Manifestaciones físicas hoy

 






MANIFESTACIONES FÍSICAS HOY









Hoy, como ayer, las manifestaciones físicas espirituales siguen siendo iguales que las de antaño. Aunque, no se nos escapa que hubo un tiempo que fueron más necesarias, ya que detrás de ellas, había un mundo invisible que quería manifestarse y comunicarse con nosotros. El trabajo quedaba en nuestras manos, había que investigarlas y analizarlas para sacar conclusiones científicas, filosóficas y morales.
 
Hoy en día, después de más de un siglo y medio de las publicaciones de los libros de los espíritus y de los médiums, por parte del pedagogo Allan Kardec, luego de haber ido estudiando y comprendiendo dichos libros, ya no necesitamos en los centros espíritas de mesas giratorias, ni de objetos que levitan o de instrumentos musicales que cobraban vida propia. Atrás quedaron los grandes médiums de efectos físicos como Daniel Dunglas Home, el médium volador, llamado así por la capacidad que tenía de levitar; o la médium Srta. Florence Cook, que permitía que se manifestara el espíritu de Katie King y que fue objeto de numerosos estudios por parte del notable científico Sir William Crookes; también debemos señalar las materializaciones espirituales y aportes de diversas plantas que realizaba la médium madame D´Esperance, estudiando dicha fenomenología el ilustre científico Alexandre Arsakof.
 
Como en el universo, todo evoluciona y por ello el espiritismo lo hace también. Después del conocimiento que nos ha sido legado, el trabajo mediúmnico en las casas espíritas, está más enfocado hoy en día al esclarecimiento, a la asistencia y al consuelo de espíritus que lo necesitan. Bien es verdad que estos trabajos son de gran ayuda para nosotros, ya que somos también beneficiados de dichas experiencias, sobre todo en lo que concierne a la reforma moral propia.
 
¿Y fuera de nuestros centros espíritas, cómo serán las manifestaciones físicas hoy? 
 
En este sentido, pensamos en que nada ha cambiado. Los hechos más frecuentes siguen siendo los producidos por golpes y ruidos dentro de las casas. Producidos, por un lado, por espíritus que no son conscientes de dichos efectos y que ni siquiera muchas veces saben que pertenecen al mundo invisible, creyendo ocuparse de los asuntos cotidianos que realizaban cuando pertenecían al mundo material. 
 
Otros casos más comunes son, cuando los espíritus solamente tienen la buena intención de comunicarse con los habitantes de la casa.
 
Y, por otro lado, están los espíritus frívolos, conscientes completamente en saber lo que hacen. Abriendo y cerrando puertas y armarios, apagando y encendiendo luces y aparatos electrónicos, escondiendo objetos o desplazándolos al suelo, etc... Y así, pasan el tiempo divirtiéndose a costa del miedo que puedan sentir los moradores, o incluso por provocar discusiones entre los habitantes de la casa, cuando éstos se preguntan el porqué de estos acontecimientos. Estos espíritus ociosos suelen ir en pandillas, siendo más frívolos que malvados. 
 
Otra cosa son los espíritus que obran estos fenómenos siguiendo el móvil de la venganza sobre los encarnados, provocando efectos físicos más violentos si cabe, como alborotos y perturbaciones de consideración.
 
Lo primero que debemos tener en cuenta, es que la causa de estos fenómenos sea algo completamente normal, y solamente admitir que el origen sea provocado por los espíritus, cuando tengamos el pleno convencimiento de ello. 
 
 
Textos extraídos de:
Revista Espírita de la Federación Espírita Española
 
 
AMOR, CARIDAD y TRABAJO








Acción de los espíritus sobre la materia

 





ACCIÓN DE LOS ESPÍRITUS 
SOBRE LA MATERIA







Una vez que ha sido dejada de lado la opinión materialista, puesto que la razón y los hechos la condenan por igual, todo se resume a saber si el alma, después de la muerte, puede manifestarse a los vivos. Reducida así a su más simple expresión, la cuestión queda singularmente despejada. En primer lugar, podríamos preguntar por qué seres inteligentes, que en cierto modo viven en nuestro medio, aunque invisibles por su naturaleza, no podrían atestiguar su presencia de alguna manera. La simple razón afirma que eso no tiene nada de imposible, lo que ya es algo. Por otra parte, esa creencia tiene a su favor la adhesión de todos los pueblos, pues la encontramos en todas partes y en todas las épocas. Ahora bien, una intuición no podría haberse generalizado tanto, ni sobrevivir al tiempo, si no se apoyara en algo.

 

No obstante, estas no son más que consideraciones morales. En una época tan positiva como la nuestra, en que se intenta comprenderlo todo, en que se quiere saber el porqué y el cómo de cada cosa, una causa ha contribuido de modo especial a afianzar la duda. Esa causa es la ignorancia de la naturaleza de los Espíritus y de los medios por los cuales pueden manifestarse. Una vez que se ha adquirido ese conocimiento, el hecho de las manifestaciones ya no tienen nada de sorprendente, e ingresa en el orden de los hechos naturales.

 

La idea que las personas se forman acerca de los Espíritus vuelve a primera vista incomprensible el fenómeno de las manifestaciones. Como esas manifestaciones no pueden ocurrir sin la acción del Espíritu sobre la materia, los que consideran que el Espíritu es la ausencia absoluta de materia se preguntan, con cierta apariencia de razón, cómo puede obrar materialmente. Ahora bien, ahí está el error, pues el Espíritu no es una abstracción, sino un ser definido, limitado y circunscripto. El Espíritu encarnado en el cuerpo constituye el alma. Cuando lo abandona, en ocasión de la muerte, no sale de él desprovisto de toda envoltura. Todos los Espíritus nos dicen que conservan la forma humana y, en efecto, cuando se nos aparecen, los reconocemos con esa forma. Observémoslos con atención en el instante en que acaban de dejar la vida. Se encuentran en un estado de turbación: todo es confuso alrededor suyo. Ven su cuerpo, entero o mutilado, según el tipo de muerte que han sufrido. Por otra parte, se reconocen y se sienten vivos. Algo les dice que ese cuerpo les pertenece, y no comprenden cómo pueden estar separados de él. Continúan viéndose con la forma que tenían antes de morir, y esa visión produce en algunos de ellos, durante cierto lapso, una singular ilusión: la de creerse todavía vivos. Les falta la experiencia del nuevo estado en que se encuentran, para convencerse de la realidad. Cuando se ha superado ese primer momento de turbación, el cuerpo pasa a ser para ellos una vestimenta inútil, de la que se han desembarazado y que no echan de menos. Se sienten más livianos y como si se hubieran liberado de un fardo. No experimentan ya los dolores físicos, y se consideran dichosos de poder elevarse y surcar el espacio, como tantas veces lo hicieron en sus sueños, cuando estaban vivos.(1) No obstante, a pesar de que les falta el cuerpo, constatan su personalidad; tienen una forma, pero que no les molesta ni les incomoda. Por último, conservan la conciencia de su yo y de su individualidad. ¿Qué conclusión extraeremos de ello? Que el alma no deja todo en la tumba, sino que algo se lleva consigo.

 (1) Quien desee remitirse a lo que dijimos en El Libro de los Espíritus sobre los sueños y el estado del Espíritu durante el dormir (§§ 400 a 418), comprenderá que esos sueños, que casi todas las personas tenemos, en los que nos vemos transportados a través del espacio, como si voláramos, no son sino el recuerdo de la sensación que experimenta el Espíritu cuando, durante el sueño, abandona momentáneamente su cuerpo material, y sólo lleva consigo su cuerpo fluídico, el mismo que conservará después de la muerte. Esos sueños pueden, pues, darnos una idea del estado en que se encontrará el Espíritu cuando se haya despojado de las trabas que lo retienen en el suelo. (N. de Allan Kardec).

Numerosas observaciones y hechos irrefutables, de los que hablaremos más adelante, nos han llevado a la conclusión de que hay en el hombre tres componentes: 1.º, el alma o Espíritu, principio inteligente en el cual reside el sentido moral; 2.º, el cuerpo, envoltura densa, material, que recubre transitoriamente al alma para el cumplimiento de ciertos designios providenciales; 3.º, el periespíritu, envoltura fluídica, semimaterial, que sirve de vínculo entre el alma y el cuerpo. La muerte es la destrucción o, mejor dicho, la disgregación de la envoltura densa, que el alma abandona. La otra se desprende del cuerpo y acompaña al alma, que de esta manera queda siempre con una envoltura. Esta última, aunque fluídica, etérea, vaporosa, e invisible para nosotros en su estado normal, no deja de ser materia, aunque hasta el presente no hayamos podido aprehenderla y someterla a análisis.

 

Así pues, esta segunda envoltura del alma, o periespíritu, existe durante la vida corporal. Es la intermediaria de todas las sensaciones que el Espíritu percibe, y mediante la cual transmite su voluntad hacia el exterior y actúa sobre los órganos del cuerpo. Para valernos de una comparación material, es el hilo conductor eléctrico que sirve para la recepción y la transmisión del pensamiento. Es, en suma, ese agente misterioso, inaprensible, que se designa con el nombre de fluido nervioso, que desempeña un muy importante papel en la economía del organismo, y que todavía no se toma demasiado en cuenta en los fenómenos fisiológicos y patológicos. La medicina, puesto que en la apreciación de los hechos solamente considera el elemento material ponderable, se priva de una causa incesante de acción. Con todo, no corresponde aquí analizar esa cuestión. Sólo haremos notar que el conocimiento del periespíritu constituye la clave de una cantidad de problemas que hasta hoy no tenían explicación. El periespíritu no es una de esas hipótesis a las que suele recurrir la ciencia para explicar un hecho. Su existencia no ha sido revelada solamente por los Espíritus, pues constituye el resultado de observaciones, conforme tendremos oportunidad de demostrar. Por el momento, y para no anticipar los hechos que más adelante relataremos, nos limitaremos a decir que, sea durante su unión con el cuerpo, o bien después de haberse separado de él, el alma nunca está separada de su periespíritu.

