Resumen de la Doctrina Espírita o Espiritismo

 






RESUMEN de la 
DOCTRINA ESPÍRITA o ESPIRITISMO








La Doctrina Espírita o Espiritismo es el consolador prometido, enviado por Jesús, para que los hombres tengan conocimiento de las cosas, que comprendan de dónde vienen y hacía dónde van, y por qué están en la Tierra, obteniendo consuelo y esperanza, a través del conocimiento de los verdaderos principios de la Ley de Dios.

A continuación, se transcribe el resumen de la Doctrina Espírita, tal como el codificador Allan Kardec, la describió en El Libro de los Espíritus, Introducción, ítem VI.


Resumen de la Doctrina de los Espíritus:

Dios es eterno, inmutable, inmaterial, único, todopoderoso, soberanamente justo y bueno.

Él ha creado el universo, que comprende la totalidad de los seres animados e inanimados, materiales e inmateriales.

Los seres materiales constituyen el mundo visible o corporal, y los seres inmateriales el mundo invisible o espírita, es decir, de los Espíritus(1). 

(1) [Este pasaje, al igual que el título del Libro Segundo, deja en claro que Allan Kardec utiliza la locución mundo espirita (monde spirite) como sinónimo de mundo de los Espíritus. Salvo cuando es empleada para designar a quien profesa el espiritismo, la palabra espirita (spirite) significa de los Espíritus, es decir, perteneciente o relativo a los Espíritus. Reemplazarla por el vocablo espiritual (spirituel-spirituelle), implica alterar su sentido. En el principio mismo de: “El libro de los Espíritus”, Allan Kardec advierte que para referirse a cosas nuevas hacen falta palabras nuevas, e introduce la palabra espírita como uno de esos neologismos. Así, ese adjetivo se aplica a muchos vocablos: doctrina, teoría, ciencia, alma, vida, escala, turbación, naturaleza, infancia, jerarquía, etc. En plural, la encontramos junto a los términos visitas, fenómenos, comunicaciones, manifestaciones, ideas, creencias, libros, etc. Por su parte, la palabra espiritual es utilizada, salvo pocas excepciones, en su sentido tradicional.]


El mundo espírita es el mundo normal, primitivo, eterno, que preexiste y sobrevive a todo.

El mundo corporal es secundario; podría dejar de existir, o no haber existido jamás, sin alterar la esencia del mundo espírita.

Los Espíritus se revisten temporalmente con una envoltura material perecedera, cuya destrucción por la muerte los devuelve a la libertad.

Entre las diferentes especies de seres corporales, Dios ha escogido a la especie humana para la encarnación de los Espíritus que han alcanzado cierto grado de desarrollo, lo que le da superioridad moral e intelectual sobre las demás.

El alma es un Espíritu encarnado cuyo cuerpo es solamente la envoltura. 

En el hombre hay tres elementos: Primero, el cuerpo o ser material, análogo al de los animales y animado por el mismo principio vital. Segundo, el alma o ser inmaterial, Espíritu encarnado en el cuerpo. Tercero, el lazo que une el alma al cuerpo, principio intermediario entre la materia y el Espíritu.

Son dos, pues, las naturalezas del hombre: por su cuerpo participa de la naturaleza de los animales, cuyos instintos tiene; por su alma participa de la naturaleza de los Espíritus.

El lazo o periespíritu que une el Espíritu al cuerpo es una especie de envoltura semimaterial. La muerte es la destrucción de la envoltura más densa. El Espíritu conserva la segunda, que constituye para él un cuerpo etéreo, invisible para nosotros en su estado normal, aunque puede volverse accidentalmente visible, e incluso tangible, como sucede en el fenómeno de las apariciones.

El Espíritu no es, por lo tanto, un ser abstracto, indefinido, que únicamente se puede concebir con el pensamiento. Se trata de un ser real, circunscrito, que en ciertos casos es percibido por los sentidos de la vista, del oído y del tacto.

Los Espíritus pertenecen a diferentes clases: no son iguales en poder, como tampoco en inteligencia, saber o moralidad. Los del primer orden son los Espíritus superiores, que se distinguen de los demás por su perfección, sus conocimientos, su proximidad a Dios, la pureza de sus sentimientos y su amor al bien: son los ángeles o Espíritus puros. Las otras clases se alejan cada vez más de dicha perfección. Los Espíritus de las categorías inferiores son propensos a la mayoría de nuestras pasiones: el odio, la envidia, los celos, el orgullo, etc. Se complacen en el mal. Los hay ni demasiado buenos ni muy malos. Son más enredadores y molestos que malvados, y las travesuras e inconsecuencias parecen ser su patrimonio: son los duendes o Espíritus frívolos.

Los Espíritus no pertenecen perpetuamente al mismo orden. Todos mejoran al pasar por los diferentes grados de la jerarquía espírita. Ese mejoramiento tiene lugar por medio de la encarnación, impuesta a unos como expiación y a otros como misión. La vida material es una prueba que deben sufrir repetidas veces hasta que hayan alcanzado la perfección absoluta; es una especie de tamiz o depurador del que salen más o menos purificados.

Al abandonar el cuerpo, el alma regresa al mundo de los Espíritus del que había salido, y retoma una nueva existencia material después de un lapso relativamente prolongado, durante el cual permanece en estado de Espíritu errante.

Puesto que el Espíritu debe pasar por varias encarnaciones, resulta de ahí que todos hemos tenido muchas existencias, y que tendremos todavía otras, más o menos perfeccionadas, ya sea en la Tierra o en otros mundos.

La encarnación de los Espíritus siempre ocurre en la especie humana. Sería un error creer que el alma o Espíritu puede encarnar en el cuerpo de un animal.

Los espíritus renacen hombres o mujeres; porque carecen de sexo. Como deben progresar en todo, cada sexo, lo mismo que cada posición social, les ofrece pruebas y deberes especiales y ocasión de adquirir experiencia. El que fuese siempre hombre, no sabría más que lo que saben los hombres.

Las diferentes existencias corporales del Espíritu son siempre progresivas, jamás retrógradas. No obstante, la rapidez del progreso depende de los esfuerzos que hacemos para alcanzar la perfección.

Las cualidades del alma son las del Espíritu que está encarnado en nosotros; de modo que el hombre de bien es la encarnación de un Espíritu bueno, mientras que el hombre perverso es la de un Espíritu impuro.

El alma tenía su individualidad antes de encarnar, y la conserva después de separarse del cuerpo.

A su regreso al mundo de los Espíritus, el alma encuentra allí a los que conoció en la Tierra, y las existencias anteriores vuelven a su memoria con el recuerdo del bien y del mal que ha hecho.

El Espíritu encarnado se halla sometido a la influencia de la materia. El hombre que supera esa influencia mediante la elevación y la purificación de su alma se acerca a los Espíritus buenos, con los cuales habrá de reunirse un día. El que se deja dominar por las malas pasiones y cifra todas sus alegrías en la satisfacción de los apetitos groseros se acerca a los Espíritus impuros, porque da preponderancia a la naturaleza animal.

Los Espíritus encarnados habitan en los diferentes mundos del universo.

Los espíritus no encarnados, o errantes, no ocupan una región determinada y circunscrita. Están por todas partes: en el espacio y a nuestro lado. Nos ven y se relacionan con nosotros sin cesar. Conforman una población invisible que se agita alrededor nuestro.

Los Espíritus ejercen sobre el mundo moral, e incluso sobre el mundo físico, una acción incesante; actúan sobre la materia y el pensamiento; constituyen uno de los poderes de la naturaleza y la causa eficiente de una multitud de fenómenos hasta ahora inexplicados o mal explicados, que sólo encuentran una solución racional en el espiritismo.

Las relaciones de los Espíritus con los hombres son constantes. Los Espíritus buenos nos incitan al bien, nos sostienen en las pruebas de la vida y nos ayudan a soportarlas con valor y resignación. Los malos nos incitan al mal; se complacen en ver que sucumbimos y que nos asemejamos a ellos.

Las comunicaciones de los Espíritus con los hombres son ocultas u ostensibles. Las comunicaciones ocultas tienen lugar mediante la influencia buena o mala que ejercen sobre nosotros sin que lo sepamos. Compete a nuestro juicio discernir entre las inspiraciones buenas y las malas. Las comunicaciones ostensibles tienen lugar por medio de la escritura, la palabra u otras manifestaciones materiales, la mayoría de las veces a través de los médiums que les sirven de instrumento.

Los Espíritus se manifiestan espontáneamente o por evocación. Podemos evocar a todos los Espíritus: tanto a los que animaron a hombres oscuros, como a los de los personajes más ilustres -sea cual fuere la época en que hayan vivido-, a los de nuestros parientes, nuestros amigos o enemigos, y obtener de ellos, a través de comunicaciones escritas o verbales, consejos, informaciones sobre su situación de ultratumba, sobre sus pensamientos respecto de nosotros, así como las revelaciones que se les permite hacernos.

Los Espíritus son atraídos en virtud de su simpatía por la naturaleza moral del medio(2) que los evoca. Los Espíritus superiores se complacen en las reuniones serias donde predominan el amor al bien y el deseo sincero de instruirse y mejorar. Su presencia aleja de allí a los Espíritus inferiores. En caso contrario, estos encuentran libre acceso y pueden actuar con absoluta libertad entre las personas frívolas o guiadas exclusivamente por la curiosidad, así como en todas partes donde encuentren malos instintos. Lejos de obtener buenos consejos e informaciones útiles, no debemos esperar de ellos más que futilidades, mentiras, bromas de mal gusto o mistificaciones, pues suelen adoptar nombres venerables para inducirnos a error con mayor facilidad.

(2) [En el original: milieu. Si bien Kardec utiliza este vocablo como sinónimo de médium, la frase que sigue nos permite suponer que se alude aquí al círculo o ambiente, especialmente moral, integrado tanto por el médium como por las personas que lo acompañan en el ejercicio de su facultad.]


