Ley del progreso

 






LIBRO TERCERO
LEYES MORALES

CAPÍTULO VIII – LEY DEL PROGRESO










Estado de naturaleza

776. El estado de naturaleza y la ley natural, ¿son la misma cosa?
“No, el estado de naturaleza es el estado primitivo. La civilización es incompatible con el estado de naturaleza, mientras que la ley natural contribuye al progreso de la humanidad.”

El estado de naturaleza es la infancia de la humanidad y el punto de partida de su desarrollo intelectual y moral. Dado que el hombre es perfectible y lleva en sí el germen de su mejoramiento, no está destinado a vivir perpetuamente en el estado de naturaleza, como tampoco está destinado a vivir perpetuamente en la infancia. El estado de naturaleza es transitorio y el hombre sale de él mediante el progreso y la civilización. La ley natural, por el contrario, rige a la humanidad entera, y el hombre mejora a medida que comprende y practica mejor esa ley.


777. Dado que en el estado de naturaleza el hombre tiene menos necesidades, no padece las tribulaciones que él mismo se crea en un estado más adelantado. ¿Qué pensar de la opinión de quienes consideran a aquel estado como el de la más completa felicidad en la Tierra?
“¿Qué quieres que te diga? Es la felicidad del irracional. Hay personas que no comprenden otra. Es ser feliz a la manera de los animales. También los niños son más felices que los adultos.”


778. El hombre, ¿puede retrogradar hasta el estado de naturaleza?
“No, el hombre debe progresar sin cesar, y no puede retornar al estado de infancia. Si progresa es porque Dios así lo quiere. Pensar que pueda retrogradar hasta su condición primitiva sería negar la ley del progreso.”



Marcha del progreso

779. El hombre, ¿extrae de sí mismo la fuerza progresiva, o el progreso es sólo el producto de una enseñanza?
“El hombre se desarrolla por sí mismo, naturalmente. Sin embargo, no todos progresan al mismo tiempo y de la misma manera. De modo que los más adelantados ayudan al progreso de los otros a través del contacto social.”


780. El progreso moral, ¿sigue siempre al progreso intelectual?
“Es su consecuencia, pero no siempre lo sigue de inmediato.” 


[780a] - ¿De qué manera el progreso intelectual puede conducir al progreso moral?
“Al hacer que se comprenda el bien y el mal. El hombre puede entonces elegir. El desarrollo del libre albedrío acompaña al desarrollo de la inteligencia y aumenta la responsabilidad de los actos.”


[780b] - En ese caso, ¿cómo se explica que los pueblos más ilustrados sean a menudo los más pervertidos? 
“El objetivo es el progreso completo, pero los pueblos, como los individuos, llegan a él paso a paso. Hasta que el sentido moral se haya desarrollado en ellos, pueden incluso servirse de su inteligencia para hacer el mal. La moral y la inteligencia son dos fuerzas que sólo se equilibran a la larga.”


781. ¿Es dado al hombre detener la marcha del progreso?
“No, pero algunas veces puede obstaculizarlo.”


[781a] - ¿Qué pensar de los hombres que intentan detener la marcha del progreso y hacer que la humanidad retrograde?
“Pobres seres, a quienes Dios castigará. Serán arrastrados por el torrente que pretenden detener.”

Dado que el progreso es una condición de la naturaleza humana, nadie puede oponerse a él. Es una fuerza viva que las malas leyes pueden retardar, pero no extinguir. Cuando esas leyes se vuelven incompatibles con el progreso, este las aniquila junto con todos aquellos que intentan mantenerlas, y así será hasta que el hombre haya adaptado sus leyes a la justicia divina, que quiere el bien para todos en vez de leyes dictadas por el poderoso en perjuicio del débil.


782. ¿No hay hombres que obstaculizan el progreso de buena fe, al suponer que lo favorecen, porque lo consideran desde su punto de vista, y a menudo lo ven donde no existe?
“Se asemejan a una pequeña piedra que, colocada debajo de la rueda de un gran coche, no impide su avance.”


783. El perfeccionamiento de la humanidad, ¿sigue siempre una marcha progresiva y lenta?
“Existe el progreso regular y lento como resultado de la fuerza de las circunstancias. No obstante, cuando un pueblo no adelanta con suficiente rapidez, Dios provoca en él, cada cierto tiempo, una conmoción física o moral que lo transforma.”

El hombre no puede quedarse perpetuamente en la ignorancia, porque debe alcanzar el objetivo que la Providencia le señala. Se instruye por la fuerza de las circunstancias. Las revoluciones morales, así como las revoluciones sociales, se infiltran poco a poco en las ideas; germinan durante siglos y después estallan de repente, haciendo que se derrumbe el carcomido edificio del pasado, que ya no armoniza con las nuevas necesidades ni con las nuevas aspiraciones.

A menudo, el hombre sólo ve en esas conmociones el desorden y la confusión momentáneos que afectan a sus intereses materiales. En cambio, quien eleva el pensamiento por encima de su personalidad, admira los designios de la Providencia, que del mal hace surgir el bien. Es la tempestad, la tormenta que purifica la atmósfera después de haberla agitado. (1)

(1) Según se verá por este comentario de Kardec y por las explicaciones de los Espíritus a que el mismo se refiere, el Espiritismo reconoce la necesidad de esos movimientos periódicos de agitación natural, ora de los elementos, ora de los pueblos, para la realización del progreso. Pero los admite como hechos naturales y no como creaciones artificiales a las que los hombres deban dedicarse, obedeciendo a doctrinas revolucionarias. Lo que el Espiritismo enseña es que el hombre debe colocarse, en tales horas, por encima de sus mezquinos intereses personales, para ver en su amplitud la irresistible marcha del progreso, contribuyendo a él en la medida de lo posible. [N. de J. H. Pires. 1981]


784. La perversidad del hombre es muy grande. ¿No parecería que este retrocede en vez de avanzar, al menos desde el punto de vista moral?
“Te equivocas. Observa bien el conjunto y notarás que avanza, puesto que el hombre comprende mejor lo que está mal, y a diario corrige sus abusos. Se requiere un exceso del mal para que se comprenda la necesidad del bien y de las reformas.”


785. ¿Cuál es el mayor obstáculo para el progreso?
“El orgullo y el egoísmo. Me refiero al progreso moral, pues el progreso intelectual avanza siempre. Incluso parece, a primera vista, que el progreso intelectual confiere a esos vicios una actividad redoblada, por el desarrollo de la ambición y el apego a las riquezas que, a su vez, incitan al hombre a las investigaciones que esclarecen su espíritu. Así pues, todo está relacionado, tanto en el mundo moral como en el mundo físico, y del propio mal puede surgir el bien. Con todo, ese estado de cosas sólo durará algún tiempo: habrá de cambiar a medida que el hombre comprenda mejor que, fuera del goce de los bienes terrenales, hay una dicha infinitamente mayor e infinitamente más duradera.” 

Hay dos clases de progreso que se prestan mutuo apoyo, aunque no marchan juntos: el progreso intelectual y el progreso moral. En los pueblos civilizados, el primero de ellos recibe, en este siglo(2), todos los estímulos deseables. Por eso ha alcanzado un grado desconocido hasta nuestros días. Falta mucho para que el segundo alcance el mismo nivel. No obstante, si se lo compara con las costumbres sociales de algunos siglos atrás, habría que ser ciego para negar ese progreso. ¿Por qué, pues, esa marcha ascendente habría de detenerse de preferencia en relación con la moral que con la inteligencia? ¿Por qué no habría entre el siglo diecinueve y el veinticuatro tanta diferencia como la que hay entre el siglo catorce y el diecinueve? Dudar de eso sería pretender que la humanidad se encuentra en el apogeo de la perfección, lo cual sería absurdo; o que no es perfectible moralmente, lo que la experiencia desmiente.

(2)  El autor se está refiriendo, naturalmente, al siglo diecinueve. [N. del T. al cast.]



Pueblos degenerados

786. La historia nos muestra una cantidad de pueblos que, después de las conmociones que los trastornaron, volvieron a caer en la barbarie. En esos casos, ¿dónde está el progreso?
“Cuando tu casa anuncia la ruina, la haces demoler para construir una más sólida y cómoda. Con todo, hasta que esté terminada, habrá desorden y confusión en tu morada.
Comprende también esto: eras pobre y vivías en una casucha. Te vuelves rico y la dejas para vivir en un palacio. Después, un pobre desdichado, como lo eras tú antes, ocupa tu lugar en esa casucha e inclusive está muy contento, porque hasta entonces no tenía dónde refugiarse. Pues bien, debes saber que los Espíritus que están encarnados en ese pueblo degenerado no son los mismos que lo integraban en su época de esplendor. Los de entonces, como adelantaron, fueron a ocupar habitaciones más perfectas y progresaron, mientras otros menos adelantados tomaron su lugar, que habrán de dejar a su vez.”