 

Se ha dicho que el Espíritu es una llama, una chispa. Esto debe entenderse en relación con el Espíritu propiamente dicho, como principio intelectual y moral, al cual no sería posible atribuir una forma determinada. Sin embargo, sea cual fuere el grado en que se encuentre, el Espíritu siempre se halla revestido de una envoltura o periespíritu, cuya naturaleza se hace cada vez más etérea a medida que el Espíritu se purifica y se eleva en la jerarquía espiritual. De modo que, para nosotros, la idea de forma es inseparable de la idea de Espíritu, y no podemos concebir una sin concebir la otra. Por consiguiente, el periespíritu es parte integrante del Espíritu, así como el cuerpo es parte integrante del hombre. No obstante, el periespíritu, de por sí, no es el Espíritu, de la misma manera que el cuerpo, separadamente, no es el hombre, pues el periespíritu no piensa. El periespíritu es para el Espíritu lo que el cuerpo es para el hombre: el agente o instrumento de su acción.

 

La forma del periespíritu es la forma humana. Cuando se nos aparece, por lo general lo hace con la forma con que conocimos al Espíritu durante su vida en la Tierra. De acuerdo con eso, se podría creer que el periespíritu, una vez desprendido de todas las partes del cuerpo, se moldea en cierto modo sobre la base de este y conserva sus caracteres; pero no parece que sea así. Aunque con pequeñas diferencias en cuanto a los detalles, y salvo las modificaciones orgánicas exigidas por el medio donde el ser está llamado a vivir, la forma humana se encuentra en los habitantes de todos los mundos. Eso es, al menos, lo que los Espíritus manifiestan. Esa es también la forma de todos los Espíritus no encarnados, que sólo tienen el periespíritu. Es la forma con la que han sido representados los ángeles o Espíritus puros, en todos los tiempos. De ahí debemos inferir que la forma humana es la forma típica de todos los seres humanos en todos los mundos, sea cual fuere el grado de adelanto al que pertenezcan. Con todo, la materia sutil del periespíritu no posee la tenacidad ni la rigidez de la materia compacta del cuerpo. Es, si así podemos expresarlo, flexible y expansible, razón por la cual la forma que adopta, aunque esté calcada de la del cuerpo, no es absoluta. Se somete a la voluntad del Espíritu, que puede imprimirle la apariencia que más le convenga, mientras que la envoltura sólida le ofrece una resistencia que no puede vencer. Libre del obstáculo que lo comprimía, el periespíritu se expande o se contrae, se transforma. En una palabra, se presta a todas las metamorfosis, de acuerdo con la voluntad que actúa sobre él. Como consecuencia de esa propiedad de su envoltura fluídica, el Espíritu que quiere darse a conocer puede, en caso necesario, adoptar la apariencia exacta que tenía cuando estaba vivo, e inclusive con los defectos corporales que sirven de señales para que lo reconozcan.

 

Así pues, como se advierte, los Espíritus son seres semejantes a nosotros, que constituyen alrededor nuestra una población que es invisible en el estado normal. Y decimos en el estado normal porque, según veremos, esa invisibilidad no es absoluta.

 

Regresemos a la naturaleza del periespíritu, porque es esencial para la explicación que vamos a dar. Hemos dicho que, aunque fluídico, el periespíritu no deja de ser una especie de materia, y eso resulta del hecho de las apariciones tangibles, acerca de las cuales volveremos a hablar. Bajo la influencia de ciertos médiums, se ven manos que aparecen con todas las propiedades de las manos vivas: están dotadas de temperatura, se pueden palpar, ofrecen la resistencia de un cuerpo sólido, estrechan a los presentes y, de repente, se desvanecen como una sombra. La acción inteligente de esas manos, que evidentemente obedecen a una voluntad cuando ejecutan ciertos movimientos, tocando incluso melodías en un instrumento, prueba que ellas son la parte visible de un ser inteligente invisible. El hecho de que sean tangibles, su temperatura, en suma, la impresión que causan en los sentidos –pues se ha visto que dejan marcas en la piel, que dan golpes dolorosos o acarician con delicadeza–, prueba que esas manos son algún tipo de materia. Su desaparición instantánea prueba, además, que esa materia es eminentemente sutil, y que se comporta como ciertas sustancias que pueden, alternativamente, pasar del estado sólido al estado fluídico, y viceversa.

 

La naturaleza íntima del Espíritu propiamente dicho, es decir, del ser pensante, nos resulta por completo desconocida. Él se nos revela por sus acciones, y esas acciones sólo pueden impresionar nuestros sentidos materiales a través de un intermediario material. Así pues, el Espíritu necesita materia para actuar sobre la materia. Su instrumento directo es el periespíritu, como para el hombre lo es el cuerpo. Ahora bien, según acabamos de ver, su periespíritu es materia. A continuación, le sirve de agente intermediario el fluido universal, especie de vehículo sobre el cual actúa, como nosotros actuamos sobre el aire para producir determinados efectos con la ayuda de la dilatación, la compresión, la propulsión o las vibraciones. Considerada de ese modo, la acción del Espíritu sobre la materia se concibe fácilmente. Se comprende, entonces, que todos los efectos que de ahí derivan pertenecen al orden de los hechos naturales, y no tienen nada de maravilloso. Sólo aparentaban ser sobrenaturales porque no se conocía su causa. Conocida esta, lo maravilloso desaparece, y esa causa se halla enteramente en las propiedades semimateriales del periespíritu. Se trata de un nuevo orden de hechos que una nueva ley viene a explicar, y de los cuales, dentro de algún tiempo, nadie más se sorprenderá, como nadie se sorprende hoy de mantener correspondencia con otra persona a gran distancia, en pocos minutos, por medio de la electricidad.

 

Tal vez alguien se pregunte de qué modo el Espíritu, con la ayuda de una materia tan sutil, puede actuar sobre cuerpos pesados y compactos, levantar mesas, etc. Por cierto, no será un hombre de ciencia quien plantee semejante objeción. Porque, sin aludir a las propiedades desconocidas que ese nuevo agente puede poseer, ¿no tenemos a la vista ejemplos análogos? ¿No es en los gases más rarificados, en los fluidos imponderables, donde encuentra la industria sus más poderosos motores? Cuando vemos que el aire derriba edificios, que el vapor desplaza enormes masas, que la pólvora gasificada levanta rocas, que la electricidad destroza árboles y traspasa paredes, ¿qué hay de extraño en admitir que el Espíritu, con la ayuda de su periespíritu, pueda levantar una mesa, sobre todo si se sabe que ese periespíritu puede hacerse visitable, tangible, y comportarse como un cuerpo sólido?


Textos extraídos de:
El Libro de los Médiums de Allan Kardec

AMOR, CARIDAD y TRABAJO







Sistemas

 






SISTEMAS








Cuando comenzaron a producirse los extraños fenómenos del espiritismo, o, mejor dicho, cuando esos fenómenos volvieron a repetirse en estos últimos tiempos, el primer sentimiento que despertaron fue el de la duda acerca de su realidad, y más aún con respecto a su causa. A partir del momento en que fueron comprobados, por testimonios irrecusables y por las experiencias que todos pudieron llevar a cabo, cada investigador pasó a interpretarlos a su modo, conforme a sus ideas personales, sus creencias o sus prejuicios. Por ese motivo aparecieron numerosos sistemas, que una observación más atenta habría de reducir a su justo valor.

Los adversarios del espiritismo creyeron haber encontrado un argumento a su favor en esa divergencia de opiniones, y alegaron que ni los propios espíritas se ponían de acuerdo entre sí. Se trataba de una razón muy pobre, pues no tomaron en cuenta que los primeros pasos de una ciencia en formación son por necesidad inseguros, hasta que el tiempo permite reunir y coordinar los hechos en los que se pueda fundar la opinión. A medida que los hechos se completan y son mejor observados, las ideas prematuras se desvanecen y se establece la unidad, si bien no en todos los detalles, al menos en relación con los puntos fundamentales. Eso fue lo que sucedió con el espiritismo, que no podía sustraerse a la ley común, y que debía incluso prestarse, por su naturaleza y más que cualquier otro asunto, a las más diversas interpretaciones. Hasta se puede afirmar que a este respecto avanzó con mayor celeridad que otras ciencias más antiguas, como la medicina, por ejemplo, que hasta hoy divide a los más grandes científicos.

Para acompañar en un orden metódico la marcha progresiva de las ideas, es conveniente que coloquemos en primer lugar, entre los sistemas, a los que se pueden calificar como sistemas de negación, es decir, los de los adversarios del espiritismo. Ya hemos refutado sus objeciones en la “Introducción” y en la “Conclusión” de El Libro de los Espíritus, así como en la publicación que denominamos ¿Qué es el Espiritismo? Sería superfluo que volviéramos aquí sobre el asunto. Nos limitaremos a recordar en pocas palabras los motivos en los que se apoyan. Los fenómenos espíritas son de dos clases: los efectos físicos y los efectos inteligentes. Como los adversarios no admiten la existencia de los Espíritus, pues no admiten nada fuera de la materia, se comprende que nieguen los efectos inteligentes. En cuanto a los efectos físicos, los interpretan desde su propio punto de vista, y sus argumentos pueden resumirse en los cuatro sistemas siguientes.

Sistema del charlatanismo – Entre los adversarios del espiritismo, muchos atribuyen esos efectos al engaño, por el hecho de que algunos pudieron ser imitados. Esta suposición transformaría a todos los espíritas en engañados, y a todos los médiums en engañadores, sin tomar en cuenta la posición, el carácter, el saber y la honradez de las personas. Si esto mereciera una respuesta, diríamos que ciertos fenómenos de la física también son imitados por los prestidigitadores, y que eso nada prueba en contra de la verdadera ciencia. Por otra parte, hay personas cuyo carácter aleja toda sospecha de fraude, y sería dar muestras de falta de educación y urbanidad que alguien se atreviera a decirles que son cómplices de una estafa. En un salón muy respetable, un señor que se decía bien educado se permitió una reflexión de esa índole, y la dueña de la casa le dijo lo siguiente: “Señor, puesto que no está usted satisfecho, se le devolverá su dinero en la puerta”. Y, con un gesto, le indicó lo mejor que podía hacer. ¿Se deberá de eso sacar la conclusión de que nunca hubo abuso? Para creerlo, sería necesario que se admitiera que los seres humanos son perfectos. Se abusa de todo, hasta de las cosas más sagradas. ¿Por qué no se abusaría del espiritismo? Sin embargo, el mal uso que se haga de una cosa no es motivo para que la cosa en sí sea prejuzgada de modo negativo. Para comprobar la buena fe de las personas hay que considerar los motivos que determinan sus actos. Donde no existe especulación el charlatanismo no tiene nada que hacer.

