la una en la otra y avanzando en armonía, se presten mutuo apoyo.
 
La ciencia y la religión no han podido ponerse de acuerdo hasta hoy porque, como cada una miraba las cosas desde su exclusivo punto de vista, se rechazaban mutuamente. Faltaba algo que llenara el vacío que las separaba, un lazo de unión que las aproximara. Ese lazo de unión está en el conocimiento de las leyes que rigen el mundo espiritual y las relaciones de este con el mundo corporal, leyes tan inmutables como las que regulan el movimiento de los astros y la existencia de los seres. Una vez que esas relaciones fueron constatadas mediante la experiencia, se hizo una nueva luz: la fe se dirigió a la razón, la razón no encontró nada ilógico en la fe, y el materialismo fue derrotado. No obstante, en esto, como en todo, hay personas que quedan rezagadas, hasta que las arrastra el movimiento general, que las aplastaría si quisieran resistirse en vez de acompañarlo. En este momento se produce una verdadera revolución moral, que incide sobre los espíritus. Después de haberse preparado durante más de dieciocho siglos, alcanza su plena realización, y señalará una nueva era para la humanidad. Las consecuencias de esa revolución son fáciles de prever: habrá de introducir inevitables modificaciones en las relaciones sociales. Nadie tendrá fuerzas para oponerse a ellas, porque forman parte de los designios divinos y son la consecuencia de la ley del progreso, que es una ley de Dios.

 
 
El libro de los espíritus de Allan Kardec
Libro primero – Capítulo II
Conocimiento del principio de las cosas
17. ¿Es dado al hombre conocer el principio de las cosas?
“No, Dios no permite que todo sea revelado al hombre en la Tierra.”
 
18. El hombre, ¿penetrará algún día el misterio de las cosas ocultas?
“El velo se levanta ante él a medida que se purifica. No obstante, para comprender ciertas cosas necesita facultades que no posee aún.”
 
19. ¿No puede el hombre, por medio de las investigaciones de la ciencia, penetrar algunos de los secretos de la naturaleza?
“La ciencia ha sido dada al hombre para su adelanto en todas las cosas, pero él no puede sobrepasar los límites que Dios ha fijado.”
 
Cuanto más es dado al hombre penetrar en esos misterios, tanto mayor debe ser su admiración por el poder y la sabiduría del Creador. Sin embargo, ya sea por orgullo o por debilidad, su propia inteligencia suele hacerlo juguete de la ilusión. Amontona sistema sobre sistema y cada día que pasa le muestra cuántos errores ha tomado por verdades y cuántas verdades ha rechazado como errores. Esas son otras tantas decepciones para su orgullo.
 
20. Fuera de las investigaciones de la ciencia, ¿es dado al hombre recibir comunicaciones de un orden más elevado sobre lo que escapa al testimonio de sus sentidos?
“Sí, si Dios lo juzga útil puede revelar lo que la ciencia no llega a conocer.”
 
Por medio de estas comunicaciones el hombre adquiere, dentro de ciertos límites, el conocimiento de su pasado y de su destino futuro.
 
 
AMOR, CARIDAD y TRABAJO