Penas y goces terrenos






PENAS Y GOCES TERRENOS







Felicidad y desdicha relativas

920. El hombre, ¿puede gozar en la Tierra de una felicidad completa?
“No, puesto que la vida le ha sido dada como prueba o expiación. No obstante, de él depende aliviar sus males y ser en la Tierra tan feliz como sea posible.”


921. Se entiende que el hombre será feliz en la Tierra cuando la humanidad se haya transformado. Con todo, en el ínterin, ¿puede cada uno asegurarse una felicidad relativa?
“La mayoría de las veces, el hombre es el artífice de su propia desdicha. Al poner en práctica la ley de Dios, se evita muchos males y se procura una felicidad tan intensa como se lo permita su grosera existencia.”

El hombre que está perfectamente compenetrado de su destino futuro sólo ve en la vida corporal una estación temporaria. Para él se trata de un alto momentáneo en un hospedaje precario. Fácilmente se consuela con que se presenten algunos disgustos pasajeros en un viaje que habrá de conducirlo a una situación que será tanto mejor cuanto mejores hayan sido los preparativos que hizo por anticipado. 

Desde esta vida somos castigados, por infringir las leyes de la existencia corporal, con los males que resultan de esa infracción y de nuestros propios excesos. Si nos remontamos paso a paso hasta el origen de lo que llamamos nuestras desgracias terrenales, veremos que la mayoría de ellas son el resultado de una desviación inicial del camino recto. A través de esa desviación nos internamos en un sendero perjudicial y, de consecuencia en consecuencia, caemos en la desdicha.


922. La felicidad terrenal es relativa a la situación de cada uno. Lo que es suficiente para la felicidad de uno, para otro constituye una desgracia. No obstante, ¿existe una medida de felicidad que sea común a todos los hombres?
“Para la vida material, la felicidad consiste en poseer lo necesario. Para la vida moral, es la conciencia limpia y la fe en el porvenir.”


923. Lo que es superfluo para uno, ¿no resulta necesario para otro, y viceversa, conforme a la situación en que se encuentren? 
“En efecto, así es conforme a vuestras ideas materiales, vuestros prejuicios, vuestra ambición y todos vuestros ridículos caprichos, por los que el porvenir habrá de juzgaros cuando comprendáis la verdad. Sin duda, el hombre que tenía cincuenta mil libras de renta y se ve reducido a diez mil, se considera muy desdichado, porque ya no podrá darse tanta importancia ni conservar lo que él llama su categoría: tener caballos, sirvientes, satisfacer sus pasiones, etc. Cree, pues, que le falta lo necesario. No obstante, ¿piensas tú, francamente, que haya que tenerle lástima, cuando alrededor suyo hay quienes se mueren de hambre y de frío y no tienen ni un refugio donde reclinar la cabeza? El sabio, para ser feliz, mira hacia abajo y nunca hacia arriba, salvo que lo haga para elevar su alma hacia lo infinito.”


924. Hay males que son independientes de la manera de obrar y que afectan incluso al más justo de los hombres. ¿No existe alguna manera de preservarse de ellos?
“En ese caso, si quiere progresar, el hombre debe resignarse y sufrir esos males sin quejarse. Con todo, siempre encuentra un consuelo en la conciencia, que le brinda la esperanza de un porvenir mejor, si hace lo necesario para obtenerlo.”


925. ¿Por qué Dios favorece con los dones de la fortuna a algunos hombres que no parecen haberlos merecido?
“Se trata de un favor a los ojos de los que sólo ven el presente. No obstante, sabedlo bien, la fortuna suele ser una prueba más peligrosa que la miseria.” 


926. La civilización, al crear nuevas necesidades, ¿no se convierte en una fuente de nuevas aflicciones?
“Los males de este mundo guardan relación con las necesidades ficticias que os habéis creado. El que sabe poner límite a sus deseos y observa sin envidia lo que está por encima de su posición, se evita muchos desengaños en esta vida. El más rico es el que tiene menos necesidades. 
Vosotros envidiáis los goces de aquellos que os parecen los afortunados del mundo. No obstante, ¿sabéis lo que les está reservado? Si guardan sus goces para sí, son egoístas. En ese caso, vendrán los contratiempos. Más bien compadeceos de ellos. A veces Dios permite que el malvado prospere, pero su felicidad no es digna de envidia, pues habrá de pagarla con lágrimas amargas. Si el justo es desdichado, se trata de una prueba que se le tomará en cuenta si la soporta con valor. Acordaos de estas palabras de Jesús: Bienaventurados los que sufren, porque serán consolados.”


927. No cabe duda de que lo superfluo no es indispensable para la felicidad, pero no ocurre lo mismo con lo necesario. Ahora bien, la desdicha de los que están privados de lo necesario, ¿no es real?
“El hombre es verdaderamente desdichado cuando sufre la carencia de lo necesario para la vida y la salud del cuerpo. Esa privación tal vez se deba a su propia culpa, en cuyo caso sólo debe quejarse de sí mismo. Si es por culpa de otros, la responsabilidad recaerá sobre quien haya causado dicha privación.”


928. Es evidente que, de acuerdo con la especificidad de las aptitudes naturales del hombre, Dios nos señala nuestra vocación en este mundo. Muchos de nuestros males, ¿no se deben a que no seguimos esa vocación?
“Es verdad. Además, los padres son quienes, por orgullo o avaricia, suelen apartar a sus hijos del camino que les trazó la naturaleza, con lo cual comprometen la felicidad de estos. Esos padres serán responsables de lo que hayan hecho.”


[928a] – En ese caso, ¿hallaríais justo que el hijo de un hombre que ocupa una elevada posición en el mundo fabricara zapatos, por ejemplo, si tuviera aptitud para ese oficio?
“No hace falta caer en el absurdo ni exagerar las cosas. La civilización tiene sus necesidades. ¿Por qué razón el hijo de un hombre que ocupa una elevada posición, como tú dices, habría de fabricar zapatos si puede hacer otra cosa?  Siempre podrá ser útil en la medida de sus facultades, si no las aplica en sentido contrario. Así, por ejemplo, en vez de un mal abogado, tal vez pueda ser un muy buen mecánico, etc.”

La desviación de los hombres del círculo intelectual que les es propio constituye con toda seguridad una de las causas más frecuentes de decepción. La ineptitud para la carrera abrazada es una fuente inagotable de contratiempos. A eso se suma el amor propio, que impide al hombre que ha fracasado la búsqueda de recursos en una profesión más humilde, y le señala el suicidio como remedio extremo para eludir lo que considera una humillación. Si una educación moral lo hubiese elevado por encima de los absurdos prejuicios del orgullo, nunca habría sido tomado desprevenido.


929. Hay personas que, al estar desprovistas de recursos, aun cuando la abundancia reina alrededor suyo, no tienen otra perspectiva más que la muerte. ¿Qué partido deben tomar? ¿Deben dejarse morir de hambre?
“El hombre nunca debe tener la idea de dejarse morir de hambre. Siempre encontraría un medio de alimentarse si el orgullo no se interpusiera entre la necesidad y el trabajo. Se suele decir que no hay oficio indigno, y que no es la profesión lo que deshonra. Con todo, eso se dice para los demás y no para uno mismo.”


930. Es evidente que, si no fuera por los prejuicios sociales por los que nos dejamos dominar, siempre encontraríamos algún trabajo que nos ayudara a vivir, aunque tuviéramos que renunciar a nuestra posición. No obstante, entre las personas que no tienen prejuicios, o que los dejan a un lado, ¿no las hay que se hallan imposibilitadas de satisfacer sus necesidades, como consecuencia de enfermedades o de otras causas independientes de su voluntad?
“En una sociedad organizada conforme a la ley de Cristo, nadie debe morirse de hambre.”

Con una organización social sabia y previsora, el hombre sólo puede carecer de lo necesario por su propia culpa. No obstante, sus faltas suelen ser el resultado del medio en que se encuentra. Cuando el hombre practique la ley de Dios, logrará un orden social basado en la justicia y en la solidaridad, y él mismo también será mejor.


931. ¿Por qué, en la sociedad, las clases sufridoras abundan más que las felices?
“Ninguna clase es feliz por completo. Además, lo que consideráis felicidad suele ocultar punzantes penas. En todas partes existe el sufrimiento. Sin embargo, para responder a tu idea, diré que las clases que tú llamas sufridoras son más abundantes porque la Tierra es un lugar de expiación. Cuando el hombre haya hecho de ella la morada del bien y de los Espíritus buenos, ya no será desdichado. La Tierra será para él el paraíso terrenal.”


932. ¿Por qué, en el mundo, los malvados ejercer por lo general mayor influencia que los buenos?
“Por la debilidad de los buenos. Los malvados son intrigantes y audaces; los buenos son tímidos. Cuando estos se decidan, lograrán imponerse.”


933. Dado que el hombre suele ser el artífice de sus padecimientos materiales, ¿ocurre lo mismo con los padecimientos morales?
“Más aún, pues los padecimientos materiales son a veces independientes de la voluntad. Con todo, el orgullo herido, la ambición frustrada, la ansiedad de la avaricia, la envidia, los celos, en una palabra, todas las pasiones, son tormentos del alma.
¡La envidia y los celos! ¡Dichosos los que no conocen esos dos gusanos devoradores! Con la envidia y los celos no hay calma ni reposo posibles para quien padece ese mal. Los objetos de su codicia, de su odio, de su despecho, se yerguen ante él como fantasmas que no le dan tregua y lo persiguen incluso en sueños. El envidioso y el celoso se encuentran en un estado de fiebre continua. ¿Acaso es esa una situación deseable? ¿No comprendéis que con esas pasiones el hombre se crea suplicios voluntarios y la Tierra se convierte para él en un verdadero infierno?”