Sistema de la locura – Algunos, por condescendencia, están de acuerdo en descartar la sospecha de engaño, pero sostienen que los que no engañan se engañan a sí mismos, lo que equivale a tratarlos de imbéciles. Cuando los incrédulos hablan sin rodeos, declaran lisa y llanamente que esas personas están locas, y de ese modo se atribuyen sin ceremonia el privilegio del buen sentido. Ese es el gran argumento de los que no encuentran ninguna razón aceptable para oponer. Por lo demás, esa forma de ataque ha quedado en ridículo debido a su banalidad, y no merece que se pierda tiempo en refutarla. A los mismos espíritas poco les importa eso; adoptan valerosamente su ideal y se consuelan pensando que tienen por compañeros de infortunio a muchas personas cuyo mérito es indiscutible. En efecto, es preciso que convengamos en que esa locura, si existe, presenta una característica muy singular: la de afectar de preferencia a la clase ilustrada, en cuyo seno se encuentra hasta el presente la inmensa mayoría de los adeptos del espiritismo. Si ellos ponen de manifiesto algunas excentricidades, estas nada prueban en contra de la doctrina espírita, del mismo modo que los locos religiosos nada prueban en contra de la religión, ni los melómanos en contra de la música, ni los locos matemáticos en contra de la matemática. Todas las ideas han tenido siempre fanáticos exagerados, y sería necesario estar dotado de un juicio muy obtuso para confundir la exageración de una cosa con la cosa misma. Para más amplias explicaciones a este respecto, recomendamos nuestras publicaciones ¿Qué es el Espiritismo? y El Libro de los Espíritus (“Introducción”, § XV).

Sistema de la alucinación – Otra opinión, menos ofensiva, puesto que es portadora de un leve tinte científico, consiste en atribuir los fenómenos a una ilusión de los sentidos. De esta manera, el observador obraría de muy buena fe; sólo que creería ver lo que no ve. Cuando dice que ve una mesa que se eleva y permanece en el aire sin ningún punto de apoyo, en realidad la mesa ni siquiera se mueve. La ve en el aire por una especie de espejismo, o por un efecto de refracción semejante al que hace que veamos en el agua un astro o un objeto cualquiera, fuera de su posición real. Esto, en rigor, sería posible. Con todo, los que ya han sido testigos del fenómeno de la mesa suspendida, pudieron comprobar su aislamiento pasando por debajo de ella, lo que parece difícil de conseguir en caso de que no haya dejado el suelo. Por otro lado, ha sucedido muchas veces que la mesa se quebró al caer. ¿Dirán también que eso es un simple efecto óptico? Una causa fisiológica muy conocida puede, sin duda, hacer que creamos ver que una cosa que no se mueve está girando, o que creamos que nosotros mismos giramos, aunque permanezcamos inmóviles. No obstante, cuando muchas personas, ubicadas alrededor de una mesa, ven que esta es arrastrada por un movimiento tan rápido que resulta difícil acompañarlo, y que incluso a veces es derribada, ¿se podrá alegar que todas esas personas padecen de vértigo, como el ebrio que cree ver pasar su casa delante de sí?

Sistema del músculo crujiente – Si ocurriera de ese modo en lo que atañe a la vista, no podría ocurrir lo mismo en el caso de la audición. Además, cuando los golpes son escuchados por todos los presentes en la reunión, no se puede razonablemente atribuirlos a una ilusión. Quede claro que descartamos toda idea de fraude, y que suponemos que una atenta observación ha comprobado que esos golpes no se deben a alguna causa fortuita o material.

Es verdad que un sabio médico dio una explicación de ese fenómeno, categórica según su opinión.(1) La causa –manifestó– está en las contracciones, voluntarias o involuntarias, del tendón del músculo peroneo corto.” Y luego se introdujo en los más completos detalles anatómicos, para demostrar el mecanismo merced al cual ese tendón es capaz de producir los ruidos, imitar el redoble del tambor y ejecutar, inclusive, ritmos musicales. De ahí concluyó que quienes creen escuchar golpes en una mesa son víctimas de una mistificación o de una ilusión. El hecho, de por sí, no es nuevo. Lamentablemente, para el autor de este presunto descubrimiento, su teoría es incapaz de explicar todos los casos. Digamos, en primer lugar, que los que gozan de la extraña facultad de hacer que su músculo peroneo corto, o cualquier otro, haga crujidos a voluntad, o ejecute composiciones musicales por ese medio, son sujetos excepcionales, en tanto que la aptitud para hacer que una mesa dé golpes es muy común, y no todos los que poseen esta última facultad están dotados de la primera. En segundo lugar, el sabio doctor ha olvidado explicar cómo el crujido muscular de una persona inmóvil y separada de la mesa puede producir en ella vibraciones sensibles al tacto; cómo ese ruido puede repercutir, a voluntad de los asistentes, en diversas partes de la mesa, en los otros muebles, en las paredes, el techo, etc.; y cómo, por último, la acción de dicho músculo puede extenderse a una mesa a la que nadie toca, y hacer que se mueva. Además, esta explicación, si en realidad explicara algo, sólo invalidaría el fenómeno de los golpes, pero no podría aplicarse de ninguna manera a los otros medios de comunicación. Debemos concluir que este doctor opinó sin haber visto, o sin haber visto todo y bien. Siempre es de lamentar que hombres de ciencia se apresuren a dar, acerca de lo que no conocen, explicaciones que los hechos desmienten. Su propio saber debería hacerlos tanto más cautos en sus opiniones, cuanto más ese saber aleja de ellos los límites de lo desconocido.

(1)  Se trata del Sr. Jobert (de Lamballe). Para ser justos, debemos decir que este descubrimiento se debe al Sr. Schiff. El Sr. Jobert desarrolló sus consecuencias ante la Academia de Medicina, lanzando de tal modo un golpe mortal a los Espíritus golpeadores. En la Revista Espírita, del mes de junio de 1859, se hallan todos los detalles acerca de esta cuestión. (N. de Allan Kardec.)

Sistema de las causas físicas – Aquí nos apartamos de los sistemas de la negación absoluta. Una vez comprobada la realidad de los fenómenos, la primera idea que naturalmente acudió al espíritu de quienes los verificaron fue la de atribuir los movimientos al magnetismo, a la electricidad o a la acción de un fluido cualquiera; en una palabra, a una causa enteramente física y material. Esta opinión no tenía nada de irracional, y habría prevalecido si el fenómeno se hubiese limitado a la producción de efectos puramente mecánicos. Una circunstancia parecía incluso corroborarla, pues en ciertos casos se registraba en los efectos un aumento de la fuerza, que dependía directamente del número de las personas presentes. Así, cada una de ellas podía ser considerada como uno de los elementos de una pila eléctrica humana. Ya hemos dicho que lo que caracteriza a una verdadera teoría es que esta pueda explicar la causa de todos los hechos. Sin embargo, si un solo hecho la contradice, es porque es falsa, incompleta o demasiado absoluta. Ahora bien, esto es lo que pronto sucedió en relación con esta teoría. Los movimientos y golpes dieron señales inteligentes, en obediencia a la voluntad y como respuesta al pensamiento. Debían, por lo tanto, tener una causa inteligente. Puesto que el efecto dejaba de ser puramente físico, por eso mismo la causa tenía que ser otra. A eso se debe que el sistema de la acción exclusiva de un agente material haya sido abandonado, y sólo persiste entre los que juzgan a priori, sin haber visto nada. El punto principal consiste, pues, en que se compruebe la acción inteligente, de la que puede convencerse cualquier persona que se tome el trabajo de observar.

Sistema del reflejo – Una vez reconocida la acción inteligente, restaba saber cuál era el origen de esa inteligencia. Se pensó que podía ser la del médium o la de los presentes, que se reflejaba como lo hacen la luz o las ondas sonoras. Eso era posible, y sólo la experiencia podía decir la última palabra. Sin embargo, observemos ante todo que ese sistema se aparta ya por completo de la idea puramente materialista. Para que la inteligencia de los presentes pudiera reproducirse por vía indirecta, había que admitir, en el hombre, la existencia de un principio externo al organismo.

Si el pensamiento que se manifestaba hubiera sido siempre el de los presentes, la teoría de la reflexión habría quedado confirmada. Ahora bien, el fenómeno, aun reducido a esa proporción, ¿no sería del más alto interés? El pensamiento que repercute en un cuerpo inerte y se traduce mediante el movimiento y el ruido, ¿no constituiría un hecho bastante notable? ¿No habría en eso algo que excitara la curiosidad de los científicos? En ese caso, ¿por qué lo despreciaron, ellos, que llegan hasta el agotamiento cuando investigan una simple fibra nerviosa?

Dijimos que sólo la experiencia podía confirmar o refutar esa teoría, y la experiencia la ha refutado, porque demuestra a cada instante, y con los hechos más positivos, que el pensamiento que se manifiesta no sólo puede ser ajeno al de los presentes, sino que casi siempre es por completo contrario al de estos, y que contradice todas las ideas preconcebidas y frustra todas las previsiones. En efecto, cuando pienso blanco y me responden negro, me resulta difícil creer que la respuesta provenga de mí mismo. Los que defienden esta teoría invocan ciertos casos en los que se registra una identidad entre el pensamiento que se manifiesta y el de los presentes. No obstante, ¿qué prueba eso, sino que los presentes pueden pensar del mismo modo que la inteligencia que se comunica? No hay por qué pretender que ambas opiniones deban ser siempre opuestas. Cuando en el transcurso de una conversación, el interlocutor emite un pensamiento análogo al vuestro, ¿diréis por eso que tal pensamiento proviene de vosotros? Bastan algunos ejemplos en contrario, debidamente constatados, para probar que esa teoría no puede ser absoluta. Por otra parte, ¿cómo se podría explicar, mediante la reflexión del pensamiento, la escritura producida por personas que no saben escribir? ¿Y las respuestas del más elevado alcance filosófico, obtenidas por personas iletradas? ¿Y las que son dadas a preguntas mentales, o en un idioma que el médium no conoce, así como mil otros hechos que no dejan lugar a duda acerca de la independencia de la inteligencia que se manifiesta? La opinión opuesta sólo puede ser el resultado de la falta de observación.

Si bien la presencia de una inteligencia extraña está probada moralmente por la naturaleza de las respuestas, también está probada materialmente por el fenómeno de la escritura directa, es decir, por la escritura obtenida en forma espontánea, sin pluma ni lápiz, sin contacto, y a pesar de las precauciones que se tomen para prevenirse contra cualquier subterfugio. El carácter inteligente del fenómeno no puede ser puesto en duda. Por consiguiente, hay en él algo más que una acción fluídica. Por otra parte, la espontaneidad del pensamiento, que se manifiesta independientemente de toda expectativa y sin que se haya formulado pregunta alguna, no da lugar a que pueda ser confundido con un reflejo del pensamiento de los presentes.

