Lo maravilloso y lo sobrenatural

 






Lo maravilloso y lo sobrenatural







Si la creencia en los Espíritus y en sus manifestaciones fuese una concepción aislada, producto de un sistema, podría, con aparente razón, ser atribuida a una ilusión; que nos digan entonces por qué se la encuentra tan viva entre todos los pueblos, antiguos y modernos, y en los libros sagrados de todas las religiones conocidas. Algunos críticos dicen que eso se debe a que en todas las épocas el hombre ha sido aficionado a lo maravilloso. –Pero ¿qué es para vosotros lo maravilloso? –«Lo que es sobrenatural». –¿Qué entendéis por sobrenatural? –«Lo que es contrario a las leyes de la Naturaleza». –¿Conocéis, pues, tan perfectamente esas leyes que os es posible poner un límite al poder de Dios? ¡Pues bien! Entonces probad que la existencia de los Espíritus y de sus manifestaciones es contraria a las leyes de la Naturaleza; que no es ni puede ser una de esas leyes. Estudiad la Doctrina Espírita y veréis que se eslabona con todos los caracteres de una admirable ley. El pensamiento es uno de los atributos del Espíritu; la posibilidad que éste tiene de actuar sobre la materia, de impresionar nuestros sentidos y, por consecuencia, de transmitirnos su pensamiento proviene –si así podemos expresarnos– de su constitución fisiológica: por lo tanto, en este hecho no hay nada de sobrenatural ni de maravilloso.

Entretanto –dirán–, vosotros admitís que un Espíritu pueda levantar una mesa y mantenerla suspendida en el espacio sin un punto de apoyo; ¿no es esto una derogación de la ley de gravedad? –De la ley conocida, sí; pero la Naturaleza ¿ha dicho su última palabra? Antes de que se hicieran experimentos con la fuerza ascensional de ciertos gases, ¿quién hubiera dicho que una máquina pesada, cargada con varias personas, podría vencer la fuerza de atracción? A los ojos del vulgo, ¿esto no le parecería algo maravilloso o diabólico? Aquel que un siglo atrás se hubiera propuesto a transmitir un telegrama a 500 leguas de distancia, y a recibir la respuesta en algunos minutos, habría sido tenido por loco. Si lo hubiese conseguido, todos habrían creído que el diablo estaba a sus órdenes, porque por entonces sólo el diablo era considerado capaz de andar tan de prisa. ¿Por qué, pues, un fluido desconocido no podría tener, en determinadas circunstancias, la propiedad de contrabalancear el efecto de la gravedad, así como el hidrógeno contrabalancea el peso del globo aerostático? De paso, observemos que esta es una comparación y no una equiparación, y únicamente la hacemos para mostrar, por analogía, que el hecho no es físicamente imposible. Ahora bien, al observar esa especie de fenómenos, los científicos se equivocaron justamente cuando quisieron proceder en términos de equiparación. Además, el hecho está ahí, y no hay negación alguna que pueda hacer que él deje de existir, porque negar no es probar. Para nosotros, no hay nada de sobrenatural: es todo lo que podemos decir por el momento.

Si el hecho está comprobado –dirán–, lo aceptamos; incluso aceptamos la causa que acabáis de señalar: la de un fluido desconocido. Pero ¿quién prueba la intervención de los Espíritus? He aquí lo maravilloso, lo sobrenatural.

En este caso haría falta una demostración completa, que no es posible hacer aquí y que, por otra parte, sería una repetición, porque resalta de todas las otras partes de la enseñanza. Sin embargo, para resumirla en pocas palabras, diremos que, desde el punto de vista teórico, la intervención de los Espíritus se basa en el siguiente principio: todo efecto inteligente debe tener una causa inteligente; y desde el punto de vista práctico, se basa en la observación de que los fenómenos llamados espíritas, al haber dado pruebas de inteligencia, debían tener una causa inteligente más allá de la materia. Más aún, que esa inteligencia, al no ser la de los asistentes –cosa que la experiencia ha demostrado–, debía ser ajena a ellos; puesto que no se veía al ser en acción, debía tratarse por lo tanto de un ser invisible. Así, de observación en observación, se llegó a reconocer que este ser invisible, al que se ha dado el nombre de Espíritu, no es otro sino el alma de los que han vivido corporalmente, a quienes la muerte ha despojado de su grosera envoltura visible, dejándoles una envoltura etérea, que en su estado normal es invisible. Por lo tanto, he aquí lo maravilloso y lo sobrenatural reducidos a su más simple expresión. Una vez comprobada la existencia de seres invisibles, su acción sobre la materia resulta de la naturaleza de su envoltura fluídica; esta acción es inteligente, porque al morir sólo perdieron su cuerpo, pero han conservado la inteligencia, que es su esencia: ahí se encuentra la clave de todos esos fenómenos que erróneamente son considerados sobrenaturales. Por lo tanto, la existencia de los Espíritus no es, de manera alguna, un sistema preconcebido, una hipótesis imaginada para explicar los hechos; es el resultado de observaciones y la consecuencia natural de la existencia del alma; negar esta causa, es negar el alma y sus atributos. Los que crean que pueden hallar una solución más racional para esos efectos inteligentes, sobre todo teniendo en cuenta la razón de todos los hechos, tengan la bondad de hacerlo, y entonces podremos discutir el mérito de cada opinión.

Los que consideran que la materia es el único poder de la Naturaleza piensan que todo lo que no puede ser explicado mediante las leyes de la materia es maravilloso o sobrenatural; ahora bien, maravilloso es sinónimo de superstición. Si fuese así, la religión, que está basada en la existencia de un principio inmaterial, constituiría una serie de supersticiones; no se atreven a manifestarlo en voz alta, pero lo dicen por lo bajo, y creen que salvan las apariencias al conceder que hace falta una religión para el pueblo y para que los niños se porten bien. Una de dos: el principio religioso es verdadero, o es falso. Si es verdadero, lo es para todo el mundo. Si es falso, no es mejor para los ignorantes que para las personas ilustradas.

Por lo tanto, los que atacan al Espiritismo en nombre de lo maravilloso se apoyan, por lo general, en el principio materialista, ya que al negar todo efecto extra material niegan, por eso mismo, la existencia del alma; sondead el fondo de su pensamiento, examinad bien el sentido de sus palabras y veréis casi siempre ese principio, si no categóricamente formulado, al menos cubierto bajo las apariencias de una pretendida filosofía racional. Si abordáis decididamente la cuestión al preguntarles si creen que tienen un alma, tal vez no se atrevan a decir que no, pero responderán que nada saben al respecto o que no están seguros. Al atribuir a lo maravilloso todo lo derivado de la existencia del alma, son, pues, consecuentes consigo mismos; al no admitir la causa, no pueden admitir sus efectos. De ahí que sustenten una opinión preconcebida, que los vuelve incompetentes para juzgar sanamente al Espiritismo, porque parten del principio de la negación de todo lo que no sea material. En cuanto a nosotros, el hecho de que admitamos los efectos que son la consecuencia de la existencia del alma, ¿implica que aceptemos todos los hechos calificados de maravillosos, que seamos los paladines de todos los soñadores, los adeptos de todas las utopías y de todas las excentricidades sistemáticas? Pensar de ese modo sería conocer muy poco al Espiritismo; pero nuestros adversarios no lo tienen en cuenta: la necesidad de conocer aquello que hablan es la menor de sus preocupaciones. Según ellos, lo maravilloso es absurdo; ahora bien, como piensan que el Espiritismo se apoya en hechos maravillosos, llegan a la conclusión de que el Espiritismo es absurdo: esto es para ellos un juicio inapelable. Creen que oponen un argumento sin réplica porque, después de haber realizado eruditas investigaciones acerca de los Convulsionarios de Saint-Médard, de los Camisardos de las Cevenas o de las religiosas de Loudun, han llegado a descubrir hechos patentes de superchería, que nadie refuta; pero esas historias ¿son el Evangelio del Espiritismo? ¿Sus adeptos han negado que el charlatanismo haya explotado ciertos hechos en su propio beneficio, que la imaginación los haya creído y que el fanatismo los haya exagerado? El Espiritismo no se solidariza con las extravagancias que se cometen en su nombre, así como la verdadera Ciencia no es solidaria con los abusos de la ignorancia, ni la verdadera religión para con los excesos del fanatismo. Muchos críticos sólo juzgan al Espiritismo a partir de los cuentos de hadas y de las leyendas populares que constituyen sus ficciones; es como si se quisiera juzgar la Historia sobre la base de las novelas históricas o del género trágico.

Por lógica elemental, para discutirse una cosa es preciso conocerla, porque la opinión de un crítico sólo tiene valor cuando éste habla con perfecto conocimiento de causa. Únicamente entonces su opinión –aunque sea errónea– puede ser tomada en cuenta. Pero ¿qué peso podrá tener la misma cuando se refiere a un asunto que él ignora? El verdadero crítico debe dar pruebas, no sólo de erudición, sino de un saber profundo para con el objeto en examen, así como de un sano juicio y de una imparcialidad a toda prueba, pues de lo contrario el primer músico ambulante que llegase podría arrogarse el derecho de juzgar a Rossini, y un pintor sin talento el de censurar a Rafael.