Muchas expresiones pintan vigorosamente los efectos de algunas pasiones. Se dice: “hinchado de orgullo”, “morirse de envidia”, “consumido por los celos o el despecho”, “amargarse la bebida y la comida”, etc. Tales cuadros reflejan fielmente la realidad. Incluso, los celos no tienen un objeto determinado. Hay personas que son celosas por naturaleza y que sienten celos por todo lo que se destaca y por todo lo que está fuera de lo común, aunque no tengan ningún interés directo en ello, sino tan sólo porque no pueden conseguirlo. Todo lo que les parece que está por encima del horizonte las ofusca, y si fueran mayoría en la sociedad pretenderían rebajarlo todo a su nivel. Son los celos conjugados con la mediocridad.

A menudo, el hombre es desgraciado debido a la importancia que atribuye a las cosas de la Tierra. La vanidad, la ambición y la codicia frustradas son la causa de su desdicha. En cambio, si se ubica por encima del estrecho círculo de la vida material y eleva sus pensamientos hacia lo infinito, que es su destino, las vicisitudes de la humanidad le parecen entonces mezquinas y pueriles, tal como la tristeza del niño que se aflige por la pérdida de un juguete que era toda su felicidad.

El que sólo ve la felicidad en la satisfacción del orgullo y de los apetitos groseros es desdichado cuando no puede satisfacerlos, mientras que el que no aspira a nada superfluo es feliz con lo que otros consideran una calamidad.

Nos referimos al hombre civilizado, porque el salvaje, dado que sus necesidades son más limitadas, no tiene los mismos motivos de codicia y de angustia: su manera de ver las cosas es muy diferente. En el estado de civilización, el hombre razona acerca de su desdicha y la analiza. Por eso la desdicha lo afecta más. No obstante, también está en condiciones de razonar y analizar los medios de obtener consuelo. Entonces encuentra ese consuelo en el sentimiento cristiano, que le brinda la esperanza de un porvenir mejor; así como en el espiritismo, que le brinda la certeza de ese porvenir.(1)

(1) Consúltese el libro El Génesis, donde analiza Kardec los motivos de la aparición del Espiritismo a mediados del siglo diecinueve, cuando el mundo alcanzaba un estado de adelantada civilización. El conocimiento de la realidad espírita de la vida sólo es posible, en su plenitud, en mundos civilizados, de la misma manera que en el estado de civilización ese conocimiento constituye un imperativo del progreso mismo y un medio de acelerarlo. (Ver El Génesis, Cap. I, párrafos 16 a 18, y en particular la parte final de este último parágrafo). [N. de J. H. Pires. 1981]



Pérdida de los seres queridos

934. La pérdida de los seres que amamos, ¿no es una de las que ocasionan las penas más legítimas, por tratarse de una pérdida irreparable e independiente de nuestra voluntad?
“Esa causa de pesar alcanza tanto al rico como al pobre. Es una prueba o expiación, y la ley es común a todos. No obstante, es un consuelo el que podáis comunicaros con vuestros amigos por los medios de que disponéis, hasta que tengáis otros más directos y accesibles a vuestros sentidos.”


935. ¿Qué pensar de la opinión de las personas a quienes las comunicaciones de ultratumba les resultan una profanación?
“No puede haber profanación cuando existe recogimiento y cuando la evocación se hace con respeto y honestidad. Prueba de ello es que los Espíritus que os aprecian acuden con placer. Están felices de que los recordéis y de comunicarse con vosotros. Habría profanación en caso de que eso se hiciera con frivolidad.”

La posibilidad de entrar en comunicación con los Espíritus es un muy grato consuelo, puesto que nos proporciona los medios de conversar con los parientes y amigos que dejaron la Tierra antes que nosotros. Mediante la evocación los atraemos. Están a nuestro lado, nos escuchan y nos responden. Por decirlo así, ya no existe separación entre ellos y nosotros. Nos ayudan con sus consejos, nos dan testimonio de su afecto y de la alegría que experimentan porque los recordamos. Para nosotros es una satisfacción saber que son felices, enterarnos por ellos mismos de los detalles de su nueva existencia, así como adquirir la certeza de que nos reuniremos con ellos cuando llegue el momento de nuestro regreso.


936. ¿De qué modo afecta a los Espíritus el dolor inconsolable del que son objeto en quienes los sobreviven?
“El Espíritu es sensible al recuerdo que se conserva de él, así como a los lamentos de aquellos a los que amó. No obstante, un dolor incesante e irreflexivo lo afecta intensamente, porque en ese dolor excesivo ve una falta de fe en el porvenir, así como también de confianza en Dios y, por consiguiente, un obstáculo para el adelanto y, tal vez, para el reencuentro.”

Dado que el Espíritu está más feliz que en la Tierra, lamentarse de que haya perdido la vida implica lamentarse de que sea feliz. Dos amigos están presos y encerrados en el mismo calabozo. Ambos alcanzarán un día la libertad, pero uno de ellos la obtiene antes que el otro. ¿Sería caritativo que el que sigue preso se disgustara porque su amigo fue liberado antes que él? ¿No habría de su parte más egoísmo que afecto si quisiera que el otro compartiese su cautiverio y sus padecimientos tanto tiempo como él? Lo mismo sucede con dos seres que se aman en la Tierra. El que parte primero es el que se libera primero, y debemos felicitarlo por eso, mientras esperamos pacientemente el momento en que también nosotros seremos libres.

Al respecto, haremos otra comparación. Tenéis junto a vosotros a un amigo que se encuentra en una situación muy penosa: su salud o sus intereses le exigen que viaje a otro país, donde estará mejor en todos los aspectos. Durante un tiempo ya no permanecerá a vuestro lado, aunque mantendréis correspondencia con él. De modo que la separación sólo será material. ¿Os sentiríais disgustados por su alejamiento, puesto que es para su bien?

La doctrina espírita, tanto por las pruebas patentes que proporciona acerca de la vida futura, de la presencia alrededor nuestro de los que hemos amado, de la continuidad de su afecto y su solicitud, como por las relaciones que nos permite establecer con ellos, nos ofrece un consuelo supremo para una de las causas más legítimas de dolor. Con el espiritismo ya no hay soledad ni abandono. Por más aislado que esté un hombre, siempre tendrá amigos cerca de él, con los que podrá comunicarse.

Sobrellevamos con impaciencia las tribulaciones de la vida. Nos parecen tan intolerables que no comprendemos cómo es posible que las soportemos. Sin embargo, si las hemos sobrellevado con valor, si hemos sabido imponer silencio a nuestras quejas, nos felicitaremos por eso cuando estemos fuera de esta prisión terrenal, del mismo modo que el paciente que sufre, cuando está curado, siente satisfacción por haberse resignado a someterse a un tratamiento doloroso.



Decepciones. Ingratitud. Afectos contrariados

937. Las decepciones que experimentamos debido a la ingratitud y a la fragilidad de los lazos de amistad, ¿no son también para el hombre de buen corazón una fuente de amargura?
“Así es. Con todo, nosotros os enseñamos a compadeceros de los ingratos y de los amigos infieles, pues serán más desdichados que vosotros. La ingratitud es hija del egoísmo, y el egoísta encontrará más tarde corazones insensibles, como él mismo lo ha sido. Pensad en los que han hecho más bien que vosotros, que valían más que vosotros y a quienes se pagó con ingratitud. Pensad que el propio Jesús fue escarnecido y despreciado en la Tierra, tildado de bribón e impostor, y no os asombréis de que os vaya a suceder lo mismo. Que el bien que habéis hecho sea vuestra recompensa en este mundo, y no os preocupe lo que digan de él quienes lo recibieron. La ingratitud es una prueba para vuestra persistencia en la práctica del bien, lo cual se os tomará en cuenta. Además, los que os han despreciado serán tanto más castigados cuanto mayor haya sido su ingratitud.”


938. Las decepciones provocadas por la ingratitud, ¿no tienen por objeto endurecer nuestro corazón y cerrarlo a la sensibilidad? 
“Eso sería un error. Porque el hombre de buen corazón, como tú dices, siempre es feliz por el bien que hace. Sabe que, si ese bien no es recordado en esta vida, será recordado en otra, y que el ingrato se avergonzará y tendrá remordimientos.”


[938a] – Ese pensamiento no impide que su corazón quede dolorido. Ahora bien, ese dolor, ¿no podría sugerirle la idea de que sería más feliz si fuera menos sensible?
“Sí, si prefiere la felicidad del egoísta. ¡Triste felicidad! Así pues, sepa ese hombre que los amigos ingratos que lo abandonaron no son dignos de su amistad y que se ha equivocado acerca de ellos. En ese caso, no debe lamentarse de haberlos perdido. Más adelante encontrará nuevos amigos que sabrán comprenderlo mejor. Compadeceos de los que tienen para con vosotros un mal comportamiento sin que lo hayáis merecido, pues para ellos habrá una penosa retribución. Con todo, que eso no os afecte: es la manera de colocaros por encima de ellos.”

La naturaleza ha otorgado al hombre la necesidad de amar y de ser amado. Uno de los mayores goces que se le conceden en la Tierra consiste en encontrar corazones que simpaticen con el suyo. Así, la naturaleza le da las primicias de la felicidad que se le reserva en el mundo de los Espíritus perfectos, donde todo es amor y benevolencia. Se trata de un goce que se niega al egoísta.