Distinguir entre los Espíritus buenos y los malos es en extremo fácil. El lenguaje de los Espíritus superiores es invariablemente digno, noble; se halla impregnado de la más elevada moralidad, libre de pasiones inferiores. Sus consejos reflejan la sabiduría más pura, y tienen siempre por objeto nuestro mejoramiento y el bien de la humanidad. El lenguaje de los Espíritus inferiores, por el contrario, es inconsecuente; suele ser trivial e incluso grosero. Si de vez en cuando expresan cosas buenas y verdaderas, la mayoría de las veces las dicen falsas y absurdas, por malicia o por ignorancia. Juegan con la credulidad y se divierten a costa de quienes los interrogan; halagan su vanidad y alimentan sus deseos con falsas esperanzas. En resumen, las comunicaciones serias, en la más amplia acepción de la palabra, sólo tienen lugar en los centros serios, cuyos miembros se hallan unidos por una comunión íntima de pensamientos con miras al bien.

La moral de los Espíritus superiores se resume, como la de Cristo, en la máxima evangélica que recomienda actuar para con los otros como quisiéramos que los otros actuasen para con nosotros mismos; es decir, hacer el bien y no el mal. El hombre encuentra en este principio la regla universal de conducta, incluso para sus más insignificantes acciones.

Nos enseñan que el egoísmo, el orgullo y la sensualidad son pasiones que nos acercan a la naturaleza animal y nos sujetan a la materia; que el hombre que, desde este mundo, se desapega de la materia mediante el desprecio a las futilidades mundanas y la práctica del amor al prójimo, se acerca a la naturaleza espiritual; que cada uno de nosotros debe hacerse útil según las facultades y los recursos que Dios ha puesto en nuestras manos para probarnos; que el fuerte y el poderoso deben apoyo y protección al débil, pues quien abusa de su fuerza y de su poder para oprimir al semejante transgrede la ley de Dios. Enseñan, por último, que, en el mundo de los Espíritus, donde nada se puede ocultar, el hipócrita será desenmascarado y sus torpezas habrán de ser descubiertas; que la presencia inevitable y constante de aquellos para con los cuales hemos actuado mal, es uno de los castigos que se nos reservan; que al estado de inferioridad y superioridad de los Espíritus le corresponden penas y goces que desconocemos en la Tierra.

Con todo, también nos enseñan que no hay faltas irremisibles que no puedan ser borradas mediante la expiación. El hombre encuentra el medio de lograrlo en las diferentes existencias, que le permiten avanzar conforme a su deseo y sus esfuerzos por la vía del progreso, hacia la perfección que es su objetivo final.

Este es el resumen de la Doctrina Espírita, según resulta de la enseñanza dada por los Espíritus superiores. 


AMOR, CARIDAD y TRABAJO







Conclusiones Espiritismo

 





CONCLUSIONES
Espiritismo






I

Quien no conozca, en materia de magnetismo terrestre, más que el juego de los patitos imantados que se maniobran en el agua de una cubeta, difícilmente podrá comprender que ese juguete encierra el secreto del mecanismo del universo y del movimiento de los mundos. Lo mismo ocurre con aquel que sólo conoce del espiritismo el movimiento de las mesas: apenas ve en él un entretenimiento, un pasatiempo de sociedad, y no comprende que un fenómeno tan sencillo y vulgar, conocido desde la antigüedad e incluso por los pueblos semisalvajes, pueda relacionarse con las cuestiones más serias del orden social. En efecto, para el observador superficial, ¿qué relación podría tener con la moral y el porvenir de la humanidad una mesa que gira? Sin embargo, cualquiera que reflexione recordará que de la simple marmita cuya tapa es levantada por el líquido en ebullición –fenómeno que también se produce desde la más remota antigüedad– ha salido el poderoso motor con el cual el hombre atraviesa el espacio y suprime las distancias. Pues bien, vosotros, que no creéis en nada que esté más allá del mundo material, sabed que de esa mesa que al girar provoca vuestras sonrisas desdeñosas, ha salido toda una ciencia, así como la solución de los problemas que ninguna filosofía había podido resolver hasta el momento. Apelo a los adversarios de buena fe y les ruego que digan si se han tomado el trabajo de estudiar lo que critican, porque en buena lógica la crítica sólo tiene valor cuando el que la formula sabe de qué habla. Burlarse de una cosa que no se conoce, que no ha sido sondeada con el escalpelo del observador concienzudo, no es criticar, sino dar muestras de frivolidad y una pobre idea acerca del propio juicio. De seguro, si hubiésemos presentado esta filosofía como obra de un cerebro humano, habría encontrado menos desdén y recibido los honores de ser examinada por los que pretenden dirigir la opinión. Pero procede de los Espíritus, ¡qué absurdo! Apenas merece una mirada. La juzgan por el título, como el mono de la fábula juzgaba a la nuez por la cáscara. Si así lo queréis, dejad a un lado su origen. Suponed que este libro es obra de un hombre, y decíos en vuestra alma y conciencia si, después de haberlo leído seriamente, encontráis en él algún motivo de burla.


II

El espiritismo es el opositor más temible del materialismo. No debe causar asombro, pues, que los materialistas sean sus adversarios. Pero como el materialismo es una doctrina que apenas se atreven a confesar quienes la profesan –prueba de que no se consideran suficientemente fuertes y de que se hallan dominados por su conciencia–, estos se cubren con el manto de la razón y de la ciencia. Y cosa extraña, los más escépticos hablan incluso en nombre de la religión, a la que no conocen ni comprenden mejor que al espiritismo. Su punto de vista es sobre todo el de lo maravilloso y lo sobrenatural, lo que ellos no admiten. Ahora bien, dado que según estos el espiritismo se funda en lo maravilloso, no puede ser más que una suposición ridícula. No reflexionan acerca de que, al condenar sin restricciones lo maravilloso y lo sobrenatural, hacen lo mismo con la religión. En efecto, la religión se funda en la revelación y en los milagros. Ahora bien, ¿qué es la revelación, sino un conjunto de comunicaciones extrahumanas? Todos los autores sagrados, desde Moisés, han hablado de esa clase de comunicaciones. ¿Qué son los milagros, sino hechos maravillosos y sobrenaturales por excelencia, puesto que en el sentido litúrgico constituyen derogaciones de las leyes de la naturaleza? Así pues, al rechazar lo maravilloso y lo sobrenatural, rechazan las bases mismas de la religión. Pero no es este el punto de vista desde el cual debemos enfocar el asunto. El espiritismo no tiene que examinar si existen o no los milagros, es decir, si Dios ha podido en ciertos casos derogar las leyes eternas que rigen el universo. Deja al respecto la plena libertad de creencia. Afirma, y prueba, que los fenómenos en los cuales se apoya no tienen de sobrenatural más que la apariencia. Parecen sobrenaturales a la vista de algunas personas sólo porque son insólitos y ajenos a los hechos conocidos. Sin embargo, no son más sobrenaturales que los fenómenos cuya solución nos da hoy la ciencia, que parecían maravillosos en otra época. Todos los fenómenos espíritas, sin excepción, son la consecuencia de leyes generales. Nos revelan uno de los poderes de la naturaleza, poder desconocido o, mejor dicho, incomprendido hasta ahora, si bien la observación demuestra que está dentro del orden de las cosas. El espiritismo, por consiguiente, se basa en lo maravilloso y lo sobrenatural menos que la propia religión. Los que lo atacan en ese aspecto lo hacen, pues, porque no lo conocen, y aunque sean los hombres más sabios, les diremos: si vuestra ciencia, que os ha enseñado tantas cosas, no os enseñó que el dominio de la naturaleza es infinito, sólo sois sabios a medias.


III

Decís que queréis curar a vuestro siglo de una manía que amenaza con invadir el mundo. ¿Os agradaría más que el mundo fuese invadido por la incredulidad que buscáis propagar? ¿Acaso no hay que atribuir a la falta de creencia el relajamiento de los lazos de familia y la mayor parte de los desórdenes que destruyen a la sociedad? Al demostrar la existencia y la inmortalidad del alma, el espiritismo reanima la fe en el porvenir, levanta los ánimos abatidos y hace soportar con resignación las vicisitudes de la vida. ¿Osaríais llamar a eso un mal? Dos doctrinas se enfrentan: una que niega el porvenir y otra que lo proclama y lo prueba. Una que no explica nada y otra que lo explica todo y por eso mismo se dirige a la razón. Una que es la sanción del egoísmo; otra que ofrece una base a la justicia, la caridad y el amor al prójimo. La primera sólo muestra el presente y aniquila toda esperanza; la segunda consuela y muestra los vastos campos del porvenir. ¿Cuál es la más perniciosa?

Algunas personas, incluso entre las más escépticas, se convierten en apóstoles de la fraternidad y del progreso. No obstante, la fraternidad supone el desinterés, la abnegación de la personalidad. Con la verdadera fraternidad, el orgullo es una anomalía. ¿Con qué derecho imponéis un sacrificio a aquel a quien decís que cuando haya muerto todo habrá terminado para él; que tal vez mañana mismo no sea más que una vieja máquina destartalada y a la que por eso se desecha? ¿Por qué razón habría de imponerse alguna privación? ¿No es más natural que durante los breves instantes que le concedéis procure vivir lo mejor posible? De ahí su deseo de poseer mucho para disfrutar más. De ese deseo nace la envidia hacia los que poseen más que él. Y de esa envidia a las ganas de apoderarse de lo que ellos tienen, no hay más que un paso. ¿Qué lo detiene? ¿La ley? Pero la ley no contempla todos los casos. ¿Diréis que es la conciencia, el sentimiento del deber? Pero ¿en qué basáis ese sentimiento? ¿Cuenta con alguna razón de ser además de la creencia de que todo acaba con la vida? Con esa creencia sólo una máxima es racional: Cada uno para sí. Las ideas de fraternidad, conciencia, deber, humanidad, incluso de progreso, no son más que palabras vanas. ¡Oh, vosotros, que proclamáis semejantes doctrinas, no sabéis cuánto mal hacéis a la sociedad, ni de cuántos crímenes asumís la responsabilidad! Con todo, ¿de qué responsabilidad hablo? Para el escéptico no la hay en absoluto: él sólo rinde homenaje a la materia.