El sistema del reflejo es bastante desagradable en ciertos casos. Cuando en una reunión de personas honestas surge en forma inesperada una de esas comunicaciones que indignan por su grosería, atribuirla a uno de los presentes sería cometer una grave falta de respeto, y es probable que todos se apresuraran a repudiarla. (Véase El Libro de los Espíritus, “Introducción”, § XVI.)

Sistema del alma colectiva – Es una variante del precedente. Según este sistema, solamente se manifiesta el alma del médium, pero identificada con las almas de muchas otras personas vivas, ausentes o presentes en el lugar de la manifestación, para formar un todo colectivo que reúne las aptitudes, la inteligencia y los conocimientos de cada una de ellas. Aunque el opúsculo que expone esa teoría se titule La Luz(2), su estilo nos ha parecido muy oscuro. Confesamos que casi no lo comprendimos, y sólo de memoria hablamos de él. Por otra parte, se trata de una opinión personal, como tantas otras, que cuenta con escasos partidarios. Con el nombre de Émah Tirpsé el autor designa al ser colectivo que él representa. Como epígrafe, adoptó la siguiente máxima: Nada hay oculto que no llegue a ser conocido. Esta proposición es evidentemente falsa, porque existe una infinidad de cosas que el hombre no puede ni debe saber, y muy presuntuoso sería quien pretendiera descifrar todos los secretos de Dios.

(2) Communion. La lumière du phénomène de l’Esprit. Tables parlantes, somnambules, médiums, miracles. Magnétisme spirituel: puissance de la practique de la foi. Por Émah Tirpsé, un alma colectiva que escribe por intermedio de una tablilla. Bruselas, 1858, editado por Devroye. (N. de Allan Kardec.) En español: Comunión. La luz del fenómeno del Espíritu. Mesas parlantes, sonámbulos, médiums, milagros. Magnetismo espiritual: poder de la práctica de la fe. (N. del T.)

Sistema sonambúlico – Este sistema ha tenido más partidarios, y aún cuenta con algunos. Como el anterior, sostiene que todas las comunicaciones inteligentes provienen del alma o Espíritu del médium. No obstante, para explicar el hecho de que el médium trate asuntos que están fuera del ámbito de sus conocimientos, en vez de suponerlo dotado de un alma múltiple, atribuye esa aptitud a una momentánea sobreexcitación de sus facultades mentales, a una especie de estado sonambúlico o extático, que exalta y desarrolla su inteligencia. No se puede negar, en ciertos casos, la influencia de esta causa. Con todo, basta con haber observado cómo opera la mayoría de los médiums, para convencerse de que esa causa no explica todos los hechos, y que ella constituye la excepción y no la regla. Se podría suponer que fuese así en caso de que el médium tuviera siempre el semblante de un inspirado o de un extático, apariencia que, por otra parte, él podría simular perfectamente si quisiera representar una comedia. Pero ¿cómo se puede creer en la inspiración cuando el médium escribe como una máquina, sin la menor conciencia de lo que obtiene, sin la mínima emoción, sin ocuparse de lo que hace, distraído, riendo y conversando sobre cualquier cosa? Se concibe la sobreexcitación de las ideas, pero no se comprende cómo esa sobreexcitación puede hacer que una persona escriba sin que sepa escribir y, menos aún, cuando las comunicaciones son trasmitidas mediante golpes, o con la ayuda de una tablilla o de una cesta. En el transcurso de esta obra veremos cuál es la parte que se debe atribuir a la influencia de las ideas del médium. Sin embargo, los hechos en que la inteligencia extraña se revela por medio de signos indiscutibles son tan numerosos y evidentes, que no pueden dejar dudas al respecto. El error de la mayor parte de los sistemas que surgieron en los primeros tiempos del espiritismo se debe a que han extraído conclusiones generales a partir de algunos hechos aislados.

Sistema pesimista, diabólico o demoníaco – Con este sistema ingresamos en otro orden de ideas. Una vez comprobada la intervención de una inteligencia extraña, se trataba de saber cuál era la naturaleza de esa inteligencia. Sin duda, el medio más simple consistía en preguntárselo. No obstante, algunas personas consideraron que ese procedimiento no ofrecía una garantía suficiente, y sólo han querido ver en las manifestaciones una obra diabólica. Según esas personas, únicamente pueden comunicarse el diablo o los demonios. Aunque en la actualidad ese sistema genera poca repercusión, durante cierto tiempo gozó de algún crédito, debido al carácter mismo de los que trataban de hacer que prevalezca. Con todo, destacaremos que los partidarios del sistema demoníaco no deben ser clasificados entre los adversarios del espiritismo, sino todo lo contrario. Se trate de demonios o de ángeles, los seres que se comunican siempre son seres incorporales. Ahora bien, si se admite que los demonios pueden manifestarse, entonces también se admite la posibilidad de que el hombre se comunique con el mundo invisible o, al menos, con una parte de ese mundo.

La creencia en la comunicación exclusiva de los demonios, por más irracional que sea, no hubiese parecido imposible en la época en que se consideraba a los Espíritus como seres creados fuera de la humanidad. Pero desde que se sabe que los Espíritus no son otra cosa que las almas de los hombres que ya han vivido, esa creencia perdió todo su prestigio y, se puede decir, toda verosimilitud. Admitirla implica sostener que todas esas almas son demonios, aunque sean las de un padre, un hijo o un amigo, y que nosotros mismos, al morir, nos convertiremos en demonios. Se trata de una doctrina poco halagüeña y nada consoladora para muchas personas. Muy difícil será convencer a una madre de que el hijo querido al que perdió, y que después de la muerte viene a ofrecerle pruebas de su afecto y de su identidad, sea un secuaz de Satanás. Es verdad que existen Espíritus que son muy malos y que no valen más que los denominados demonios. Pero eso se debe a una razón muy simple: la de que existen hombres muy malos, que por el hecho de morir no se vuelven buenos en forma inmediata. La cuestión consiste en saber si son ellos los únicos que pueden comunicarse con nosotros. A los que piensan de ese modo les dirigimos las siguientes preguntas:

1º: ¿Existen los Espíritus buenos y los Espíritus malos?

2º: ¿Es Dios más poderoso que los Espíritus malos, o que los demonios, si así queréis llamarlos?

3º: Afirmar que sólo los Espíritus malos se comunican con los hombres implica decir que los buenos no pueden hacerlo. Si así fuera, una de dos cosas: eso ocurre por la voluntad de Dios, o en su contra. Si es contra su voluntad, entonces los Espíritus malos son más poderosos que Él. Y si es por su voluntad, ¿por qué Dios, en su bondad, no permitiría que los Espíritus buenos se comunicaran, para contrabalancear la influencia de los otros?

4º: ¿Qué pruebas podéis dar acerca de la imposibilidad de que los Espíritus buenos se comuniquen con nosotros?

5º: Cuando os oponemos la sabiduría de ciertas comunicaciones, replicáis que el demonio emplea una infinidad de máscaras para seducir mejor. En efecto, sabemos que hay Espíritus hipócritas, que confieren a su lenguaje un falso barniz de sabiduría. No obstante, ¿admitís que la ignorancia pueda imitar al verdadero saber, y que una naturaleza malvada imite a la verdadera virtud, sin dejar ningún indicio que denuncie el fraude?

6º: Si el demonio es el único que se comunica, dado que él es enemigo de Dios y de los hombres, ¿por qué recomienda que se ore a Dios, que nos sometamos a la voluntad de Dios, que soportemos sin quejas las tribulaciones de la vida, que no ambicionemos honores ni riquezas, que practiquemos la caridad y todas las máximas de Cristo, en suma, que hagamos todo lo necesario para destruir su imperio? Si el que da esos consejos es el demonio, tenemos que admitir que, por más astuto que sea, es bastante torpe al proporcionar armas que se usan en su contra.(3) 

(3) Esta cuestión ha sido tratada en El Libro de los Espíritus (§ 128 y siguientes). No obstante, en relación con este asunto, así como con todo lo que atañe a la parte religiosa, recomendamos el opúsculo titulado Carta de un católico sobre el espiritismo, del doctor Grand, ex cónsul de Francia (editado por Ledoyen, in 18; precio: 1 fr.), así como el que vamos a publicar con el título: LOS CONTRADICTORES DEL ESPIRITISMO desde el punto de vista de la religión, de la ciencia y del materialismo. (N. de Allan Kardec.)

7º: Dado que los Espíritus se comunican con nosotros, eso se debe a que Dios lo permite. En vista de que hay buenas y malas comunicaciones, ¿no será más lógico admitir que Dios permite unas para probarnos y otras para aconsejarnos el bien?

8º: ¿Qué pensaríais de un padre que dejara a su hijo a merced de ejemplos y consejos perniciosos, que lo apartara de él y le prohibiese tener contacto con las personas que podrían desviarlo del mal? Un buen padre no haría eso. ¿Debemos pensar, pues, que Dios, la bondad por excelencia, haga menos de lo que haría un hombre?

9º: La Iglesia reconoce como auténticas ciertas manifestaciones de la Virgen y de otros santos, en apariciones, visiones, comunicaciones orales, etc. Esta creencia, ¿no está en contradicción con la doctrina de la comunicación exclusiva de los demonios?

Creemos que algunas personas han profesado esa teoría de buena fe. No obstante, también creemos que muchos lo hicieron únicamente para no tener que ocuparse de esas cosas, debido a las malas comunicaciones que todos están expuestos a recibir. Al decir que sólo el diablo se manifiesta, han querido aterrorizar, más o menos como se hace con un niño al que se le dice: “No toques eso, porque quema”. La intención puede haber sido loable, pero no llegó a su objetivo, puesto que la prohibición sólo sirve para excitar la curiosidad, y el temor al diablo ya no refrena a casi nadie. Todos quieren verlo, al menos para saber cómo es, y quedan muy asombrados porque no les resulta tan feo como lo imaginaban.

¿No se podría hallar también otro motivo para esa teoría exclusiva del diablo? Hay personas que consideran que todos los que no son de su parecer están equivocados. Ahora bien, los que pretenden que todas las comunicaciones son obra del demonio, ¿no serán inducidos a eso por el temor de que los Espíritus no estén de acuerdo con ellos acerca de todos los puntos, más aún sobre los que se refieren a los intereses de este mundo, que sobre los relativos a los intereses del otro? Como no pueden negar los hechos, han querido presentarlos con un aspecto aterrador. Sin embargo, ese medio no ha tenido mejor resultado que los otros. Donde el temor al ridículo es impotente, es preciso dejar que las cosas sigan su curso.