Uniones antipáticas

939. Dado que los Espíritus que simpatizan mutuamente son conducidos a unirse, ¿a qué se debe que, entre los Espíritus encarnados, a menudo sólo uno de ellos sienta afecto, y que el amor más sincero sea acogido con indiferencia o hasta con repulsión? Además, ¿cómo puede ser que el más intenso afecto entre dos seres pueda convertirse en antipatía y a veces en odio?
“¿No comprendes entonces que se trata de un castigo, aunque sólo sea pasajero? Por otra parte, ¡cuántos hay que creen amar perdidamente porque sólo juzgan por las apariencias, y cuando se ven obligados a convivir con la otra persona no tardan en reconocer que se trataba apenas de una pasión material! No basta con estar enamorado de una persona que os agrada y que consideráis provista de bellas cualidades. Sólo si vivís realmente en su compañía podréis apreciarla. ¡Cuántas uniones hay, también, de personas que al comienzo parecían destinadas a no simpatizar, y cuando ambas se conocieron y se analizaron lo suficiente terminaron por amarse con un amor tierno y duradero, porque se basaba en la estima! No hay que olvidar que quien ama es el Espíritu y no el cuerpo, y que cuando la ilusión material se disipa, el Espíritu ve la realidad.
Hay dos clases de afecto: el del cuerpo y el del alma. A menudo se los confunde. El afecto del alma, cuando es puro y se basa en la simpatía, es duradero. El del cuerpo, en cambio, es perecedero. Por eso muchas veces los que creían amarse con un amor eterno se odian cuando se acaba la ilusión.”


940. La falta de simpatía entre los seres destinados a vivir juntos, ¿no es también una fuente de pesares tanto más amargos cuanto que envenenan toda la existencia?
“Muy amargos, en efecto. No obstante, se trata de una de esas desdichas cuya causa principal a menudo sois vosotros mismos. En primer lugar, vuestras leyes están erradas; ¿o acaso crees que Dios te obliga a permanecer junto a los que te desagradan? Además, en esas uniones, muchas veces buscáis más la satisfacción de vuestro orgullo y de vuestra ambición, que la felicidad de un afecto mutuo. En ese caso, sufrís la consecuencia de vuestros prejuicios.”


[940a] – Pero entonces, ¿no hay casi siempre una víctima inocente?
“Sí, y para ella es una dura expiación. Sin embargo, la responsabilidad de su desdicha recaerá en quienes la hayan causado. Si la luz de la verdad ha penetrado en su alma, la víctima encontrará consuelo en la fe en el porvenir. Por lo demás, a medida que los prejuicios se debiliten, desaparecerán también las causas de esas desdichas privadas.”



Temor a la muerte

941. El temor a la muerte es para muchas personas una causa de perplejidad. ¿A qué se debe ese temor, dado que tienen ante ellas el porvenir?
“Ese temor no tiene ninguna razón de ser. No obstante, ¡qué pretendes! Cuando son jóvenes se intenta persuadirlas de que existe un Infierno y un Paraíso, pero se les dice que es casi seguro que irán al Infierno, porque lo que está en la naturaleza es un pecado mortal para el alma. Entonces, cuando llegan a ser adultas, si tienen un poco de juicio no pueden admitir una cosa semejante, y se vuelven ateas o materialistas. Así es como se las induce a creer que fuera de la vida presente no hay nada más. En cuanto a las que persistieron en sus creencias de la infancia, le temen a ese fuego eterno que habrá de quemarlas sin consumirlas. 
La muerte no inspira en el justo ningún temor, porque con la fe tiene la certeza del porvenir. La esperanza le hace aguardar una vida mejor; y la caridad, cuya ley ha puesto en práctica, le confiere la seguridad de que en el mundo al que va a ingresar no encontrará ningún ser a cuya mirada deba temerle.”

El hombre carnal, más apegado a la vida corporal que a la espiritual, experimenta en la Tierra penas y goces materiales. Su felicidad consiste en la satisfacción efímera de sus deseos. Su alma, constantemente preocupada y afectada por las vicisitudes de la vida, se mantiene en un estado de ansiedad y de tortura perpetuas. La muerte lo espanta porque duda de su porvenir y cree que habrá de dejar en la Tierra todos sus afectos y esperanzas. El hombre moral, en cambio, que se ha elevado por encima de las necesidades ficticias creadas por las pasiones, experimenta desde este mundo goces que el hombre material no conoce. La moderación de sus deseos otorga a su Espíritu calma y serenidad. Feliz con el bien que hace, para él no hay decepciones, y las contrariedades pasan por su alma sin dejar en ella ninguna impresión dolorosa.


942. ¿No parecerá a algunas personas que esos consejos para ser feliz en la Tierra son un tanto banales? ¿No verán en ellos lo que llaman lugares comunes, verdades trilladas? ¿No dirán que, en definitiva, el secreto para ser feliz consiste en saber soportar la propia desdicha?
“Habrá quienes digan eso, y serán muchos. No obstante, ocurre con las personas lo que con algunos enfermos a los que el médico prescribe una dieta: querrían curarse sin remedios y sin abandonar los excesos en las comidas y las bebidas.”



Hastío de la vida. Suicidio

943. ¿A qué se debe el hastío de la vida que se apodera de algunos individuos, sin motivos plausibles?
“Efecto de la ociosidad, de la falta de fe y, a menudo, de la saciedad.
Para el que ejerce sus facultades con un objetivo útil y conforme a sus aptitudes naturales, el trabajo no tiene nada de árido y la vida transcurre más rápidamente. Soporta las vicisitudes con mayor paciencia y resignación, a medida que obra con miras a la felicidad más sólida y duradera que lo aguarda.”


944. El hombre, ¿tiene derecho a disponer de su propia vida?
“No; sólo Dios tiene ese derecho. El suicidio voluntario es una transgresión de esa ley.”


[944a] – El suicidio, ¿no es siempre voluntario?
“El loco que se mata no sabe lo que hace.”


945. ¿Qué pensar del suicidio cuya causa es el hastío de la vida?
“¡Insensatos! ¿Por qué no trabajaron? ¡La existencia no les habría resultado tan pesada!”


946. ¿Qué pensar del suicidio cuyo objetivo es escapar de las miserias y de las decepciones de este mundo?
“¡Pobres Espíritus, que no tienen valor para soportar las miserias de la existencia! Dios ayuda a los que sufren, pero no a los que no tienen fuerza ni valor. Las tribulaciones de la vida son pruebas o expiaciones. ¡Dichosos los que las soportan sin quejarse, pues serán recompensados! ¡Desgraciados, en cambio, los que esperan su salvación de lo que, en su impiedad, llaman acaso o fortuna! El acaso o la fortuna, para servirme de su lenguaje, pueden, en efecto, favorecerlos por un instante, pero para hacerles sentir más tarde y con mayor crueldad el vacío de esas palabras.”


[946a] – Los que han inducido al desdichado a ese acto de desesperación, ¿sufrirán las consecuencias?
“¡Oh! ¡Desdichados! Tendrán que dar cuenta de eso como si se tratara de un asesinato.”


947. El hombre que se enfrenta con la necesidad y se deja morir de desesperación, ¿puede ser considerado un suicida?
“Es un suicida, pero los que causaron esa situación, o que podrían haberla remediado, son más culpables que él. A él lo espera la indulgencia. Con todo, no creáis que será absuelto por completo si careció de firmeza y de perseverancia, y si no se valió de su inteligencia para salir del atolladero. ¡Desdichado! ¡Sobre todo, si su desesperación nace del orgullo! Quiero decir, si es uno de esos hombres en quienes el orgullo paraliza los recursos de la inteligencia, que se ruborizarían de deber su existencia al trabajo de sus manos, y que prefieren morirse de hambre antes de renunciar a lo que ellos llaman su posición social. ¿Acaso no hay cien veces más grandeza y dignidad en luchar contra la adversidad, en desafiar a la crítica de un mundo fútil y egoísta, que sólo demuestra buena voluntad con aquellos que no carecen de nada, pero os da la espalda tan pronto como necesitáis de él? Sacrificar la propia vida por la estima de ese mundo es una estupidez, puesto que en él no se la tiene en cuenta en absoluto.”


948. El suicidio cuyo objetivo reside en escapar de la vergüenza de una mala acción, ¿es tan reprensible como el causado por la desesperación?
“El suicidio no borra la falta. Quien incurre en él, suma otra falta a la anterior. Cuando se tuvo valor para hacer el mal, también se lo debe tener para sufrir sus consecuencias. Dios juzga, y a veces, según la causa, puede atenuar el rigor de su justicia.”


949. El suicidio, ¿es excusable cuando el objetivo de quien lo comete es impedir que la vergüenza recaiga sobre los hijos o la familia?
“Quien actúa de ese modo no hace bien. Con todo, como cree lo contrario, Dios se lo toma en cuenta, pues se trata de una expiación que el suicida se impone a sí mismo. La intención atenúa la falta, pero no por eso deja de haber falta. Por otra parte, cuando hayáis abolido los abusos de vuestra sociedad y vuestros prejuicios, ya no tendréis esa clase de suicidios.”

El que se quita la vida para evitarse la vergüenza de una mala acción, prueba que tiene más aprecio por la estima de los hombres que por la de Dios, pues habrá de ingresar en la vida espiritual cargado con sus inquietudes. Además, se ha privado de los medios de rescatarlas durante la vida. Dios suele ser menos inexorable que los hombres. Perdona el arrepentimiento sincero y toma en cuenta la reparación. El suicidio no repara nada.


950. ¿Qué pensar del que se quita la vida con la esperanza de llegar más pronto a una vida mejor?
“¡Otra locura! Que haga el bien y estará más seguro de alcanzarla. El suicida retrasa su entrada en un mundo mejor, y él mismo pedirá volver para concluir esa vida que interrumpió debido a una idea falsa. Una falta, sea cual fuere, nunca abre el santuario de los elegidos.”


951. El sacrificio de la propia vida, ¿no es meritorio, a veces, cuando su objetivo es salvar la vida del prójimo o ser útil a los semejantes?
“Eso es sublime, según la intención, y en ese caso el sacrificio de la propia vida no es suicidio. Sin embargo, Dios se opone a un sacrificio inútil, y no puede verlo con agrado cuando lo empaña el orgullo. Un sacrificio sólo es meritorio por el desinterés, y el que lo lleva a cabo tiene, a veces, una segunda intención que disminuye su valor ante Dios.”