Por lo tanto, el Espiritismo no acepta, de forma alguna, todos los hechos considerados maravillosos o sobrenaturales; lejos de eso, Él demuestra la imposibilidad de gran número de ellos y lo ridículo de ciertas creencias que –hablando con propiedad– constituyen lo que se denomina supersticiones. Ciertamente que, en lo que admite, hay cosas que para los incrédulos pertenecen a lo puramente maravilloso o, dicho de otro modo, a la superstición; es posible. Pero discutid tan sólo estos puntos, porque sobre los otros no hay nada que decir y estáis predicando en vano. Pero –nos preguntarán–, ¿hasta dónde llega la creencia del Espiritismo? Leed, observad y lo sabréis. Toda Ciencia se adquiere solamente con tiempo y estudio; ahora bien, el Espiritismo, que toca las más graves cuestiones de la filosofía y todas las ramas del orden social, que abarca a la vez al hombre físico y al hombre moral, constituye de por sí toda una ciencia, toda una filosofía que no pueden ser aprendidas en unas pocas horas, como tampoco lo permite ninguna otra Ciencia; sería tan pueril ver todo el Espiritismo en una mesa giratoria, como ver toda la Física en ciertos juegos para niños. El que no quiera detenerse en la superficie, no son horas, sino meses y años que son necesarios para sondear todos sus enigmas. ¡Que por esto se deduzca el grado de saber y el valor de la opinión de aquellos que se asignan el derecho de juzgar, porque han visto una o dos experiencias, casi siempre a modo de distracción y pasatiempo! Sin duda, ellos dirán que no disponen de tiempo necesario para esos estudios: es posible, ya que nada los obliga a ello; pero entonces, quien no tiene tiempo para aprender una materia, debe abstenerse de hablar sobre ella, y menos todavía emitir un juicio a su respecto, si no quiere ser acusado de ligereza. Ahora bien, cuanto más elevada sea la posición que se ocupe en la Ciencia, tanto menos excusable será tratar superficialmente un tema que no se conoce. Resumimos lo expuesto en las siguientes proposiciones:

1ª) Todos los fenómenos espíritas tienen por principio la existencia del alma, su supervivencia al cuerpo, y sus manifestaciones;

2ª) Con base en una ley de la Naturaleza, esos fenómenos nada tienen de maravilloso ni de sobrenatural, en el sentido vulgar de estas palabras;

3ª) Muchos de los hechos son considerados sobrenaturales porque no se conoce su causa. Al atribuirles una causa, el Espiritismo los hace entrar en el dominio de los fenómenos naturales;

4ª) Entre los hechos calificados de sobrenaturales, hay muchos cuya imposibilidad el Espiritismo demuestra, y los incluye en la categoría de las creencias supersticiosas;

5ª) Aunque el Espiritismo reconoce un fondo de verdad en muchas de las creencias populares, no acepta de modo alguno las historias fantásticas creadas por la imaginación;

6ª) Juzgar al Espiritismo por los hechos que no admite es dar prueba de ignorancia y es emitir una opinión sin valor;

7ª) La explicación de los hechos que el Espiritismo admite, así como la de sus causas y sus consecuencias morales, constituyen una verdadera ciencia que requiere un estudio serio, perseverante y profundo;

8ª) El Espiritismo sólo puede considerar como crítico serio a aquel que todo lo haya visto y que todo lo haya estudiado con la paciencia y la perseverancia de un observador concienzudo; que sepa sobre ese asunto tanto como el más esclarecido adepto; que, por consecuencia, no haya obtenido sus conocimientos en las novelas científicas; aquel a quien no se podría oponer ningún hecho que desconozca, ni argumento alguno que no haya meditado; el que refute, no por negaciones, sino con otros argumentos más perentorios; en fin, que pueda atribuir una causa más lógica a los hechos comprobados. Este crítico está aún por aparecer.

No es preciso decir que los que denigran lo maravilloso relegan –con más fuerte razón– los milagros a la categoría de quimeras de la imaginación. Algunas palabras al respecto, aunque extraídas de un artículo anterior, encuentran aquí su lugar natural, y no será inútil recordarlas.

En su acepción primitiva, y por su etimología, la palabra milagro significa cosa extraordinaria, cosa admirable de ver; pero esta palabra, como tantas otras, se ha alejado de su sentido original, y hoy se dice (según la Academia) de un acto del poder divino, contrario a las leyes comunes de la Naturaleza. En efecto, tal es su acepción usual, y sólo por comparación y por metáfora es que se aplica a las cosas vulgares que nos sorprenden y cuya razón es desconocida. De manera alguna tenemos el propósito de examinar si Dios ha juzgado útil, en ciertas circunstancias, derogar las leyes establecidas por Él mismo: nuestro objetivo es únicamente demostrar que los fenómenos espíritas, por más extraordinarios que sean, de ningún modo derogan esas leyes, ni tienen un carácter milagroso, como tampoco son maravillosos o sobrenaturales. El milagro no se explica; los fenómenos espíritas, al contrario, se explican de la manera más racional. Por lo tanto, no son milagros, sino simples efectos que tienen su razón de ser en las leyes generales. El milagro tiene aún otro carácter: el de ser insólito y aislado. Ahora bien, desde el momento en que un hecho se reproduce –por así decirlo– a voluntad y por diversas personas, no puede ser un milagro.

A los ojos de los ignorantes, la Ciencia hace milagros todos los días: he aquí por qué aquellos que en otros tiempos sabían más que el vulgo eran considerados hechiceros; y como se creía que toda Ciencia sobrehumana venía del diablo, ellos eran quemados. Hoy, que se está mucho más civilizado, se contenta con mandarlos a los manicomios.

Si un hombre realmente muerto fuere llamado a la vida por una intervención divina, eso sería un verdadero milagro, porque es un hecho contrario a las leyes de la Naturaleza. Pero si este hombre solamente tuviere las apariencias de la muerte, si todavía hay en él un resto de vitalidad latente, y la Ciencia o una acción magnética consigue reanimarlo, para las personas esclarecidas habrá sucedido un simple fenómeno natural, pero a los ojos del vulgo ignorante, el hecho será considerado milagroso. Si en medio de un campo un físico arroja al aire un barrilete con punta metálica, haciendo que un rayo caiga sobre un árbol, ese nuevo Prometeo será ciertamente considerado como dotado de un poder diabólico. Pero si Josué detuviera el movimiento del Sol, o más bien el de la Tierra, ahí sí que tendríamos un verdadero milagro, porque no conocemos a ningún magnetizador que esté dotado de un poder tan grande como para realizar semejante prodigio. De todos los fenómenos espíritas, uno de los más extraordinarios es, indiscutiblemente, el de la escritura directa, y uno de los que demuestran de la manera más patente la acción de las inteligencias ocultas; pero por el hecho del fenómeno ser producido por seres ocultos, no es más milagroso que todos los otros fenómenos que son debidos a agentes invisibles, porque esos seres ocultos que pueblan los espacios son una de las fuerzas de la Naturaleza, fuerza cuya acción es incesante sobre el mundo material, así como sobre el mundo moral.

El Espiritismo, al esclarecernos sobre esta fuerza, nos da la clave de una multitud de cosas inexplicadas e inexplicables por cualquier otro medio, y que en tiempos remotos han sido considerados prodigios; del mismo modo que el Magnetismo, el Espiritismo revela una ley, que si no es desconocida, por lo menos es mal comprendida; o, dicho de otra manera, se conocían los efectos –porque se producían en todos los tiempos–, pero no se conocía la ley, y ha sido la ignorancia de esta ley que ha engendrado la superstición. Al ser conocida esta ley, lo maravilloso cesa y los fenómenos entran en el orden de las cosas naturales. He aquí por qué los espíritas no producen milagros cuando hacen girar una mesa o cuando los muertos escriben, de la misma forma que el médico no lo hace cuando revive a un moribundo, o el físico cuando hace caer un rayo. Aquel que pretendiese, con la ayuda de esta ciencia, hacer milagros, sería un ignorante de la cuestión o un embaucador.

Los fenómenos espíritas, así como los fenómenos magnéticos, antes que se conociera su causa, han sido considerados prodigios; ahora bien, al igual que los escépticos, los engreídos, es decir, aquellos que –según ellos– tienen el privilegio exclusivo de la razón y del buen sentido, no creen que una cosa sea posible si no la comprenden, y es por eso que todos los hechos considerados como prodigiosos son objeto de sus escarnios; como la religión contiene un gran número de hechos de ese género, no creen en la religión. De ahí a la incredulidad absoluta hay sólo un paso. Al explicar la mayoría de esos hechos, el Espiritismo les da una razón de ser; por lo tanto, Él viene en ayuda de la religión, al demostrar la posibilidad de ciertos hechos que, por no tener más carácter milagroso, no por esto son menos extraordinarios, y Dios no es menor ni menos poderoso por no haber derogado sus leyes. ¿De cuántas burlas no fueron objeto las levitaciones de san Cupertino? Ahora bien, la suspensión etérea de los cuerpos pesados es un hecho demostrado y explicado por el Espiritismo; nosotros mismo hemos sido personalmente testigo ocular de esto, y el Sr. Home, así como otras personas de nuestro conocimiento, han repetido en varias ocasiones el fenómeno producido por san Cupertino. Por lo tanto, ese fenómeno entra en el orden de las cosas naturales.

Al número de los hechos de este género, es preciso colocar en primera línea las apariciones, por ser las más frecuentes. La aparición de La Salette(1), que incluso divide al propio clero, nada tiene de insólita para nosotros. Ciertamente no podemos afirmar que el hecho ha tenido lugar, porque no tenemos la prueba material de este; pero, para nosotros, él es posible, teniendo en cuenta que millares de hechos análogos recientes son de nuestro conocimiento; creemos en ellos no sólo porque su realidad ha sido constatada por nosotros, sino sobre todo porque comprendemos perfectamente la manera por la cual se producen. Téngase a bien remitirse a la teoría que hemos dado sobre las apariciones, y se verá que este fenómeno se vuelve tan simple y plausible como una multitud de fenómenos físicos que solamente son considerados prodigiosos hasta que se les encuentre la clave. En cuanto al personaje que se ha presentado en La Salette, esta es otra cuestión: de modo alguno su identidad está demostrada; constatamos solamente que una aparición puede haber tenido lugar; lo restante no es de nuestra competencia; por lo tanto, que cada uno guarde sus convicciones al respecto, pues el Espiritismo no tiene que ocuparse con eso; nosotros sólo decimos que los hechos producidos por el Espiritismo nos revelan leyes nuevas y nos dan la clave de una multitud de cosas que parecían sobrenaturales. Si algunos de los que eran considerados milagrosos encuentran en la Doctrina Espírita una explicación lógica, es un motivo para no apresurarse más en negar lo que no se comprende.