IV

El progreso de la humanidad tiene como principio la aplicación de la ley de justicia, amor y caridad. Esa ley se basa en la certeza del porvenir. Quitadle esa certeza y le quitaréis su piedra fundamental. De esa ley derivan las demás, porque contiene todas las condiciones para la felicidad. Es la única que puede curar las heridas de la sociedad. El hombre puede juzgar, si compara épocas y pueblos, cuánto mejora su condición a medida que esa ley es mejor comprendida y practicada. Si su aplicación parcial e incompleta produce un bien real, ¡cómo será cuando el ser humano la haya convertido en la base de todas sus instituciones sociales! ¿Llegará esto a ser posible? Sí, pues si ya ha dado diez pasos, puede dar veinte y así sin interrupción. De tal modo, podemos juzgar el porvenir por el pasado. Vemos desde ahora cómo se extinguen poco a poco las antipatías entre los pueblos: las barreras que los separaban desaparecen ante la civilización, y ellos se dan la mano de un extremo a otro del mundo. Una mayor justicia preside las leyes internacionales. Las guerras son cada vez más raras, y no excluyen los sentimientos humanitarios. La igualdad se establece en las relaciones. Desaparecen las distinciones de razas y de castas, y los hombres de creencias diferentes acallan los prejuicios sectarios para confundirse en la adoración de un Dios único. Nos referimos a los pueblos que marchan al frente de la civilización. En todos esos aspectos aún nos encontramos lejos de la perfección; todavía quedan muchas viejas ruinas que derribar hasta que hayan desaparecido los últimos vestigios de la barbarie. Pero ¿podrán esas ruinas soportar la fuerza irresistible del progreso, esa fuerza viva que es en sí misma una ley de la naturaleza? Si la generación actual está más adelantada que la anterior, ¿por qué la que habrá de sucedernos no lo estará más que la nuestra? Lo estará por la fuerza de las circunstancias. Ante todo, porque con el paso de las generaciones se extinguen a diario algunos campeones de los viejos abusos, de modo que la sociedad adquiere poco a poco elementos nuevos despojados de antiguos prejuicios. En segundo lugar, porque el hombre, como quiere el progreso, estudia los obstáculos y se dedica a superarlos. Puesto que el movimiento progresivo es incontestable, no se puede dudar del progreso venidero. El hombre desea ser feliz, es natural que así sea, y busca el progreso para aumentar la suma de su felicidad, sin lo cual ese progreso no tendría objeto. ¿Dónde estaría el progreso para él si no mejorara su situación? Sin embargo, cuando haya obtenido todos los placeres que puede darle el progreso intelectual, descubrirá que su felicidad no es completa. Habrá de reconocer que esa dicha es imposible sin la seguridad en las relaciones sociales; seguridad que sólo encontrará en el progreso moral. Así pues, por la fuerza de las circunstancias, él mismo impulsará el progreso en esa dirección, y el espiritismo le ofrecerá la más poderosa palanca para alcanzar ese objetivo.


V

Los que dicen que las creencias espíritas amenazan con invadir el mundo, proclaman de ese modo el poder de estas, porque una idea sin fundamento, desprovista de lógica, no podría llegar a ser universal. Si el espiritismo, pues, se implanta en todas partes, si se lo encuentra principalmente entre las clases ilustradas, tal como todos lo reconocen, es porque tiene un fondo de verdad. Contra esa tendencia serán vanos los esfuerzos de sus detractores, y prueba de ello es que ese mismo ridículo con que han pretendido cubrirlo, lejos de detener su vuelo parece haberle dado nueva vida. Este resultado justifica plenamente lo que tantas veces nos han dicho los Espíritus: “No os inquietéis por la oposición. Todo lo que se haga en contra resultará a favor, y vuestros mayores adversarios servirán a vuestra causa sin quererlo. Contra la voluntad de Dios, la mala voluntad de los hombres no podrá prevalecer”.

Por medio del espiritismo la humanidad habrá de entrar en una nueva fase: la del progreso moral, que es su consecuencia inevitable. Cesad, pues, de asombraros ante la rapidez con que se propagan las ideas espíritas. La causa de ello reside en la satisfacción que proporcionan a quienes las profundizan y ven en ellas algo más que un pasatiempo fútil. Ahora bien, como deseamos la felicidad, ante todo, no es asombroso que nos adhiramos a una idea que nos hace felices.

El desarrollo de las ideas espíritas presenta tres períodos distintos: el primero es el de la curiosidad, provocada por lo extraño de los fenómenos que se han producido. El segundo es el del razonamiento y la filosofía. Y el tercero, el de la aplicación y las consecuencias. El período de la curiosidad ha pasado. La curiosidad dura poco: una vez satisfecha, abandonamos el objeto que la provocaba para pasar a otro. No sucede lo mismo con lo que se dirige al pensamiento serio y al juicio. El segundo período ha comenzado, y el tercero habrá de seguirlo inevitablemente. El espiritismo ha progresado sobre todo desde que se comprende mejor su esencia íntima y se percibe su alcance, porque pulsa la cuerda más sensible del hombre: la de su felicidad, incluso en este mundo. Esa es la causa de su propagación, el secreto de la fuerza que lo hará triunfar. Hace felices a los que lo comprenden, a la espera de que su influencia se extienda sobre las masas. Incluso aquel que no ha sido testigo de ninguno de los fenómenos materiales que se obtienen en las manifestaciones, se dice: “Fuera de esos fenómenos existe la filosofía, que me explica lo que ninguna otra filosofía me había explicado. En ella encuentro, únicamente por medio del razonamiento, una demostración racional de los asuntos que interesan en grado sumo a mi porvenir. Me proporciona calma, seguridad y confianza. Me libera del tormento de la incertidumbre. Al lado de esto, la cuestión de los hechos materiales resulta secundaria”. Vosotros, que atacáis al espiritismo, ¿queréis un medio de combatirlo con éxito? Aquí lo tenéis: reemplazadlo por algo mejor. Encontrad una solución más filosófica a los problemas que él resuelve. Dad al hombre otra certeza que lo haga más feliz, y comprended bien el alcance de la palabra certeza, porque el hombre sólo acepta como cierto lo que le parece lógico. No os contentéis con decir “esto no es así”, lo cual resulta demasiado fácil. Probad, no mediante una negación, sino con hechos, que no es, que jamás fue ni puede ser. Si no es, decid ante todo qué habría en su lugar. Probad, por último, que las consecuencias del espiritismo no consisten en hacer a los hombres mejores y, por lo tanto, más felices mediante la práctica de la más pura moral evangélica, moral a la que se alaba mucho pero que tan poco se practica. Cuando hayáis hecho eso, tendréis el derecho de atacarlo. El espiritismo es fuerte porque se apoya en las bases mismas de la religión: Dios, el alma, las penas y recompensas futuras; porque muestra, sobre todo, esas penas y recompensas como consecuencia natural de la vida terrenal y porque nada, en el cuadro que ofrece del porvenir, puede ser rechazado por la razón más exigente. Vosotros, cuya doctrina consiste únicamente en la negación del porvenir, ¿qué compensación ofrecéis por los padecimientos de este mundo? Os apoyáis en la incredulidad; el espiritismo se apoya en la confianza en Dios. Mientras que él invita a los hombres a la felicidad, a la esperanza, a la verdadera fraternidad, vosotros les ofrecéis la nada como perspectiva y el egoísmo como consuelo. Él lo explica todo, vosotros no explicáis nada. Él prueba mediante hechos, vosotros no probáis nada. ¿Cómo pretendéis que se vacile entre ambas doctrinas?


VI

Nos formaríamos una muy falsa idea acerca del espiritismo si creyéramos que extrae su fuerza de la práctica de las manifestaciones materiales, de modo que al poner trabas a dichas manifestaciones se lo podría minar en su base. La fuerza del espiritismo reside en su filosofía, en el llamamiento que hace a la razón, al buen sentido. En la antigüedad era objeto de estudios misteriosos, cuidadosamente ocultados al vulgo. Hoy no tiene secretos para nadie: habla un lenguaje claro, sin ambigüedades. En él no hay nada de místico, ni alegorías susceptibles de falsas interpretaciones. Quiere ser comprendido por todos, porque han llegado los tiempos de hacer que los hombres conozcan la verdad. Lejos de impedir la difusión de la luz, la desea para todos. No reclama una creencia ciega; por el contrario, quiere que el hombre sepa por qué cree. Al apoyarse en la razón, será siempre más fuerte que los que se apoyan en la nada. Los obstáculos que intenten oponer a la libertad de las manifestaciones, ¿podrían suprimirlas? No, porque producirían el efecto de todas las persecuciones: excitar la curiosidad y el deseo de conocer lo que se ha prohibido. Por otra parte, si las manifestaciones espíritas fuesen privilegio de un solo hombre, no cabe duda de que al aislar a ese hombre se pondría fin a dichas manifestaciones. Desgraciadamente para los adversarios, se encuentran a disposición de todo el mundo, y a ellas recurren desde el más pobre hasta el más poderoso, ya sea en el palacio o en el humilde desván. Podrán prohibir su ejercicio público, pero sabemos que no es precisamente en público como se producen mejor, sino en privado. Ahora bien, como todos podemos ser médiums, ¿quién habrá de impedir a una familia en su hogar, a un individuo en el silencio de su gabinete, al prisionero en su celda, que mantenga comunicaciones con los Espíritus a espaldas de sus esbirros o incluso ante sus propios ojos? Si las prohíben en un país, ¿podrán impedirlas en los países vecinos, en el mundo entero, cuando en ambos hemisferios no hay una sola región donde no haya médiums? Para aislar a todos los médiums habría que poner en la cárcel a la mitad del género humano. Incluso si se lograse quemar todos los libros espíritas –lo que no sería mucho más fácil–, al día siguiente serían redactados de nuevo, porque su fuente es inatacable y es imposible encarcelar o quemar a los Espíritus, que son sus verdaderos autores.

El espiritismo no es obra de un hombre. Nadie puede considerarse su creador, porque es tan antiguo como la creación. Lo encontramos en todas partes, en todas las religiones y más aún en la religión católica, e incluso con mayor autoridad que en las demás, porque en ella se encuentra el principio de todo: los Espíritus de diversos grados, sus relaciones ocultas y patentes con los hombres, los ángeles de la guarda, la reencarnación, la emancipación del alma durante la vida, la doble vista, las visiones, las manifestaciones de todo tipo, las apariciones, incluso las apariciones tangibles. En cuanto a los demonios, no son más que los Espíritus malos. Salvo la creencia de que aquellos están condenados perpetuamente al mal, mientras que la senda del progreso no está prohibida para estos, sólo existe entre ellos una diferencia de nombre.