787. ¿Hay razas que por su propia naturaleza son reacias al progreso?
“Sí, pero a diario esas razas se aniquilan corporalmente.”


[787a] - ¿Cuál será el destino futuro de las almas que animan a esas razas?
“Como las demás almas, llegarán a la perfección al pasar por diferentes existencias. Dios no deshereda a nadie.”


[787b] - Así pues, los hombres más civilizados, ¿han sido salvajes y antropófagos?
“Tú mismo lo has sido más de una vez, antes de ser lo que eres.”


788. Los pueblos son individualidades colectivas que, como los individuos, pasan por la infancia, la edad madura y la ancianidad. Esa verdad, que la historia constata, ¿no puede hacernos pensar que los pueblos más adelantados de este siglo tendrán su decadencia y su fin, como los de la Antigüedad?
“Los pueblos que sólo viven la vida del cuerpo, aquellos cuyo poderío sólo se basa en la fuerza y en el tamaño de su territorio, nacen, crecen y mueren, porque la fuerza de un pueblo se agota, como la de un hombre. Aquellos cuyas leyes egoístas se resisten al progreso de las luces y de la caridad, mueren; porque la luz elimina a las tinieblas; y la caridad, al egoísmo. No obstante, tanto para los pueblos como para los individuos, existe la vida del alma. Aquellos cuyas leyes se armonicen con las leyes eternas del Creador, vivirán y servirán de antorcha para los demás pueblos.”


789. El progreso, ¿reunirá algún día a todos los pueblos de la Tierra en una sola nación?
“En una sola nación, no. Eso es imposible, pues de la diversidad de las regiones nacen costumbres y necesidades diferentes, que constituyen las nacionalidades. Por eso siempre harán falta leyes apropiadas a esas costumbres y necesidades. No obstante, la caridad no sabe de latitudes y no distingue a los hombres por el color de su piel. Cuando la ley de Dios sea en todas partes la base de la ley humana, los pueblos practicarán la caridad recíprocamente, así como también lo harán los individuos. Entonces vivirán felices y en paz, porque nadie tratará de perjudicar a su vecino ni de vivir a sus expensas.”

La humanidad progresa por medio de los individuos que mejoran poco a poco y se instruyen. Entonces, cuando estos son mayoría, toman la delantera y llevan consigo a los demás. De tiempo en tiempo surgen entre ellos hombres de genio que les dan un impulso, después surgen otros que poseen autoridad. Todos ellos son instrumentos de Dios que en algunos años hacen adelantar a la humanidad muchos siglos. 

El progreso de los pueblos hace resaltar aún más la justicia de la reencarnación. Los hombres de bien realizan loables esfuerzos para que una nación adelante moral e intelectualmente. Convenimos en que esa nación, transformada, será más dichosa, así en este mundo como en el otro. No obstante, durante su lenta marcha a través de los siglos, millares de individuos mueren a diario. ¿Cuál es la suerte de aquellos que sucumben en el trayecto? Su inferioridad relativa, ¿los priva de la dicha reservada a los que llegan después? ¿O su felicidad también es relativa? La justicia divina no podría consagrar semejante injusticia. Con la pluralidad de las existencias, el derecho a la felicidad es el mismo para todos, porque nadie queda desheredado del progreso. Dado que los que han vivido en las épocas de barbarie pueden regresar en una época civilizada, sea que lo hagan en el mismo pueblo o en otro, de ahí resulta que todos se benefician con la marcha ascendente.

Pero el sistema de la unicidad de las existencias presenta aquí otra dificultad. Según ese sistema, el alma es creada en el instante del nacimiento. Por consiguiente, si un hombre está más adelantado que otro, es porque Dios creó para él un alma más adelantada. ¿A qué se debería ese favor? ¿Cuál sería el mérito de ese hombre, que no ha vivido más que otro, o que a menudo incluso vivió menos que otro, para que se lo dotara de un alma superior? Con todo, la dificultad principal no reside en ello. En mil años, una nación pasa de la barbarie a la civilización. Si los hombres vivieran mil años, se concebiría que en ese lapso tuviesen tiempo suficiente para progresar. Sin embargo, todos los días mueren muchos de ellos, sea cual fuere su edad. Se renuevan sin cesar, de modo tal que a diario se los ve que aparecen y desaparecen. Al cabo de mil años ya no quedan vestigios de los antiguos habitantes. Esa nación, de bárbara que era, se ha vuelto refinada. ¿Qué es lo que progresó? ¿Los individuos bárbaros de antaño? No, porque ellos murieron hace mucho tiempo. ¿Los que llegaron recientemente? No, porque si sus almas fueron creadas en el instante en que ellos nacieron, esas almas no existían en la época de la barbarie. Es preciso admitir, entonces, que los esfuerzos que se realizan para civilizar a un pueblo tienen el poder, no ya de mejorar almas imperfectas, sino de hacer que Dios cree almas cada vez más perfectas.

Comparemos esta teoría del progreso con la que han dado los Espíritus. Las almas que llegan en la época civilizada han tenido su infancia, como todas las demás, pero han vivido antes y están adelantadas como consecuencia de un progreso anterior. Llegan atraídas por un medio que les es simpático y que tiene relación con su estado actual. De ese modo, los esfuerzos realizados para civilizar a un pueblo no dan como resultado la creación de almas más perfectas en el porvenir, sino la atracción de las almas que ya han progresado sea porque han vivido en ese mismo pueblo en su época de barbarie, o porque vienen de otra parte. Allí está también la clave del progreso de la humanidad en su conjunto. Cuando todos los pueblos se hallen en el mismo nivel en cuanto al sentimiento del bien, la Tierra será el lugar de reunión de Espíritus buenos solamente, quienes vivirán juntos en unión fraterna. Por su parte, los Espíritus malos, al sentirse rechazados y fuera de lugar, irán a buscar en mundos inferiores el medio que más les convenga, hasta que sean dignos de volver al nuestro, que ya estará transformado. La teoría vulgar tiene además esta consecuencia: las actividades de mejoramiento social sólo benefician a las generaciones presentes y futuras; su resultado es nulo para las generaciones pasadas, que han cometido el error de venir demasiado temprano y que llegaron a ser lo que pudieron, cargadas como estaban con sus actos de barbarie. Según la doctrina de los Espíritus, en cambio, los progresos ulteriores también benefician a esas otras generaciones, que vuelven a vivir en mejores condiciones y pueden así perfeccionarse en el seno de la civilización.



Civilización

790. La civilización, ¿es un progreso, o bien, según afirman algunos filósofos, una decadencia de la humanidad?
“Progreso incompleto. El hombre no pasa súbitamente de la infancia a la edad madura.”


[790a] - ¿Es racional condenar a la civilización?
“Condenad más bien a quienes abusan de ella, y no a lo que es obra de Dios.”


791. La civilización, ¿se purificará algún día, de modo que haga desaparecer los males que ha producido?
“Sí, cuando la moral esté tan desarrollada como la inteligencia. El fruto no puede aparecer antes de la flor.”


792. ¿Por qué la civilización no realiza de inmediato todo el bien que podría producir?
“Porque los hombres todavía no están preparados ni dispuestos a obtener ese bien.”


[792a] - ¿No será también porque, al crear nuevas necesidades, la civilización excita pasiones nuevas?
“Así es, y porque las facultades del Espíritu no progresan todas a la vez. Todo requiere tiempo. No podéis esperar frutos perfectos de una civilización incompleta.”


793. ¿En cuáles signos se puede reconocer a una civilización completa?
“La reconoceréis por su desarrollo moral. Vosotros os consideráis muy adelantados porque habéis hecho importantes descubrimientos y maravillosas invenciones; porque os alojáis y os vestís mejor que los salvajes. No obstante, sólo tendréis realmente el derecho de llamaros civilizados cuando hayáis desterrado de vuestra sociedad los vicios que la deshonran, y cuando viváis como hermanos mediante la práctica de la caridad cristiana. Hasta entonces, no seréis más que pueblos instruidos, que sólo recorrieron la primera fase de la civilización.”

La civilización, como todas las cosas, tiene sus grados. Una civilización incompleta se halla en un estado de transición que engendra males especiales, que no se conocen en el estado primitivo. Pero no por eso deja de ser un progreso natural, necesario, que lleva consigo el remedio para el mal que causa. A medida que la civilización se perfecciona, hace cesar algunos de los males que ha engendrado, y todos ellos desaparecerán con el progreso moral. 