Todo sacrificio hecho a expensas de la propia felicidad es un acto altamente meritorio ante Dios, porque consiste en la práctica de la ley de caridad. Ahora bien, dado que la vida es el bien terrenal que más aprecia el hombre, el que renuncia a ella por el bien de sus semejantes no comete un atentado, sino que lleva a cabo un sacrificio. No obstante, antes de hacerlo, debe reflexionar acerca de si su vida no podría ser más útil que su muerte.


952. El hombre que perece víctima del abuso de pasiones que sabe que habrán de apresurar su fin, pero a las que ya no puede resistir porque el hábito las ha convertido en verdaderas necesidades físicas, ¿comete un suicidio?
“Se trata de un suicidio moral. ¿No comprendéis que en ese caso el hombre es doblemente culpable? En él hay falta de valor y bestialidad. Además, hay olvido de Dios.”


[952a] – ¿Es más culpable que el que se quita la vida por desesperación?
“Es más culpable, pues ha tenido tiempo de razonar su suicidio. En el que lo comete instantáneamente hay, a veces, una especie de extravío que se parece a la locura. El otro será castigado mucho más, porque las penas siempre son proporcionales a la conciencia que se tiene de las faltas cometidas.”


953. Cuando una persona ve que le aguarda una muerte inevitable y terrible, ¿es culpable de abreviar unos instantes sus padecimientos mediante una muerte voluntaria?
“Siempre se es culpable de no aguardar el término que Dios ha fijado. Por otra parte, ¿se está seguro de que ese término ha llegado, a pesar de las apariencias? ¿No se podría recibir un auxilio inesperado en el último momento?”


[953a] – Se entiende que en circunstancias ordinarias el suicidio sea reprensible, pero supongamos un caso en que la muerte sea inevitable y la vida se abrevie sólo unos instantes.
“Siempre es falta de resignación y de sumisión a la voluntad del Creador.”


[953b] – En ese caso, ¿cuáles son las consecuencias de esa acción?
“Una expiación proporcional a la gravedad de la falta, según las circunstancias, como siempre.”


954. Una imprudencia que comprometa la vida sin necesidad, ¿es reprensible?
“No hay culpabilidad cuando no hay intención o conciencia positiva de hacer el mal.”


955. Las mujeres que, en algunos países, se arrojan voluntariamente sobre las piras(2) donde arden los cadáveres de sus maridos, ¿pueden ser consideradas suicidas? Además, ¿sufren las consecuencias de esa acción?
“Obedecen a un prejuicio, y suelen hacerlo más por la fuerza que por su propia voluntad. Creen que cumplen un deber, y esa no es la característica del suicidio. Su excusa radica en la nulidad moral de la mayoría de ellas, así como en su ignorancia. Esas costumbres bárbaras y estúpidas desaparecen ante la civilización.”

(2) Hoguera en que antiguamente se quemaban los cuerpos de los difuntos y las víctimas de los sacrificios.


956. Aquellos que, dado que no pueden soportar la pérdida de los seres queridos, se quitan la vida con la esperanza de ir a su encuentro, ¿alcanzan su objetivo?
“Para ellos, el resultado es muy diferente del que esperan. En lugar de reunirse con el objeto de su afecto, se alejan de él por mucho más tiempo, pues Dios no puede recompensar un acto de cobardía, ni el insulto que se le dirige al dudar de su providencia. Pagarán ese instante de locura con penas más graves que las que creen abreviar; y no tendrán, para compensarlas, la satisfacción que esperaban.” 


957. ¿Cuáles son, en general, las consecuencias del suicidio para el estado del Espíritu?
“Las consecuencias del suicidio son muy diversas. No hay penas fijas y, en todos los casos, siempre son relativas a las causas que lo ocasionaron. Con todo, una consecuencia de la que el suicida no puede escaparse es la contrariedad. Por lo demás, la suerte no es la misma para todos, sino que depende de las circunstancias. Algunos expían su falta de inmediato; otros lo hacen en una nueva existencia, que será peor que aquella cuyo curso interrumpieron.”

La observación muestra, en efecto, que las consecuencias del suicidio no siempre son las mismas. No obstante, las hay que son comunes a todos los casos de muerte violenta y resultan de la interrupción brusca de la vida. Se trata, en primer lugar, de la persistencia más prolongada y tenaz del lazo que une el Espíritu al cuerpo, dado que ese lazo casi siempre posee toda su fuerza en el momento en que se quiebra; mientras que en la muerte natural se debilita gradualmente y suele estar desatado antes de que la vida se extinga por completo. Las consecuencias de ese estado de cosas son la prolongación de la turbación espírita y, luego, la ilusión que durante un tiempo más o menos prolongado induce al Espíritu a creer que aún forma parte de los vivos.

La afinidad que persiste entre el Espíritu y el cuerpo produce, en algunos suicidas, una especie de repercusión del estado del cuerpo en el Espíritu. Así, el Espíritu siente, a pesar suyo, los efectos de la descomposición, y experimenta una sensación llena de angustia y de horror. Ese estado puede persistir tanto tiempo como debería haber durado la vida que esos suicidas interrumpieron. Dicho efecto no es general. Con todo, en ningún caso el suicida se libra de las consecuencias de su falta de valor, y tarde o temprano expía su falta de un modo u otro. Así, algunos Espíritus, que han sido muy desdichados en la Tierra, dijeron que se habían suicidado en la existencia anterior y que voluntariamente se sometieron a nuevas pruebas para intentar soportarlas con mayor resignación. En algunos, la prueba consiste en una especie de apego a la materia, de la que en vano tratan de desembarazarse para volar hacia mundos mejores, pero en los que el acceso les está vedado. En la mayoría, es el pesar de haber hecho algo inútil, puesto que con eso sólo experimentan decepción.

La religión, la moral, todas las filosofías condenan el suicidio como contrario a la ley natural. Todas nos dicen, en principio, que nadie tiene el derecho de abreviar voluntariamente su propia vida. Pero ¿por qué no tenemos ese derecho? ¿Por qué no somos libres de poner término a nuestros padecimientos? Estaba reservado al espiritismo demostrar, con el ejemplo de los que sucumbieron, que el suicidio no sólo es una falta entendida como infracción a una ley moral, consideración de poco peso para algunos individuos, sino también un acto estúpido, puesto que con él no se gana nada, sino todo lo contrario. El espiritismo no nos enseña esto en teoría, sino con los hechos que presenta ante nuestros ojos.(3)

(3) El argumento espírita contra el suicidio no es sólo moral, como se observará, sino también biológico, afirmándose en el principio de ligazón entre el Espíritu y el cuerpo. La muerte, como fenómeno natural, tiene sus leyes, las cuales el Espiritismo descubrió por medio de una rigurosa investigación. El sufrimiento del suicida se produce por la arbitraria violación de esas leyes: Es como arrancar por la fuerza una fruta verde del árbol. Las estadísticas demuestran que la incidencia del suicidio es mayor en los países y las épocas en que la ambición y el materialismo se acentúan, provocando más abusos y la excitación de las pasiones. La falta de una organización social justa y de una educación para todos es la causa de los crímenes y los suicidios. Véase al final de parágrafo 949: “… abolid los abusos de vuestra sociedad y vuestros prejuicios, y no tendréis ya suicidios”. [N. de J. H. Pires. 1981]


AMOR, CARIDAD y TRABAJO.







Perfección moral








PERFECCIÓN MORAL







Las virtudes y los vicios

893. ¿Cuál es la más meritoria de las virtudes?
“Todas las virtudes tienen su mérito, porque todas son signos de progreso en el camino del bien. Hay virtud cada vez que existe una resistencia voluntaria a las incitaciones de las malas tendencias. Con todo, lo sublime de la virtud consiste en el sacrificio del interés personal por el bien del prójimo, sin segundas intenciones. La virtud más meritoria es la que se basa en la más desinteresada caridad.”


894. Hay personas que hacen el bien por un impulso espontáneo, sin que tengan que vencer ningún sentimiento contrario. ¿Poseen ellas tanto mérito como las que tienen que luchar contra su propia naturaleza y la dominan?
“Las que no tienen que luchar es porque en ellas el progreso ya se llevó a cabo. Lucharon anteriormente y triunfaron. Por eso, los buenos sentimientos no les cuestan ningún esfuerzo y sus acciones les resultan absolutamente naturales. Para ellas, el bien se ha convertido en un hábito. Se las debe honrar, pues, como a experimentados guerreros que conquistaron sus títulos.

”Como vosotros aún estáis lejos de la perfección, esos ejemplos os asombran por el contraste, y los admiráis tanto más cuanto más raros son. No obstante, sabed bien que lo que en la Tierra constituye una excepción, en los mundos más adelantados que el vuestro es la regla. El sentimiento del bien es espontáneo en todas partes, porque en esos mundos sólo habitan los Espíritus buenos y una única mala intención sería una excepción monstruosa. Por esa razón los hombres son felices allí. Lo mismo sucederá en la Tierra cuando la humanidad se haya transformado y cuando comprenda y practique la caridad en su verdadera acepción.”


895. Además de los defectos y los vicios acerca de los cuales nadie podría equivocarse, ¿cuál es el signo más característico de la imperfección?
“El interés personal. Las cualidades morales suelen ser como el dorado que se aplica sobre un objeto de cobre y que no resiste a la piedra de toque. Un hombre puede poseer cualidades reales que hagan que el mundo lo considere un hombre de bien. No obstante, aunque esas cualidades sean un indicio de progreso, no siempre soportan determinadas pruebas, y a veces basta pulsar la cuerda del interés personal para que el fondo quede al descubierto. El verdadero desinterés es algo tan raro en la Tierra que cuando se hace presente se lo admira como a un fenómeno.

”El apego a las cosas materiales es un notorio signo de inferioridad, porque cuanto más se aferra el hombre a los bienes del mundo, tanto menos comprende su destino. Mediante el desinterés, en cambio, prueba que contempla el porvenir desde un punto de vista más elevado.”