Si un musulmán escuchara a un Espíritu hablar en contra de ciertas leyes del Corán, seguramente creería que se trata de un Espíritu malo. Lo mismo sucedería con un judío, en lo atinente a algunas prácticas de la ley de Moisés. En cuanto a los católicos, hemos oído afirmar a uno de ellos que el Espíritu que se comunicaba sólo podía ser el diablo, porque se había permitido pensar de manera diferente a la de él acerca del poder temporal(4), pese a que sólo había predicado la caridad, la tolerancia, el amor al prójimo y la abnegación de las cosas de este mundo: máximas que Cristo enseñó.

(4) Se llama poder temporal a la influencia de poder, tanto gubernamental como político, que ejerce la Santa Sede sobre los pueblos, en particular al vicario de Cristo o Papa, en contraste con su poder espiritual sobre la Iglesia católica y otros grupos también llamado poder eterno [Wikipedia].

Puesto que los Espíritus no son otros que las almas de los hombres, y que los hombres no son perfectos, se sigue de ahí que existen Espíritus que también son imperfectos, y cuyo carácter se refleja en sus comunicaciones. Es un hecho indiscutible que existen Espíritus malos, astutos, profundamente hipócritas, de los que es preciso estar prevenido. No obstante, el hecho de que en el mundo se encuentren hombres perversos, ¿es motivo para que nos apartemos de toda la sociedad? Dios nos ha dado la razón y el juicio para que evaluemos tanto a los Espíritus como a los hombres. El mejor medio de precavernos contra los inconvenientes que puede presentar la práctica del espiritismo no consiste en prohibirlo, sino en hacer que sea comprendido. Un temor imaginario sólo impresiona por un instante y no afecta a todos, mientras que todos comprenden la realidad si se la demuestra claramente.

Sistema optimista – Al lado de los que solamente ven en esos fenómenos la acción de los demonios, hay otros que sólo han visto la acción de los Espíritus buenos. Supusieron que el alma, como se halla desprendida de la materia, ya no dispone de ningún velo que le oculte las cosas, de modo que debe poseer la soberana ciencia y sabiduría. Su confianza ciega en la superioridad absoluta de los seres del mundo invisible ha sido, para muchas personas, la causa de no pocas decepciones. Aprendieron a costa de sí mismos a desconfiar de ciertos Espíritus, así como a no confiar en algunos hombres.

Sistema uniespírita o monoespírita – Una variante del sistema optimista consiste en la creencia de que un solo Espíritu se comunica con los hombres, y que ese Espíritu es Cristo, el protector de la Tierra. En virtud de las comunicaciones de la más baja trivialidad, de una grosería indignante, llenas de malevolencia y ruindad, sería una profanación y una irreverencia suponer que esas comunicaciones pudiesen provenir del Espíritu del bien por excelencia. De todos modos, se podría admitir esa ilusión, si los que creen en este sistema sólo hubieran recibido comunicaciones irreprochables. Sin embargo, la mayoría de ellos reconoce haber recibido algunas muy malas, y explican que se trata de una prueba a la que el Espíritu bueno los somete, al dictarles cosas absurdas. Así pues, mientras que unos atribuyen todas las comunicaciones al diablo, que puede decir cosas buenas para tentar a los hombres, otros piensan que únicamente Jesús se manifiesta, y que puede decir cosas malas para ponerlos a prueba. Entre esas dos opiniones tan opuestas, ¿quién decidirá? El buen sentido y la experiencia. Decimos la experiencia, porque es imposible que los que profesan ideas tan exclusivas hayan visto todo y bien.

Cuando les presentamos los hechos de identidad que, mediante las manifestaciones escritas, visuales u otras, ponen de manifiesto la presencia de parientes, amigos o conocidos, responden que se trata en todos los casos de un mismo Espíritu, que adopta la totalidad de las formas: el diablo, según unos; Cristo, según otros. Pero no nos explican por qué los demás Espíritus no pueden comunicarse, y tampoco nos dicen con qué objetivo el Espíritu de Verdad vendría a engañarnos, presentándose con falsas apariencias para burlarse de una pobre madre, por ejemplo, al hacerle creer que tiene a su lado al hijo por quien derrama lágrimas. La razón se rehúsa a admitir que el más puro entre todos los Espíritus se rebaje al punto de representar semejante comedia. Por otra parte, negar la posibilidad de cualquier otra comunicación, ¿no sería despojar al espiritismo de lo que tiene de más piadoso: el consuelo de los afligidos? Digamos simplemente que este sistema es irracional y no resiste un análisis serio.

Sistema multiespírita o poliespírita – Todos los sistemas a que hemos pasado revista, sin exceptuar los de sentido negativo, se basan en algunas observaciones, pero que son incompletas o han sido mal interpretadas. Si una casa fuera roja por un lado y blanca por el otro, el que la haya visto de un solo lado afirmará que es roja, y otro dirá que es blanca. Ambos estarán equivocados y tendrán razón. Sin embargo, aquel que haya visto la casa de ambos lados, dirá que es roja y blanca, y será el único que estará en lo cierto. Lo mismo sucede con la opinión que las personas se forman acerca del espiritismo: puede ser verdadera en relación con ciertos aspectos, y falsa si se generaliza lo que es parcial, si se toma como regla lo que constituye una excepción, y como el todo lo que sólo es una parte. De ahí que digamos que quien desee estudiar con seriedad esta ciencia, debe observar mucho y durante largo tiempo. Sólo el tiempo le permitirá captar los detalles, advertir los sutiles matices, observar una cantidad de hechos característicos que serán para él otros tantos rayos de luz. En cambio, si se detiene en la superficie, se expone a formarse un juicio prematuro y, por consiguiente, erróneo. Aquí están las consecuencias generales que se han deducido de una observación completa, y que en la actualidad constituyen la creencia, podríamos decir, de la universalidad de los espíritas, puesto que los sistemas restrictivos no son más que opiniones aisladas:

1º: Los fenómenos espíritas son producidos por inteligencias extracorporales, es decir, por Espíritus.

2º: Los Espíritus constituyen el mundo invisible; están en todas partes; pueblan los espacios hasta lo infinito. Algunos están siempre alrededor nuestro, y nos mantenemos en contacto con ellos.

3º: Los Espíritus ejercen una acción incesante sobre el mundo físico y sobre el mundo moral, y son una de las potencias de la naturaleza.

4º: Los Espíritus no son seres aparte en la creación, sino las almas de los que han vivido en la Tierra o en otros mundos, y que se han despojado de la envoltura corporal. Por consiguiente, las almas de los hombres son Espíritus encarnados; y nosotros, al morir, volvemos a ser Espíritus.

5º: Hay Espíritus de todos los grados de bondad y de maldad, de saber y de ignorancia.

6º: Todos están sometidos a la ley del progreso, y todos pueden llegar a la perfección. Sin embargo, como tienen libre albedrío, llegan a ella en un tiempo más o menos prolongado, conforme a los esfuerzos y la voluntad de cada uno.

7º: Son felices o desdichados de acuerdo con el bien o el mal que han hecho durante la vida, así como con el grado de adelanto al que han llegado. La felicidad perfecta y sin mezcla sólo es patrimonio de los Espíritus que alcanzaron el grado supremo de la perfección.

8º: Todos los Espíritus, en determinadas circunstancias, pueden manifestarse a los hombres; el número de los que pueden comunicarse es indefinido.

9º: Los Espíritus se comunican a través de los médiums, que les sirven de instrumento y de intérpretes.

10º: Se reconoce la superioridad o la inferioridad de los Espíritus por su lenguaje. Los buenos sólo aconsejan el bien y sólo dicen cosas buenas: todo en ellos pone de manifiesto su elevación. Los malos engañan, y sus palabras llevan el sello de la imperfección y la ignorancia.

Los diferentes grados por los que pasan los Espíritus se hallan indicados en la “Escala espírita” (El Libro de los Espíritus, Libro segundo, Cap. I, § 100). El estudio de esa clasificación es indispensable para evaluar la naturaleza de los Espíritus que se manifiestan, así como sus buenas y sus malas cualidades.

Sistema del alma material – Consiste tan sólo en una opinión particular acerca de la naturaleza íntima del alma. Según esta opinión, el alma y el periespíritu no serían dos cosas distintas, o, mejor dicho, el periespíritu sería el alma misma, que se purifica gradualmente por medio de las diversas transmigraciones, así como el alcohol se depura mediante diversas destilaciones. La doctrina espírita, en cambio, sólo considera al periespíritu como la envoltura fluídica del alma o del Espíritu. Según aquella opinión, dado que el periespíritu es materia, aunque muy etérea, el alma sería de una naturaleza material más o menos esencial, de acuerdo con su grado de purificación.

Este sistema no invalida ninguno de los principios fundamentales de la doctrina espírita, puesto que en nada modifica el destino del alma: las condiciones de su felicidad futura son siempre las mismas. Como el alma y el periespíritu forman un todo bajo la denominación de Espíritu, a ejemplo de la semilla y el perisperma, que también forman un todo con el nombre de fruto, toda la cuestión se reduce a considerar el todo como homogéneo, en vez de que esté constituido por dos partes diferentes.

Como se ve, esta cuestión no conduce a ninguna consecuencia, y no nos habríamos ocupado de ella si no fuera porque encontramos personas inclinadas a ver una nueva escuela en lo que no es, en definitiva, más que una simple interpretación de palabras. Aunque esta opinión, por lo demás muy restringida, se encontrara más generalizada, no constituiría una escisión entre los espíritas, del mismo modo que las teorías de la emisión y de las ondulaciones de la luz no dividen a los físicos. Los que pretendieran formar un grupo aparte, por una cuestión tan pueril, sólo probarían con ello que conceden más importancia a lo accesorio que a lo principal, y que son inducidos a la desunión por Espíritus que no pueden ser buenos, ya que los Espíritus buenos jamás infunden el sarcasmo y la cizaña. Por eso convocamos a los verdaderos espíritas a que se mantengan en guardia contra semejantes sugestiones, y a que no den a ciertos detalles más importancia de la que merecen. Lo esencial es el fondo.