De dos pueblos que llegaron a la cima de la escala social, sólo puede llamarse más civilizado -en la verdadera acepción de la palabra- aquel donde hay menos egoísmo, codicia y orgullo; aquel cuyos hábitos son más intelectuales y morales que materiales; aquel en que la inteligencia puede desarrollarse con mayor libertad; donde hay más bondad, buena fe, benevolencia y generosidad recíprocas; donde los prejuicios de casta y de nacimiento están menos arraigados, pues esos prejuicios son incompatibles con el auténtico amor al prójimo; aquel en que las leyes no consagran ningún privilegio y son las mismas tanto para el último como para el primero; donde la justicia se administra con menos parcialidad; donde el débil encuentra siempre amparo en el fuerte; aquel donde la vida del hombre, así como sus creencias y opiniones son mejor respetadas; donde hay menos desdichados; aquel donde, por último, el hombre de buena voluntad tiene siempre la certeza de no carecer de lo necesario. (3)

(3)  Ésa habrá de ser la civilización cristiana que el Espiritismo establecerá en la Tierra. Como se ve, por las explicaciones de los Espíritus y los comentarios de Kardec, la civilización incompleta en que vivimos constituye sólo una fase de transición entre el mundo pagano de la antigüedad y el cristiano del futuro. En las costumbres y en la legislación, en la religión y en la práctica de los cultos religiosos vemos la mezcla constante de los elementos del paganismo con los principios renovadores del Cristianismo. Al Espiritismo cabe la misión de remover esos elementos paganos para hacer que brille el espíritu cristiano en toda su pureza. Véase, a este propósito, todo el Capítulo I de El Evangelio según el Espiritismo. [N. de J. H. Pires. 1981]



Progreso de la legislación humana

794. La sociedad, ¿podría estar regida únicamente por las leyes naturales, sin el auxilio de las leyes humanas?
“Podría, si se las comprendiera correctamente, y serían suficientes si hubiese voluntad de llevarlas a la práctica. Con todo, la sociedad tiene sus exigencias y necesita sus propias leyes.”


795. ¿Cuál es la causa de la inestabilidad de las leyes humanas?
“En las épocas de barbarie los que dictaban las leyes eran los más fuertes, y las hacían para ellos. Fue necesario modificarlas a medida que los hombres comprendían mejor la justicia. Las leyes humanas son más estables a medida que se acercan a la verdadera justicia, es decir, a medida que son dictadas para todos y que se identifican con la ley natural.”

La civilización ha creado en el hombre nuevas necesidades, y esas necesidades son acordes a la posición social que él se ha labrado. Ha tenido que regular los derechos y deberes de esa posición mediante las leyes humanas. No obstante, bajo la influencia de sus pasiones, a menudo ha creado derechos y deberes imaginarios, que la ley natural condena y que los pueblos suprimen de sus códigos a medida que progresan. La ley natural es inmutable y la misma para todos. La ley humana es variable y progresiva. Sólo esta ha podido consagrar, en la infancia de las sociedades, el derecho del más fuerte.


796. La severidad de las leyes penales, ¿no es una necesidad en el estado actual de la sociedad?
“Una sociedad depravada tiene, por cierto, necesidad de leyes más severas. Lamentablemente, esas leyes tienden más a castigar el mal cuando este ya fue cometido que a acabar con su origen. Sólo la educación puede reformar a los hombres. Entonces ya no tendrán necesidad de leyes tan rigurosas.”


797. ¿De qué modo el hombre será inducido a reformar sus leyes?
“Eso ocurre naturalmente, por la fuerza de las circunstancias, así como por la influencia de las personas de bien, que lo guían por el camino del progreso. El hombre ya ha reformado no pocas leyes, y reformará muchas otras. ¡Aguarda!”



Influencia del espiritismo en el progreso

798. El espiritismo, ¿llegará a ser una creencia común, o permanecerá como patrimonio de algunas personas? 
“Sin duda llegará a ser una creencia común, y señalará una nueva era en la historia de la humanidad, porque está en la naturaleza y porque ha llegado el tiempo en que debe ocupar su lugar entre los conocimientos humanos. No obstante, habrá que sostener grandes luchas, más aún contra los intereses que contra la convicción, pues no se puede ocultar que existen personas interesadas en combatirlo, algunas por amor propio y otras por causas absolutamente materiales. Con todo, dado que sus contradictores van quedando cada vez más aislados, se verán en la obligación de pensar como todo el mundo, so pena de ponerse en ridículo.”

Las ideas sólo se transforman con el tiempo, y nunca de manera súbita. Se debilitan generación tras generación y concluyen por desaparecer poco a poco junto con quienes las profesan, que serán reemplazados por otros individuos imbuidos de nuevos principios, tal como sucede con las ideas políticas. Reparad en el paganismo: no cabe duda de que en la actualidad nadie profesa las ideas religiosas de aquellos tiempos. No obstante, muchos siglos después del advenimiento del cristianismo, esas ideas han dejado huellas que sólo la renovación total de los pueblos pudo borrar. Lo mismo ocurrirá con el espiritismo. Realiza considerables progresos, pero todavía habrá, durante dos o tres generaciones, un fermento de incredulidad que sólo el tiempo habrá de disipar. Con todo, su marcha será más rápida que la del cristianismo, porque el propio cristianismo le abre camino y le sirve de apoyo. El cristianismo debía destruir. El espiritismo sólo tiene que edificar. (4)

(4) El transcurso del primer siglo del Espiritismo, cumplido el 18 de abril de 1957, vino a confirmar plenamente esta extraordinaria previsión de Kardec. En la primera centuria de su desarrollo el Cristianismo era todavía una oscura secta terriblemente perseguida. Sólo en las postrimerías del tercer siglo alcanzó el desarrollo y la universalización que el Espiritismo presenta en sus primeros cien años. La marcha del Espiritismo se ha hecho con rapidez mucho mayor y su victoria brillará más pronto de lo que se espera. [N. de J. H. Pires. 1981]

* El Espiritismo es la continuación lógica de la enseñanza moral dada por Jesús, puesto que es el Paráclito o Espíritu de Verdad que nos prometió (Juan 14:26), y que viene a esclarecer aquello que no fue bien comprendido y a restituir el sentido original de sus enseñanzas; por esto es cristiana su moral, con pleno sentido universal. [N. del copista.]  


799. ¿De qué modo el espiritismo puede contribuir al progreso?
“Al destruir al materialismo, que es una de las plagas de la sociedad, el espiritismo hace que los hombres comprendan dónde reside su verdadero interés. Dado que la vida futura ya no está velada por la duda, el hombre comprenderá mejor que puede garantizar su porvenir mediante el presente. Al destruir los prejuicios sectarios, de castas y de colores, el espiritismo enseña a los hombres la gran solidaridad que debe unirlos como hermanos.”


800. ¿No es de temer que el espiritismo no pueda triunfar sobre la indiferencia de los hombres y su apego a las cosas materiales?
“Sería conocer muy poco a los hombres si se pensara que una causa, sea cual fuere, podría transformarlos como por encanto. Las ideas se modifican poco a poco según los individuos, y se necesitan generaciones para borrar por completo las huellas de los antiguos hábitos. Así pues, la transformación sólo puede operarse con el tiempo, gradualmente, poco a poco. En cada generación, una parte del velo se disipa. El espiritismo viene a rasgarlo por completo. Con todo, aunque no produjese otro resultado más que corregir un solo defecto en un hombre, le habrá hecho dar un paso adelante, y por eso mismo le habrá hecho un gran bien, pues ese primer paso hará que los siguientes le resulten más fáciles.”


801. ¿Por qué los Espíritus no han enseñado en todos los tiempos lo que enseñan hoy?
“Vosotros no enseñáis a los niños lo mismo que a los adultos, como tampoco le dais al recién nacido un alimento que no podría digerir. Cada cosa a su tiempo. Los Espíritus han enseñado muchas cosas que los hombres no comprendieron o que desvirtuaron, pero que ahora pueden comprender. Mediante su enseñanza, aunque incompleta, prepararon el terreno para recibir la simiente que ahora va a dar fruto.”


802. Dado que el espiritismo debe señalar un progreso en la humanidad, ¿por qué los Espíritus no apresuran ese progreso por medio de manifestaciones de tal modo generalizadas y patentes, que la convicción alcance incluso a los más incrédulos?
“Querríais milagros. Dios los siembra a manos llenas a vuestro paso, pero todavía tenéis hombres que reniegan de Él. El propio Cristo, ¿convenció acaso a sus contemporáneos con los prodigios que realizaba? ¿No veis hoy a hombres que niegan los hechos más patentes que ocurren ante sus propios ojos? ¿No hay entre vosotros quienes afirman que no creerían, aunque viesen? No, Dios no quiere conducir a los hombres mediante prodigios. En su bondad, quiere dejarles el mérito de que se convenzan por medio de su propia razón.”