¿Qué hace la ciencia espírita moderna? Reúne en un conjunto ordenado lo que estaba disperso. Explica con términos apropiados lo que sólo se había dicho en un lenguaje alegórico. Suprime lo que la superstición y la ignorancia engendraron, para dejar únicamente la realidad y lo positivo. Ese es su cometido. Con todo, el título de fundadora no le pertenece. Muestra lo que es, coordina, pero no crea nada, porque sus bases han existido en todo tiempo y lugar. ¿Quién, pues, osaría considerarse suficientemente fuerte para sofocarla con sarcasmos e incluso con persecuciones? Si la proscriben en un lugar, renacerá en otros, en el propio terreno donde la hayan exiliado, porque está en la naturaleza, y no es dado al hombre aniquilar un poder de la naturaleza ni dictar su veto a los decretos de Dios.

Por lo demás, ¿qué interés habría en obstaculizar la propagación de las ideas espíritas? Esas ideas, es verdad, se erigen contra los abusos que nacen del orgullo y del egoísmo. Pero esos abusos, de los que algunos sacan provecho, perjudican a las masas. Por consiguiente, el espiritismo tendrá de su lado a las masas, y por adversarios serios a los interesados en mantener esos abusos. En contraposición a estos, las ideas espíritas, mediante su influencia, son una garantía del orden y la tranquilidad, pues contribuyen a que los hombres sean mejores los unos para con los otros, menos ávidos de los intereses materiales y más resignados a los decretos de la Providencia.


VII

El espiritismo se presenta con tres aspectos diferentes: el hecho de las manifestaciones, los principios filosóficos y morales que de ellas emanan, y la aplicación de esos principios. De ahí resultan tres clases o, más bien, tres grados de adeptos: Primero, el de los que creen en las manifestaciones y se limitan a comprobarlas; para ellos el espiritismo es una ciencia experimental. Segundo, el de los que comprenden sus consecuencias morales. Tercero, el de los que practican o se esfuerzan por practicar esa moral. Sea cual fuere el punto de vista, científico o moral, desde el que se consideren esos fenómenos extraños, todos comprenden que se trata de un nuevo orden de ideas que surge, cuyas consecuencias no pueden ser otras que una profunda modificación en el estado de la humanidad, y comprenden también que dicha modificación sólo habrá de tener lugar en el sentido del bien.

En cuanto a los adversarios, podemos también clasificarlos en tres categorías: La primera es la de quienes niegan sistemáticamente todo lo nuevo o lo que no procede de ellos, y por eso hablan del espiritismo sin conocimiento de causa. A esta clase pertenecen los que no admiten nada fuera del testimonio de los sentidos: no vieron nada, no quieren ver nada y menos aún profundizar. Incluso se sentirían molestos si vieran con demasiada claridad, por miedo a ser forzados a reconocer que no tienen razón. Para ellos el espiritismo es una quimera, una locura, una utopía, o, mejor dicho: no existe. Son los incrédulos por prejuicio. Junto a ellos incluiremos a los que se han dignado darle una mirada para descargo de su conciencia, a fin de poder decir: “He querido ver y no vi nada”. No comprenden que se requiere más de media hora para entender una ciencia. La segunda categoría corresponde a los que pese a saber muy bien a qué atenerse en cuanto a la realidad de los hechos, los combaten por motivos de interés personal. Para ellos el espiritismo existe, pero temen sus consecuencias. Por eso lo atacan como a un enemigo. La tercera es la de los que encuentran en la moral espírita una censura excesivamente severa de sus actos o sus tendencias. Tomado en serio, el espiritismo los molestaría. No lo rechazan ni lo aprueban: prefieren cerrar los ojos. Los primeros son incitados por el orgullo y la presunción; los segundos, por la ambición; los terceros, por el egoísmo. Es probable que estas causas de oposición, puesto que no tienen consistencia, desaparezcan con el tiempo, porque en vano buscaríamos una cuarta clase de opositores que se apoyara en pruebas contrarias y al mismo tiempo patentes, expuestas mediante un estudio concienzudo y laborioso de la cuestión. Todos oponen solamente la negación; ninguno aporta una demostración seria e irrefutable.

Tendríamos un concepto demasiado elevado de la naturaleza humana si creyéramos que esta tiene condiciones para transformarse súbitamente por medio de las ideas espíritas. La acción que dichas ideas ejercen, de seguro no es la misma ni de igual grado en quienes las profesan. Pero más allá del resultado, por escaso que este sea, constituye en todos los casos un mejoramiento, aunque sólo consista en aportar la prueba de la existencia de un mundo extracorporal, lo que implica la negación de las doctrinas materialistas. Tal es la consecuencia de la observación de los hechos. No obstante, para los que comprenden el espiritismo filosófico y ven en él algo más que fenómenos relativamente curiosos, otros son los efectos. El primero y más general consiste en desarrollar el sentimiento religioso, incluso en aquel que sin ser materialista es indiferente a las cosas espirituales. De ese sentimiento resulta su desprecio por la muerte. No decimos su deseo de morirse, de ningún modo –pues el espírita defenderá su vida como cualquier otro–, sino que nos referimos a una indiferencia que le hace aceptar sin queja ni pesar una muerte que es inevitable, como algo más bien dichoso que temible, porque tiene la certeza del estado que la sucederá. El segundo efecto, casi tan general como el primero, es la resignación ante las vicisitudes de la vida. El espiritismo hace ver las cosas desde tan alto que, al perder la vida terrenal las tres cuartas partes de su importancia, al hombre no lo afectan tanto las tribulaciones que la acompañan. De ahí que tenga más entereza ante las aflicciones y sea más moderado en sus deseos. De ahí también que se aleje de la idea de abreviar sus días, porque la ciencia espírita le enseña que con el suicidio irremediablemente pierde lo que pretendía ganar. La certeza de un porvenir venturoso que depende de nosotros, la posibilidad de establecer relaciones con los seres que nos son queridos ofrece al espírita una suprema consolación. Su horizonte se amplía hasta lo infinito ante el espectáculo incesante de la vida de ultratumba, cuyas misteriosas profundidades puede sondear. El tercer efecto consiste en inspirar la indulgencia para con los defectos ajenos. De todos modos, es necesario poner de manifiesto que el principio egoísta y cuanto de él resulta, ha echado profundas raíces en el hombre y, por consiguiente, es lo más difícil de desarraigar. De buena gana se realizan sacrificios, con tal que no cuesten nada y, sobre todo, no priven de nada. El dinero aún tiene para la mayoría un irresistible atractivo, y pocos son los que comprenden el sentido de la palabra superfluo cuando se trata de sí mismos. Por eso, la abnegación de la personalidad es el signo más eminente de progreso.


VIII

Los Espíritus –preguntan algunas personas–, ¿enseñan una moral nueva, superior en algo a lo que dijo Cristo? Si esa moral no es otra que la del Evangelio, ¿para qué sirve el espiritismo? Este razonamiento se parece singularmente al del califa Omar, cuando se refería a la Biblioteca de Alejandría: “Si sólo contiene lo que hay en el Corán –decía– es inútil y, por lo tanto, debe ser quemada. Si contiene otras cosas, es mala; por lo tanto, también hay que quemarla”. No, el espiritismo no contiene una moral diferente de la de Jesús. Pero a nuestra vez preguntamos: antes de Cristo, ¿no tenían los hombres la ley que Dios entregó a Moisés? ¿No se encuentra su doctrina en el Decálogo? ¿Se dirá por eso que la moral de Jesús es inútil? Preguntamos también a los que niegan la utilidad de la moral espírita: ¿por qué la de Cristo es tan poco practicada? ¿Por qué esos mismos que proclaman con justa razón su sublimidad son los primeros en violar la más importante de sus leyes: la caridad universal? Los Espíritus vienen no sólo a confirmarla, sino también a mostrarnos su utilidad práctica. Tornan inteligibles y patentes las verdades que sólo habían sido enseñadas en forma alegórica. Además, junto con la moral, definen los problemas más abstractos de la psicología.

Jesús vino a mostrar a los hombres el camino del verdadero bien. ¿Por qué razón Dios, que lo envió para recordarles su ley despreciada, no enviaría hoy a los Espíritus para hacer que la recuerden, y con mayor precisión, cuando los hombres la olvidan para sacrificarlo todo en pro del orgullo y la codicia? ¿Quién se atrevería a poner límites al poder de Dios y a trazarle sus vías? ¿Quién podría negar que –como lo afirman los Espíritus– los tiempos predichos ya han llegado, y que presenciamos aquellos otros en que verdades mal comprendidas o falsamente interpretadas deben ser reveladas de un modo ostensible para el género humano, a fin de apresurar su adelanto? ¿No hay algo providencial en esas manifestaciones que se producen simultáneamente en todos los puntos del globo? No es un solo hombre, un profeta que viene a advertirnos, sino que en todas partes surge la luz. Se trata de un mundo nuevo que se despliega ante nuestros ojos. Así como la invención del microscopio nos mostró el mundo de lo infinitamente pequeño, mundo que ni imaginábamos; así como el telescopio nos mostró los millares de mundos, que tampoco imaginábamos, las comunicaciones espíritas nos revelan el mundo invisible que nos rodea, que se relaciona con nosotros sin cesar y sin que lo sepamos toma parte en todo lo que hacemos. En poco tiempo más, la existencia de ese mundo que nos espera será tan incontestable como la del mundo microscópico y la de los mundos perdidos en el espacio. En ese caso, ¿no sirve de nada que se nos haya hecho conocer todo un mundo, que se nos haya iniciado en los misterios de la vida de ultratumba? Es verdad que esos descubrimientos, si así se los puede llamar, contrarían en parte algunas de las ideas aceptadas. Pero ¿acaso los grandes descubrimientos científicos no han modificado también, trastocado incluso, las ideas más arraigadas? ¿No ha sido preciso que nuestro amor propio se doblegara ante la evidencia? Lo mismo sucederá con respecto al espiritismo: dentro de poco obtendrá derecho de ciudadanía entre los conocimientos humanos.