No obstante, nos sentimos en la obligación de decir algunas palabras acerca de los principios en que se apoya la opinión de los que consideran al alma y al periespíritu como cosas distintas. Esa opinión se basa en la enseñanza de los Espíritus, que nunca discrepan al respecto. Nos referimos a los Espíritus esclarecidos, pues entre los Espíritus en general hay muchos que no saben más que los hombres, y hasta saben menos que estos. En cambio, la teoría contraria es una concepción humana. Nosotros no hemos inventado ni imaginamos el periespíritu para explicar los fenómenos. Su existencia nos ha sido revelada por los Espíritus, y la observación nos la ha confirmado (Véase El Libro de los Espíritus, § 93). Se apoya también en el estudio de las sensaciones de los Espíritus (Véase El Libro de los Espíritus, § 257) y, sobre todo, en el fenómeno de las apariciones tangibles que, según la otra opinión, implicaría la solidificación y la disgregación de las partes constitutivas del alma y, por consiguiente, su desorganización. Además, habría que admitir que esta materia, que puede ser percibida por nuestros sentidos, es el propio principio inteligente, lo que no es más racional que confundir al cuerpo con el alma, o la vestimenta con el cuerpo. En cuanto a la naturaleza íntima del alma, nada sabemos. Cuando se afirma que el alma es inmaterial, eso se debe entender en un sentido relativo, no en sentido absoluto, pues la inmaterialidad absoluta sería la nada. Ahora bien, el alma o Espíritu es algo. Esto significa que su esencia es de tal modo superior que no presenta ninguna analogía con lo que denominamos materia, de modo que, para nosotros, es inmaterial (Véase El Libro de los Espíritus, § 23 y 82).

Esta es la respuesta de un Espíritu con respecto a este unto:

Lo que algunos llaman periespíritu no es sino lo que otros denominan envoltura material fluídica. Para hacerme comprender de una manera más lógica, diría que ese fluido es la perfectibilidad de los sentidos, la extensión de la vista y de las ideas. Estoy hablando aquí de los Espíritus elevados. En el caso de los Espíritus inferiores, los fluidos terrenales todavía son completamente inherentes a ellos; por consiguiente, se trata de materia, como veis. De ahí los padecimientos del hambre, del frío, etc., padecimientos que los Espíritus superiores no pueden experimentar, visto que los fluidos terrenales están purificados alrededor del pensamiento, es decir, del alma. Para progresar, el alma necesita siempre de un agente. Sin un agente, ella no sería nada para vosotros, o, mejor dicho, no podríais concebirla. El periespíritu, para nosotros, los Espíritus errantes, es el agente por medio del cual nos comunicamos con vosotros, ya sea indirectamente mediante vuestro cuerpo o vuestro periespíritu, ya sea directamente con vuestra alma. A eso se debe la infinita variedad de médiums y de comunicaciones. Resta ahora el punto de vista científico, es decir, conocer la esencia misma del periespíritu. Esa es otra cuestión. Comprended primero moralmente(5). Sólo falta una discusión acerca de la naturaleza de los fluidos, lo que por ahora es inexplicable. La ciencia todavía no sabe bastante al respecto, pero lo logrará si se dispone a marchar con el espiritismo. El periespíritu puede variar y cambiar hasta lo infinito. El alma es el pensamiento: no cambia de naturaleza. A este respecto no avancéis más, porque se trata de un punto que no puede ser explicado. ¿Acaso suponéis que, al igual que vosotros, no he investigado yo también? Vosotros investigáis el periespíritu; nosotros, ahora, investigamos el alma. Aguardad, pues.
LAMENNAIS
 
(5) Es decir, por vías no empíricas; independientemente del método científico, que se basa en la observación y la experimentación. (N. del T.)

Como se ve, Espíritus que consideramos adelantados no han conseguido todavía sondear la naturaleza del alma. ¿Cómo podríamos hacerlo nosotros? Por lo tanto, es perder el tiempo querer escrutar el principio de las cosas que, conforme se ha dicho en El Libro de los Espíritus (§§ 17 y 49), forma parte de los secretos de Dios. Pretender investigar, con la ayuda del espiritismo, lo que no se encuentra aún al alcance de la humanidad, es desviarlo de su verdadero objetivo, y hacer como el niño que quiere saber tanto como un anciano. Lo esencial es que el hombre aplique el espiritismo a su perfeccionamiento moral. Lo demás es tan sólo una curiosidad estéril y a menudo orgullosa, cuya satisfacción no lo hará avanzar ni un paso. El único medio de progresar consiste en hacernos mejores. Los Espíritus que han dictado el libro que lleva su nombre demostraron su sabiduría al mantenerse, en lo que respecta al principio de las cosas, dentro de los límites que Dios no nos permite superar, dejando a los Espíritus sistemáticos y presuntuosos la responsabilidad de las teorías prematuras y erróneas, más seductoras que consistentes, que un día caerán ante la razón, como tantas otras surgidas de los cerebros humanos. Ellos sólo dijeron exactamente lo que era necesario para que el hombre comprenda el porvenir que le aguarda y, de esa manera, alentarlo a la práctica del bien. 


Texto extraído de:
El Libro de los Médiums de Allan Kardec (Nociones preliminares – Capítulo IV)

AMOR, CARIDAD y TRABAJO








Método

 




MÉTODO







El deseo de hacer partidarios es, en los adeptos del espiritismo, muy natural y loable, y nunca estará de más estimularlo. Con la intención de facilitarles la tarea, aquí nos proponemos analizar el camino que nos parece más seguro para alcanzar ese objetivo, a fin de ahorrarles esfuerzos inútiles.

Hemos dicho que el espiritismo es toda una ciencia, toda una filosofía. Por lo tanto, quien quiera conocerlo seriamente debe, como primera condición, predisponerse a un estudio serio, y convencerse de que esta ciencia no puede, al igual que ninguna otra, aprenderse como si fuera un juego. Asimismo, hemos manifestado que al espiritismo atañen todas las cuestiones que son de interés para la humanidad. Su campo es inmenso, y es conveniente abordarlo sobre todo desde sus consecuencias. La creencia en los Espíritus constituye, sin duda, su base, pero esta creencia no es suficiente para convertir a alguien en un espírita ilustrado, como tampoco alcanza con la creencia en Dios para que alguien llegue a ser teólogo. Veamos, pues, de qué manera es conveniente proceder con la enseñanza del espiritismo, a fin de que las personas sean conducidas a la convicción con mayor seguridad.

Los adeptos no tienen que asustarse con la palabra enseñanza. La enseñanza no sólo es aquella que se imparte desde el púlpito o desde la tribuna. La simple conversación también lo es. La persona que intenta persuadir a otra ya sea mediante explicaciones o experiencias, está enseñando. Lo que deseamos es que su esfuerzo sea fructífero, y por eso consideramos que es preciso darle algunos consejos, que serán también de utilidad para quienes deseen instruirse por sí mismos. Aquí hallarán el medio de alcanzar el objetivo con mayor seguridad y prontitud.

Por lo general, se cree que para convencer basta con mostrar los hechos. Ese pareciera, en efecto, el camino más lógico. Sin embargo, la experiencia demuestra que no es siempre el mejor, porque muchas veces encontramos personas que no se dejan convencer ni siquiera por los hechos más patentes. ¿A qué se debe esto? Es lo que vamos a tratar de demostrar. En la enseñanza del espiritismo, la cuestión de los Espíritus es secundaria, es una consecuencia. Considerarlos el punto de partida es, precisamente, el error en que caen muchos adeptos, y eso los conduce al fracaso en relación con ciertas personas. Dado que los Espíritus no son otra cosa que las almas de los hombres, el verdadero punto de partida es la existencia del alma. Ahora bien, ¿cómo habrá de admitir el materialista la existencia de seres que viven fuera del mundo material, si él mismo cree que sólo es materia? ¿Cómo podrá creer en la existencia de Espíritus alrededor suyo, cuando no cree que tenga uno dentro de sí? En vano se acumularán ante sus ojos las pruebas más palpables; las rechazará todas, dado que no admite el principio. Una enseñanza metódica debe ir de lo conocido a lo desconocido. Para el materialista, lo conocido es la materia. Partid, pues, de la materia, y tratad ante todo de convencerlo, mediante la observación de la materia, de que en él existe algo que escapa a las leyes de la materia. En una palabra, antes de convertirlo en ESPÍRITA, tratad de hacerlo ESPIRITUALISTA. No obstante, a tal efecto se requiere otro orden de hechos, una enseñanza muy especial que se debe suministrar por otros medios. Hablarle de los Espíritus antes de que esté convencido de que posee un alma, es comenzar por donde se debe concluir, pues no podrá aceptar la conclusión sin haber admitido las premisas. Por consiguiente, antes de que intentemos convencer a un incrédulo, incluso mediante los hechos, conviene que nos aseguremos de su opinión respecto del alma, es decir, si cree en su existencia, en su supervivencia al cuerpo y en su individualidad después de la muerte. Si la respuesta fuera negativa, hablarle de los Espíritus sería perder el tiempo. Esa es la regla. No decimos que no haya excepciones, pero en ese caso probablemente exista otra causa que lo haga menos intransigente.

Entre los materialistas hay que distinguir dos clases. En la primera incluimos a los materialistas por sistema. En ellos no cabe la duda, sino la negación absoluta, razonada a su modo. Consideran que el hombre es simplemente una máquina que funciona mientras está en buen estado, pero que se descompone y, después de la muerte, sólo queda de ella el esqueleto. Por fortuna, la cantidad de los que piensan así es muy restringida y en ninguna parte constituyen una escuela confesada abiertamente. No es necesario que insistamos acerca de los deplorables efectos que resultarían, para el orden social, de la divulgación de semejante doctrina. Ya nos hemos extendido lo suficiente sobre el asunto en El Libro de los Espíritus (Véase el § 147 y la “Conclusión”, § III).

Cuando dijimos que la duda de los incrédulos se desvanece ante una explicación racional, debimos exceptuar a estos materialistas, que niegan la existencia de alguna fuerza o de algún principio inteligente fuera de la materia. La mayoría se obstina en esa opinión por orgullo. Su amor propio los obliga a que persistan a pesar de las pruebas en contrario, porque no quieren quedar en desventaja. Con esas personas no hay nada que hacer. Ni siquiera se debe tomar en cuenta el falso tono de sinceridad de los que dicen “hacedme ver y creeré”. Otros son más francos y declaran decididamente: “aunque viera, no creería”.