AMOR, CARIDAD y TRABAJO








Ley de sociedad




 


LIBRO TERCERO
LEYES MORALES

CAPÍTULO VII – LEY DE SOCIEDAD









Necesidad de la vida social

766. La vida social, ¿está en la naturaleza?
“Sin ninguna duda. Dios ha hecho al hombre para vivir en sociedad. No en vano lo ha dotado del habla y de las demás facultades necesarias para la vida de relación.”


767. El aislamiento absoluto, ¿es contrario a la ley natural?
“Sí, puesto que los hombres buscan la sociedad instintivamente, y todos deben cooperar en el progreso mediante la ayuda mutua.”


768. El hombre, al buscar la sociedad, ¿obedece sólo a un sentimiento personal, o hay en ese sentimiento un objetivo providencial más general?
“El hombre debe progresar. No puede hacerlo solo, porque no posee todas las facultades. Necesita el contacto con los otros hombres. En el aislamiento se embrutece y se debilita.”

Ningún hombre dispone de facultades completas. Mediante la unión social los hombres se complementan mutuamente para asegurar su bienestar y su progreso. Por eso, dado que se necesitan los unos a los otros, han sido hechos para vivir en sociedad y no aislados.



Vida de aislamiento. Voto de silencio

769. Se entiende que, como principio general, la vida social está en la naturaleza. No obstante, como todos los gustos también están en la naturaleza, ¿por qué el del aislamiento absoluto habría de ser condenable, si el hombre halla satisfacción en él?
“Satisfacción egoísta. También hay hombres que se complacen en embriagarse. ¿Los apruebas? Dios no puede considerar grata una vida mediante la cual el hombre se condena a no ser útil a nadie.”


770. ¿Qué pensar de los hombres que viven en una reclusión absoluta para huir del contacto pernicioso con el mundo?
“Doble egoísmo.”


[770a] - Pero si esa reclusión tiene por objetivo una expiación, que consiste en imponerse una privación penosa, ¿no es meritoria?
“La mejor expiación es hacer una mayor suma de bien que de mal. Para evitar un mal, esos hombres incurren en otro, puesto que olvidan la ley de amor y caridad.”


771. ¿Qué pensar de los que huyen del mundo para consagrarse al alivio de los desdichados?
“Esos se elevan al rebajarse. Tienen el doble mérito de colocarse por encima de los goces materiales y hacer el bien mediante el cumplimiento de la ley del trabajo.”


[771a] - ¿Y los hombres que buscan en la reclusión la tranquilidad que requieren determinados trabajos?
“Esa no es la reclusión absoluta del egoísta. Esos hombres no se aíslan de la sociedad, puesto que trabajan para ella.”


772. ¿Qué pensar del voto de silencio que prescriben algunas sectas desde la más remota antigüedad?
“Preguntaos más bien si el habla está en la naturaleza y por qué Dios os la ha concedido. Dios condena el abuso y no el uso de las facultades que ha otorgado. Sin embargo, el silencio es útil, porque en el silencio te recoges. Tu espíritu se vuelve más libre y entonces puede entrar en comunicación con nosotros. En cambio, el voto de silencio es una tontería. Sin duda, los que consideran esas privaciones voluntarias como actos de virtud tienen buena intención, pero se equivocan, porque no comprenden suficientemente las verdaderas leyes de Dios.”

El voto de silencio absoluto, así como el voto de aislamiento, priva al hombre de las relaciones sociales, que le proporcionan ocasiones de hacer el bien y de cumplir la ley del progreso.



Lazos de familia

773. ¿Por qué, entre los animales, los padres y los hijos no se reconocen más cuando estos últimos ya no tienen necesidad de cuidados?
“Los animales viven la vida material y no la vida moral. La ternura de la madre para con sus crías tiene por principio el instinto de conservación de los seres a los que dio a luz. Cuando esos seres pueden bastarse a sí mismos, la tarea de la madre está cumplida y la naturaleza no le pide nada más. Por eso los abandona, a fin de ocuparse de los que vendrán a continuación.”


774. Hay personas que, del abandono que los animales hacen de sus crías, infieren que en el hombre los lazos de familia no son más que un resultado de las costumbres sociales, y no una ley de la naturaleza. ¿Qué debemos pensar al respecto?
“El hombre tiene un destino diferente al de los animales. ¿Por qué, pues, siempre se pretende equipararlo con estos? En él hay algo más que necesidades físicas: existe la necesidad de progreso. Los lazos sociales son necesarios para el progreso, y los lazos de familia hacen más estrechos los lazos sociales. Por eso los lazos de familia constituyen una ley de la naturaleza. De ese modo, Dios ha querido que los hombres aprendan a amarse como hermanos.”


775. ¿Cuál sería, para la sociedad, el efecto de la relajación de los lazos de familia(1)?
“Un recrudecimiento del egoísmo.”


AMOR, CARIDAD y TRABAJO







El perdón

 





EL PERDÓN




Perdón y olvido de las ofensas 

¿Cuántas veces perdonaré a mi hermano? Lo perdonarás no siete veces, sino setenta veces siete veces. Aquí tenéis una máxima de Jesús que debe impresionar a vuestra inteligencia y hablar más alto a vuestro corazón. Comparad esas palabras misericordiosas con la oración que Jesús enseñó a sus discípulos, tan sencilla, tan resumida y grande en sus aspiraciones, y encontraréis siempre el mismo pensamiento. Jesús, el justo por excelencia, responde a Pedro: Perdonarás, pero sin límites; perdonarás cada ofensa que se te haga; enseñarás a tus hermanos ese olvido de sí mismo que hace al hombre invulnerable contra el ataque, los malos procederes y las injurias; serás dulce y humilde de corazón, y nunca medirás tu mansedumbre; harás, en suma, lo que deseas que el Padre celestial haga por ti. ¿No te perdona Él a menudo? ¿Cuenta Él, acaso, las veces que su perdón desciende para borrar tus faltas?

Prestad atención, pues, a esa respuesta de Jesús y, como Pedro, aplicadla a vosotros mismos. Perdonad, sed indulgentes, caritativos, generosos y hasta pródigos de vuestro amor. Dad, porque el Señor os retribuirá. Perdonad, porque el Señor os perdonará. Rebajaos, porque el Señor os elevará. Humillaos, porque el Señor os hará sentar a su derecha.

Id, mis bienamados, estudiad y comentad estas palabras que os dirijo de parte de Aquel que, desde lo alto de los esplendores celestiales, mira siempre hacia vosotros, y prosigue con amor la tarea ingrata que empezó hace dieciocho siglos. Perdonad a vuestros hermanos, como tenéis necesidad de que ellos os perdonen a vosotros. Si sus actos os han perjudicado personalmente, mayor motivo tenéis para ser indulgentes, porque el mérito del perdón se halla proporcionado a la gravedad del mal. No tendríais ningún merecimiento al perdonar los errores de vuestros hermanos si sólo os hubiesen hecho pequeñas heridas.

Espíritas, no olvidéis nunca que, tanto en palabras como en acciones, el perdón de las injurias no debe ser un término vano. Si os llamáis espíritas, sedlo realmente. Olvidad el mal que os hayan hecho y no penséis sino en una cosa: el bien que podéis dar a cambio. El que ha ingresado en este camino no debe apartarse de él, ni siquiera con el pensamiento, porque también sois responsables de vuestros pensamientos, que Dios conoce. Haced, por consiguiente, que estén despojados de todo sentimiento de rencor. Dios conoce lo que habita en el fondo del corazón de cada uno. Feliz, pues, aquel que cada noche puede dormirse diciendo: “No tengo nada contra mi prójimo”. (Simeón. Burdeos, 1862.)