896. Hay personas desinteresadas, pero sin discernimiento, que prodigan sus bienes sin provecho real, en vez de emplearlos racionalmente. ¿Tienen algún mérito? 
“Poseen el mérito del desinterés, pero no el del bien que pudieran realizar. Si el desinterés representa una virtud, la prodigalidad irreflexiva es siempre, por lo menos, una falta de juicio. No se concede la fortuna a algunos para que la desparramen a los cuatro vientos, como tampoco le es dada a otros para que la sepulten en una caja fuerte. Se trata de un depósito del que tendrán que rendir cuentas, porque deberían responder de todo el bien que les fue posible hacer y que no hayan hecho, así como de todas las lágrimas que hubieran podido enjugar con el dinero que han dado, en cambio, a quienes no lo necesitaban.”


897. Quien hace el bien, no con miras a obtener una recompensa en la Tierra, sino con la esperanza de que se le tendrá en cuenta en la otra vida y de que su posición en ella será mucho mejor, ¿es reprensible? Además, esa idea, ¿lo perjudica en su adelanto?
“Hay que hacer el bien por caridad, es decir, con desinterés.”


[897a] - No obstante, cada uno de nosotros tiene el muy natural deseo de adelantar para salir del estado penoso de esta vida. Los propios Espíritus nos enseñan a practicar el bien con ese objetivo. Así pues, ¿es malo pensar que si hacemos el bien podemos esperar algo mejor que en la Tierra?
“No, por cierto. Pero quien hace el bien sin segundas intenciones y por el solo placer de ser grato a Dios, así como a su prójimo que sufre, alcanzó ya cierto grado de adelanto que le permitirá llegar a la felicidad mucho antes que su hermano que, más positivo, hace el bien de manera deliberada y no por el impulso del ardor natural de su corazón.”


[897b] - ¿No hay que establecer aquí una distinción entre el bien que podemos hacer al prójimo y el cuidado que ponemos en corregir nuestros defectos? Entendemos que hacer el bien con la idea de que habrá de ser tenido en cuenta en la otra vida es poco meritorio. Sin embargo, enmendarse, vencer las pasiones, corregir el carácter con miras a acercarse a los Espíritus buenos y elevarse, ¿es también un signo de inferioridad?
“No, no. Cuando decimos hacer el bien nos referimos a ser caritativo. El que calcula lo que cada una de sus buenas acciones puede reportarle en la vida futura, así como en la vida terrenal, se comporta como egoísta. Con todo, no hay egoísmo alguno en mejorar con miras a acercarse a Dios, puesto que ese es el objetivo al que cada uno debe tender.”


898. Dado que la vida corporal no es más que una residencia temporaria en la Tierra, y que nuestro porvenir debe ser nuestra principal preocupación, ¿es útil esforzarse para adquirir conocimientos científicos, que sólo se refieren a las cosas y necesidades materiales?
“Sin duda. En primer lugar, ese conocimiento os pone en condiciones de aliviar a vuestros hermanos. Por otra parte, vuestro Espíritu se elevará más rápido si ya ha progresado en inteligencia. En los intervalos que hay de una encarnación a otra, aprendéis en una hora lo que en vuestra Tierra os llevaría años. Ningún conocimiento es inútil. Todos contribuyen en mayor o menor medida al adelanto, porque el Espíritu perfecto debe saberlo todo y porque, dado que el progreso debe cumplirse en todo sentido, las ideas adquiridas contribuyen al desarrollo del Espíritu.”


899. De dos hombres ricos, uno nació en la opulencia y nunca conoció la necesidad; el otro debe su fortuna al trabajo. Ambos la emplean exclusivamente en su satisfacción personal. ¿Cuál es el más culpable?
“El que conoció el sufrimiento, porque sabe lo que es sufrir. Conoce el dolor, pero no lo alivia en los demás y muy a menudo ya no se acuerda de él.”


900. El que acumula sin cesar y no hace bien a nadie, ¿encuentra una excusa admisible en la idea de que atesora para dejar más a sus herederos?
“Ese es un compromiso con la conciencia mala.”


901. De dos avaros, el primero se priva de lo necesario y se muere de hambre junto a su tesoro. El segundo sólo es avaro para con los demás y pródigo para consigo mismo; retrocede ante el más leve sacrificio cuando se trata de prestar algún servicio o hacer algo útil, mientras que no le cuesta nada satisfacer sus gustos y pasiones. Si se le pide un favor, nunca tiene recursos; si quiere satisfacer uno de sus caprichos, siempre tiene lo suficiente. ¿Cuál es el más culpable? ¿Cuál ocupará el lugar más desfavorable en el mundo de los Espíritus?
“El que goza: es más egoísta que avaro. El otro ya recibió parte de su castigo.”


902. ¿Es reprensible codiciar la riqueza cuando existe el deseo de hacer el bien?
“El sentimiento es loable, sin duda, cuando es puro. No obstante, ese deseo, ¿es siempre absolutamente desinteresado? ¿No oculta alguna segunda intención personal? La primera persona a quien se desea hacer el bien, ¿no suele ser uno mismo?”


903. ¿Somos culpables de analizar los defectos de los demás? 
“Si se hace con el intento de criticarlos y difundirlos, se es muy culpable. Porque significa que estamos faltos de caridad. En cambio, si es en nuestro propio beneficio, a fin de evitar en nosotros esos defectos, puede en ocasiones resultar útil. Pero no hay que olvidar que la indulgencia hacia los defectos ajenos es una de las virtudes incluidas en la caridad. Antes de formular un reproche a los demás con motivo de sus imperfecciones, ved si no se puede decir lo mismo de vosotros. Tratad, pues, de poseer las cualidades opuestas a los defectos que criticáis en los demás: es el modo de elevaros. Si les reprocháis su avaricia, sed generosos. Si les enrostráis su orgullo, sed humildes y modestos. Si veis que son duros, sed vosotros tiernos. Si ellos obran con mezquindad, sed magnánimos en todas vuestras acciones. En suma, haced de modo que no se pueda aplicaros esta frase de Jesús: Y ¿por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?”


904. ¿Somos culpables de sondear las llagas de la sociedad y ponerlas al descubierto?
“Eso depende del sentimiento que os conduce a hacerlo. Si el escritor sólo pretende generar escándalo, se trata de un goce personal que se procura al presentar esas escenas, que suelen ser un mal ejemplo en vez de uno bueno. El Espíritu juzga, pero puede ser castigado por esa especie de placer que experimenta al revelar el mal.”


[904b] - En ese caso, ¿cómo podemos juzgar la pureza de las intenciones, así como la sinceridad del escritor? 
“Eso no siempre es útil. Si escribe cosas buenas, aprovechadlas. Si hace mal, es una cuestión de conciencia que sólo a él atañe. Por lo demás, si quiere demostrar su sinceridad, tendrá que respaldar sus preceptos con su propio ejemplo.”


905. Algunos autores han publicado obras muy bellas y morales que contribuyen al progreso de la humanidad, pero de las que ellos mismos han sacado poco provecho. ¿Se les toma en cuenta, como Espíritus, el bien que sus obras han hecho?
“La moral sin acciones es como semilla sin fruto. ¿De qué os sirve la semilla si no hacéis que fructifique para alimentaros? Esos hombres son más culpables, porque tenían inteligencia para comprender. Dado que no practicaron las máximas que recomendaban a los demás, renunciaron a cosechar los frutos.”


906. Quien hace el bien, ¿es reprensible por tener conciencia de ello y confesárselo a sí mismo?
“Puesto que puede tener conciencia del mal que hace, también debe tenerla acerca del bien que hace, a fin de saber si obra bien o mal. Si pesa todas sus acciones en la balanza de la ley de Dios, y sobre todo en la de la ley de justicia, amor y caridad, podrá comprender si esas acciones son buenas o malas, aprobarlas o desaprobarlas. Por consiguiente, no es reprensible por reconocer que ha triunfado sobre las malas tendencias y por estar satisfecho de ello, con tal de que eso no lo envanezca, pues entonces incurriría en otra falta.”



Acerca de las pasiones

907. Puesto que el principio de las pasiones está en la naturaleza, ¿es malo en sí mismo?
“No, la pasión está en el exceso unido a la voluntad, pues su principio ha sido otorgado al hombre para el bien. Esas pasiones pueden llevarlo a realizar grandes cosas. Lo que causa el mal es el abuso que se hace de ellas.”


908. ¿Cómo definir el límite en que las pasiones cesan de ser buenas o malas?
“Las pasiones son como un caballo que es útil cuando se lo domina, y peligroso cuando el que domina es él. Reconoced, pues, que una pasión llega a ser perniciosa desde el momento en que dejáis de tenerla bajo control y ocasiona algún perjuicio, sea para vosotros o para el prójimo.”

Las pasiones son palancas que decuplican las fuerzas del hombre y lo ayudan a cumplir con los designios de la Providencia. No obstante, si en vez de dirigirlas se deja dirigir por ellas, el hombre cae en los excesos. Así, la misma fuerza que en sus manos podía hacer el bien, recae sobre él y lo oprime.

Todas las pasiones tienen su principio en un sentimiento o necesidad natural. El principio de las pasiones no es, pues, un mal, ya que descansa en una de las condiciones providenciales de nuestra existencia. La pasión propiamente dicha es la exageración de una necesidad o de un sentimiento. Radica en el exceso y no en la causa. Ese exceso se vuelve un mal cuando su consecuencia es algún mal.

Toda pasión que aproxima al hombre a la naturaleza animal, lo aleja de la naturaleza espiritual. Todo sentimiento que eleva al hombre por encima de la naturaleza animal revela el predominio del Espíritu sobre la materia y lo aproxima a la perfección.


909. El hombre, ¿podría en todos los casos vencer sus malas inclinaciones mediante su esfuerzo?
“Sí, y a veces mediante un pequeño esfuerzo. Lo que le falta es voluntad. ¡Ah! ¡Cuán pocos de vosotros os esforzáis!”