La segunda clase de materialistas, mucho más numerosa que la primera –porque el verdadero materialismo es un sentimiento antinatural–, abarca a los que son materialistas por indiferencia y, se podría decir, por falta de algo mejor. No lo son en forma deliberada, y lo que más desean es creer, pues la incertidumbre los atormenta. Existe en ellos una vaga aspiración hacia el porvenir, pero ese porvenir les fue presentado con colores que su razón rehúsa aceptar. De ahí la duda y, como consecuencia de la duda, la incredulidad, que para ellos no constituye un sistema. En cuanto se les ofrece algo racional, lo aceptan con celeridad. Por consiguiente, los materialistas de esta clase pueden comprendernos, porque están más cerca de nosotros de lo que ellos mismos imaginan. A los de la primera clase –los materialistas por sistema– no les habléis de la revelación, ni de los ángeles, ni del paraíso, pues no os comprenderían. Ubicaos en su propio terreno y demostradles primero que las leyes de la fisiología son impotentes para explicarlo todo; el resto vendrá más tarde. La situación es absolutamente diferente cuando la incredulidad no está preconcebida, porque entonces la creencia no es del todo nula: existe un germen latente de ella, sofocado por las malas hierbas, pero que una chispa puede reavivar. Es como el ciego al que se le devuelve la vista y se siente dichoso porque ve la luz de nuevo, o como el náufrago al que se le lanza una tabla de salvación.

Al lado de los materialistas propiamente dichos hay una tercera clase de incrédulos que, aunque se consideran espiritualistas, al menos de nombre, son tan refractarios como aquellos: se trata de los incrédulos por mala voluntad. A estos les molesta creer, porque eso perturbaría su tranquilidad ante los placeres materiales. Temen toparse con la condenación de sus ambiciones, de su egoísmo y de las vanidades humanas con las que se deleitan. Cierran los ojos para no ver, y se tapan los oídos para no escuchar. Sólo es posible tenerles lástima.

Apenas para no dejar de mencionarla, hablaremos de una cuarta categoría, a la que denominaremos incrédulos interesados o de mala fe. Estos saben muy bien a qué atenerse en relación con el espiritismo, pero lo condenan en forma ostensiva por motivos de interés personal. No tenemos nada para decir, como tampoco nada para hacer respecto a ellos. Si el materialista puro se equivoca, tiene al menos la disculpa de la buena fe. Podemos sacarlo de su equivocación si le demostramos su error. En cambio, en este otro caso hay un prejuicio contra el cual chocan todos los argumentos. El tiempo se encargará de abrirles los ojos y de mostrarles, tal vez en detrimento de sí mismos, dónde estaban sus verdaderos intereses, pues al no poder impedir la expansión de la verdad, serán arrastrados por el torrente, junto con los intereses que pretendían resguardar.

Además de estas diversas categorías de opositores, existe una infinidad de graduaciones, entre las que se puede incluir a los incrédulos por cobardía, que tendrán valor cuando vean que los demás no se queman. También están los incrédulos por escrúpulos religiosos, quienes mediante un estudio profundo aprenderán que el espiritismo se apoya en las bases fundamentales de la religión, que respeta todas las creencias, y que uno de sus efectos es inspirar sentimientos religiosos en quienes no los poseen, así como fortalecerlos en los que vacilan. Vienen a continuación los incrédulos por orgullo, por espíritu de contradicción, por negligencia, por frivolidad, etc., etc.

No podemos omitir una categoría a la que denominaremos incrédulos por decepciones. Incluye a los que pasaron de la confianza exagerada a la incredulidad, porque sufrieron desengaños. Entonces, desanimados, abandonaron todo y todo lo rechazaron. Se encuentran en el caso de quien niega la buena fe porque ha sido defraudado. Esto es consecuencia de un estudio incompleto del espiritismo, y de la falta de experiencia. Si alguien es engañado por los Espíritus, se debe a que les pregunta lo que ellos no deben o no pueden responder, o porque no se halla lo suficientemente ilustrado sobre el asunto, para distinguir la verdad de la impostura. Muchos, por otra parte, sólo ven en el espiritismo un nuevo medio de adivinación, y se imaginan que los Espíritus existen para decir la buenaventura. Ahora bien, los Espíritus frívolos y burlones no pierden ocasión para divertirse a costa de los incrédulos de este tipo. Así, anunciarán maridos a las solteras, y honores, herencias, tesoros ocultos, etc., a los ambiciosos. De ahí resultan a menudo ingratas decepciones, de las que el hombre serio y prudente sabe siempre preservarse.

Una clase muy numerosa, incluso la más numerosa de todas, pero que no podría ser incluida entre las de los opositores, es la de los indecisos. En general, son espiritualistas por principio. La mayoría tiene una vaga intuición de las ideas espíritas, una aspiración hacia algo que no llegan a definir. Sólo les falta coordinar y enunciar sus pensamientos. Para ellos el espiritismo es como un rayo de luz, como la claridad que disipa las tinieblas. Por eso mismo lo adoptan con prisa, porque los libra de las angustias de la incertidumbre.

Si nos detenemos ahora ante las diversas categorías de creyentes, encontraremos, en primer lugar, a los que son espíritas sin saberlo. Para decirlo correctamente, constituyen una variedad o un matiz de la clase anterior. Sin que jamás hayan oído hablar de la doctrina espírita, tienen el sentimiento innato de los grandiosos principios que la conforman, y ese sentimiento se refleja en algunos pasajes de sus escritos y sus discursos, a tal punto que quienes los escuchan suponen que ya están perfectamente iniciados. Hallamos numerosos ejemplos de esos casos tanto entre los escritores sagrados como entre los profanos, así como también entre los poetas, los oradores, los moralistas y los filósofos, sean antiguos o modernos. 

Entre los que se han convencido a través del estudio directo del espiritismo, podemos distinguir:

1.º Los que creen pura y simplemente en las manifestaciones. El espiritismo es para ellos nada más que una ciencia de observación, una serie de hechos relativamente curiosos. Los denominaremos espíritas experimentadores.

2.º Los que ven en el espiritismo algo más que hechos. Comprenden su aspecto filosófico, admiran la moral que de ahí deriva, pero no la practican. La influencia de la doctrina sobre su carácter es insignificante o nula. No modifican en nada sus hábitos, ni se privan de uno solo de sus placeres. El avaro continúa siendo mezquino; el orgulloso no deja de pensar en sí mismo; el envidioso y el celoso son invariablemente hostiles. Consideran que la caridad cristiana es sólo una hermosa máxima. Son los espíritas imperfectos.

3.º Los que no se conforman con admirar la moral espírita, sino que la practican y aceptan todas sus consecuencias. Persuadidos de que la existencia terrenal es una prueba pasajera, tratan de aprovechar sus breves instantes para avanzar en la senda del progreso: la única que puede elevarlos en la jerarquía del mundo de los Espíritus. Se esfuerzan por hacer el bien y reprimir sus malas inclinaciones. Sus relaciones son siempre firmes, porque poseen una convicción que los aparta de todo pensamiento del mal. La caridad es, en todo, su norma de conducta. Son los verdaderos espíritas o, mejor dicho, los espíritas cristianos.

4.º Están, para finalizar, los espíritas exaltados. La especie humana sería perfecta si eligiera siempre el lado bueno de las cosas. La exageración es perjudicial en todo. En el caso del espiritismo, suscita una confianza demasiado ciega y a menudo pueril en los fenómenos del mundo invisible, y conduce a que se acepte con mucha facilidad y sin control alguno aquello que la reflexión y el análisis demostrarían que es absurdo e imposible. No obstante, el entusiasmo no conduce a la reflexión, sino que deslumbra. Esta especie de adeptos es más nociva que útil a la causa del espiritismo. Son los menos aptos para convencer a quienquiera que sea, porque todos desconfían, y con razón, de su juicio. Gracias a la buena fe que los anima, son engañados por los Espíritus impostores y por los hombres que tratan de explotar su credulidad. Si sólo ellos debieran sufrir las consecuencias, el mal sería menor. Lo peor es que, aun sin quererlo, proporcionan armas a los incrédulos, que buscan ocasiones para mofarse más que para convencerse, y no dejan de atribuir a todos el ridículo de algunos. Sin duda, esto no es justo ni racional. Sin embargo, como se sabe, los adversarios del espiritismo sólo reconocen como de buena calidad a su propia razón, y poco les preocupa conocer a fondo aquello de lo que hablan.

Los medios de convencimiento varían enormemente según los individuos. Lo que persuade a unos no produce nada en otros. Algunos se convencieron al observar determinadas manifestaciones materiales; otros lo hicieron por medio de comunicaciones inteligentes, y la mayor parte a través del razonamiento. Podemos incluso afirmar que, para la mayoría de los que no se preparan mediante el razonamiento, los fenómenos materiales tienen poco peso. Cuanto más extraordinarios son esos fenómenos, cuanto más se apartan de las leyes conocidas, tanto mayor es la oposición que encuentran, y eso se debe a una razón muy simple: la de que todos nos vemos inducidos naturalmente a dudar de un hecho que no ha recibido la aprobación racional. Cada uno lo considera desde su punto de vista y lo explica a su modo: el materialista lo atribuye a una causa puramente física, o a un engaño; el ignorante y el supersticioso creen que se debe a una causa diabólica o sobrenatural. En cambio, una explicación previa produce el efecto de destruir las ideas preconcebidas, y muestra, si no la realidad, al menos la posibilidad del fenómeno, que de ese modo es comprendido antes de que haya sido presenciado. Ahora bien, desde el momento en que se reconoce la posibilidad de un hecho, las tres cuartas partes de la convicción están garantizadas.

¿Es útil hacer el intento de convencer a un incrédulo obstinado? Ya hemos dicho que eso depende de las causas y de la naturaleza de su incredulidad. Muchas veces, nuestra insistencia lo lleva a creer en su importancia personal, lo que constituye una razón para que se obstine más todavía. En cuanto al que no se convenció por el razonamiento ni por los hechos, aún le corresponde sufrir la prueba de la incredulidad. Es preciso dejar a la Providencia la tarea de generar circunstancias que le resulten más propicias. Muchas son las personas que desean recibir la luz. ¿Por qué perder tiempo con quienes la rechazan? Dirigíos, pues, a los hombres de buena voluntad, que son más numerosos de lo que se supone, y su ejemplo, al multiplicarse, vencerá las resistencias con mayor facilidad que las palabras. El verdadero espírita jamás dejará de hacer el bien. Hay corazones afligidos por aliviar, consuelos para brindar, desesperaciones que calmar, reformas morales por lograr. Esa es su misión, y ahí encontrará la auténtica satisfacción. El espiritismo está en el aire. Se difunde por la fuerza de los hechos, y porque hace felices a quienes lo profesan. Cuando sus adversarios sistemáticos lo escuchen resonar alrededor suyo, entre sus propios amigos, comprenderán el aislamiento en que se encuentran y se verán forzados a callarse, o a rendirse.