Perdonar a los enemigos es pedir perdón para uno mismo. Perdonar a los amigos es darles una prueba de amistad. Perdonar las ofensas es mostrarse mejor de lo que se era. Perdonad, pues, amigos míos, a fin de que Dios os perdone, porque si sois rígidos, exigentes e inflexibles, si empleáis el rigor hasta por una ligera ofensa, ¿cómo pretenderíais que Dios olvide que cada día tenéis mayor necesidad de indulgencia? ¡Oh! Desdichado el hombre que dice: “Nunca perdonaré”, porque pronuncia su propia condena. Además, ¿quién sabe si, al descender hasta el fondo de sí mismo, no reconocería que ha sido el agresor? ¿Quién sabe si, en esa lucha que empieza por un alfilerazo y concluye en una ruptura, no fue él mismo quien dio el primer golpe? ¿Si no se le ha escapado alguna palabra ofensiva? ¿Si ha procedido con la moderación necesaria? Sin duda, su adversario comete un error al manifestarse tan susceptible, pero esa es una razón más para ser indulgente con él y para que no merezca los reproches que se le dirigen. Admitamos que aquel hombre haya sido realmente ofendido en alguna circunstancia: ¿quién le dice que él mismo no envenenó la situación con represalias, y que hizo que degenerara en una querella formal lo que fácilmente hubiera podido quedar en el olvido? Si dependía de él impedir las consecuencias de esa acción y no lo hizo, es culpable. Admitamos, por último, que no tenga absolutamente ningún cargo que hacerse: en ese caso, tendrá mucho más mérito si se muestra clemente.

Con todo, hay dos maneras muy diferentes de perdonar: está el perdón de los labios y también el del corazón. Muchas personas dicen acerca de su adversario: “Lo perdono”, mientras que interiormente experimentan un placer secreto por el mal que le ocasionan, y alegan que eso es lo que se merece. ¿Cuántos dicen: “Yo perdono”, y añaden: “Pero no me reconciliaré nunca; no lo volveré a ver en mi vida”? ¿Acaso es ese el perdón según el Evangelio? No; el verdadero perdón, el perdón cristiano, es aquel que echa un velo sobre el pasado; es el único que os será tomado en cuenta, porque Dios no se contenta con las apariencias: sondea el fondo de los corazones y los pensamientos más secretos. Nadie se impone a Él con palabras vanas ni con apariencias. El olvido completo y absoluto de las ofensas es propio de las almas grandes. El rencor es en todos los casos una señal de bajeza y de inferioridad. No olvidéis que el verdadero perdón se reconoce mucho más en los actos que en las palabras. (Pablo, apóstol. Lyon, 1861.)



El arrepentimiento y el perdón

Muy frecuentemente consideramos al perdón como un simple acto de virtud y generosidad para auxiliar al ofensor, que de tal manera pasaría a contar con la absoluta magnanimidad de la víctima.

No obstante, es de suma importancia que comprendamos que cuando conseguimos disculpar el error o la provocación que alguien nos dirige, liberamos al mal de todo compromiso para con nosotros, al mismo tiempo que nos desprendemos de todo lazo capaz de ligarnos a él.

El disgusto, cuando reiterado, es una enfermedad del Espíritu, que corroe las fuerzas físicas y envenena el alma. 

Para mantener la paz interior es necesario, ante cualquier ofensa, perdonar siempre. Evidentemente no nos referimos al perdón que proviene tan sólo de los labios, de la simple expresión de una fórmula social. 

El acto de perdonar debe ser un acto cargado de sentimiento; debe ser puro, como el que proviene del corazón. Pero sobre todo es una forma de alcanzar la reconciliación. Es necesario perdonar incesantemente, por eso Jesús dijo a Pedro (Mateo, 18:15, 21, 22) que no debería perdonar solamente siete veces, sino setenta veces siete.

Sin embargo, hay dos maneras muy diferentes de perdonar: una es grande, noble, verdaderamente generosa, sin segunda intención, que con delicadeza evita herir el amor propio y la susceptibilidad del adversario, aun cuando este último no pueda tener justificativo alguno; la segunda es aquella según la que el ofendido, o aquel que así se considera, impone al otro condiciones humillantes y le hace sentir el peso de un perdón que irrita, en vez de calmar; si tiende su mano al ofensor no lo hace con benevolencia, sino con ostentación, a fin de poder decir a todos: 

¡Mirad qué generoso soy! En esas circunstancias es imposible llegar a una reconciliación sincera de las partes. 

No, ahí no hay generosidad sino solamente una forma de satisfacer el orgullo. En la convivencia familiar somos constantemente incitados a perdonar, debido a que estamos ante antiguos adversarios de otras experiencias reencarnatorias, que se presentan hoy bajo el aspecto de cónyuges, hijos o familiares cercanos.

Necesitamos mucho más del perdón dentro de casa, que en el medio donde se desenvuelve la lucha social, y mucho más apoyo recíproco en el ambiente en el que somos convocados a servir, que en las ruidosas avenidas del mundo. Como un medio de auxilio a nosotros mismos, necesitamos cultivar la comprensión y el apoyo constructivo, para amparar sistemáticamente a familiares y vecinos, jefes y subalternos, a clientes y socios; respetar constantemente la vida privada de los amigos íntimos; tolerar a los seres amados, aportando paciencia y olvido ante cualquier ofensa que asalte a los corazones.

Si obramos de esta manera estaremos en condiciones de entender el perdón de Dios para con todos nosotros. Él perdona concediendo al deudor o culpable un plazo ilimitado, y le proporciona los medios y las posibilidades de rescatar su débito. 

Entonces, ¿qué más puede desear un deudor honesto y honorable? ¿Sería, acaso, preferible que Dios dispensase a los deudores del pago de sus deudas? Seguro que no, por dos motivos apreciables.

Primero, porque es mucho más digno y noble para el deudor pagar su débito que eximirse de esa obligación por complacencia, misericordia o compasión del acreedor. Otra razón no menos digna de ser tenida en cuenta es la siguiente: en la lucha emprendida para reparar la falta cometida, el Espíritu desarrolla sus poderes de manera que, al fin de la contienda, se siente con sus facultades aumentadas y, nos es raro, que también desdobladas en nuevas capacidades.

Dios está siempre dispuesto a perdonarnos y su manera de perdonar consiste en conceder un largo plazo y, al mismo tiempo, proporcionar al deudor todas las posibilidades y medios para pagar. A pesar de esto debemos comprender que el perdón no es una gracia concedida por Dios. 

Existe la necesidad de una actitud sincera y efectiva de arrepentimiento, además del consecuente pedido de perdón.

El arrepentimiento es el reconocimiento verdadero, por parte del infractor, del mal o error cometido. Es la confesión íntima e insoslayable de la violación a las leyes morales, que se revela no sólo en el descontento por el acto cometido sino también en el empeño por repararlo y no volver a reincidir en él.

El arrepentimiento siempre llega a manifestarse a la conciencia que está en deuda con la vida.

Al principio aparece como una reminiscencia de la falta cometida, de la que se suponía que ya no existía ningún rastro; posteriormente, se establece el recuerdo del momento desafortunado; más tarde, la idea rediviva dominante y por fin la obsesión del remordimiento, avasalladora.

Si bien el arrepentimiento es el primer paso para la regeneración, no basta por sí solo; son necesarias la expiación y la reparación.

Arrepentimiento, expiación y reparación constituyen, en consecuencia, las tres condiciones necesarias para hacer desaparecer las señales de una falta y sus consecuencias. El arrepentimiento atenúa las impresiones amargas de la expiación y abre, con la esperanza, el camino de la rehabilitación; sin embargo, solamente la reparación puede anular su efecto, al destruir la causa. De lo contrario el perdón sería una gracia, no una anulación.

El arrepentimiento puede producirse en cualquier lugar o momento; no obstante, si fuera tardío, el culpable sufre por más tiempo.

Los Espíritus responden a Kardec (en la pregunta 991 de «El Libro de los Espíritus») que el efecto del arrepentimiento es que el arrepentido desee una nueva encarnación para purificarse.

El Espíritu comprende cuales son las imperfecciones que lo privan de ser feliz y por eso aspira a una nueva existencia, en la que pueda expiar sus faltas.

La concesión renovadora, al infractor, como expresión del perdón divino, solamente se hace efectiva mediante la aceptación del programa «kármico» por parte del perdonado.

La expiación se cumple durante la existencia corporal, mediante las pruebas a las que el Espíritu se halla sometido y, en la vida espiritual, por los sufrimientos morales, inherentes al estado de inferioridad del Espíritu.

Luego de la expiación de los errores del pasado sigue, finalmente, el rescate. La reparación consiste en hacer el bien a aquellos que se había hecho mal. Quien no repara sus errores en una existencia, por debilidad o mala voluntad, en una experiencia posterior se encontrará en contacto con las mismas personas con las que se hubiera disgustado y en condiciones elegidas voluntariamente, de modo de demostrarles su reconocimiento y de hacerles tanto bien como mal les haya hecho practicando el bien como compensación por el mal practicado, es decir, siendo humilde si se ha sido orgulloso, amable si se ha sido severo, caritativo si se ha sido egoísta, indulgente si se ha sido perverso, laborioso si se ha sido perezoso, útil si se ha sido inútil, frugal si se ha sido intemperante, en suma, cambiando por buenos los malos ejemplos cometidos. Y de ese modo progresa el espíritu, valiéndose de su propio pasado.