(1) El autor se refiere a la aparición de la madre de Jesús, en la región francesa de La Salette-Fallavaux, el 19 septiembre de 1846.

Los hechos del Espiritismo son discutidos por ciertas personas, precisamente porque los mismos parecen salir de la ley común y porque no se los entiende. Dadles una base racional, y la duda cesará. Por lo tanto, la explicación, en este siglo en que no se contentan sólo con las palabras, es un poderoso motivo de convicción; también vemos todos los días a personas que no han sido testigos de ningún hecho, que no han visto una mesa girar ni un médium escribir, y que se hallan tan convencidas como nosotros, únicamente porque ellas han leído y comprendido. Si uno debiese creer solamente en lo que ha visto con sus ojos, nuestras convicciones se reducirían a muy poca cosa.


Bibliografía:
El libro de los Médiums de Allan Kardec (Nociones preliminares – Capítulo II)
Revista Espírita - Periódico de Estudios Psicológicos – 1860


AMOR, CARIDAD y TRABAJO








¿Existen los espíritus?









¿Existen los espíritus?












1. La causa principal de la duda relativa a la existencia de los Espíritus radica en la ignorancia de su verdadera naturaleza. Por lo general, las personas imaginan a los Espíritus como seres aparte en la creación, cuya necesidad no está demostrada. Muchas sólo los conocen a través de los relatos fantásticos con que fueron acunadas en la niñez, a semejanza de las que sólo conocen la historia a través de las novelas. No intentan averiguar si esos relatos, despojados de sus accesorios ridículos, encierran algún trasfondo de verdad, y sólo las impresiona el lado absurdo que ellos revelan. Como no se toman el trabajo de quitar la cáscara amarga para descubrir la almendra, rechazan todo, tal como los que, al verse afectados por ciertos abusos en el ámbito religioso, incluyen la totalidad de la religión en una misma censura.

Sea cual fuere la idea que se tenga de los Espíritus, la creencia en ellos se basa, necesariamente, en la existencia de un principio inteligente fuera de la materia. Esa creencia es incompatible con la negación absoluta de dicho principio. Así pues, tomamos como punto de partida la existencia, la supervivencia y la individualidad del alma, de la cual el espiritualismo es su demostración teórica y concluyente, y el espiritismo su demostración patente. Dejemos de lado, por unos instantes, las manifestaciones propiamente dichas, y razonando por inducción veamos a qué consecuencias llegamos.

2. Desde el momento en que se admite la existencia del alma y su individualidad después de la muerte, es necesario admitir también: 1.º, que la naturaleza del alma es diferente de la del cuerpo, puesto que, una vez separada del cuerpo, el alma ya no tiene las propiedades de aquel; 2.º, que el alma tiene conciencia de sí misma, puesto que se le atribuye la alegría o el sufrimiento; de otro modo, sería un ser inerte y de nada nos valdría poseerla. Una vez admitido esto, se sigue de ahí que el alma va a alguna parte. ¿Qué sucede con ella y a dónde va? De acuerdo con la creencia generalizada, el alma va al Cielo o al Infierno. Pero ¿dónde se encuentran el Cielo y el Infierno? Antaño se decía que el Cielo estaba arriba y el Infierno abajo. Pero ¿qué es lo de arriba y lo de abajo en el universo, a partir de que se conoce la redondez de la Tierra y el movimiento de los astros –movimiento que hace que lo que en un determinado momento está en lo alto, se encuentre abajo al cabo de doce horas–, así como lo infinito del espacio, a través del cual nuestra mirada penetra para alcanzar distancias inconmensurables? Es verdad que con la expresión “lugares inferiores” también se designan las profundidades de la Tierra. Pero ¿en qué se convirtieron esas profundidades después de las investigaciones hechas por la geología? ¿En qué se convirtieron, igualmente, esas esferas concéntricas denominadas “cielo de fuego”, “cielo de las estrellas”, después de que se verificó que la Tierra no es el centro de los mundos, que incluso nuestro Sol no es el único, sino que millones de soles brillan en el espacio, y que cada uno de ellos constituye el centro de un torbellino planetario? ¿A qué quedó reducida la importancia de la Tierra, perdida en esa inmensidad? ¿Por qué injustificable privilegio este imperceptible grano de arena que no se distingue por su volumen, ni por su posición, ni por un papel particular, habría de ser el único planeta poblado por seres racionales? La razón se rehúsa a admitir la inutilidad de lo infinito, y todo nos dice que esos mundos están habitados. Ahora bien, si están poblados, aportan también sus contingentes al mundo de las almas. Con todo, una vez más inquirimos, ¿qué sucede con esas almas, puesto que tanto la astronomía como la geología han destruido las moradas que les estaban destinadas y, sobre todo, después de que la teoría tan racional de la pluralidad de los mundos las multiplicó hasta lo infinito? Como la doctrina de la localización de las almas no puede concordar con los datos de la ciencia, otra doctrina más lógica demarca como dominio de ellas, no un lugar determinado y circunscrito, sino el espacio universal. Se trata de todo un mundo invisible en medio del cual vivimos, que nos circunda y se codea con nosotros permanentemente. ¿Acaso hay en eso algo imposible, algo que se oponga a la razón? De ningún modo. Por el contrario, todo indica que no puede ser de otra manera. Pero, entonces, ¿en qué se transforman las penas y las recompensas futuras, si se suprimen los lugares especiales donde se hacen efectivas? Tengamos en cuenta que la incredulidad en lo relativo a esas penas y recompensas está provocada, en general, por el hecho de que tanto unas como otras son presentadas en condiciones inadmisibles. En vez de eso, afirmemos que las almas encuentran en sí mismas su dicha o su desgracia; que su destino se halla subordinado al estado moral de cada una; que la reunión de las almas buenas y afines constituye para ellas una fuente de felicidad; que, conforme al grado de purificación que hayan alcanzado, penetran y entrevén cosas que las almas groseras no captan, y entonces todo el mundo comprenderá sin dificultad. Afirmemos, incluso, que las almas sólo llegan al grado supremo mediante los esfuerzos que realizan para mejorar, y tras una serie de pruebas que son adecuadas para su purificación; que los ángeles son las almas que han llegado al grado más elevado de la escala, grado que todas pueden alcanzar mediante la buena voluntad; que los ángeles son los mensajeros de Dios, encargados de velar por la ejecución de sus designios en todo el universo, y que se sienten felices de desempañar esas misiones gloriosas. De ese modo, habremos dado a su felicidad un fin más útil y atrayente que el que consiste en una contemplación perpetua, que no sería más que una perpetua inutilidad. Digamos, por último, que los demonios son simplemente las almas de los injustos, que todavía no se han purificado, pero que pueden llegar, como las otras, al más alto grado, y esto parecerá más acorde con la justicia y la bondad de Dios que la doctrina que los presenta como seres creados para el mal y para estar perpetuamente dedicados a él. Una vez más, eso es lo que la razón más severa, la lógica más rigurosa, el buen sentido, en suma, puede admitir.  

Ahora bien, esas almas que pueblan el espacio son, precisamente, lo que denominamos Espíritus. Por consiguiente, los Espíritus son las almas de los hombres despojadas de su envoltura corporal. Si los Espíritus fueran seres aparte, su existencia sería más hipotética. En cambio, si se admite que las almas existen, también se debe admitir a los Espíritus, que no son otra cosa sino las almas. Si se admite que las almas están en todas partes, habrá que admitir que los Espíritus también lo están. No se podría, pues, negar la existencia de los Espíritus sin negar la de las almas.


3. Por cierto, esto no deja de ser una teoría, aunque más racional que la otra. Sin embargo, ya es mucho que se trate de una teoría a la cual ni la razón ni la ciencia contradicen. Además, si la corroboran los hechos, tiene a su favor la sanción de la lógica y de la experiencia. Hallamos esos hechos en los fenómenos de las manifestaciones espíritas, que constituyen, de ese modo, la prueba patente de la existencia y la supervivencia del alma. No obstante, la creencia de muchas personas no va más allá de ese punto: admiten la existencia de las almas y, por lo tanto, la de los Espíritus, pero niegan la posibilidad de que nos comuniquemos con ellos, en virtud de que –según dicen– los seres inmateriales no pueden obrar sobre la materia. La duda se debe a que ignoran la verdadera naturaleza de los Espíritus, acerca de los cuales suelen formarse una idea muy falsa, pues erróneamente se supone que son seres abstractos, difusos e indefinidos, lo que no es verdad.

En primer término, imaginemos al Espíritu en su unión con el cuerpo. El Espíritu es el ser principal, puesto que es el ser que piensa y sobrevive. El cuerpo no es más que un accesorio del Espíritu, una envoltura, una vestimenta que abandona cuando está gastada. Además de esa envoltura material, el Espíritu tiene una segunda, semimaterial, que lo une a la primera. Cuando se produce la muerte, el Espíritu se despoja del cuerpo, pero no de la otra envoltura, a la cual damos el nombre de periespíritu. Esa envoltura semimaterial, que adopta la forma humana, constituye para el Espíritu un cuerpo fluídico, vaporoso, pero que, por el hecho de que sea invisible para nosotros en su estado normal, no deja de tener algunas de las propiedades de la materia. Por consiguiente, el Espíritu no es un punto, una abstracción, sino un ser limitado y circunscrito, al que sólo le falta ser visible y palpable para asemejarse a los seres humanos. ¿Por qué, pues, no ejercería una acción sobre la materia? ¿Acaso por el hecho de que su cuerpo es fluídico? Sin embargo, ¿no es entre los fluidos más rarificados, incluso entre los que se consideran imponderables, como la electricidad, donde el hombre encuentra sus más poderosos motores? ¿Acaso la luz, que es imponderable, no ejerce una acción química sobre la materia ponderable? No conocemos la naturaleza íntima del periespíritu. Con todo, imaginemos que está constituido de materia eléctrica, o de otra tan sutil como esa. ¿Por qué razón, si lo dirige una voluntad, no habría de tener la misma propiedad de dicha materia?