Para proceder a la enseñanza del espiritismo, como se haría en relación con las ciencias ordinarias, sería preciso pasar revista a toda la serie de los fenómenos que pueden producirse, comenzando por los más simples, para llegar sucesivamente a los más complejos. Ahora bien, esto no es posible, porque no se puede hacer un curso de espiritismo experimental del mismo modo que se hace un curso de física o de química. En las ciencias naturales se actúa sobre la materia bruta, que se manipula a voluntad, y casi siempre se tiene la certeza de poder regular sus efectos. En el caso del espiritismo tenemos que tratar con inteligencias que gozan de libertad y que nos demuestran, a cada instante, que no están sometidas a nuestros caprichos. Es preciso, pues, observar, aguardar los resultados y captarlos cuando se producen. Por eso afirmamos, a viva voz, que cualquiera que se envanezca de obtenerlos a voluntad sólo puede ser un ignorante o un impostor. Esta es la razón por la cual el VERDADERO espiritismo nunca se ofrecerá en un espectáculo, ni se presentará jamás en los escenarios. Incluso resulta un poco ilógico suponer que los Espíritus acudan a exhibirse y se sometan a investigaciones, como si fueran objetos de curiosidad. Puede suceder que los fenómenos no se produzcan cuando más lo necesitamos, o que se presenten en un orden muy diferente del que nos gustaría. Agreguemos además que, para obtenerlos, se requiere la intervención de personas dotadas de facultades especiales, y que esas facultades varían hasta lo infinito, de conformidad con la aptitud de los individuos. Ahora bien, como es en extremo raro que una misma persona tenga todas las aptitudes, eso aumenta la dificultad, pues precisaríamos tener siempre a mano una verdadera colección de médiums, y eso no es posible.

El modo de evitar ese inconveniente es muy simple. Hay que comenzar por la teoría. En ella todos los fenómenos son estudiados y explicados; se comprende su posibilidad, y se sabe en qué condiciones pueden producirse, así como los obstáculos que es posible encontrar. Entonces, sea cual fuere el orden en que según las circunstancias esos fenómenos aparezcan, nada en ellos será sorprendente. Este camino ofrece todavía una ventaja más: la de ahorrar una infinidad de decepciones al experimentador, pues este, prevenido acerca de las dificultades, sabrá mantenerse en guardia, y no tendrá que adquirir experiencia a costa de sí mismo.

Desde que nos ocupamos con el espiritismo, sería difícil calcular la cantidad de personas que vinieron a consultarnos; cuántas entre ellas se mantuvieron indiferentes o incrédulas ante los hechos más patentes, y sólo más tarde se han convencido mediante una explicación racional; cuántas otras se predispusieron a la convicción por medio del razonamiento; cuántas, por último, se han persuadido sin haber visto nada, únicamente porque comprendieron. Hablamos, pues, por experiencia, y por eso afirmamos que el mejor método de enseñanza espírita es el que se dirige a la razón, no a los ojos. Es el método que seguimos en nuestras lecciones, y del cual sólo tenemos que congratularnos(1).
(1) Nuestra enseñanza teórica y práctica es siempre gratuita. (N. de Allan Kardec.)

El estudio previo de la teoría presenta otra ventaja: la de mostrar de inmediato la magnitud del objetivo y el alcance de esta ciencia. Aquel que comienza por ver que una mesa gira o golpea, se siente más inclinado a la burla, porque difícilmente imaginará que de una mesa pueda surgir una doctrina regeneradora de la humanidad. Hemos observado siempre que los que creen antes de haber visto, sólo porque leyeron y comprendieron, lejos de ser superficiales son, por el contrario, los que más reflexionan. Como muestran mayor interés por el fondo que por la forma, para ellos la parte filosófica es lo principal, y los fenómenos propiamente dichos son accesorios. Llegan incluso a manifestar que, si esos fenómenos no existieran, no por eso esta filosofía dejaría de ser la única que resuelve todos los problemas que hasta hoy eran insolubles; que sólo ella ofrece la teoría más racional acerca del pasado y el porvenir del hombre. Prefieren una doctrina que realmente explica antes que aquellas que no explican nada o que explican mal. Quienquiera que reflexione, comprende muy bien que se podrían dejar de lado las manifestaciones, sin que la doctrina dejase de subsistir. Las manifestaciones corroboran y confirman el espiritismo, pero no constituyen su base esencial. El observador serio no las rechaza, sino todo lo contrario, pero aguarda las circunstancias propicias que le permitan ser testigo de ellas. La prueba de esto es que un gran número de personas, antes de haber oído hablar de las manifestaciones, tenían ya la intuición de esa doctrina, que no ha hecho más que dar un cuerpo, un conjunto a sus ideas.

Por otra parte, no sería exacto que afirmáramos que los que comienzan por la teoría se ven privados de las observaciones prácticas. Por el contrario, hay fenómenos que para ellos tienen más peso que los que pudieran llegar a producirse en su presencia. Nos referimos a los numerosos hechos de las manifestaciones espontáneas, de los que hablaremos en los capítulos siguientes. Pocas son las personas que no los conocen, al menos por haber oído acerca de ellos, y muchas los observaron sin haberles prestado la atención que merecían. La teoría les da una explicación, y sostenemos que esos hechos tienen gran peso cuando se apoyan en testimonios irrecusables, porque no se puede suponer que hayan sido preparados o que se deban a complicidades. Aunque los fenómenos provocados no existieran, los espontáneos no dejarían de producirse por esa razón, y ya sería bastante que el espiritismo sólo sirviera para darles una solución racional. Por eso, la mayoría de los que leen previamente, recuerdan esos hechos, que son para ellos una confirmación de la teoría.

Se engañaría rotundamente en cuanto a nuestra manera de ver, quien supusiera que nosotros aconsejamos que se menosprecien los hechos, pues a través de los hechos hemos llegado a la teoría. Es cierto que para eso debimos llevar a cabo un trabajo asiduo, que requirió muchos años y miles de observaciones. Con todo, puesto que los hechos nos han servido y nos sirven a diario, seríamos inconsecuentes con nosotros mismos si negáramos su importancia, sobre todo ahora, cuando preparamos un libro para darlos a conocer. Decimos solamente que sin el razonamiento los hechos no bastan para generar la convicción. Además, una explicación previa, que pone fin a las prevenciones y muestra que los hechos no contradicen la razón, predispone a aceptarlos. Tan cierto es esto que, de diez personas completamente novatas que asistan a una sesión experimental, aunque esta sea de las más satisfactorias según la opinión de los adeptos, nueve saldrán de ahí sin haberse convencido, y algunas saldrán más incrédulas que antes, porque las experiencias no respondieron a sus expectativas. Sucederá todo lo contrario con quienes puedan comprender los hechos mediante un conocimiento teórico previo. Para estas personas ese conocimiento es un medio de control, pero nada las sorprende, ni siquiera el fracaso, porque saben en qué condiciones se producen los hechos, y que no hay que exigirles lo que no pueden dar. Así pues, la comprensión previa de los hechos no sólo las pone en condiciones de percibir las anomalías, sino que también les permite captar una infinidad de detalles, de matices con frecuencia muy sutiles, que les sirven como elementos de convicción, y que escapan al observador ignorante. Estos son los motivos por los que sólo admitimos en nuestras sesiones experimentales a las personas que poseen nociones preparatorias suficientes para comprender lo que ahí se hace, pues estamos convencidos de que los otros perderían su tiempo, o nos harían perder el nuestro.

A los que deseen adquirir esos conocimientos preliminares mediante la lectura de nuestras obras, les aconsejamos que las lean en el orden siguiente:

1.º ¿Qué es el Espiritismo? – Este ensayo, de un centenar de páginas solamente, es una exposición sumaria de los principios de la doctrina espírita, una visión general que permite abarcar el conjunto dentro de un marco restringido. En pocas palabras se percibe su objetivo y es posible evaluar su alcance. Además, en él se encuentran las respuestas a las principales preguntas u objeciones que los novatos están naturalmente dispuestos a formular. Esta primera lectura, que demanda poco tiempo, constituye una introducción que facilita un estudio de mayor profundidad.

2.º El Libro de los Espíritus – Contiene la doctrina completa, dictada por los Espíritus mismos, con toda su filosofía y todas sus consecuencias morales. Es la revelación del destino del hombre, la iniciación en el conocimiento de la naturaleza de los Espíritus y en los misterios de la vida de ultratumba. Al leerlo se comprende que el espiritismo tiene un objetivo serio y que no constituye un frívolo pasatiempo.
.
3.º El Libro de los Médiums – Está destinado a orientar en la práctica de las manifestaciones, mediante el conocimiento de los medios más adecuados para comunicarse con los Espíritus. Es una guía, tanto para los médiums como para los evocadores, y constituye el complemento de El Libro de los Espíritus.

4.º Revista Espírita – Se trata de una variada colección de hechos, explicaciones teóricas y fragmentos aislados que completan lo dicho en las dos obras precedentes, y que representan, en cierto modo, su aplicación. La lectura de esta revista puede hacerse al mismo tiempo que la de aquellas obras, aunque resultará más provechosa y, sobre todo, más inteligible, si se hace después de leer El Libro de los Espíritus. Esto, en cuanto a lo que nos concierne. Quienes desean conocer por completo una ciencia deben necesariamente leer todo lo que se haya escrito sobre la materia o, al menos, las cosas principales, y no limitarse a un solo autor. Deben asimismo leer los pros y los contras, las críticas tanto como las apologías, e iniciarse en los diferentes sistemas, a fin de que puedan juzgar por comparación. En ese aspecto, no preconizamos ni criticamos ninguna obra, pues no queremos influir de modo alguno en la opinión que puedan formarse de ella. Al aportar nuestra piedra al edificio, nos ubicamos junto al resto de los investigadores. No nos corresponde ser juez y parte, como tampoco abrigamos la ridícula pretensión de ser los únicos distribuidores de la luz. Compete al lector separar lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso.


Texto extraído de:
El Libro de los Médiums de Allan Kardec (Nociones preliminares – Capítulo III)


AMOR, CARIDAD y TRABAJO