Bibliografía
El Evangelio según el Espiritismo de Allan Kardec
Estudio sistematizado de la Doctrina Espírita


AMOR, CARIDAD y TRABAJO







Ley de destrucción

 



LIBRO TERCERO
LEYES MORALES

CAPÍTULO VI – LEY DE DESTRUCCIÓN







Destrucción necesaria y destrucción abusiva

728. La destrucción, ¿es una ley de la naturaleza?
“Es necesario que todo se destruya para que renazca y se regenere. Porque lo que vosotros llamáis destrucción no es más que una transformación, cuyo objetivo es la renovación y el mejoramiento de los seres vivos.”


[728a] - Así pues, el instinto de destrucción, ¿habría sido dado a los seres vivos con miras providenciales?
“Las criaturas de Dios son los instrumentos de que Él se sirve para alcanzar sus fines. Para alimentarse, los seres vivos se destruyen mutuamente, y lo hacen con un doble objetivo: mantener el equilibrio en la reproducción -la cual podría volverse excesiva- y utilizar los despojos de la envoltura exterior. No obstante, lo que siempre se destruye es dicha envoltura, que sólo constituye el accesorio y no la parte esencial del ser pensante. La parte esencial es el principio inteligente, que es indestructible y que se elabora en el transcurso de las diferentes metamorfosis que experimenta.”


729. Si la destrucción es necesaria para la regeneración de los seres, ¿por qué la naturaleza les provee de medios de preservación y de conservación?
“Lo hace a fin de que la destrucción no se produzca antes del tiempo necesario. Toda destrucción anticipada obstaculiza el desarrollo del principio inteligente. Por eso Dios ha dado a cada ser la necesidad de vivir y de reproducirse.”


730. Dado que la muerte habrá de conducirnos a una vida mejor y nos liberará de los males de esta vida, razón por la cual es más de desear que de temer, ¿por qué el hombre siente por ella un horror instintivo, que hace que le tenga aprensión?
“Lo hemos dicho: el hombre debe tratar de prolongar su vida para cumplir su tarea. Por eso Dios le ha dado el instinto de conservación, y ese instinto lo sostiene en las pruebas. De lo contrario, muy a menudo se dejaría llevar por el desaliento. La voz secreta que le hace rechazar la muerte le dice que todavía puede hacer algo por su adelanto. Cuando un peligro lo amenaza, se trata de una advertencia para que aproveche el tiempo que Dios le concede. Con todo, el ingrato suele agradecer más a su estrella que a su Creador.”


731. ¿Por qué, junto a los medios de conservación, la naturaleza ha puesto al mismo tiempo los agentes destructores?
“El remedio junto a la enfermedad. Lo hemos dicho: es para mantener el equilibrio y servir de contrapeso.”


732. La necesidad de destrucción, ¿es la misma en todos los mundos?
“Es proporcional al estado más o menos material de cada mundo, y cesa con un estado físico y moral más purificado. En los mundos más adelantados que el vuestro, las condiciones de vida son completamente diferentes.”


733. La necesidad de destrucción, ¿existirá siempre entre los hombres, en la Tierra?
“La necesidad de destrucción disminuye en el hombre a medida que el Espíritu predomina sobre la materia. Por eso veis que el horror a la destrucción aumenta con el desarrollo intelectual y moral.”


734. En su estado actual, ¿puede el hombre ejercer de modo ilimitado su derecho a destruir a los animales?
“Ese derecho está regulado por la necesidad de ocuparse de su alimentación y de su seguridad. El abuso nunca fue un derecho.”


735. ¿Qué pensar de la destrucción que excede los límites de las necesidades y de la seguridad, de la caza, por ejemplo, cuando su único objetivo es el placer de destruir, sin utilidad alguna?
“Predominio de la bestialidad sobre la naturaleza espiritual. Toda destrucción que rebase los límites de la necesidad es una violación de la ley de Dios. Los animales sólo destruyen para proveer a sus necesidades. El hombre, en cambio, que posee libre albedrío, lo hace sin necesidad. Tendrá que dar cuenta del abuso de la libertad que se le ha concedido, porque en esos casos cede a los malos instintos.” (1)

(1) Según se verá, la caza denominada “deportiva”, así como aquella otra, más funesta, que sólo persigue fines de lucro, no se justifican en modo alguno y podrían ponerse en el mismo nivel de barbarie que las corridas de toros y el boxeo, resabios modernos del Circo romano. La caza deportiva hacía poco mal, antaño, porque sólo era practicada por los considerados “grandes de la Tierra”, esto es, los reyes y los señores feudales, y con armas tan primitivas como la ballesta. La democratización de las sociedades humanas, por un parte, y la introducción de la pólvora primero y de armas cada vez más eficaces después, como el fusil provisto de mira telescópica, por la otra, han traído como consecuencia la desaparición o el receso de especies animales enteras, que sólo la creación de parques nacionales o reservas logró parcialmente salvar del aniquilamiento. En cuanto a la caza comercial, a ella se deben verdaderas hecatombes en especies como los elefantes, focas y ballenas, cuyo exterminio no ha sido otra cosa que una sucesión de sangrientas e inútiles carnicerías, a las que en balde intentó poner coto una legislación insuficiente y tibia. Esto ha acarreado en el equilibrio de la Naturaleza una fractura que probablemente sea ya irreparable. [N. del T. al cast. 1981]    



736. Los pueblos que se exceden en el escrúpulo relativo a la destrucción de los animales, ¿poseen un mérito particular?
“Se exceden en un sentimiento que de por sí es loable, pero que se vuelve abusivo, y cuyo mérito es neutralizado por abusos de todo tipo. En esos pueblos hay más temor supersticioso que verdadera bondad.”



Plagas destructoras

737. ¿Con qué objetivo Dios castiga a la humanidad mediante plagas destructoras?
“Para hacer que adelante más rápido. ¿Acaso no hemos dicho que la destrucción es necesaria para la regeneración moral de los Espíritus, que adquieren en cada nueva existencia un nuevo grado de perfección? Es preciso ver el fin para evaluar los resultados. Vosotros los juzgáis sólo desde un punto de vista personal, y los llamáis plagas debido al perjuicio que os ocasionan. No obstante, esos trastornos suelen ser necesarios para hacer que llegue con mayor prontitud un orden de cosas mejor, para que llegue en pocos años lo que habría demandado muchos siglos.” (2)

(2) Esta respuesta plantea de una manera muy clara el problema de los “saltos” en la Naturaleza, al que nos referimos en nota anterior. El “salto cualitativo” a que alude la dialéctica marxista, y que en opinión de algunos contradice el orden evolutivo de la Doctrina Espírita, es la exacta expresión de ese tipo de “trastornos” que apresuran el desarrollo. Conforme se advertirá, el Espiritismo reconoce la existencia y la necesidad de tales “trastornos”, pero integrados dentro del proceso general de la evolución, no admitiéndolos como una ruptura de dicho proceso. [N. de J. H. Pires. 1981]



738. ¿No podía Dios emplear, para el mejoramiento de la humanidad, otros medios que no fuesen las plagas destructoras?
“Sí, y los emplea a diario, puesto que ha dado a cada uno los medios de progresar mediante el conocimiento del bien y del mal. El hombre es quien no los aprovecha. Es preciso, pues, castigarlo en su orgullo y hacerle sentir su debilidad.”


[738a] - Pero en medio de esas plagas el hombre de bien y el perverso sucumben por igual. ¿Es eso justo? 
“Durante la vida, el hombre lo refiere todo a su cuerpo, pero después de la muerte piensa de otra manera. Como hemos dicho, la vida del cuerpo es insignificante. Un siglo de vuestro mundo es un relámpago en la eternidad. Por consiguiente, los padecimientos que se prolongan durante lo que vosotros denomináis algunos meses o algunos días, no son nada. Se trata de una enseñanza que os será de provecho en el porvenir. Los Espíritus son el mundo real, que preexiste y sobrevive a todo. Ellos son los hijos de Dios y el objeto de toda su solicitud. Los cuerpos no son más que disfraces con los cuales ellos se presentan en el mundo. En las grandes calamidades que diezman a los hombres ocurre lo que en un ejército cuyos soldados, durante la guerra, ven sus uniformes gastados, rotos o perdidos. El general se preocupa más por sus soldados que por la vestimenta de estos.”