Las comunicaciones con los seres de ultratumba han dado por resultado hacernos comprender la vida futura, hacérnosla ver, iniciarnos en el conocimiento de las penas y de los goces que nos aguardan según nuestros méritos y, por lo mismo, hacer que regresen al espiritualismo los que no veían en el hombre otra cosa que materia, nada más que una máquina organizada. Por eso tenemos razón al decir que el espiritismo eliminó al materialismo con los hechos. Si tan sólo hubiese producido ese resultado, el orden social debería agradecérselo. Pero hace más aún: muestra los inevitables efectos del mal y, por consiguiente, la necesidad del bien. La cantidad de personas cuyos sentimientos ha mejorado, cuyas malas tendencias neutralizó al apartarlos del mal, es mayor de lo que se cree y aumenta a diario, pues para ellas el porvenir ya no es algo impreciso, una simple esperanza, sino una verdad que se comprende y se explica cuando vemos y escuchamos a quienes nos han dejado, lamentarse o regocijarse de lo que hicieron en la Tierra. Quien es testigo de tales hechos, comienza a reflexionar y siente la necesidad de conocerse, juzgarse y enmendarse.


IX

Los adversarios del espiritismo no han dejado de armarse contra él a raíz de algunas divergencias de opinión sobre determinados puntos de la doctrina. No es de extrañar que cuando una ciencia está en sus comienzos, mientras las observaciones se hallan aún incompletas y cada uno la enfoca desde su punto de vista, puedan aparecer sistemas contradictorios. Sin embargo, a día de hoy, las tres cuartas partes de esos sistemas quedaron descartados debido a la profundización del estudio; y en primer término se encuentra el sistema que atribuía la totalidad de las comunicaciones al espíritu del mal, como si para Dios fuese imposible enviar a los hombres Espíritus buenos. Doctrina absurda, porque los hechos la desmienten; impía, porque es la negación del poder y la bondad del Creador. Los Espíritus siempre nos han dicho que no nos inquietemos por esas divergencias, que la unidad habrá de lograrse. Ahora bien, la unidad ya se logró en la mayoría de los puntos y las divergencias tienden a desaparecer día a día. Planteada esta pregunta: “¿En qué puede basarse para emitir un juicio el hombre imparcial y desinteresado, mientras esa unidad se concreta?” Esta es la respuesta de los Espíritus: “No hay nube que pueda opacar la luz más pura. El diamante sin tacha es el que más vale. Así pues, juzgad a los Espíritus por la pureza de sus enseñanzas. No olvidéis que entre ellos hay quienes aún no se han despojado de las ideas de la vida terrenal. Aprended a distinguirlos por su lenguaje. Juzgadlos por el conjunto de lo que os dicen. Ved si hay un encadenamiento lógico de las ideas; si algo en ellas revela ignorancia, orgullo o malevolencia. En una palabra, si sus dichos tienen siempre el sello de la sabiduría que revela la auténtica superioridad. Si vuestro mundo fuese inaccesible al error, sería perfecto, pero está lejos de serlo. Tenéis todavía que aprender a distinguir el error de la verdad. Necesitáis las lecciones de la experiencia para ejercitar vuestro juicio y avanzar. La unidad habrá de lograrse allí donde el bien nunca se haya mezclado con el mal. En ese punto los hombres se pondrán de acuerdo por la fuerza de los hechos, porque reconocerán que en esos hechos reside la verdad.

¡Qué importan, por otra parte, ciertas disidencias más de forma que de fondo! Notad que los principios fundamentales son los mismos en todas partes y deben uniros en un pensamiento común: el amor a Dios y la práctica del bien. Sea cual fuere, pues, el modo de progresar que supongamos, o las condiciones normales de la existencia futura, el objetivo final es el mismo: hacer el bien. Y no existen dos maneras de hacerlo.

Si bien entre los adeptos del espiritismo existen opiniones diferentes acerca de determinados puntos de la teoría, todos están de acuerdo en los puntos fundamentales. Hay unidad, pues, excepto por unos pocos que, en muy escaso número, no admiten aún la intervención de los Espíritus en las manifestaciones, sino que las atribuyen a causas puramente físicas –lo cual es contrario al axioma según el cual todo efecto inteligente debe tener una causa inteligente– o al reflejo de nuestro propio pensamiento –cosa que los hechos desmienten. Los otros puntos son secundarios y no afectan de ningún modo a las bases fundamentales. Por consiguiente, puede haber escuelas que procuren instruirse acerca de las partes aún controvertidas de la ciencia espírita, pero de ninguna manera pueden existir sectas que rivalicen unas con otras. Sólo podría existir antagonismo entre los que quieren el bien y los que hacen o quieren el mal. Ahora bien, no hay un espírita sincero y compenetrado de las sublimes máximas morales enseñadas por los Espíritus que pueda querer el mal, ni desear el mal a su prójimo sin distinción de opiniones. Si alguna de esas escuelas está en el error, la luz se hará para ella, tarde o temprano, si la busca de buena fe y sin prevenciones. Mientras tanto, todas tienen un vínculo común que habrá de unirlas en un mismo pensamiento. Todas tienen el mismo objetivo. Poco importa, pues, el camino, con tal que conduzca a ese fin. Ninguna debe imponerse mediante la coacción material o moral. Estaría en el error la que anatematizara a las otras, porque obraría evidentemente bajo la influencia de Espíritus malos. El supremo argumento debe ser la razón; y la moderación garantizará el triunfo de la verdad mejor que las invectivas envenenadas por la envidia y los celos. Los Espíritus buenos sólo predican la unión y el amor al prójimo. Nunca un pensamiento malévolo o contrario a la caridad ha surgido de una fuente pura. Escuchemos al respecto y como conclusión los consejos del Espíritu de san Agustín:

“Durante mucho tiempo los hombres se han destrozado e impuesto mutuamente el anatema en nombre de un Dios de paz y de misericordia, pero Dios ha sido ofendido con semejante sacrilegio. El espiritismo es el lazo que los unirá un día, porque les mostrará dónde está la verdad y dónde el error. No obstante, por mucho tiempo aún habrá escribas y fariseos que lo negarán, del mismo modo que negaron a Cristo. ¿Queréis saber, pues, bajo la influencia de qué Espíritus se hallan las diversas sectas que se reparten el mundo? Juzgadlas por sus obras y sus principios. Jamás los Espíritus buenos han sido instigadores del mal; jamás han aconsejado ni legitimado el crimen o la violencia; jamás han incitado los odios de partidos ni la sed de riquezas y honores, como tampoco la avidez de los bienes de la Tierra. Sólo los hombres buenos, humanitarios y benévolos para con todos son sus preferidos, y también son los preferidos de Jesús, pues siguen el camino que les indicó para llegar hasta él.”
SAN AGUSTÍN


AMOR, CARIDAD y TRABAJO







Penas y goces futuros (Segunda parte)

 





PENAS Y GOCES FUTUROS
(Segunda parte)






Duración de las penas futuras

1003. La duración de los padecimientos del culpable en la vida futura, ¿es arbitraria o está subordinada a alguna ley?
“Dios nunca obra por capricho. En el universo todo está regido por leyes que revelan su sabiduría y su bondad.”


1004. ¿En qué se basa la duración de los padecimientos del culpable?
“En el tiempo que necesita para su mejoramiento. Dado que tanto el estado de sufrimiento como el de dicha son proporcionales al grado de purificación del Espíritu, la duración y la naturaleza de sus padecimientos dependen del tiempo que emplee en mejorar. A medida que el Espíritu progresa y sus sentimientos se purifican, sus padecimientos disminuyen y cambian de naturaleza.”
SAN LUIS


1005. El tiempo, para el Espíritu que sufre, ¿tiene una extensión mayor o menor que la que tenía cuando estaba vivo?
“Le parece más extenso. El dormir no existe para él. Sólo en el caso de los Espíritus que llegaron a cierto grado de purificación el tiempo se borra, por decirlo así, ante lo infinito.”


1006. La duración de los padecimientos del Espíritu, ¿puede ser eterna?
“Si el Espíritu fuese eternamente malo, es decir, si nunca se arrepintiera ni mejorara, sin duda sufriría eternamente. Con todo, Dios no ha creado seres para que se consagren al mal de manera perpetua. Sólo los ha creado simples e ignorantes, y todos deben progresar en un tiempo cuya extensión será mayor o menor, conforme a la voluntad de cada uno. Dicha voluntad puede ser más o menos tardía, así como hay niños más o menos precoces, pero tarde o temprano se despierta por la necesidad irresistible que experimenta el Espíritu de salir de su inferioridad y ser feliz. La ley que rige la duración de las penas es, pues, eminentemente sabia y benévola, puesto que subordina esa duración a los esfuerzos que hace el Espíritu. Nunca le quita su libre albedrío: si lo usa mal, sufre las consecuencias.”
SAN LUIS


1007. ¿Hay Espíritus que nunca se arrepienten?
“Los hay cuyo arrepentimiento es muy tardío. No obstante, pretender que nunca mejoren sería negar la ley del progreso y decir que el niño no puede llegar a ser adulto.”
SAN LUIS


1008. La duración de las penas, ¿depende siempre de la voluntad del Espíritu? ¿No hay penas que le son impuestas por un tiempo determinado?
“Así es, algunas penas pueden serle impuestas por un tiempo, pero Dios, que sólo quiere el bien de sus criaturas, siempre acepta el arrepentimiento. Además, el deseo de mejorar nunca es estéril.”
SAN LUIS