910. El hombre, ¿puede encontrar en los Espíritus una asistencia eficaz para superar sus pasiones?
“Si ruega a Dios y a su genio bueno con sinceridad, por cierto, que los Espíritus buenos acudirán en su ayuda, pues tal es su misión.” 


911. ¿No hay pasiones tan intensas e irresistibles que la voluntad es impotente para superarlas?
“Hay muchas personas que dicen: quiero. No obstante, la voluntad sólo está en sus labios. Quieren, pero están muy satisfechas de que todo siga igual. Cuando el hombre cree que no puede vencer sus pasiones, eso se debe a que su Espíritu se complace en ellas, a consecuencia de su inferioridad. El que procura reprimirlas tiene la comprensión de su naturaleza espiritual. Vencerlas constituye para él un triunfo del Espíritu sobre la materia.”


912. ¿Cuál es el medio más eficaz de combatir el predominio de la naturaleza corporal?
“Practicar la abnegación.”



Acerca del egoísmo

913. ¿Cuál de los vicios puede ser considerado la raíz de todos los otros?
“Lo hemos dicho muchas veces: el egoísmo. De él deriva todo el mal. Estudiad los vicios y veréis que en el fondo de cada uno de ellos se halla el egoísmo. Aunque luchéis contra esos vicios, no conseguiréis extirparlos hasta que no hayáis atacado el mal en su raíz, hasta que no hayáis destruido su causa. Tiendan, pues, todos vuestros esfuerzos hacia ese objetivo, pues allí se encuentra la verdadera llaga de la sociedad. Quien quiera aproximarse, desde esta vida, a la perfección moral, debe extirpar de su corazón todo sentimiento de egoísmo, pues el egoísmo es incompatible con la justicia, con el amor y con la caridad. El egoísmo neutraliza todas las demás cualidades.”


914. Dado que el egoísmo se basa en el sentimiento del interés personal, parece muy difícil extirparlo por completo del corazón del hombre. ¿Se alcanzará ese objetivo?
“A medida que los hombres se instruyen en las cosas espirituales, atribuyen menos valor a las cosas materiales. Además, es necesario reformar las instituciones humanas que alimentan el egoísmo y lo estimulan. Eso depende de la educación.”


915. Dado que el egoísmo es inherente a la especie humana, ¿no será siempre un obstáculo para el reinado del bien absoluto en la Tierra?
“Por cierto, el egoísmo es el peor de vuestros males, pero depende de la inferioridad de los Espíritus encarnados en la Tierra y no de la humanidad en sí misma. Ahora bien, los Espíritus, al purificarse mediante sucesivas encarnaciones, se desprenden del egoísmo, al igual que de sus otras impurezas. ¿No habéis visto en la Tierra hombres exentos de egoísmo, que practican la caridad? Hay más de lo que creéis, pero los conocéis poco, porque la virtud no intenta brillar a la luz del día. Si hay uno, ¿por qué no habría diez? Si hay diez, ¿por qué no habría mil? Y así sucesivamente.”


916. Lejos de disminuir, el egoísmo crece con la civilización, que parece estimularlo y alimentarlo. ¿De qué modo la causa podrá destruir al efecto?
“Cuanto peor es el mal, tanto más horroroso se torna. Era preciso que el egoísmo hiciera mucho mal para que se comprendiese la necesidad de extirparlo. Cuando los hombres se hayan despojado del egoísmo que los domina, vivirán como hermanos, sin hacerse mal, y se ayudarán recíprocamente por el sentimiento mutuo de la solidaridad. Entonces, el poderoso será el amparo del débil, y no su opresor. Ya no se verán hombres que carezcan de lo necesario, porque todos practicarán la ley de justicia. Ese es el reinado del bien, que los Espíritus están encargados de preparar.”


917. ¿Cuál es el medio de destruir el egoísmo?
“De todas las imperfecciones humanas, la más difícil de desarraigar es el egoísmo, porque guarda relación con la influencia de la materia, de la cual el hombre, aún muy cercano a su origen, no ha podido liberarse. Además, todo contribuye a mantener esa influencia: las leyes, la organización social, la educación. El egoísmo habrá de debilitarse a medida que predomine la vida moral sobre la vida material y, en especial, mediante la comprensión que el espiritismo os ofrece de vuestro estado futuro real, y no desnaturalizado por ficciones alegóricas. El espiritismo bien comprendido, cuando se identifique con las costumbres y creencias, transformará los hábitos, los usos y las relaciones sociales. El egoísmo se basa en la importancia de la personalidad. Ahora bien, el espiritismo bien comprendido, lo repito, hace ver las cosas desde tan alto que el sentimiento de la personalidad desaparece, en cierto modo, ante la inmensidad. Al destruir esa importancia, o al hacerla ver, al menos, como lo que es, el espiritismo combate necesariamente al egoísmo.

”El impacto que el egoísmo de los otros produce en el hombre, suele hacer que él también se convierta en egoísta, porque siente la necesidad de ponerse a la defensiva. Al ver que los demás piensan en sí mismos y no en él, es impulsado a ocuparse de su propia persona más que de ellos. Cuando el principio de la caridad y la fraternidad sea la base de las instituciones sociales, de las relaciones legales entre los pueblos, así como entre los hombres, el hombre pensará menos en sí mismo al comprobar que los otros han pensado en él. Sentirá la influencia moralizadora del ejemplo y del contacto. En presencia del desbordamiento del egoísmo, se requiere una auténtica virtud para sacrificar la personalidad en beneficio de los otros, que a menudo no lo comprenden. El reino de los Cielos está abierto principalmente para los poseedores de esa virtud. A ellos, sobre todo, se les reserva la dicha de los elegidos, pues en verdad os digo que, en el día de la justicia, quien sólo haya pensado en sí mismo será puesto a un lado y sufrirá por su desamparo.”
FENELÓN

No cabe duda de que se realizan loables esfuerzos para conseguir que la humanidad avance. Se alientan, se estimulan, se honran los buenos sentimientos, más que en ninguna otra época. Con todo, el gusano devorador del egoísmo es siempre la llaga social. Se trata de un mal real que repercute en todo el mundo y del que cada uno es víctima en mayor o menor medida. Es necesario, pues, combatirlo como se combate una enfermedad epidémica. Para eso debemos proceder como lo hacen los médicos: remontarnos a la fuente. Busquemos, pues, en todos los sectores de la organización social, desde la familia hasta los pueblos, desde la choza hasta el palacio, las causas, las influencias patentes u ocultas que estimulan, alimentan y desarrollan el sentimiento del egoísmo. Una vez que se conozcan las causas, el remedio aparecerá por sí mismo. Sólo restará combatirlas, si no todas a la vez, al menos por partes, y poco a poco se extirpará el veneno. Dado que esas causas son numerosas, el tratamiento será prolongado, pero no imposible. Por lo demás, no se conseguirá nada si no se extirpa el mal de raíz, es decir, por medio de la educación. Pero no se trata de esa educación que tiende a formar hombres instruidos, sino de la que tiende a formar hombres de bien. La educación, bien entendida, es la clave del progreso moral. Cuando se conozca el arte de orientar los caracteres, así como se conoce el de orientar las inteligencias, se los podrá enderezar como se hace con las plantas jóvenes. No obstante, ese arte requiere mucho tacto, mucha experiencia y una observación profunda. Es un grave error creer que basta tener ciencia para ejercerlo con provecho. Cualquiera que siga al hijo del rico, así como al del pobre, desde el instante de su nacimiento, y observe las influencias perniciosas que actúan en él a consecuencia de la debilidad, la incuria y la ignorancia de quienes lo dirigen, y cuán a menudo fracasan los medios que se emplean para moralizarlo, no puede asombrarse de encontrar en el mundo tantos defectos. Hágase por la moral tanto como se hace por la inteligencia, y se verá que, si bien hay naturalezas refractarias, también las hay, y más de lo que se cree, que sólo requieren ser cultivadas para dar buenos frutos.

El hombre pretende ser feliz, y ese sentimiento es natural. Por eso trabaja sin cesar para mejorar su posición en la Tierra. Además, busca las causas de sus males a fin de remediarlos. Cuando comprenda que el egoísmo es una de esas causas: la que engendra el orgullo, la ambición, la codicia, la envidia, el odio y los celos; la que lo hiere a cada instante, la que perturba las relaciones sociales, provoca las disensiones y destruye la confianza, la que lo obliga a mantenerse constantemente a la defensiva contra su vecino; la causa que, por último, hace del amigo un enemigo, entonces comprenderá también que ese vicio es incompatible con su propia felicidad y, diremos también, con su propia seguridad. Cuanto más haya sufrido el egoísmo, tanto más sentirá la necesidad de combatirlo, así como combate la peste, los animales destructores y las demás calamidades. El hombre será inducido a ello por su propio interés.

El egoísmo es la fuente de todos los vicios, del mismo modo que la caridad es la fuente de todas las virtudes. Destruir aquel, desarrollar esta, ese debe ser el objetivo de todos los esfuerzos del hombre, si quiere garantizar su dicha tanto en este mundo como en el porvenir.



Caracteres del hombre de bien

918. ¿Mediante qué signos se puede reconocer en un hombre el progreso real que debe elevar a su Espíritu en la jerarquía espírita?
“El Espíritu prueba su elevación cuando todos los actos de su vida corporal constituyen la práctica de la ley de Dios, y cuando comprende por anticipado la vida espiritual.”

El verdadero hombre de bien es el que practica la ley de justicia, amor y caridad en su mayor pureza. Si interroga a su conciencia acerca de las acciones que llevó a cabo, se preguntará si no ha violado esa ley; si no hizo mal; si ha hecho todo el bien que pudo; si nadie tuvo que quejarse de él; en fin, si ha hecho a su prójimo todo lo que habría querido que se hiciera por él. 

El hombre compenetrado del sentimiento de caridad y de amor al prójimo hace el bien por el bien mismo, sin esperar recompensa, y sacrifica su interés a favor de la justicia. Es bueno, compasivo y benévolo para con todos, porque en cada hombre ve un hermano, sin distinción de razas ni de creencias.