4. Dado que la existencia del alma y la existencia de Dios, que son consecuencia una de otra, constituyen la base del edificio, antes de que demos comienzo a un debate espírita es conveniente que sepamos si nuestro interlocutor acepta esa base. Si a estas preguntas:

¿Crees en Dios?
¿Crees que tienes un alma?
¿Crees en la supervivencia del alma después de la muerte?

Él responde en forma negativa, o incluso si contesta simplemente: No sé, desearía que fuese así, pero no estoy seguro –lo que a menudo equivale a una negación encubierta con cortesía, disimulada bajo una forma menos categórica para evitar un choque brusco con lo que denomina prejuicios respetables–, será inútil seguir adelante, tan inútil como pretender demostrar las propiedades de la luz a un ciego que no admite que la luz existe. Porque, en definitiva, las manifestaciones espíritas no son otra cosa que efectos de las propiedades del alma. Por lo tanto, si no queremos perder el tiempo con semejante interlocutor, tendremos que seguir un orden de ideas muy diferente.

En cambio, si la base es aceptada, no como una probabilidad, sino como algo probado e indiscutible, la existencia de los Espíritus se deduce de ahí con la mayor naturalidad.


5. Resta ahora la cuestión de saber si el Espíritu puede comunicarse con el hombre, es decir, si puede intercambiar ideas con él. ¿Por qué no? ¿Qué es el hombre, sino un Espíritu aprisionado en un cuerpo? ¿Por qué un Espíritu libre no podría comunicarse con un Espíritu cautivo, de la misma manera que un hombre libre se comunica con el que está prisionero? Dado que admitimos la supervivencia del alma, ¿será racional que no admitamos la supervivencia de los afectos? Puesto que las almas se encuentran por todas partes, ¿no será natural que creamos que la de un ser que nos ha amado durante su vida se acerque a nosotros, desee comunicarse con nosotros, y se sirva para eso de los medios que estén a su disposición? Mientras se hallaba vivo, ¿no ejercía una acción sobre la materia de su cuerpo? ¿No era él quien dirigía sus movimientos? Así pues, ¿por qué causa no podría, después de su muerte, mediante un acuerdo con otro Espíritu que esté ligado a un cuerpo, valerse de ese cuerpo vivo para manifestar su pensamiento, de la misma manera que un mudo puede servirse de una persona dotada de habla para darse a entender?


6. Dejemos de lado, por unos instantes, los hechos que a nuestro entender hacen indiscutible esa cuestión, y admitamos la comunicación de los Espíritus como una simple hipótesis. Ahora solicitamos a los incrédulos que nos demuestren, no mediante una simple negación, ya que sus opiniones no pueden tomarse como ley, sino por medio de razones concluyentes, que eso no es posible. Nos ubicamos en su propio terreno, y puesto que desean evaluar los hechos espíritas con la ayuda de las leyes de la materia, les pedimos que extraigan de ese arsenal alguna demostración matemática, física, química, mecánica o fisiológica, y prueben, por a más b, siempre a partir del principio de la existencia y la supervivencia del alma:

1º: que el ser pensante que existe en nosotros durante la vida, no debe pensar más después de la muerte;

2º: que, si continúa pensando, no debe pensar más en los que ha amado;

3º: que, si piensa en los que ha amado, ya no debe querer comunicarse con ellos;

4º: que, si puede estar en todas partes, no puede estar a nuestro lado;

5º: que, si está a nuestro lado, no puede comunicarse con nosotros;

6º: que por medio de su envoltura fluídica no puede actuar sobre la materia inerte;

7º: que, si puede actuar sobre la materia inerte, no puede hacerlo sobre un ser animado;

8º: que, si puede actuar sobre un ser animado, no puede guiar su mano para hacer que escriba;

9º: que, si puede hacer que escriba, no puede responder sus preguntas, ni trasmitirle sus pensamientos.

Cuando los adversarios del espiritismo nos hayan demostrado que esto es imposible, por medio de razones tan patentes como las que empleó Galileo para demostrar que no es el Sol el que gira alrededor de la Tierra, entonces podremos decir que sus dudas tienen fundamento. Lamentablemente, hasta el día de hoy toda su argumentación se resume en estas palabras: No lo creo, por consiguiente, es imposible. Sin duda, nos replicarán que nos corresponde a nosotros probar la realidad de las manifestaciones. Pues bien, les damos esa prueba mediante los hechos y mediante el razonamiento. Si no admiten ni una ni otra cosa, si niegan incluso lo que ven, a ellos les corresponde demostrar que nuestro razonamiento es falso y que los hechos son imposibles.


Reflexión:
Somos espíritus de luz reencarnados e inmortales desde nuestra creación, viviendo experiencias terrenales, a fin de ir aprendiendo en base al amor y al trabajo para poder avanzar y evolucionar moral e intelectualmente hasta alcanzar la perfección.

¿Trabajo? Sí, ya que, si sabemos la teoría y no la practicamos a fin de adquirir conocimientos para perfeccionarnos y evolucionar, ¿de qué nos sirve? Toda vez que la espiritualidad nos dice: “El hombre purifica el espíritu por medio del trabajo, y ya sabes que sólo con el trabajo del cuerpo adquiere conocimientos el espíritu.”

Al cesar las referidas experiencias terrenales, normalmente se nos cerrará la puerta del plano terrenal y se nos abrirá la del plano espiritual, nuestro verdadero hogar.



Bibliografía:
El libro de los médiums de Allan Kardec
(Nociones preliminares - Capítulo I)


AMOR, CARIDAD y TRABAJO








Encarnación de los espíritus

 





ENCARNACIÓN DE LOS ESPÍRITUS









I.- Finalidad de la encarnación

132.- ¿Qué objeto tiene la encarnación de los Espíritus?
-Dios se la impone con el propósito de hacerlos alcanzar la perfección. Para unos constituye una expiación; para otros, una misión. Pero, para llegar a esa perfección deben sufrir todas las vicisitudes de la existencia corporal: en ello reside la expiación. La encarnación tiene asimismo otra finalidad, consiste en poner al Espíritu en condiciones de afrontar la parte que le cabe en la obra de la Creación. Para cumplirla, toma en cada mundo un instrumento de acuerdo con la materia esencial de ese globo a fin de ejecutar, desde ese punto de vista, las órdenes de Dios. De modo que, cooperando a la obra general, progrese él mismo.

La acción de los seres corpóreos es necesaria a la marcha del Universo. Pero con su sabiduría quiso Dios que en esa acción misma aquéllos encontraban un medio de progresar y acercarse a Él. Así, por una ley admirable de su providencia, todo se eslabona, todo es solidario en la Naturaleza.

La doctrina de la reencarnación, esto es, aquella que consiste en admitir para el hombre muchas existencias sucesivas, es la única que responde a la idea que nos formamos de la justicia de Dios para con hombres de una condición moral inferior, la única que puede explicarnos el porvenir y fundamentar nuestras esperanzas, puesto que nos ofrece el medio de rescatar nuestras faltas mediante nuevas pruebas. La razón nos lo indica y los Espíritus así lo enseñan.


133.- Los Espíritus que desde el comienzo siguieron el camino del bien ¿tienen necesidad de la encarnación?
-Todos ellos son creados simples e ignorantes, y se instruyen en las luchas y tribulaciones de la vida corporal. Siendo justo, no podía Dios hacer dichosos a algunos sin penas ni trabajos y, por tanto, sin mérito.


-133a. Pero entonces ¿de qué vale a esos Espíritus haber seguido la senda del bien, si ello no les exime de las penas de la existencia corporal?
-Llegan más pronto a la meta. Además, los pesares de la vida son muchas veces la consecuencia de la imperfección del Espíritu. Cuantas menos imperfecciones tenga, tanto menores serán los tormentos que padezca. Aquel que no es envidioso ni celoso, avaro ni ambicioso, no sufrirá los suplicios que de esos defectos nacen.



Encarnación en diferentes mundos 
(Capítulo IV – Pluralidad de las existencias)

178.- ¿Pueden los Espíritus volver a vivir corporalmente en un mundo relativamente inferior a aquel en que han residido ya?
-Sí, cuando deben realizar una misión para ayudar al progreso, y en tal caso aceptan con alegría las tribulaciones de esa existencia, porque les proporcionan un medio para adelantar.


178a. ¿No puede ocurrir esto también por expiación, y no es posible que Dios envíe a Espíritus rebeldes a mundos inferiores?
-Los Espíritus pueden permanecer estacionarios, pero no retroceden, y entonces su castigo consiste en no seguir adelantando y en recomenzar las existencias mal empleadas en el medio que a su naturaleza conviene.



II.- Del alma

134.- ¿Qué es el alma?
-Un Espíritu encarnado.


-134a. ¿Qué era el alma antes de unirse al cuerpo?
-Espíritu.


134b. En consecuencia, ¿las almas y los Espíritus son la misma cosa?
-En efecto, las almas no son sino los Espíritus. Antes de unirse al cuerpo, el alma es uno de los Seres inteligentes que pueblan el Mundo Invisible y que se revisten temporariamente de una envoltura carnal, para purificarse y esclarecerse.