[738b] - Con todo, las víctimas de esas plagas, ¿dejan por eso de ser víctimas?
“Si se considerara la vida tal como es, y cuán insignificante es en relación con lo infinito, no se le daría tanta importancia. Esas víctimas hallarán en otra existencia una amplia compensación por sus padecimientos, si saben soportarlos sin quejarse.”

Ya sea que la muerte sobrevenga como consecuencia de una plaga o por una causa ordinaria, habrá que morir necesariamente cuando llegue la hora de la partida. La única diferencia consiste en que en el primer caso se marcha un gran número de personas a la vez. Si pudiéramos elevarnos con el pensamiento, de modo que con una visión de conjunto abarcásemos a la humanidad entera, esas plagas tan terribles no nos parecerían más que tormentas pasajeras en el destino del mundo.


739. Las plagas destructoras, ¿tienen alguna utilidad desde el punto de vista físico, a pesar de los males que ocasionan?
“Sí, algunas veces modifican el estado de una región. No obstante, el bien que de ellas resulta sólo suele ser apreciado por las generaciones futuras.”


740. Las plagas, ¿no serían también para el hombre pruebas morales que lo enfrentan con las más duras necesidades?
“Las plagas son pruebas que proporcionan al hombre la ocasión de ejercer su inteligencia y de demostrar su paciencia y su resignación a la voluntad de Dios. Asimismo, lo ponen en condiciones de manifestar sus sentimientos de abnegación, desinterés y amor al prójimo, en caso de que no esté dominado por el egoísmo.”


741. ¿Es dado al hombre conjurar las plagas que lo afligen?
“Sí, en parte. Aunque no como generalmente se entiende. Muchas plagas son la consecuencia de la imprevisión del hombre. A medida que este adquiere conocimientos y experiencia puede conjurarlas, es decir, prevenirlas, si sabe investigar sus causas. Con todo, entre los males que afligen a la humanidad los hay de un carácter general, que forman parte de los designios de la Providencia, y cuyas consecuencias afectan a cada individuo en mayor o menor medida. El hombre sólo puede oponerle su resignación a la voluntad de Dios. Incluso, esos males suelen agravarse por su indolencia.”

Entre las plagas destructoras, naturales e independientes del hombre, es preciso incluir en primer término la peste, el hambre, las inundaciones, las inclemencias del tiempo que destruyen el producto de la tierra. Pero ¿no ha encontrado el hombre en la ciencia, en el trabajo del suelo, en el perfeccionamiento de la agricultura, en la rotación de cultivos y en las obras de riego, así como en el estudio de las condiciones higiénicas, los medios de neutralizar, o por lo menos atenuar, muchos desastres? Algunas regiones que otrora fueron asoladas por terribles plagas, ¿no se preservan hoy? Por consiguiente, ¿qué no hará el hombre a favor de su bienestar material cuando sepa sacar provecho de todos los recursos de su inteligencia, y cuando al cuidado de su conservación personal sepa unir el sentimiento de una verdadera caridad para con sus semejantes?



Guerras

742. ¿Cuál es la causa que lleva al hombre a la guerra?
“Predominio de la naturaleza animal sobre la naturaleza espiritual, y satisfacción de las pasiones. En el estado de barbarie los pueblos sólo conocen el derecho del más fuerte. Por esa razón, la guerra es para ellos un estado normal. En cambio, a medida que el hombre progresa, la guerra se vuelve menos frecuente, porque él evita las causas que la provocan, y en caso de que la guerra sea necesaria, sabe humanizarla.”


743. La guerra, ¿desaparecerá algún día de la Tierra?
“Sí, cuando los hombres comprendan la justicia y practiquen la ley de Dios. Entonces, todos los pueblos serán hermanos.”


744. ¿Cuál ha sido el objetivo de la Providencia al hacer que la guerra sea necesaria?
“La libertad y el progreso.”


[744a] - Si la finalidad de la guerra es alcanzar la libertad, ¿cómo se explica que a menudo tenga por objetivo y por resultado la esclavitud?
“Esclavitud momentánea para cansar(3) a los pueblos, a fin de que lleguen más rápido a la libertad.”

(3) [El término original (tanto en esta edición como en la de 1857) es lasser, que significa cansar, agotar; y en sentido figurado, desanimar, fastidiar, hartar. Al escribirla con letra cursiva, los Espíritus aluden, probablemente, a este último sentido. Así, la locución de guerre lasse alude al renunciamiento que es producto del cansancio (físico o moral) que resulta de una larga lucha. En la edición francesa de 1922 (Véase la nota nº 26 de la Introducción), el verbo lasser fue reemplazado por tasser (apilar, amontonar, apisonar, aplastar), lo cual forzó interpretaciones erróneas en algunas traducciones. Por su parte, correctamente, Fernández Colavida (1863) escribe “cansar”; y Anna Blackwell (1875), “to weary”. 1981]



745. ¿Qué pensar del que provoca la guerra en su propio beneficio?
“Ese es el verdadero culpable. Necesitará muchas existencias para expiar todos los asesinatos que causó, porque responderá por cada hombre cuya muerte haya causado para satisfacer su ambición.”



Asesinato

746. El asesinato, ¿es un crimen ante Dios?
“Sí, un gran crimen. Porque el que le quita la vida a su semejante trunca una vida de expiación o de misión, y en eso reside el mal.”


747. En el asesinato, ¿siempre existe el mismo grado de culpabilidad?
“Ya lo hemos dicho: Dios es justo. Juzga la intención más que el hecho.”


748. ¿Disculpa Dios por el asesinato cometido en legítima defensa?
“Sólo la necesidad puede disculparlo. No obstante, si se puede preservar la propia vida sin atentar contra la del agresor, se debe hacer.”


749. El hombre, ¿es culpable de los asesinatos que comete durante la guerra?
“No, cuando está obligado a ello por la fuerza; pero eso no quita que sea culpable de las crueldades que comete. En cambio, su compasión le será tomada en cuenta.”


750. Ante Dios, ¿quién es más culpable: el parricida o el infanticida?
“Ambos lo son por igual, pues todo crimen es un crimen.”


751. ¿A qué se debe que, en determinados pueblos, ya adelantados desde el punto de vista intelectual, el infanticidio forme parte de las costumbres y esté consagrado por la legislación?
“El desarrollo intelectual no implica la necesidad del bien. Un Espíritu superior en inteligencia puede ser malvado. Es el caso del que ha vivido mucho sin mejorar: solamente sabe.” (4)

(4) [En el original: il sait (él sabe). Los traductores han interpretado esta afirmación en dos sentidos distintos.Por nuestra parte, coincidimos con la resolución adoptada por Guillon Ribeiro (O Livro dos Espíritos, Río de Janeiro: FEB, 1944). Si nos guiamos por el contexto, inferimos que lo que se ha querido decir es: sólo tiene conocimiento. Así, Anna Blackwell, en su versión inglesa (1875), introduce esta perífrasis: “… ha vivido mucho tiempo sin mejorar moralmente, y ganó conocimiento sin adquirir purificación moral”. 1981]




Crueldad

752. ¿Se puede relacionar el sentimiento de crueldad con el instinto de destrucción?
“Es el instinto de destrucción en su peor momento, porque si la destrucción es a veces una necesidad, la crueldad nunca lo es. Siempre resulta de una naturaleza mala.”


753. ¿A qué se debe que la crueldad sea el carácter dominante de los pueblos primitivos?
“En los pueblos primitivos, cómo tú los llamas, la materia prevalece sobre el Espíritu. Esos pueblos se entregan a los instintos de los irracionales, y como no tienen otras necesidades más que las de la vida del cuerpo, sólo piensan en su conservación personal. Es eso lo que generalmente los torna crueles. Además, los pueblos cuyo desarrollo es imperfecto se encuentran bajo el dominio de Espíritus igualmente imperfectos, con los que simpatizan, hasta que otros pueblos más adelantados vienen a destruir o debilitar esa influencia.”


754. La crueldad, ¿no deriva de la ausencia de sentido moral?
“Di que el sentido moral no está desarrollado, pero no digas que está ausente, pues existe en principio en todos los hombres. Ese sentido moral es el que más tarde hace de ellos seres buenos y humanitarios. Existe, pues, en el salvaje, pero como el principio del perfume, que está en el germen de la flor antes de que esta se abra.”

Todas las facultades existen en el hombre en estado rudimentario o latente. Se desarrollan según las circunstancias les resulten más o menos favorables. El desarrollo excesivo de algunas detiene o neutraliza el de otras. La sobreexcitación de los instintos materiales sofoca -por decirlo así- el sentido moral, así como el desarrollo del sentido moral debilita poco a poco las facultades puramente animales.