1009. Según esto, las penas impuestas, ¿nunca serían eternas? 
“Interrogad a vuestro buen sentido, a vuestra razón, y preguntaos si una condena perpetua, por algunos momentos de error, no sería la negación de la bondad de Dios. En efecto, ¿qué es la duración de la vida, aunque fuese de cien años, comparada con la eternidad? ¡Eternidad! ¿Comprendéis bien esa palabra? ¡Padecimientos, tormentos sin fin, sin esperanza, tan sólo por algunas faltas! ¿Acaso vuestro juicio no rechaza semejante idea? Se entiende que los antiguos hayan visto en el Señor del universo a un Dios terrible, celoso y vengativo, pues, en su ignorancia, atribuyeron a la Divinidad las pasiones de los hombres. Pero ese no es el Dios de los cristianos, que coloca el amor, la caridad, la misericordia y el olvido de las ofensas en la categoría de las virtudes primordiales. ¿Acaso podrían faltarle las cualidades que Él mismo convirtió en un deber? ¿No es contradictorio atribuirle la bondad infinita y al mismo tiempo la infinita venganza? Decís que ante todo Dios es justo y que el hombre no comprende su justicia. Sin embargo, la justicia no excluye a la bondad, y Él no sería bueno si condenase a penas horribles y perpetuas a la mayor parte de sus criaturas. ¿Habría podido imponer a sus hijos la obligación de ser justos, si no les hubiera dado los medios de comprender la justicia? Por otra parte, hacer que la duración de las penas dependa de los esfuerzos del culpable para mejorar, ¿no constituye lo sublime de la justicia aliada a la bondad? En eso radica la verdad de esta máxima: A cada uno según sus obras.”
SAN AGUSTÍN

“Dedicaos por todos los medios que estén a vuestro alcance a combatir y aniquilar la idea de la eternidad de las penas. Es un pensamiento blasfemo que atenta contra la justicia y la bondad de Dios, así como la más fecunda fuente de incredulidad, de materialismo y de indiferencia que ha invadido a las masas desde que su inteligencia comenzó a desarrollarse. El Espíritu que se encuentra próximo a esclarecerse, aunque esté apenas educado, pronto capta esa monstruosa injusticia. Su razón la rechaza y, en ese caso, rara vez confunde en una misma condena a la pena que lo rebela con el Dios al que se la atribuye. De ahí proceden los innumerables males que se han abatido sobre vosotros y para los cuales os hemos traído el remedio. La tarea que os asignamos os resultará fácil, dado que las autoridades en que se apoyan los defensores de esa creencia han evitado pronunciarse formalmente al respecto. Ni los concilios ni los Padres de la Iglesia resolvieron ese grave problema. Si bien, conforme a los propios Evangelistas y tomando al pie de la letra las palabras simbólicas de Cristo, este amenazó a los culpables con un fuego que no se extingue, con un fuego eterno, en sus dichos no hay nada en absoluto que pruebe que los haya condenado eternamente(1)
Pobres ovejas descarriadas, comprended que se os acerca el Buen Pastor y que, lejos de pretender apartaros para siempre de su presencia, él mismo acude a vuestro encuentro para haceros volver al redil. Hijos pródigos, dejad vuestro exilio voluntario; encaminad vuestros pasos hacia la morada paterna. El Padre os tiende los brazos y está siempre dispuesto a celebrar vuestro regreso a la familia.
LAMENNAIS
(1) “… Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”, se lee en el Evangelio según San Mateo, Cap. 25:41. Como se ve, Jesús habla de un fuego que es eterno, pero no dice que el diablo y sus ángeles deberán permanecer eternamente en ese fuego. [N. del T. al cast.] 

“¡Guerras de palabras! ¡Guerras de palabras! ¿No habéis hecho verter ya suficiente sangre? ¿Será preciso volver a encender las hogueras? Se discute sobre las palabras eternidad de las penas, eternidad de los castigos. ¿Acaso no sabéis que lo que actualmente entendéis por eternidad no es lo mismo que entendían los antiguos? Si el teólogo consulta las fuentes descubrirá, como vosotros, que el texto hebreo no daba el mismo significado a las palabras que los griegos, los latinos y los modernos tradujeron por penas sin fin, irremisibles(2). La eternidad de los castigos corresponde a la eternidad del mal. Sí, mientras el mal exista entre los hombres, los castigos subsistirán. Es importante interpretar los textos sagrados en su sentido relativo. Por consiguiente, la eternidad de las penas sólo es relativa y no absoluta. Se acerca el día en que todos los hombres se cubrirán, arrepentidos, con la túnica de la inocencia. Ese día ya no habrá más llanto ni crujir de dientes. Vuestra razón humana es limitada, es cierto. No obstante, tal como es, constituye un presente de Dios. Con la ayuda de la razón no habrá un solo hombre de buena fe que comprenda de otro modo la eternidad de los castigos. ¡Eternidad de los castigos! ¡Cómo! ¡Habría que admitir, pues, que el mal es eterno! Sólo Dios es eterno, y no es posible que haya creado el mal eterno. De haberlo hecho, habría que despojarlo del más precioso de sus atributos: el poder soberano. Porque nadie que sea soberanamente poderoso podría crear un elemento destructor de sus obras. ¡Humanidad! ¡Humanidad! No sumerjas más tu mirada melancólica en las profundidades de la Tierra para buscar allí los castigos. Llora, espera, expía y refúgiate en la idea de un Dios intrínsecamente bueno, absolutamente poderoso y esencialmente justo.”
PLATÓN
(2) Teólogos católicos y protestantes confirman en la actualidad esta previsión. Léanse, de GIOVANNI PAPINI, El Diablo o de HARALDUR NIELSSON, Mis experiencias personales sobre espiritualismo experimental. [N. de J. H. Pires. 1981]

“Tender hacia la unidad divina, tal es el objetivo de la humanidad. Para alcanzarlo, tres cosas son necesarias: la justicia, el amor y la ciencia. Tres cosas se oponen y son contrarias a él: la ignorancia, el odio y la injusticia(3). En efecto, en verdad os digo que faltáis a esos principios fundamentales al comprometer la idea de Dios mediante la exageración de su severidad. La comprometéis doblemente al dejar que penetre en el Espíritu de la criatura la suposición de que en ella hay más clemencia, mansedumbre, amor y auténtica justicia que las que atribuís al Ser infinito. También destruís la idea del Infierno al tornarlo ridículo e inadmisible para vuestras creencias, del mismo modo que lo es para vuestros corazones el horrible espectáculo de los verdugos, de las hogueras y las torturas de la Edad Media. ¡Cómo, pues! Cuando la era de las represalias ciegas ha sido desterrada definitivamente de las legislaciones humanas, ¿vosotros pretendéis mantenerla como un ideal? ¡Oh! Creedme, creedme, hermanos en Dios y en Jesucristo, creedme: resignaos a dejar que perezcan en vuestras manos todos vuestros dogmas, antes que permitir que se modifiquen, o bien dadles nueva vida y hacedlos accesibles a los benéficos efluvios que los Buenos derraman sobre ellos en este momento. La idea del Infierno, con sus hogueras ardientes y sus calderas en ebullición, puede ser tolerada, es decir, perdonable, en un siglo de hierro; pero en el siglo diecinueve no es más que un vano fantasma, adecuado, a lo sumo, para asustar a los niños, aunque ya no crean en él cuando llegan a adultos. Al persistir en esta mitología horrorosa engendráis la incredulidad, madre de la desorganización social. Tiemblo al ver un orden social quebrantado, que se desploma sobre sus bases por carecer de una sanción penal. Así pues, hombres de fe ardiente y viva, vanguardia del día de la luz: ¡manos a la obra! No para mantener fábulas anticuadas, y de ahora en adelante desacreditadas, sino para revivificar, para reavivar la verdadera sanción penal, bajo formas que tengan relación con vuestras costumbres y con vuestros sentimientos, así como también con las luces de vuestra época. 
¿Quién es, en efecto, el culpable? El que, por una desviación, por un falso movimiento del alma, se aleja del objetivo de la creación, que consiste en el culto armonioso de lo bello y del bien, idealizados por el modelo humano, por Jesucristo.
¿Qué es el castigo? La consecuencia natural derivada de ese falso movimiento; una suma de dolores necesarios para que el culpable se disuada de su deformidad, mediante la experimentación del sufrimiento. El castigo es el aguijón que excita al alma, a través de la amargura, para que se repliegue en sí misma y vuelva al puerto de salvación. El único objetivo del castigo es la rehabilitación, la liberación. Pretender que el castigo sea eterno, por una falta que no ha sido eterna, equivale a negarle toda su razón de ser.
¡Oh! En verdad os digo, cesad, cesad de establecer un paralelo, en cuanto a su eternidad, entre el Bien, esencia del Creador, y el Mal, esencia de la criatura. Hacerlo significaría crear una penalidad injustificable. Afianzad, por el contrario, la disminución gradual de los castigos y de las penas mediante las transmigraciones, y consagraréis, mediante la razón aliada al sentimiento, la unidad divina.”
PABLO, APÓSTOL
(3) Este fragmento de la comunicación de Pablo recuerda las tríadas druídicas sobre las cuales hay un interesante estudio de Kardec en la Revista Espírita, publicado en separata en el folleto Espiritismo: antigüedad, evolución y propagación, por el Club de Periodistas Espíritas, de Sao Paulo. Véase, además, el libro de LEÓN DENIS El Genio Céltico y el Mundo Invisible, editado por Jean Meyer en París, 1927. [N. de J. H. Pires. 1981

Se pretende incitar al hombre al bien y desviarlo del mal con el estímulo de las recompensas y con el temor de los castigos. No obstante, si esos castigos son presentados de modo que la razón se rehúse a creer en ellos, no ejercerán sobre él ninguna influencia. Lejos de alcanzar ese objetivo, sólo se logrará que el hombre lo rechace todo: tanto la forma como el fondo. Por el contrario, si se le presenta el porvenir de una manera lógica, lo aceptará. El espiritismo le ofrece esa explicación. 

La doctrina de la eternidad de las penas, en su sentido absoluto, hace del Ser Supremo un Dios implacable. ¿Sería lógico decir que un soberano es muy bueno, muy benévolo e indulgente, y que sólo quiere la felicidad de quienes lo rodean, pero que al mismo tiempo es celoso, vengativo, inflexible en su rigor, y que castiga con el suplicio extremo a las tres cuartas partes de sus súbditos por una ofensa o una infracción a sus leyes, incluso a los que las han transgredido porque no las conocían? ¿No sería eso una contradicción? Ahora bien, ¿puede Dios ser menos bueno que un hombre?