135.- ¿Hay en el hombre otra cosa fuera del alma y el cuerpo?
-Existe el vínculo o lazo que une el alma con el cuerpo.


135a. ¿Cuál es la naturaleza de ese vínculo?
-Semimaterial, esto es, intermedia entre la naturaleza del Espíritu y el cuerpo. Y ello es necesario para que ambos puedan comunicarse el uno con el otro. Mediante ese lazo obra el Espíritu sobre la materia, y viceversa.

Así pues, el hombre está formado por tres partes esenciales, a saber:

Primera:  El cuerpo, o ser material, análogo al de los animales y animado por el mismo principio vital.

Segunda: El alma, Espíritu encarnado cuya habitación es el cuerpo.

Tercera: El principio intermediario, o periespíritu, sustancia semimaterial que sirve de primera envoltura al Espíritu y une el alma con el cuerpo. Tales son, en un fruto, el germen, el periespermo y la corteza.


136.- ¿Es independiente el alma del principio vital?
-El cuerpo no es sino la envoltura, sin cesar lo estamos repitiendo.


136a. ¿Puede el cuerpo existir sin el alma?
-Si, y, sin embargo, tan pronto el cuerpo cesa de vivir, el alma lo deja. Antes del nacimiento no hay todavía una unión definitiva entre el alma y el cuerpo. Luego que esta unión se ha establecido, la muerte del cuerpo rompe los lazos que lo unen al alma y ésta abandona a aquél. La vida orgánica puede animar un cuerpo sin alma, pero esta última no puede habitar un cuerpo privado de vida orgánica.


136b. ¿Qué sería nuestro cuerpo si no existiera el alma?
- Una masa de carne sin inteligencia, todo lo que queráis, excepto un ser humano.


137.-Un mismo Espíritu ¿puede encarnar en dos cuerpos diferentes a la vez?
-No: el Espíritu es indivisible y no puede animar simultáneamente a dos seres distintos. (Véase, en El libro de los Médiums, el Capítulo “Bicorporeidad y transfiguración”).


138.- ¿Qué pensar de la opinión de aquellos que consideran al alma como el principio de la vida material?
-Es una cuestión de palabras, que no nos interesa. Comenzad por entenderos vosotros mismos.


139.- Ciertos Espíritus, y con anterioridad a ellos algunos filósofos, definieron el alma como “una chispa anímica emanada del Gran Todo”. ¿A qué se debe esta contradicción?
-No hay tal contradicción. Depende del significado de las palabras. ¿Por qué no tenéis un vocablo para cada cosa?

El término “alma” se emplea para expresar cosas muy diferentes. Unos llaman así al principio de la vida, y en esta significación es exacto decir en sentido figurado, que el alma es una chispa anímica emanada del Gran Todo. Estas últimas palabras describen la fuente universal del principio vital, del que cada Ser absorbe una porción y que retorna a la masa después de la muerte. Tal idea no excluye en modo alguno la de un Ser moral distinto, independiente de la materia y que conserva su individualidad. A ese Ser se le denomina igualmente alma, y en esta acepción se puede decir que el alma es un Espíritu encarnado. Al ofrecer diversas definiciones del alma, los Espíritus han hablado conforme a la aplicación que daban a la palabra y según las ideas terrenas de que estaban todavía más o menos imbuidos. Esto proviene de a insuficiencia del lenguaje humano, que no posee un vocablo para expresar cada idea, de ahí el origen de una multitud de errores y de discusiones. He aquí por qué los Espíritus superiores nos recomiendan que nos entendamos primero acerca del significado de las palabras.(1) 

(1) Ver, en la “Introducción al Estudio de la Doctrina Espírita”, párrafo II, la explicación sobre la voz “alma”. [N. de A. Kardec.]
Que resumidamente califica al alma con tres adjetivos: el alma vital para designar el principio de la vida material, el alma intelectual para el principio de la inteligencia y el alma espírita para el principio de nuestra individualidad después de la muerte. Así pues, el alma vital sería común a todos los seres orgánicos: vegetales, animales y hombres. El alma intelectual pertenecería a hombres y animales. Y el alma espírita correspondería al hombre únicamente.


140.- ¿Qué pensar de la teoría que considera al alma subdividida en tantas partes como músculos hay, y presidiendo así cada una de las funciones corporales?
-Ello depende una vez más del sentido que se dé al término alma. Si se entiende por ello al fluido vital, entonces se tiene razón, pero si se entiende por alma al Espíritu encarnado, se está en un error. Ya lo hemos dicho: el Espíritu es indivisible: transmite a los órganos el movimiento sirviéndose para ello del fluido intermediario, sin que por esto se divida.


140 a. Con todo, hay Espíritus que han ofrecido esa definición…
-Los Espíritus ignorantes pueden tomar el efecto por la causa.

El alma obra por intermedio de los órganos y éstos se hallan animados por el fluido vital, que se reparte entre ellos, y con mayor abundancia en aquellos que constituyen los centros o focos del movimiento. Pero esta explicación no conviene al alma, si se la conceptúa como el Espíritu que habita el cuerpo durante la vida y lo deja al sobrevenir la muerte.


141.- ¿Hay algo de verdad en la opinión de quienes piensan que el alma es exterior y circunda al cuerpo?
-El alma no se encuentra encerrada en el cuerpo, como el pájaro en la jaula. Ella irradia y se manifiesta fuera de aquél, al modo de la luz a través de un globo de vidrio, o como el sonido en torno de un centro sonoro. Así pues, se puede decir que el alma es externa, pero no por ello será la envoltura del cuerpo. El alma posee dos envolturas: la primera sutil y leve, que tú llamas periespíritu. La otra grosera, material y pesada, que es el cuerpo. El alma constituye el centro de las dos envolturas, así como la pepita o almendra en el carozo (hueso), según ya manifestamos.


142.- ¿Qué decir de esa otra teoría según la cual el alma, en el niño, se completa en cada período de la vida?
-El Espíritu es sólo uno. Está entero en el niño, así como en el adulto. Los que se desarrollan y se completan son los órganos, o instrumentos de las manifestaciones del alma. Una vez más se confunde el efecto con la causa.


143.- ¿Por qué todos los Espíritus no definen al alma de la misma manera?
-Los Espíritus no están todos igualmente ilustrados acerca de estas materias. Los hay todavía limitados, que no comprenden las cosas abstractas. Sucede lo mismo con los niños, entre vosotros. Existen asimismo Espíritus pedantes o pseudosabios, que hacen ostentación de palabras para imponerse. Y esto también acontece entre vosotros. Por otra parte, los mismos Espíritus esclarecidos pueden expresarse en términos diferentes, que en el fondo tienen el mismo valor, sobre todo cuando se trata de cosas que vuestro lenguaje es incapaz de traducir con claridad. Se requieren metáforas y comparaciones que vosotros tomáis por la realidad.


144.- ¿Qué se ha de entender por “el alma del mundo”?
-Es el principio universal de la vida y de la inteligencia, de donde nacen las individualidades. Pero, quienes se valen de esas palabras muchas veces ni se comprenden a sí mismos. El vocablo alma es tan elástico que cada cual lo interpreta según su fantasía. En ocasiones se ha atribuido asimismo un alma a la Tierra. Hay que entender por esto al conjunto de los Espíritus abnegados que encaminan vuestras acciones por la senda correcta cuando les hacéis caso y que, en cierto modo, son los encargados de la ejecución del pensamiento de Dios en vuestro mundo.


145.- ¿Cómo es que tantos filósofos, antiguos y modernos, han discutido durante tanto tiempo sobre la ciencia psicológica sin haber llegado a la verdad?
-Aquellos hombres fueron los precursores de la Doctrina Espírita eterna. Prepararon el camino. Y puesto que eran seres humanos han podido equivocarse, porque confundieron sus propias ideas con la verdad. Pero sus mismos errores, mostrando lo verdadero y lo falso de sus doctrinas, ponen en evidencia a aquélla. Por lo demás, entre tales errores se encuentran grandes verdades, que un estudio comparativo puede haceros comprender.


146.- ¿Tiene al alma una sede determinada y circunscripta en el cuerpo?
-No, pero reside más particularmente en la cabeza, en los grandes genios, en todos aquellos que piensan mucho, y en el corazón en aquellos otros cuyos sentimientos y acciones son benéficos para la humanidad toda.


146 a. ¿Qué pensar de la opinión de quienes sitúan el alma en un centro vital?
- Equivale a decir que el Espíritu habita más bien esa parte de vuestro organismo, porque allí confluyen todas las sensaciones. Los que la sitúan en lo que consideran el centro de la vitalidad la confunden con el fluido o principio vital. Con todo, se puede afirmar que el asiento del alma reside con más particularidad en los órganos que sirven a las manifestaciones intelectivas y morales.



III.- Materialismo

147.- ¿Por qué los anatomistas, fisiólogos y, en general, aquellos que profundizan las ciencias de la Naturaleza son llevados tan a menudo al materialismo?
-El fisiólogo relaciona todo con lo que ve. Orgullo de los hombres que creen saberlo todo y no admiten que algo pueda exceder a su entendimiento. Su ciencia misma los torna presuntuosos. Piensan que la Naturaleza no puede ocultarles nada.


148.- ¿No es lamentable que el materialismo sea una consecuencia de estudios que debieran, por el contrario, mostrar al hombre la superioridad de la inteligencia que gobierna al mundo? ¿Habrá que concluir de ahí que tales estudios son peligrosos?
-No es cierto que el materialismo sea una consecuencia de esos estudios. Es el hombre el que extrae de ellos falsas conclusiones, porque puede abusar de todo, hasta de las mejores cosas. Además, la nada los aterra más de lo que quieren aparentar, y los “espíritus fuertes”(2) son muchas veces más pedantes que valientes. La mayoría de ellos sólo son materialistas porque no tienen nada con que llenar el vacío de ese abismo que ante ellos se abre. Mostradle una tabla de salvación y se aferrarán a ella con prisa.