755. ¿Cómo se explica que en el seno de la civilización más adelantada a veces se encuentren seres tan crueles como los salvajes?
“Del mismo modo que en un árbol cargado de buenos frutos encontramos algunos que se han malogrado. Esos seres son, si así lo quieres, salvajes(5) que de la civilización sólo tienen la apariencia, son lobos perdidos en medio de las ovejas. Espíritus de un orden inferior y muy atrasados pueden encarnar entre los hombres adelantados, con la esperanza de adelantar ellos mismos. No obstante, si la prueba es demasiado pesada, la naturaleza primitiva predomina.”

(5) Hacemos constancia en las referencias que los Espíritus acotan a Kardec, con las palabras salvaje o pueblos primitivos de la pregunta 753, como reprobando la noción que en aquel siglo se tenía sobre los pueblos menos desarrollados; preocupándose ellos por el fondo de la cuestión y dejándonos a nosotros, como tantas veces nos han dicho, la capacidad de entendernos con nuestro lenguaje. [N. del copista. 1981]



756. La sociedad de los hombres de bien, ¿será algún día limpiada de seres malhechores?
“La humanidad progresa. Esos hombres dominados por el instinto del mal y que están fuera de lugar entre las personas de bien, desaparecerán poco a poco -así como el mal grano se separa del bueno cuando pasan por la criba-, pero para renacer con otra envoltura. Entonces, como tendrán más experiencia, comprenderán mejor el bien y el mal. Tienes un ejemplo de ello en las plantas y los animales que el hombre ha sabido perfeccionar, desarrollando en ellos cualidades nuevas. Pues bien, sólo después de muchas generaciones el perfeccionamiento es completo. Es la imagen de las diversas existencias del hombre.”



Duelo(6)

(6) En su modalidad más formalizada, el duelo fue practicado desde el siglo XV hasta comienzos del siglo XX en las sociedades occidentales. Su ilegalización, no fue efectiva hasta las primeras décadas del siglo XX. [Wikipedia]


757. El duelo, ¿puede ser considerado un caso de legítima defensa?
“No; es un asesinato y una costumbre absurda, digna de bárbaros. Con una civilización más adelantada y moral el hombre comprenderá que el duelo es tan ridículo como los combates que antaño se consideraban juicios de Dios.”


758. El duelo, ¿puede ser considerado un asesinato por parte de aquel que, conociendo su propia debilidad, está casi seguro de sucumbir?
“Es un suicidio.”


[758a] - Y cuando las posibilidades son iguales, ¿es un asesinato o un suicidio?
“Es lo uno y lo otro.”

En todos los casos, incluso en aquel en que las posibilidades son iguales, el duelista es culpable; primero, porque atenta fríamente y con un propósito deliberado contra la vida de su semejante; segundo, porque expone su propia vida inútilmente y sin provecho para nadie.


759. ¿Cuál es el valor de lo que se denomina pundonor en materia de duelo?
“El orgullo y la vanidad: dos llagas de la humanidad.”


[759a] - Sin embargo, ¿no hay casos en los que el honor se encuentra realmente comprometido, de modo que rehusar el duelo sería una cobardía?
“Eso depende de los usos y las costumbres. Cada país y cada siglo tienen al respecto una manera de ver distinta. Cuando los hombres sean mejores y estén más adelantados en lo moral, comprenderán que el verdadero pundonor está por encima de las pasiones terrenales, y que no es matando o dejándose matar como se repara un agravio.”

Hay más grandeza y verdadero honor en reconocerse culpable si se cometió un error, o en perdonar si se tiene razón; así como en despreciar en todos los casos los insultos que no pueden alcanzarnos.



Pena de muerte

760. La pena de muerte, ¿desaparecerá algún día de la legislación humana?
“Es indudable que la pena de muerte desaparecerá, y su supresión señalará un progreso en la humanidad. Cuando los hombres estén más instruidos, la pena de muerte será abolida por completo en la Tierra. Los hombres ya no tendrán necesidad de ser juzgados por los hombres. Me refiero a una época que aún está bastante lejana de vosotros.”

Sin duda, el progreso social todavía deja mucho que desear. No obstante, seríamos injustos para con la sociedad moderna si no viéramos, en los pueblos más adelantados, un progreso en las restricciones impuestas a la pena de muerte y a la naturaleza de los crímenes a que se limita su aplicación. Si consideramos las garantías que en esos mismos pueblos la justicia se esfuerza por otorgar al acusado, así como el trato humanitario que le concede -aunque se lo haya reconocido culpable-, y los comparamos con las prácticas vigentes en épocas que aún no están muy lejanas, no podemos dejar de reconocer el camino progresivo por el que marcha la humanidad.


761. ¿La ley de conservación concede al hombre el derecho de preservar su propia vida? ¿No hace uso de ese derecho cuando elimina de la sociedad a un miembro peligroso?
“Hay otros medios de preservarse del peligro, sin matar. Por otra parte, es preciso abrir al criminal la puerta del arrepentimiento en lugar de cerrársela.”


762. Si la pena de muerte puede ser desterrada de las sociedades civilizadas, ¿no ha sido una necesidad en épocas menos adelantadas?
“Necesidad no es la palabra. El hombre cree siempre que una cosa es necesaria cuando no encuentra nada mejor. A medida que se instruye, comprende más claramente lo que es justo y lo que es injusto, y repudia los excesos que se cometían en nombre de la justicia en épocas de ignorancia.”


763. La restricción de los casos en que se aplica la pena de muerte, ¿es un indicio de progreso en la civilización?
“¿Acaso puedes dudarlo? ¿No se subleva tu Espíritu al leer el relato de las carnicerías humanas que se hacían otrora en nombre de la justicia y muchas veces en honor de la Divinidad, de las torturas que se infligían al condenado, e incluso al acusado, a fin de arrancarle mediante el exceso de padecimientos la confesión de un crimen que a menudo no había cometido? Pues bien, si hubieras vivido en aquellos tiempos habrías considerado todo eso muy natural, y quizá como juez habrías hecho otro tanto. Así, lo que parecía justo en una época se considera bárbaro en otra. Sólo las leyes divinas son eternas. Las leyes humanas cambian con el progreso, y cambiarán más aún, hasta que hayan sido puestas en armonía con las leyes divinas.” (7)

(7) Definición perfecta de la concepción espírita de la moral. Los principios verdaderos de la moral son de naturaleza eterna y las costumbres de los pueblos se van modificando a lo largo de la evolución, en dirección a aquellos principios. La sociología materialista, que se ocupa tan sólo de las costumbres, ha creado el falso concepto de la relatividad moral, que sin embargo está ya declinando en el pensamiento moderno. El hombre intuye cada vez más claramente las leyes divinas de la moral, en la proporción en que progresa. Sus costumbres se van depurando y su moral armoniza con esas leyes superiores. [N. de J. H. Pires. 1981] 



764. Dijo Jesús: Quien ha matado a espada, a espada perecerá. Esas palabras, ¿no constituyen la consagración de la pena del talión? Y la muerte que se inflige al asesino, ¿no constituye la aplicación de esa pena? 
“¡Cuidado! Os habéis equivocado acerca de esas palabras, así como respecto a muchas otras. La pena del talión es la justicia de Dios(8); es Él quien la aplica. Todos vosotros sufrís a cada instante esa pena, porque sois castigados por donde habéis pecado, en esta vida o en otra. Quien haya hecho sufrir a sus semejantes se encontrará en una situación en que habrá de sufrir él mismo lo que haya hecho padecer a los demás. Tal es el sentido de esas palabras de Jesús. Con todo, ¿no os ha dicho también, Perdonad a vuestros enemigos? ¿No os ha enseñado a pedir a Dios que perdone vuestras ofensas, así como vosotros habéis perdonado las de los demás, es decir, en la misma proporción en que vosotros habéis perdonado? Comprended bien esto.”

(8) Consideramos oportuno recordar al lector neófito, que Dios no premia, prohíbe, ni castiga, etc., sino que Él tiene sus Leyes que obran sobre nuestra conducta, y según estemos dentro o fuera de esa Ley, tales serán las consecuencias de nuestros actos. (Véase Libro Primero, Cap. I “Dios” de esta obra). [N. del copista. 1981]


765. ¿Qué pensar de la pena de muerte que se inflige en nombre de Dios?

“Es tomar el lugar de Dios en la aplicación de la justicia. Los que obran así demuestran cuán lejos están de comprender a Dios, y lo mucho que aún deben expiar. La pena de muerte aplicada en nombre de Dios es un crimen, y los que la infligen son tan responsables de ello como de cualquier otro asesinato.”


AMOR, CARIDAD y TRABAJO