Aquí se presenta otra contradicción: dado que Dios todo lo sabe, sabía que al crear un alma esta transgrediría su ley. Por consiguiente, esa alma ha estado, desde su formación, destinada a la desdicha eterna. ¿Es eso posible? ¿Es racional? En cambio, con la doctrina de las penas en su sentido relativo, todo se justifica. Así, Dios sabía sin duda que esa alma transgrediría su ley, pero le dio los medios de esclarecerse a través de su propia experiencia, de sus propias faltas. Es necesario que el alma expíe sus errores para estar mejor afirmada en el bien. Con todo, la puerta de la esperanza no se le cierra jamás, y Dios hace que el momento de su liberación dependa de los esfuerzos que ella haga para alcanzarla. Esto es lo que todos están en condiciones de comprender, lo que la lógica más rigurosa puede admitir. Si las penas futuras hubiesen sido presentadas desde ese punto de vista, habría muchos menos escépticos.

En el lenguaje vulgar, la palabra eterno suele ser empleada, en sentido figurado, para designar algo que se prolonga mucho y cuyo término no es previsible, aunque se sepa muy bien que dicho término existe. Decimos, por ejemplo, los hielos eternos de las altas cumbres, o de los polos, aunque sepamos, por un lado, que el mundo físico tendrá fin y, por otro, que el estado de esas regiones puede cambiar debido al movimiento normal del eje de la Tierra, o a causa de un cataclismo. La palabra eterno, en ese caso, no significa, pues, perpetuo hasta lo infinito. Así, cuando sufrimos una enfermedad prolongada decimos que nuestro mal es eterno. Por consiguiente, ¿qué tiene de extraño el hecho de que algunos Espíritus, que sufren durante muchos años, siglos y hasta milenios, digan lo mismo? No olvidemos, sobre todo, que, dado que su inferioridad no les permite ver el final del camino, creen que sufrirán para siempre y que eso es un castigo para ellos.

Por lo demás, la doctrina del fuego material, de las hogueras y los tormentos que fueron extraídos del tártaro del paganismo, en la actualidad ha sido completamente abandonada por la alta teología, y sólo en las escuelas esos horrorosos cuadros alegóricos son enseñados como verdades positivas, por algunos hombres más celosos que instruidos. Además, lo hacen sin ningún éxito, porque esas jóvenes imaginaciones, cuando se hayan recuperado del terror que les impusieron, habrán de aumentar el número de incrédulos. La teología reconoce hoy en día que la palabra fuego es empleada en sentido figurado y que debe entenderse como un fuego moral. Aquellos que, como nosotros, han seguido a través de las comunicaciones espíritas las peripecias de la vida y los padecimientos de ultratumba, han podido convencerse de que, aunque esos padecimientos no tienen nada de material, no por eso son menos desgarradores. Incluso con respecto a su duración, algunos teólogos comenzaron a admitir la doctrina de las penas en el sentido restrictivo indicado más arriba, y piensan que, en efecto, la palabra eternas se refiere a las penas en sí, como consecuencia de una ley inmutable, y no a la aplicación de esas penas en cada individuo. El día en que la religión admita esta interpretación, tanto como algunas otras que, del mismo modo, son la consecuencia del progreso de las luces, recuperará muchas de las ovejas descarriadas.



Resurrección de la carne

1010. El dogma de la resurrección de la carne, ¿es la consagración del dogma de la reencarnación que enseñan los Espíritus?
“¿Cómo pretendéis que sea de otro modo? Sucede con esas palabras lo mismo que con tantas otras: sólo parecen irracionales para algunas personas, porque se las toma al pie de la letra. Por esa razón conducen a la incredulidad. No obstante, dadles una interpretación lógica y aquellos a quienes llamáis librepensadores las admitirán sin dificultad, precisamente porque reflexionan. No os engañéis al respecto: esos librepensadores no aspiran a otra cosa más que creer. Como los demás, o tal vez más aún, ellos tienen sed del porvenir, pero no pueden admitir lo que la ciencia refuta. La doctrina de la pluralidad de las existencias es conforme a la justicia de Dios. Sólo esa doctrina puede explicar lo que, sin ella, es inexplicable. ¿Cómo pretenderíais que ese principio no formase parte de la religión misma?”


[1010a] En ese caso, la Iglesia, mediante el dogma de la resurrección de la carne, ¿enseña también la doctrina de la reencarnación? (4)
“Es evidente. Esa doctrina es, por otra parte, la consecuencia de muchas cosas que han pasado inadvertidas y que no tardarán en ser comprendidas en ese sentido. En poco tiempo más habrá de reconocerse que el espiritismo resalta a cada paso del texto mismo de las Sagradas Escrituras. Los Espíritus no vienen, pues, a destruir la religión, como algunos pretenden. Vienen, por el contrario, a confirmarla, a sancionarla mediante pruebas irrefutables. No obstante, como han llegado los tiempos en que ya no se hace uso del lenguaje figurado, los Espíritus se expresan sin alegorías y atribuyen a las cosas un sentido claro y preciso, que no puede estar sujeto a ninguna falsa interpretación. Por esa razón, en poco tiempo, habrá más personas sinceramente religiosas y creyentes que las que hay en la actualidad.(5)
SAN LUIS
(4) [Advertimos al lector que en la edición original se omitió el nº 1011. Sin embargo, algunos editores corrigieron esta situación alterando la numeración a partir de aquí, con lo cual han hecho desaparecer el nº 1019, que señala la última pregunta de este libro. Con todo, dado que ninguna de las reimpresiones que vieron la luz en vida de Allan Kardec fueron modificadas, optamos por mantener esta particularidad.]

(5) Estas respuestas de San Luis confirman la naturaleza religiosa del Espiritismo, que hace resaltar Kardec en el parágrafo VIII de la “Conclusión”, donde la Doctrina es presentada como un desarrollo histórico del cristianismo. Algunos se extrañan de que el Espíritu emplee el título de “santo”, pero es palmario que lo utiliza como un medio de identificación. Por otra parte, y conforme enseña Kardec, los títulos terrenales no representan nada para los Espíritus superiores, quienes pueden hacer uso de ellos cuando se torne necesario, como en este caso. [N. de J. H. Pires. 1981]


La ciencia, en efecto, demuestra que la resurrección, conforme a la idea vulgar que se tiene de ella, es imposible. Se entiende que, si los despojos del cuerpo humano se mantuvieran homogéneos, aunque se encontraran dispersos y reducidos a polvo, aún podrían volver a unirse en un momento dado; pero las cosas no suceden de ese modo. El cuerpo está formado por elementos diversos: oxígeno, hidrógeno, nitrógeno, carbono, etc. Por medio de la descomposición, dichos elementos se dispersan, pero con el fin de servir a la formación de nuevos cuerpos. Por consiguiente, una misma molécula –de carbono, por ejemplo– habrá formado parte de la composición de muchos miles de cuerpos diferentes (sólo nos referimos a los cuerpos humanos, sin tener en cuenta los de los animales); un mismo individuo tal vez tenga en su cuerpo moléculas que han pertenecido a hombres de las primeras edades de la humanidad; esas mismas moléculas orgánicas que absorbéis con vuestros alimentos, tal vez provengan del cuerpo de otro individuo que habéis conocido, y así sucesivamente. Dado que la materia existe en cantidades limitadas, y que sus transformaciones se operan en cantidades ilimitadas, ¿de qué modo cada uno de esos cuerpos podría reconstituirse con los mismos elementos? En eso hay una imposibilidad material. Así pues, racionalmente, sólo es admisible la resurrección de la carne como una imagen que simboliza el fenómeno de la reencarnación. En tal caso, no habrá nada que afecte a la razón o que se encuentre en contradicción con los datos de la ciencia.

Es cierto que, según el dogma, esa resurrección sólo tendrá lugar en el final de los tiempos; mientras que, conforme a la doctrina espírita, ocurre a diario. Sin embargo, ¿no hay también en ese cuadro del juicio final, una grandiosa y bella imagen que oculta, bajo el velo de la alegoría, una de esas verdades inmutables que ya no encontrará más escépticos cuando sea restablecida en su verdadero sentido? Meditemos sobre la teoría espírita acerca del porvenir de las almas y de su suerte como consecuencia de las diferentes pruebas que deben sufrir, y veremos que, con excepción de la simultaneidad, el juicio que las condena o las absuelve no es una ficción, tal como piensan los incrédulos. Observemos, también, que esa teoría es la consecuencia natural de la pluralidad de los mundos, hoy absolutamente admitida, mientras que, según la doctrina del juicio final, la Tierra es considerada como el único mundo que está habitado.(6)

(6) La pluralidad de los mundos habitados se aceptaba como posible en tiempos de Kardec, del mismo modo que lo es hoy, aunque la ciencia no la acepte como una verdad comprobada. CAMILLE FLAMMARION publicó una gran obra sobre el tema, titulada La pluralidad de los mundos habitados, y en el prefacio de Lo desconocido y los problemas psíquicos declara, con su autoridad de astrónomo: “La inmortalidad a través de las esferas siderales me parece el complemento lógico de la astronomía”. – Los astrónomos actuales buscan obtener pruebas al respecto. [N. de J. H. Pires. 1981]

En la hora presente, la antigua creencia de que la Tierra sea, en el incalculable Universo, el único planeta donde haya surgido vida inteligente es de todo punto obsoleta y está definitivamente obsoleta. Gran parte de la opinión científica moderna se inclina, hoy más que nunca, a admitir como sobremanera posible la pluralidad de mundos habitados, aun cuando –como bien lo manifiesta J. H. PIRES en la nota que se acaba de leer- no se hayan obtenido todavía pruebas concluyentes e irrecusables de que en la vastedad del Cosmos florezcan otras comunidades inteligentes además de la nuestra. Pero, conforme a los cálculos realizados por el profesor soviético AGREST, podría haber diez millones de sistemas planetarios en nuestra galaxia, lo que autoriza a suponer, con razonable fundamento, que existan en ella otros planetas habitados. Además, al examinarse con el microscopio las condritas carbonosas que caen del cielo como meteoritos, se han hallado microfósiles diferentes de todos los conocidos en la Tierra. [N. del T. al cast.]