(2) Ver la nota que acerca de la expresión francesa “esprit fort” se ha hecho en la respuesta a la pregunta número 9. [N. del T. al cast.]


Por una aberración de la inteligencia hay personas que sólo ven en los seres orgánicos la acción de la materia y relacionan con ella todos nuestros actos. No han visto en el cuerpo humano más que la máquina eléctrica. Sólo estudiaron el mecanismo de la vida en el funcionamiento de los órganos. Han presenciado con frecuencia cómo se extinguía la vida por la ruptura de un hilo y sólo vieron ese hilo… Buscaron, por si quedaba algo, y como no encontraron sino la materia, que se había tornado inerte, no vieron el alma escaparse de aquélla y no pudieron aprehenderla, por lo que concluyeron en que todo residía en las propiedades de la materia y que, por tanto, después de la muerte, el pensamiento se reducía a la nada. Triste conclusión, si así fuera, porque entonces el bien y el mal no tendrían sentido, al hombre le asistiría la razón al no pensar más que en sí mismo y poner por encima de todo la satisfacción de sus goces materiales. Los vínculos sociales se romperían y lo propio sucedería con los más nobles afectos. Felizmente, estas ideas están lejos de ser generales. Incluso se puede afirmar que se hallan muy circunscritas y representan sólo opiniones individuales, porque en ninguna parte han sido erigidas en doctrina. Una sociedad que se basara sobre tales cimientos llevaría en sí misma el germen de su disolución y sus miembros se destrozarían recíprocamente, como bestias feroces.

El ser humano posee por instinto la convicción de que para él no todo termina junto con la vida. La nada le horroriza. En vano se han resistido los hombres al pensamiento del porvenir, pues cuando el supremo instante les llega, pocos dejan de preguntarse qué será de ellos. Porque la idea de dejar la vida para siempre tiene algo de desgarrante. En efecto, ¿quién podría afrontar con indiferencia la perspectiva de una separación absoluta, eterna, de todo lo que amó? ¿Quién sería capaz de ver sin pánico abrirse ante él el inmenso abismo de la nada, adonde irían a sumergirse para siempre todas sus facultades y esperanzas?, y decirse: “¡Y qué! Después de mí, nada, sólo el vacío; pronto no quedará huella alguna de mi paso por la Tierra; incluso el bien que haya realizado será echado al olvido por los ingratos que me lo deben; y ¡nada para compensar todo eso, ninguna otra perspectiva que la de mi cuerpo roído por los gusanos!”

¿No tiene este cuadro algo de horroroso y glacial? La religión nos enseña que no puede ser así y la razón nos lo confirma. Pero esa existencia futura, vaga e indefinida, no posee nada que satisfaga nuestro apego a lo positivo, y es esto lo que en muchas personas engendra la duda. Tenemos un alma, admitido. Pero ¿qué es nuestra alma? ¿Posee ella una forma o apariencia? ¿Es un ser limitado indefinido? Unos dicen que constituye un soplo de Dios, otros que es una chispa, y los hay también que la conceptúan una parte del Gran Todo, principio de la vida y de la inteligencia, pero ¿qué nos enseña todo esto? ¿De qué nos sirve poseer un alma si después de la muerte ella se confundirá en la inmensidad, al modo de las gotas de agua en el océano? ¿Acaso la pérdida de nuestra individualidad no equivale a la nada, para nosotros? Se afirma asimismo que el alma es inmaterial, pero una cosa inmaterial no podría tener proporciones definidas, de modo que para nosotros esto no significa nada. También nos enseña la religión que seremos dichosos o desventurados, según el bien o el mal que hayamos hecho. Pero ¿en qué consiste esa felicidad que en el seno de Dios nos aguarda? ¿Se trata de una beatitud, de una eterna contemplación, sin otra cosa que hacer fuera de entonar loas al Creador? Las llamas del infierno ¿son una realidad o apenas un símbolo? La propia Iglesia las interpreta en esta última significación, mas ¿cuáles son los sufrimientos que allá padeceremos? ¿Dónde está ese lugar de suplicios? En pocas palabras, ¿qué se hace y se ve en ese mundo que a todos nos espera? Dicen que nadie ha vuelto de él para revelárnoslo. Es este un error, y la misión del Espiritismo consiste precisamente en ilustrarnos acerca de ese porvenir, hacer que hasta cierto punto lo toquemos con el dedo y lo veamos con nuestros propios ojos, no mediante el razonamiento, sino por medio de los hechos. Gracias a las comunicaciones espíritas esto no constituye ya una presunción, una probabilidad sobre la cual cada uno de nosotros pueda tejer sus fantasías, y que los poetas hermoseen con sus ficciones o siembren imágenes alegóricas que nos seduzcan: la que se nos muestra es la realidad, porque son los mismos Seres de ultratumba los que acuden a nosotros para describirnos su situación y contarnos lo que están haciendo, permitiéndonos asistir –si así vale decirlo- a todas las peripecias de su nueva vida, y mostrándonos por ese medio la suerte inevitable que nos está reservada, conforme a nuestros méritos o malas acciones. ¿Hay en esto algo de antirreligioso? Muy por el contrario, ya que los incrédulos encuentran en ello la fe y los tibios un acrecentamiento de su fervor y confianza. El Espiritismo es, por tanto, el más poderoso auxiliar de la religión. Y por serlo, Dios lo permite, y lo permite para reanimar nuestras tambaleantes esperanzas y conducirnos a la senda del bien mediante la perspectiva del porvenir(3) .

(3) Pese a que esta afirmación de Kardec ha sido rechazada por los religiosos, tuvo su confirmación histórica: “El Espiritismo es el más valeroso auxiliar de la religión”. Gracias a las pruebas espíritas de la supervivencia del alma y a la explicación racional de los problemas espirituales pudo ser refrendada la ola materialista del siglo XIX. Aun hoy, como se advierte por la obra del padre TEILHARD DE CHARDIN y por la del pastor y teólogo anglicano HARALDUR NIELSSON, así como por la revolución que está sacudiendo a la teología en general, son los principios espíritas los que vuelven a levantar y rehabilitar a las religiones. [N. de J. H. Pires.]


Bibliografía:
El Libro de los Espíritus de Allan Kardec


AMOR, CARIDAD y TRABAJO







Ángeles y demonios





 

ÁNGELES y DEMONIOS








¿Existen ángeles y demonios?
La Doctrina Espírita tiene como pauta principal la fe razonada, ya que su codificador, Allan Kardec, era un científico.

Al principio incrédulo, Kardec quiso poner a prueba los conceptos que estaban siendo diseminados. Eso nos lleva rápidamente al hecho de que la idea de ángeles y demonios parece irreal. Además de eso, siendo Dios “soberanamente justo y bueno”, no parece coherente que Él cree seres más o menos evolucionados. Por tanto, para la Doctrina Espírita, no hay ángeles y demonios, sino Espíritus que tienen características morales compatibles con la descripción de estas criaturas. En otras palabras, hay seres que avanzaron en su jornada evolutiva y tienen las virtudes de «ángeles», así como seres en niveles inferiores de conciencia, pareciéndose a los «demonios».

Sin embargo, vale la pena resaltar que el Espíritu que insiste en el error no está condenado al sufrimiento y al mal eterno. Esto se debe a que todos tienen la oportunidad de elevar su conducta y dejarse apoyar por los benefactores.


¿Cuál es el origen de la creencia en los demonios?
La creencia en los demonios no es de carácter contemporáneo. En el siglo VI a.C. ya existían relatos de un ser llamado Arima, que sería el príncipe de las tinieblas. Sin embargo, en el Antiguo Testamento, el demonio aún no tenía esa denominación macabra. Él era visto como una criatura concebida con el fin de hacer que los hombres paguen por los pecados que cometían contra Dios.


Los demonios, según la Iglesia
De acuerdo con la Iglesia, el demonio, al principio, era un ángel que tenía mucho poder, siendo el preferido de Dios. Sin embargo, esta criatura cuestionó el hecho de nunca obtener el mismo conocimiento y poder de Dios. Así, se rebeló contra el creador que, como castigo, lo expulsó del Cielo y lo condenó a vivir eternamente en un lugar sumamente sucio e incómodo, conocido como Infierno. Desde entonces, el demonio intentaría alcanzar a Dios, desviando a los hombres del camino del bien y haciendo que sufran. Además de eso, la Iglesia se ampara en ese discurso para obtener la obediencia del fiel que, con miedo de acabar destinado al sufrimiento eterno al lado del demonio, opta por seguir los mandamientos de Dios.


Los demonios según el espiritismo
Según el espiritismo, ni los ángeles ni los demonios son seres aparte, puesto que la creación de seres inteligentes es sólo una. Unidos a cuerpos materiales, esos seres constituyen la humanidad que puebla la Tierra y los demás planetas habitados. Cuando se desprenden de esos cuerpos, constituyen el mundo espiritual o de los Espíritus, que pueblan los espacios. Dios los creó perfectibles y les puso como meta la perfección, junto con la felicidad que es consecuencia de ella, pero no les dio la perfección. Quiso que la obtuviesen por su propio esfuerzo, a fin de que tuvieran ese mérito. A partir del momento de su creación, los seres progresan, ya sea en el estado de encarnación o en el estado espiritual. Al llegar a su apogeo, se convierten en Espíritus puros o ángeles, según la expresión vulgar; de manera que, a partir del embrión del ser inteligente hasta el ángel, existe una cadena ininterrumpida, en la que cada uno de los eslabones indica un grado de progreso.