Si Dios le ha dado poder y riqueza, los considera como Un Depósito que debe emplear para el bien. No se envanece por ellos, porque sabe que Dios, que se los ha concedido, puede quitárselos.

Si el orden social ha colocado hombres bajo su dependencia, los trata con bondad y benevolencia, porque son sus iguales ante Dios. Emplea su autoridad para levantarles la moral y no para abrumarlos con su orgullo.

Es indulgente para con las debilidades ajenas, porque sabe que él mismo necesita indulgencia, y recuerda esta frase de Cristo: El que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.

No es vengativo. A ejemplo de Jesús, perdona las ofensas y sólo se acuerda de los beneficios, pues sabe que será perdonado del mismo modo que él haya perdonado.

Por último, respeta en sus semejantes todos los derechos que las leyes de la naturaleza les confieren, así como querría que esos derechos fuesen respetados para con él.



Conocimiento de sí mismo

919. ¿Cuál es el medio práctico más eficaz para mejorar en esta vida y resistir a la incitación del mal? 
“Un sabio de la Antigüedad os lo ha dicho: Conócete a ti mismo(1).”

(1) [Máxima délfica adoptada y enseñada por Sócrates.]


[919a] - Entendemos toda la sabiduría de esa máxima. No obstante, la dificultad consiste precisamente en conocerse a sí mismo. ¿De qué modo podemos lograrlo?
“Haced lo que yo hacía cuando vivía en la Tierra. Al concluir el día, interrogaba a mi conciencia. Entonces pasaba revista a lo que había hecho y me preguntaba si no había faltado en algo al deber, si nadie había tenido que quejarse de mí. De ese modo llegué a conocerme y pude ver lo que había para reformar en mí. Aquel que, cada noche, recuerde todas sus acciones de la jornada y se pregunte a sí mismo por el bien o el mal que ha hecho, rogándole a Dios y a su ángel de la guarda que lo iluminen, adquirirá una gran fuerza para perfeccionarse. Porque, creedme, Dios lo asistirá. Así pues, formulaos preguntas e indagad acerca de lo que habéis hecho y con qué objetivo obrasteis en determinada circunstancia; si hicisteis algo que censuraríais en los demás; si habéis llevado a cabo una acción que no os atreveríais a confesar. También preguntaos esto: ‘Si Dios quisiera llamarme en este momento, al regresar al mundo de los Espíritus, donde nada está oculto, ¿tendría que temer la mirada de alguien?’ Examinad lo que podríais haber hecho contra Dios, luego contra vuestro prójimo, y por último contra vosotros mismos. Las respuestas serán un alivio para vuestra conciencia, o la indicación de un mal que es preciso tratar.

”El conocimiento de sí mismo es, por consiguiente, la clave del mejoramiento individual. ‘No obstante -diréis vosotros-, ¿cómo puede uno juzgarse a sí mismo? ¿Acaso no tenemos la ilusión del amor propio, que atenúa las faltas y las excusa? El avaro se considera simplemente ahorrativo y previsor. El orgulloso cree que lo que posee es tan sólo dignidad.’ Eso es muy cierto, pero vosotros disponéis de un medio de control con el que no podréis engañaros. Cuando estéis indecisos acerca del valor de una de vuestras acciones, preguntaos cómo la calificaríais si la hubiese realizado otra persona. En caso de que la censuréis en el prójimo, no podrá ser legítima en vosotros, pues Dios no tiene dos medidas para la justicia. Asimismo, procurad saber lo que los demás piensan de esa acción, y no descuidéis la opinión de vuestros enemigos, pues estos no tienen ningún interés en disfrazar la verdad. Muchas veces Dios los pone a vuestro lado como un espejo para haceros una advertencia, con mayor franqueza que como lo haría un amigo. Así pues, quien tenga la firme determinación de mejorar, explore su conciencia a fin de arrancar de ella las malas inclinaciones, del mismo modo que arranca las malas hierbas de su jardín; haga un balance de su jornada moral, así como el comerciante hace el de sus pérdidas y ganancias, y os aseguro que aquel balance le dará más beneficios que este. Si puede decirse a sí mismo que su jornada ha sido buena, podrá dormir en paz y esperar sin temor el despertar en la otra vida. 

”Formulaos, pues, preguntas claras y precisas, y no temáis hacerlo en demasía, pues bien se puede invertir algunos minutos para conquistar la dicha eterna. ¿Acaso no trabajáis todos los días con miras a reunir los bienes que os garanticen el descanso en la vejez? Ese descanso, ¿no es el objeto de vuestros anhelos, el fin que os hace soportar fatigas y privaciones momentáneas? Pues bien, ¿qué es ese descanso de algunos días, perturbado por los achaques del cuerpo, comparado con el que lo aguarda al hombre de bien? ¿No vale la pena hacer un esfuerzo para conseguirlo? Sé que muchos afirman que el presente es positivo y que el porvenir es incierto. Ahora bien, esa es precisamente la idea que estamos encargados de destruir en vosotros, pues queremos haceros comprender ese porvenir de tal modo que no quede ninguna duda en vuestra alma. Por eso, en primer lugar, hemos llamado vuestra atención con fenómenos cuya naturaleza impresionara vuestros sentidos, y después os dimos instrucciones que cada uno de vosotros está encargado de difundir. Con ese objetivo hemos dictado El Libro de los Espíritus.”
SAN AGUSTÍN

Muchas de las faltas que cometemos nos pasan inadvertidas. En efecto, si siguiéramos el consejo de San Agustín e interrogáramos más a menudo a nuestra conciencia, veríamos cuántas veces hemos caído en falta sin pensarlo, por no examinar la naturaleza y el móvil de nuestros actos. La forma interrogativa tiene algo de más preciso que una máxima, que con frecuencia no creemos que nos esté destinada. Aquélla exige respuestas categóricas –sí o no-, que no da lugar a alternativa. Son otros tantos argumentos personales, y por la suma de las respuestas se pueden computar los totales del bien y del mal que en nosotros residen.


AMOR, CARIDAD y TRABAJO







Ley de justicia, amor y caridad

 







LIBRO TERCERO
LEYES MORALES
CAPÍTULO XI
LEY DE JUSTICIA, AMOR y CARIDAD









Justicia y derechos naturales

873. El sentimiento de justicia, ¿es natural o constituye el resultado de ideas adquiridas?
“Es tan natural que os rebeláis ante la simple idea de una injusticia. Sin duda el progreso moral desarrolla ese sentimiento, pero no lo crea: Dios lo puso en el corazón del hombre. Por eso encontráis a menudo, en hombres simples y primitivos, nociones más exactas de la justicia que en los que saben mucho.” 


874. Si la justicia es una ley de la naturaleza, ¿cómo se explica que los hombres la entiendan de una manera tan diferente, y que uno considere justo lo que a otro le parece injusto?
“Se debe a que con ese sentimiento suelen mezclarse pasiones que lo alteran, como ocurre con la mayor parte de los sentimientos naturales, y hacen que los hombres vean las cosas desde un falso punto de vista.”


875. ¿Cómo se puede definir la justicia?
“La justicia consiste en el respeto a los derechos de cada uno.”


[875a] - ¿Qué determina esos derechos? 
“Dos cosas: la ley humana y la ley natural. Dado que los hombres dictan leyes adecuadas a sus costumbres y a su carácter, esas leyes establecen derechos que han variado con el progreso del conocimiento. Reflexionad acerca de si vuestras leyes de hoy, aunque imperfectas, consagran los mismos derechos que las de la Edad Media. Esos derechos anticuados, que os resultan monstruosos, parecían justos y naturales en esa época. Así pues, el derecho que los hombres establecen no siempre es conforme a la justicia. Por otra parte, sólo regula ciertas relaciones sociales, mientras que en la vida privada hay una infinidad de actos que competen exclusivamente al tribunal de la conciencia.”


876. Fuera del derecho consagrado por la ley humana, ¿en qué se basa la justicia conforme a la ley natural?
“Cristo os ha dicho: Quered para los otros lo que quisierais para vosotros mismos. Dios ha puesto en el corazón del hombre la regla de la verdadera justicia, porque cada uno desea ver respetados sus derechos. En la incertidumbre de lo que debe hacer con respecto al prójimo en una circunstancia determinada, pregúntese el hombre cómo querría que se procediese con él en una circunstancia similar. Dios no podría darle una guía más segura que su propia conciencia.”

El criterio de la verdadera justicia es, en efecto, querer para los demás lo que se querría para sí mismo, lo cual de ningún modo es lo mismo que querer para sí lo que se querría para los demás. Como no es natural que queramos el mal para nosotros mismos, si tomamos nuestro deseo personal como ejemplo o punto de partida, estaremos seguros de querer siempre el bien para el prójimo. En cualquier época y en todas las creencias el hombre siempre ha procurado hacer que prevalezca su derecho personal. Lo sublime de la religión cristiana ha sido tomar el derecho personal como base del derecho del prójimo.


877. La necesidad que tiene el hombre de vivir en sociedad, ¿genera en él obligaciones particulares?
“Sí, y la primera de todas consiste en respetar los derechos de sus semejantes. Quien respete esos derechos será siempre justo. En vuestro mundo, donde tantos hombres no practican la ley de justicia, cada cual se vale de represalias, y eso causa perturbación y confusión en vuestra sociedad. La vida social otorga derechos e impone deberes recíprocos.”


878. Dado que el hombre puede engañarse acerca de la amplitud de su derecho, ¿qué puede darle a conocer el límite del mismo?
“El límite del derecho que reconoce en su semejante para con él, en la misma circunstancia y recíprocamente.”