Paraíso, Infierno y Purgatorio. Paraíso perdido. Pecado original

1012. ¿Existe en el universo un lugar circunscripto destinado a las penas y los goces de los Espíritus, según sus méritos?
“Ya hemos respondido a esa pregunta. Las penas y los goces son inherentes al grado de perfección de los Espíritus. Cada uno de ellos encuentra en sí mismo el principio de su felicidad o de su desdicha. Además, como están en todas partes, no hay ningún lugar circunscripto ni cerrado destinado a uno más que a otro. En cuanto a los Espíritus encarnados, son más o menos felices o desdichados conforme al grado de adelanto del mundo en el que habitan.”


[1012a] – Según eso, el Infierno y el Paraíso, ¿no existen tal como el hombre se los representa?
“No son más que símbolos. En todas partes hay Espíritus felices y Espíritus desdichados. No obstante, como también hemos dicho, los Espíritus de un mismo orden se reúnen por simpatía, aunque cuando son perfectos pueden reunirse donde prefieran.”

La localización absoluta de lugares destinados a las penas y las recompensas sólo existe en la imaginación del hombre. Proviene de la tendencia de este a materializar y a circunscribir las cosas cuya esencia infinita no puede comprender.


1013. ¿Qué se debe entender por Purgatorio?
“Dolores físicos y morales: el tiempo de la expiación. Casi siempre sufrís vuestro purgatorio en la Tierra, donde Dios os hace expiar vuestras faltas.”

Lo que el hombre denomina Purgatorio también es un símbolo, por el que debe entenderse no un lugar determinado, sino el estado de los Espíritus imperfectos que se hallan en expiación hasta que alcancen la purificación completa, que habrá de elevarlos a la categoría de Espíritus bienaventurados. Dado que esa purificación se opera en las diversas encarnaciones, el purgatorio consiste en las pruebas de la vida corporal.


1014. ¿Cómo se explica que Espíritus que revelan su superioridad a través del lenguaje hayan respondido a personas muy serias, acerca del Infierno y el Purgatorio, conforme a la idea que vulgarmente se tiene de ellos?
“Hablan un lenguaje que sea comprensible para las personas que los interrogan. Cuando esas personas están demasiado imbuidas de ciertas ideas, los Espíritus no quieren contrariarlas de un modo demasiado brusco, a fin de no herir sus convicciones. Si un Espíritu le dijera a un musulmán, sin tomar ninguna precaución oratoria, que Mahoma no es un profeta, sería muy mal recibido.(7) 

(7) El hecho de ser mencionado Mahoma es aleatorio, ya que es para remarcar lo dicho sobre las creencias establecidas, que los Espíritus no violentan, importándoles más la constatación de la Ley universal de Amor, que en su esencia todas las religiones pregonan. Aquello que no obedezca y sea contradictorio con dicha ley, es una interpolación humana, y nada tiene que ver con los mensajes que los Espíritus elevados, han ido diseminando por los cuatro puntos del orbe y en todas las épocas a los llamados profetas, hoy médiums, cuyas revelaciones a la luz del Espiritismo son explicadas fehacientemente, haciéndolas más comprensibles a nuestro entendimiento, y pudiendo discernir lo “inspirado” de lo que pertenece al propio médium (animismo). Para mayor información sobre el tema véase la obra Libro de los Médiums de Allan Kardec. [N. del copista]


[1014a] – Se entiende que así ocurre con los Espíritus que quieren instruirnos. Sin embargo, ¿cómo se explica que algunos Espíritus interrogados acerca de su situación hayan respondido que sufren los tormentos del Infierno o del Purgatorio?
“Cuando los Espíritus son inferiores y no están completamente desmaterializados, conservan en parte sus ideas terrenales y expresan sus impresiones con los términos que les son familiares. Se encuentran en un medio que sólo les permite sondear el porvenir de un modo parcial. Por esa causa, algunos Espíritus errantes, o cuyo desprendimiento es reciente, suelen hablar como lo habrían hecho si estuvieran vivos. La palabra infierno puede traducirse en el sentido de una vida de pruebas extremadamente penosa, con la incertidumbre acerca de una vida mejor. En el caso de purgatorio, también como una vida de pruebas, pero con la conciencia de un porvenir mejor. Cuando experimentas un dolor intenso, ¿no te dices a ti mismo que sufres como un condenado? No son más que palabras, y siempre con sentido figurado.”


1015. ¿Qué se debe entender por alma en pena?
“Un alma errante, que sufre sin la certeza de su porvenir, y a la cual podéis procurar el alivio que a menudo solicita cuando acude a comunicarse con vosotros.”


1016. ¿En qué sentido se debe entender la palabra Cielo?
“¿Acaso crees que es un lugar, como los Campos Elíseos de los antiguos, donde los Espíritus buenos están amontonados confusamente y cuya única preocupación reside en disfrutar durante la eternidad de una felicidad pasiva? No; el cielo es el espacio universal, son los planetas, las estrellas y los mundos superiores donde los Espíritus gozan de la plenitud de sus facultades, sin padecer las tribulaciones de la vida material ni las angustias inherentes a la inferioridad.”


1017. Algunos Espíritus han dicho que habitan en el cuarto cielo, en el quinto cielo, etc. ¿A qué se referían con esas palabras?
“Vosotros les preguntáis en qué cielo viven porque tenéis la idea de que hay muchos cielos dispuestos como los pisos de una casa. En ese caso, ellos os responden de acuerdo con vuestro lenguaje. No obstante, para ellos esas palabras –tales como cuarto o quinto cielo– expresan grados de purificación y, por consiguiente, de felicidad. Sucede lo mismo que cuando se le pregunta a un Espíritu si se encuentra en el Infierno; si es desdichado, dirá que sí, porque para él infierno es sinónimo de sufrimiento. Con todo, sabe muy bien que no se trata de una hoguera. Un pagano habría dicho que estaba en el tártaro.”

Lo mismo sucede con otras expresiones análogas, tales como ciudad de las flores, ciudad de los elegidos, primera, segunda o tercera esfera, etc., que sólo son alegorías empleadas por ciertos Espíritus, a veces como símbolos, otras porque ignoran la realidad de las cosas e incluso las más simples nociones científicas.

Conforme a la idea restringida que se tenía antaño acerca de los lugares de penas y de recompensas –sobre todo porque se creía que la Tierra era el centro del universo y que el cielo formaba una bóveda en la que había una región para las estrellas–, se ubicaba el Cielo arriba y el Infierno abajo. De ahí las expresiones subir al Cielo, estar en lo más alto del Cielo, ser precipitado a los Infiernos. En la actualidad, en cambio, la ciencia ha demostrado que la Tierra no es más que uno de los mundos más pequeños entre otros tantos millones, sin ninguna importancia en especial; ha determinado la historia de su formación y descrito su constitución; ha probado que el espacio es infinito y que no hay arriba ni abajo en el universo. Por todo eso, ha sido preciso renunciar a ubicar el Cielo por encima de las nubes y el Infierno en las regiones profundas de la Tierra. En cuanto al Purgatorio, no se le asignaba ningún lugar en especial. Le estaba reservado al espiritismo ofrecer acerca de todos estos asuntos la explicación más racional, la más grandiosa y, al mismo tiempo, la más consoladora para la humanidad. Por consiguiente, podemos afirmar que somos portadores de nuestro infierno y nuestro paraíso. En cuanto a nuestro purgatorio, lo encontramos en la encarnación, en nuestras vidas corporales o físicas.


1018. ¿En qué sentido hay que entender estas palabras de Cristo: “Mi reino no es de este mundo”?
“Al responder de ese modo, Cristo hablaba en un sentido figurado. Quería decir que sólo reina en los corazones puros y desinteresados. Cristo está en todas partes donde prevalece el amor al bien. Con todo, los hombres ávidos de las cosas de este mundo y apegados a los bienes de la Tierra, no están con él.”


1019. El reino del bien, ¿podrá algún día establecerse en la Tierra?
“El bien reinará en la Tierra cuando, entre los Espíritus que acuden a habitar en ella, los buenos prevalezcan sobre los malos. Entonces harán que reinen el amor y la justicia, que son la fuente del bien y de la felicidad. Mediante el progreso moral y la práctica de las leyes de Dios, el hombre atraerá a la Tierra a los Espíritus buenos, y alejará a los malos. No obstante, estos últimos sólo habrán de dejarla cuando el hombre haya desterrado de sí el orgullo y el egoísmo. 
La transformación de la humanidad ha sido predicha, y vosotros presenciáis ese momento, que es apresurado por los hombres que contribuyen al progreso. Esa transformación se llevará a cabo mediante la encarnación de Espíritus mejores, que constituirán en la Tierra una nueva generación. Entonces, los Espíritus de los malvados, a quienes la muerte siega a diario, al igual que todos los que intenten detener la marcha de los acontecimientos, serán excluidos de la Tierra, pues se hallarían fuera de lugar entre los hombres de bien, cuya felicidad perturbarían. Esos Espíritus irán a mundos nuevos, menos adelantados, para cumplir misiones penosas en las que podrán trabajar para su propio adelanto, al mismo tiempo que lo harán para el adelanto de sus hermanos aún más atrasados que ellos. ¿No veis en esa exclusión de los malvados, que deberán abandonar la Tierra transformada, la sublime alegoría del Paraíso perdido, y en el hombre que vino a la Tierra en condiciones semejantes, trayendo consigo el germen de sus pasiones y los rasgos de su inferioridad, la alegoría no menos sublime del pecado original? Considerado desde ese punto de vista, el pecado original alude a la naturaleza aún imperfecta del hombre, que de ese modo sólo es responsable de sí mismo y de sus propias faltas, pero no de las de sus padres.
Así pues, todos vosotros, hombres de fe y de buena voluntad, trabajad con celo y con valor en la magna obra de la regeneración, porque cosecharéis centuplicado el grano que hayáis sembrado. ¡Desdichados los que cierran los ojos a la luz, porque preparan para sí mismos largos siglos de tinieblas y decepciones! ¡Desdichados los que cifran sus alegrías en los bienes de la Tierra, porque las privaciones que soportarán serán mayores que los goces que hayan tenido! ¡Desdichados, sobre todo, los egoístas, porque no encontrarán a nadie que los ayude a cargar el fardo de sus miserias!”
SAN LUIS




AMOR, CARIDAD y TRABAJO