De ahí resulta que existen Espíritus en todos los grados de adelanto moral e intelectual, de conformidad con la posición que ocupan en la escala del progreso. Por consiguiente, los hay en todos los grados de saber y de ignorancia, de bondad y de maldad. En las categorías inferiores se destacan los Espíritus que todavía son muy propensos al mal, y que se complacen en él. A estos se los puede denominar demonios, si así se quiere, pues son capaces de todas las maldades que se atribuyen a estos últimos. El espiritismo no les da ese nombre, porque el término demonio se asocia a la idea de un ser distinto de los del género humano, y cuya naturaleza es esencialmente perversa, consagrados eternamente al mal e incapaces de progresar hacia el bien.

Según la doctrina de la Iglesia, los demonios fueron creados buenos, y se convirtieron en malvados por su desobediencia: son ángeles caídos, que al principio habían sido colocados por Dios al tope de la escala, de donde descendieron. Según el espiritismo, se trata de Espíritus imperfectos, pero que mejorarán. Aún se encuentran en la base de la escala, pero un día ascenderán.

Los Espíritus que por su desidia, negligencia, obstinación y mala voluntad permanecen más tiempo en las categorías inferiores, sufren las consecuencias de esa actitud, y el hábito del mal les hace más difícil salir de ahí. No obstante, tarde o temprano llega el día en que se cansan de esa existencia penosa y de los padecimientos que son su consecuencia. Comparan su situación con la de los Espíritus buenos y comprenden que su provecho reside en el bien. Entonces, procuran mejorar por un acto de espontánea voluntad, sin que se los obligue. Aunque se hallan sometidos a la ley general del progreso, en virtud de que son aptos para progresar, no lo hacen contra su voluntad. Dios les proporciona incesantemente los medios, pero ellos son libres para aceptarlos o rechazarlos. Si el progreso fuese obligatorio, no existiría mérito alguno, y Dios quiere que todos tengan el mérito de sus propias obras. Nadie es colocado en la primera categoría por privilegio, pero esa categoría es accesible a todos, y nadie la alcanza sin su propio esfuerzo. Los ángeles más elevados han conquistado su jerarquía pasando, como los demás, por el camino común.

Cuando han llegado a cierto grado de purificación, los Espíritus reciben misiones adecuadas a su progreso. Desempeñan de ese modo las funciones atribuidas a los ángeles de los diferentes órdenes. Por otra parte, puesto que Dios crea eternamente, se concluye que eternamente hubo seres suficientes para satisfacer todas las necesidades del gobierno del universo, desde que los primeros alcanzaron la perfección. Así pues, una sola especie de seres inteligentes, sometida a la ley del progreso, basta para todo. Esa unidad en la creación, sumada a la idea de un origen común, con el mismo punto de partida y el mismo camino a recorrer, en el que los seres se elevan por su propio mérito, responde mucho mejor a la justicia de Dios que la creación de especies diferentes, más o menos favorecidas con dones naturales, que constituirían otros tantos privilegios.

Puesto que la doctrina vulgar sobre la naturaleza de los ángeles, los demonios y las almas humanas no admite la ley del progreso, pero considera que existen seres de diversos grados, concluye que estos son el producto de otras tantas creaciones especiales. De ese modo, llega a hacer de Dios un padre parcial, que a algunos de sus hijos les concede todo, e impone a los otros el más arduo trabajo. No es para sorprenderse que durante mucho tiempo los hombres no hayan visto nada chocante en esas preferencias, ya que ellos procedían del mismo modo en relación con sus propios hijos, al establecer los derechos de primogenitura y otros privilegios de nacimiento. ¿Podían esos hombres suponer que se equivocaban más que Dios? Hoy, en cambio, se ha ampliado el círculo de las ideas. El hombre ve con más claridad y tiene nociones más precisas de la justicia. Como la desea para sí, y no siempre la encuentra en la Tierra, desea al menos hallarla más perfecta en el Cielo. Por ese motivo, su razón rechaza toda y cualquier doctrina en la que la justicia divina no se le presente en la plenitud de su pureza.


¿Cuál es el origen de la creencia en los ángeles?
El relato más antiguo que se tiene sobre los ángeles data del año 4000 a.C., en la ciudad de Ur, en el Oriente Medio. Tales narrativas siempre colocaron a los ángeles como criaturas extremadamente poderosas, que hacen milagros, asisten, generan reflejos positivos, protegen y son capaces de mejorar la vida y hacer que las personas se tornen benevolentes. Estas historias son encontradas en el Antiguo Testamento y fueron incorporadas al pensamiento contemporáneo, con relatos aún más vívidos en el Nuevo Testamento.


Los ángeles, según la Iglesia
De acuerdo con la Iglesia, Dios creó la misma cantidad de hombres y ángeles. Los ángeles serían criaturas espirituales responsables de llevar los mensajes de los hombres a Dios y de Dios a los hombres, como mensajeros. Además de eso, ellos son inmortales, no presentan la capacidad de reproducción, no pasan por el proceso de nacimiento, no tienen peso ni altura.


Los ángeles según el espiritismo
No se puede poner en duda la existencia de seres dotados de todas las cualidades atribuidas a los ángeles. En ese punto la revelación espírita confirma la creencia de todos los pueblos, pero también nos da a conocer el origen y la naturaleza de esos seres. Los Espíritus, también denominados almas, son creados simples e ignorantes, es decir, sin conocimientos ni conciencia del bien y del mal, pero aptos para conseguir lo que les falta. El trabajo es el medio para sus logros, y el objetivo, que es la perfección, es común a todos. Lo alcanzan con relativa rapidez en virtud de su libre albedrío y en razón directa de sus esfuerzos. Todos deben trasponer los mismos peldaños y completar el mismo trabajo. Dios no favorece más a unos que a otros, ya que todos son sus hijos y, puesto que es justo, no tiene preferencia por ninguno. Él les dice: “Esta es la ley que debe constituir vuestra regla de conducta; sólo ella os puede conducir a vuestra meta; todo lo que está conforme con ella, es el bien; todo lo que es contrario a ella, es el mal. Tenéis plena libertad para observar o infringir esta ley, y de esa manera seréis los artífices de vuestro propio destino”. Por consiguiente, Dios no creó el mal; todas sus leyes están orientadas hacia el bien; el hombre es quien creó el mal al transgredir las leyes divinas, pues si las observara escrupulosamente nunca se desviaría del camino del bien. 

Pero sucede que el alma, en las primeras fases de su existencia, es como un niño, es decir, carece de experiencia, y por lo tanto es falible. Dios no le da la experiencia, sino que le concede los medios para adquirirla. Cada paso en falso en el camino del mal constituye un atraso para el alma, que sufre las consecuencias y de ese modo aprende a costa de sí misma lo que debe evitar. Así, poco a poco, se desarrolla, se perfecciona y avanza en la jerarquía espiritual, hasta que llega al estado de Espíritu puro o ángel. Los ángeles son, pues, las almas de los hombres que alcanzaron el máximo grado de perfección que admite la criatura, y que en su plenitud gozan de la felicidad prometida. No obstante, antes de que alcancen el grado supremo, gozan de una dicha relativa a su adelanto, pero esa dicha no consiste en la ociosidad, sino en el desempeño de las funciones que Dios les  encomienda, y por cuyo cumplimiento se sienten dichosos, visto que esas ocupaciones representan para ellos un medio de progreso.

La humanidad no está circunscripta a la Tierra: habita en los innumerables mundos que giran en el espacio. Ya habitó en los mundos que desaparecieron, y habitará en los que habrán de formarse. Dios crea eternamente y nunca deja de crear. Mucho antes de que la Tierra existiese, y por más remota que imaginemos su creación, ya había otros mundos en los que los Espíritus encarnados recorrían las mismas etapas que nosotros –Espíritus de formación más reciente– recorremos ahora, y que alcanzaron la meta incluso antes de que nosotros saliéramos de las manos del Creador. Así pues, los ángeles o Espíritus puros existen desde toda la eternidad. Dado que su existencia humana se pierde en la infinitud del pasado, para nosotros es como si siempre hubiesen sido ángeles. 

Se realiza así la gran ley de unidad de la creación. Dios nunca estuvo inactivo: siempre contó con Espíritus puros, experimentados y esclarecidos, para que transmitan sus órdenes y dirijan todos los sectores del universo, desde el gobierno de los mundos hasta los más ínfimos detalles. No tuvo, pues, necesidad de crear seres privilegiados y exentos de obligaciones. Todos, antiguos y nuevos, han conquistado sus posiciones mediante la lucha y por su propio mérito. Todos, en fin, son hijos de sus obras. De ese modo también se cumple la soberana justicia de Dios.

Las comunicaciones de Dios con los ángeles, y las de estos entre sí, no se realizan, como en el caso de los hombres, mediante sonidos articulados y otras señales ostensibles. Las inteligencias puras no necesitan ojos para ver, ni oídos para oír; tampoco poseen el órgano de la voz para manifestar sus pensamientos. Ese intermediario habitual en nuestras conversaciones no les es necesario, pues comunican sus sentimientos de un modo peculiar, que es absolutamente espiritual. Les basta con desearlo para comprenderse.


Bibliografía:
El Cielo y el Infierno de Allan Kardec
https://conteudoespirita.com/es/angeles-y-demonios/


AMOR, CARIDAD y TABAJO







Penas eternas





 

PENAS ETERNAS







Origen de la doctrina de las penas eternas

La doctrina de las penas eternas, así como la del Infierno material, tuvo su razón de ser mientras el miedo sirvió de freno a los hombres poco adelantados tanto en lo intelectual como en lo moral. Como estaban imposibilitados de captar los matices a menudo delicados del bien y del mal, así como el valor relativo de las circunstancias atenuantes o agravantes, los hombres se impresionarían poco o nada con la idea de las penas morales; tampoco comprenderían la idea de una justicia basada en penas graduales y proporcionales.