[878a] - Pero si cada cual se atribuye los derechos del prójimo, ¿qué sucede con la subordinación para con los superiores? ¿No es eso la anarquía de todos los poderes?
“Los derechos naturales son los mismos para todos los hombres, desde el más pequeño hasta el más grande. Dios no hizo a algunos con un barro más puro que aquel con el que hizo a los demás. Todos son iguales ante Él. Esos derechos son eternos. En cambio, los que estableció el hombre perecen junto con sus instituciones. Por lo demás, cada cual conoce bien su fuerza o su debilidad, y siempre sabrá tener una especie de deferencia para con aquel que lo merezca por su virtud y su sabiduría. Es importante consignar esto, para que los que se creen superiores conozcan sus deberes, a fin de hacerse merecedores de esas deferencias. La subordinación no se verá comprometida cuando se le otorgue la autoridad a la sabiduría.”


879. ¿Cuál sería el carácter del hombre que practicara la justicia en toda su pureza?
“El del verdadero justo, a ejemplo de Jesús. Porque practicaría también el amor al prójimo y la caridad, sin los cuales no hay verdadera justicia.”



Derecho de propiedad. Robo

880. ¿Cuál es el primero de los derechos naturales del hombre?
“El derecho a la vida. Por eso nadie tiene el derecho de atentar contra la vida de su semejante ni de hacer nada que pueda comprometer su existencia corporal.”


881. El derecho a la vida, ¿otorga al hombre el derecho de acumular bienes para descansar cuando ya no pueda trabajar?
“Sí, pero debe hacerlo en familia, como la abeja, mediante un trabajo honrado, en vez de acumular como un egoísta. Incluso algunos animales le dan el ejemplo de la previsión.”


882. El hombre, ¿tiene derecho a defender lo que ha acumulado mediante su trabajo?
“¿No dijo Dios, no robarás? ¿No dijo Jesús, dad al César lo que es del César?”

Lo que el hombre acumula mediante un trabajo honrado es una propiedad legítima que él tiene derecho a defender, porque la propiedad que es fruto del trabajo constituye un derecho natural tan sagrado como el de trabajar y el de vivir.


883. El deseo de poseer, ¿es natural?
“Sí; pero cuando se desea poseer sólo para sí y con miras a la satisfacción personal, es egoísmo.”


[883a] - Sin embargo, el deseo de poseer, ¿no es legítimo, dado que el que tiene con qué vivir no es una carga para nadie?
“Hay hombres insaciables que acumulan sin provecho para nadie, o que lo hacen para saciar sus pasiones. ¿Crees que eso merece la aprobación de Dios? En cambio, el que acumula mediante su trabajo, con miras a acudir en ayuda de sus semejantes, practica la ley de amor y caridad, y Dios bendice su trabajo.”


884. ¿Cuál es el carácter de la propiedad legítima?
“Sólo es legítima la propiedad que ha sido adquirida sin perjuicio para el prójimo.”

Puesto que la ley de amor y de justicia nos prohíbe que hagamos al prójimo lo que no querríamos que se nos haga, condena por eso mismo todo medio de adquirir que sea contrario a dicha ley.


885. El derecho de propiedad, ¿es ilimitado?
“No cabe duda de que todo lo que se adquiere legítimamente es una propiedad. No obstante, como hemos dicho, puesto que la legislación de los hombres es imperfecta, suele consagrar derechos convencionales que la justicia natural reprueba. Por eso los hombres reforman sus leyes a medida que se cumple el progreso y que ellos comprenden mejor la justicia. Lo que parece perfecto en un siglo resulta bárbaro en el siglo siguiente.”



Caridad y amor al prójimo

886. ¿Cuál es el verdadero sentido de la palabra caridad, tal como Jesús la entendía?
“Benevolencia para con todos, indulgencia para con las imperfecciones de los demás, perdón de las ofensas.”

El amor y la caridad son el complemento de la ley de justicia, porque amar al prójimo es hacerle todo el bien que nos es posible y que querríamos que se nos hiciese a nosotros mismos. Ese es el sentido de las palabras de Jesús: Amaos los unos a los otros como hermanos.

La caridad, según Jesús, no se limita a la limosna: abarca todas las relaciones con nuestros semejantes, sean ellos inferiores, iguales o superiores a nosotros. La caridad nos ordena ser indulgentes, porque también nosotros necesitamos la indulgencia de los demás. La caridad nos prohíbe humillar a los desdichados, contrariamente a lo que se hace tan a menudo. Si ante nosotros se presentara una persona rica, le dispensaríamos mil consideraciones y deferencias. Si fuera pobre, no nos parecería necesario preocuparnos por ella. Por el contrario, cuanto más digna de lástima sea su situación, tanto más debemos precavernos de no aumentar su desdicha con un trato humillante. El hombre verdaderamente bueno se esfuerza por elevar al inferior a su propio nivel, para disminuir de ese modo la distancia que existe entre ambos.


887. Jesús también ha dicho: Amad a vuestros enemigos. Ahora bien, el amor a nuestros enemigos(1), ¿no es contrario a nuestras tendencias naturales? Y la enemistad, ¿no proviene de la falta de simpatía entre los Espíritus?
“No cabe duda de que no se puede sentir por los enemigos un amor tierno y apasionado. No es eso lo que Jesús quiso decir. Amar a los enemigos significa perdonarlos y devolverles bien por mal. De ese modo nos hacemos superiores a ellos, mientras que con la venganza nos colocamos por debajo.”

(1) El pasaje completo es: “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen”. (San Mateo, Cap. 5:43-44. Traducción citada.) [N. del T. al cast. 1981]


888. ¿Qué pensar de la limosna?
“El hombre reducido a pedir limosna se degrada moral y físicamente; se embrutece. En una sociedad basada en la ley de Dios y en la justicia es necesario proveer a la vida del débil sin humillarlo. Esa sociedad debe garantizar la existencia de los que no pueden trabajar, sin dejar su vida a merced del acaso y de la buena voluntad.”


[888a] - Entonces, ¿reprobáis la limosna?
“No; lo reprobable no es la limosna, sino la forma de darla. El hombre de bien, que entiende la caridad según Jesús, va al encuentro del desdichado sin esperar a que este le tienda la mano.
”La verdadera caridad es siempre buena y benevolente. Radica tanto en la manera de hacerla como en el acto en sí. Un servicio que se presta con delicadeza vale el doble. En cambio, si se lo hace con altanería, puede que la necesidad de quien lo recibe haga que lo acepte, pero su corazón se conmoverá poco.
”Recordad también que la ostentación quita, ante Dios, el mérito del beneficio. Jesús dijo: Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha(2). Con ello os enseña a no empañar la caridad con el orgullo. 
”Es preciso distinguir la limosna, propiamente dicha, de la beneficencia. El más necesitado no siempre es el que pide. El temor a la humillación detiene al verdadero pobre, que a menudo sufre sin quejarse. A este es a quien el hombre realmente humanitario sabe ir a buscar sin ostentación.
”Amaos los unos a los otros: esta es toda la ley. Ley divina mediante la cual Dios gobierna los mundos. El amor es la ley de atracción para los seres vivos y organizados. La atracción es la ley del amor para la materia inorgánica.
”Nunca olvidéis que el Espíritu, sean cuales fueren su grado de adelanto y su situación -reencarnado o en la erraticidad-, se encuentra siempre entre un superior que lo guía y perfecciona, y un inferior para con el cual tiene que cumplir esos mismos deberes. Por consiguiente, sed caritativos, no sólo con esa caridad que os hace sacar del bolsillo el óbolo que fríamente dais a quien se atreve a pedíroslo, sino también con la que os lleva al encuentro de las miserias ocultas. Sed indulgentes para con los defectos de vuestros semejantes. En vez de despreciar la ignorancia y el vicio, instruidlos y moralizadlos. Sed afables y benévolos para con todo lo que os sea inferior. Haced lo mismo en relación con los seres más ínfimos de la creación, y habréis obedecido a la ley de Dios.”
SAN VICENTE DE PAUL

(2) El pasaje completo es: “Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público”. (San Mateo, Cap. 6:3-4. Traducción citada). [N. del T. al cast. 1981]


889. ¿Hay hombres reducidos a la mendicidad por su propia culpa?
“Sin duda, pero si una buena educación moral les hubiese enseñado a practicar la ley de Dios, no caerían en los excesos que causan su perdición. De ello principalmente depende el mejoramiento de vuestro globo.”



Amor materno y filial

890. El amor materno, ¿es una virtud o un sentimiento instintivo común a los hombres y a los animales?
“Lo uno y lo otro. La naturaleza ha dado a la madre el amor a sus hijos con vistas a la conservación de estos. No obstante, en el animal ese amor se limita a las necesidades materiales; cesa cuando los cuidados se vuelven innecesarios. En el hombre, en cambio, permanece toda la vida e implica una dedicación y una abnegación que son virtud. Incluso sobrevive a la muerte y sigue al hijo más allá de la tumba. Podéis ver, pues, que en él hay algo más que en el animal.”


891. Dado que el amor materno está en la naturaleza, ¿por qué hay madres que aborrecen a sus hijos, a menudo desde el nacimiento?
“A veces es una prueba elegida por el Espíritu del hijo, o una expiación en caso de que él haya sido, a su vez, un mal padre o una mala madre, o un mal hijo en otra existencia. En todos los casos, la mala madre sólo puede estar animada por un Espíritu malo que trata de obstaculizar al del hijo, a fin de que este sucumba bajo la prueba que eligió. Con todo, esa violación de las leyes de la naturaleza no quedará impune, mientras que el Espíritu del hijo será recompensado por los obstáculos que haya superado.”


892. Cuando los padres tienen hijos que les causan pesares, ¿son excusables por no haberles prodigado la ternura que habrían tenido para con ellos en caso contrario?
“No, porque es una carga que se les ha confiado, y su misión consiste en esforzarse al máximo para reconducirlos al bien. No obstante, esos pesares suelen ser la consecuencia de una mala costumbre que les han dejado contraer desde la cuna. En ese caso, cosechan lo que sembraron.”


AMOR, CARIDAD y TRABAJO