Cuanto más próximos se encuentran del estado primitivo, más materialistas son los hombres. El sentido moral es el que se desarrolla más tardíamente en ellos, razón por la cual apenas pueden formarse de Dios y de sus atributos, así como de la vida futura, una idea muy vaga e imperfecta. 

Ese tipo de hombres necesitaba creencias religiosas compatibles con su naturaleza todavía grosera. Una religión exclusivamente espiritual, que fuera todo amor y caridad, no podía asociarse con la brutalidad de las costumbres y de las pasiones.

A medida que el Espíritu se desarrollaba, el velo material fue disipándose poco a poco, y los hombres resultaron más aptos para comprender las cuestiones espirituales. Pero eso ocurrió en forma lenta y gradual. En ocasión de su advenimiento, Jesús pudo proclamar un Dios clemente, así como referirse a su reino, que no es de este mundo, y decir a los hombres: “Amaos los unos a los otros y haced el bien a quienes os odian”, en tanto que los antiguos decían: “Ojo por ojo, diente por diente”.

Con todo, Cristo no pudo revelar a sus contemporáneos todos los misterios del porvenir. Él mismo lo dijo: “Todavía tengo muchas cosas para deciros, pero no las comprenderíais; por eso os hablo en parábolas”. En cambio, fue muy explícito en lo que respecta a la moral, es decir, a los deberes del hombre para con su prójimo, porque supo darse a entender haciendo vibrar la cuerda sensible de la vida material. En cuanto a las demás cuestiones, se limitó a sembrar bajo la forma alegórica los gérmenes que deberían desarrollarse más adelante.

La doctrina de las penas y las recompensas futuras pertenece a este último orden de ideas. Sobre todo, en relación con las penas, Cristo no podía provocar un quiebre brusco en relación con las ideas preconcebidas. Había venido para señalar a los hombres nuevos deberes. Ya era mucho que pudiera sustituir el odio y la venganza por la caridad y el amor al prójimo, el egoísmo por la abnegación. Además, racionalmente no podía debilitar el miedo al castigo que se reservaba a los prevaricadores, sin debilitar al mismo tiempo la noción del deber. 

Si bien Jesús amenazó a los culpables con el fuego eterno, también los amenazó con que serían arrojados a la Gehena. Pero ¿qué era la Gehena? Un lugar de los alrededores de Jerusalén, un basural en el que se arrojaban los desperdicios de la ciudad. ¿Se debería interpretar también eso al pie de la letra? Se trataba de una de esas imágenes enérgicas de las que Jesús se valía para impresionar a las masas. Lo mismo sucede con el fuego eterno. Si ese no hubiera sido su pensamiento, habría estado en contradicción consigo mismo al exaltar la clemencia y la misericordia de Dios, pues la clemencia y la inexorabilidad son opuestos que se anulan. Así pues, cometeríamos una extraña equivocación en lo relativo al sentido de las palabras de Jesús, si le atribuyéramos la sanción del dogma de las penas eternas, cuando toda su enseñanza proclama la mansedumbre del Creador.

Además, Él sabía que el tiempo y el progreso se encargarían de explicar su sentido alegórico, sobre todo porque, según su predicción, el Espíritu de Verdad acudiría para esclarecer a los hombres acerca de todas las cosas.


Imposibilidad material de las penas eternas

Según el dogma de las penas eternas, el destino del alma después de la muerte está fijado de forma irrevocable, de modo que el progreso le está vedado definitivamente. Ahora bien, ¿el alma progresa o no? Esa es la cuestión. Si progresa, la eternidad de las penas es imposible.

¿Se puede dudar de ese progreso, cuando se ve la enorme variedad de aptitudes morales e intelectuales que existe en la Tierra, desde el salvaje hasta el hombre civilizado, y cuando se ve la diferencia que presenta un mismo pueblo en el transcurso de un siglo a otro? Si admitiéramos que ya no son las mismas almas, habría entonces que admitir que Dios crea almas en todos los grados de adelanto, según las épocas y los lugares, y que favorece a unas, mientras que destina a otras a una inferioridad perpetua. Pero eso sería incompatible con la justicia, que debe ser pareja para todas las criaturas.

Es indudable que el alma atrasada moral e intelectualmente, como lo es la de los pueblos bárbaros, no puede disponer de los mismos elementos para ser feliz, de las mismas aptitudes para gozar del esplendor de lo infinito, que aquella otra alma cuyas facultades están ampliamente desarrolladas. Por lo tanto, si esas almas no progresan, en las condiciones más favorables sólo podrán gozar eternamente de una felicidad, por decirlo así, negativa. De modo que, para estar de acuerdo con la rigurosa justicia, llegamos forzosamente a la conclusión de que las almas más adelantadas son las mismas que estaban atrasadas, y que han progresado. En este punto nos enfrentamos con la importante cuestión de la pluralidad de las existencias: el único medio racional para resolver esta dificultad. Con todo, vamos a dejarla de lado, a fin de considerar el alma desde el punto de vista de una única existencia.

Imaginemos un joven de veinte años, como tantos que existen actualmente, ignorante, de instintos viciosos, que niega la existencia de su alma y la de Dios, entregado al descontrol y a cometer toda clase de perversidades. Posteriormente, en un medio favorable, ese joven trabaja, se instruye, se corrige gradualmente hasta convertirse en un creyente piadoso. ¿No es ese un ejemplo palpable del progreso del alma durante la vida, ejemplo que se reitera todos los días? Ese hombre muere a edad avanzada como un santo, y por cierto su salvación está asegurada. Con todo, ¿cuál habría sido su destino si un accidente lo hubiera llevado a la muerte cuarenta o cincuenta años antes? En esa época reunía todas las condiciones necesarias para que fuera condenado; de modo que, una vez condenado, toda forma de progreso le estaría vedada. Nos encontramos, pues, ante un hombre que sólo se salvó porque vivió más tiempo, y que, según la doctrina de las penas eternas, se habría perdido para siempre si hubiera vivido menos, tal vez como consecuencia de un accidente fortuito. Dado que su alma pudo progresar en un momento determinado, ¿por qué razón no habría podido progresar también después de la muerte, en caso de que una causa ajena a su voluntad le hubiera impedido hacerlo en vida? ¿Por qué Dios le habría negado los medios? El arrepentimiento, aunque tardío, no habría dejado de llegar. En cambio, si desde el instante mismo de su muerte se le hubiese impuesto una condena irremisible, su arrepentimiento habría sido infructuoso por toda la eternidad, y su aptitud para progresar habría quedado anulada para siempre.

El dogma de la eternidad absoluta de las penas es, por lo tanto, incompatible con el progreso de las almas, al cual opone una barrera infranqueable. Ambos principios se anulan recíprocamente, pues la existencia de uno implica forzosamente el aniquilamiento del otro. ¿Cuál de los dos es real? La ley del progreso existe realmente: no se trata de una teoría, sino de un hecho confirmado por la experiencia; es una ley de la naturaleza, ley divina, imprescriptible. Así pues, si esta existe y no puede conciliarse con la otra, entonces la otra no existe. Si el dogma de la eternidad de las penas fuese verdadero, san Agustín, san Pablo y tantos otros jamás habrían visto el Cielo en caso de que hubieran muerto antes de realizar el progreso que los condujo a la conversión.

A este último argumento responderán que la conversión de esos santos personajes no fue el resultado del progreso del alma, sino de la gracia que se les concedió y por la que fueron tocados.

Con todo, eso es un juego de palabras. Si esos santos practicaron el mal, y más tarde el bien, significa que mejoraron. Por consiguiente, progresaron. ¿Por qué Dios les habría concedido como favor especial la gracia de que se corrigieran? ¿Por qué a ellos sí y a otros no? Siempre se nos responde con la doctrina de los privilegios, incompatible con la justicia de Dios y con el amor que dispensa por igual a todas las criaturas.

Según la doctrina espírita, de acuerdo con las palabras mismas del Evangelio, con la lógica y con la justicia más rigurosa, el hombre es hijo de sus obras, tanto en esta vida como después de la muerte. No le debe nada a la gracia. Dios lo recompensa por los esfuerzos que realiza, y lo castiga por su negligencia durante todo el tiempo que se obstina en ella.


Las penas eternas a la luz de la Doctrina Espírita son una quimera que se desmiente con la lógica y el conocimiento práctico de las leyes espirituales que nos rigen. La obra de Dios es renovadora y progresiva, tendente a la perfección. La eternidad de las penas o de los castigos sería una especie de enfermedad incurable.

Los Espíritus superiores nos enseñan que sólo el bien es eterno, porque es la esencia de Dios, y que el mal tendrá un fin. En consecuencia de este principio combaten la doctrina de la eternidad de las penas como contraria a la idea que Dios nos da de su justicia y de su bondad. Pero la luz no se hace para los Espíritus sino debido a su elevación; en las clases inferiores sus ideas aún se encuentran oscurecidas por la materia; para ellos, el futuro está cubierto por un velo: no ven más que el presente. Están en la posición de un hombre que escala una montaña; en el fondo del valle, la niebla y las curvas del camino limitan su visión: le es preciso llegar a la cima para abarcar todo el horizonte, para evaluar su recorrido y lo que le queda por hacer. Al no percibir el término de sus sufrimientos, los Espíritus imperfectos creen que siempre han de sufrir, y este pensamiento es en sí mismo un castigo para ellos. Por lo tanto, si ciertos Espíritus nos hablan de penas eternas es porque creen en ellas, debido a su inferioridad.

Bibliografía:
El Cielo y el Infierno
amorpazycaridad.es
cursoespirita.com


AMOR, CARIDAD y TRABAJO