Castigos







CASTIGOS




El Cielo y el Infierno de Allan Kardec
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO VII
Las penas futuras según el espiritismo
Código penal de la vida futura
Dios, que es justo, sólo castiga el mal mientras el mal existe, y suprime el castigo cuando el mal no existe más.


SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO II
Espíritus felices
Samuel Philipe
P. Ese mundo tan nuevo para vos, y al lado del cual el nuestro tiene tan poca importancia, y quizá los numerosos amigos que habéis vuelto a encontrar en él. ¿os han hecho perder de vista a vuestra familia y a vuestros amigos de la Tierra?

R. Si les hubiera olvidado, sería indigno de la dicha que gozo. Dios no recompensa el egoísmo, sino que, por el contrario, lo castiga. El mundo en que estoy puede hacerme desdeñar la Tierra, pero no los espíritus que están encarnados en ella. Sólo los hombres que se hallan en la prosperidad olvidan a los compañeros de infortunio. Voy a ver muchas veces a los míos, y la buena memoria que de mí conservan me hace feliz. Su pensamiento me atrae, asisto a sus conversaciones, gozo con sus alegrías, sus penas me entristecen, pero no con esa tristeza ansiosa de la vida humana, porque comprendo que no son más que pasajeras y para su bien


CAPÍTULO V
Suicidas
El padre y el quinto
A san Luis:
P. ¿Queréis darnos vuestra apreciación personal sobre el acto del espíritu que acabamos de evocar?

R. Este espíritu sufre justamente, porque no ha tenido confianza en Dios, lo cual es una falta siempre punible. El castigo sería terrible y muy largo si no tuviese en su favor un motivo laudable, que era el de impedir a su hijo que fuese a buscar la muerte.
Dios, que ve el fondo de los corazones y que es justo. no le castiga sino según sus obras.


Una madre y su hijo
Vuestro hijo no está perdido para siempre, creedme, lo volveréis a ver, ciertamente, pero es preciso merecerlo con vuestra sumisión a la voluntad de Dios. Mientras que rebelándoos podéis retardar este momento indefinidamente. Escuchadme, Dios es infinitamente bueno, pero es infinitamente justo. No castiga jamás sin causa, y si os ha impuesto grandes dolores en la Tierra, es porque los habéis merecido.


CAPÍTULO VII
Espíritus endurecidos
III
La justicia humana no hace excepción de la individualidad de los seres que castiga, midiendo el crimen por el mismo crimen. Hiere indistintamente a los que lo han cometido, y la misma pena alcanza al culpable sin distinción de sexo y cualquiera que sea su educación. La justicia divina procede de otra manera. Los castigos corresponden al grado de adelanto de los seres a los cuales son impuestos.


CAPÍTULO VIII
Expiaciones terrestres
Clara Rivier
P. ¿Tendríais que encargar algo para vuestros padres?

R. A petición de un médium, han hecho mis padres mucha caridad. Razón han tenido en no rogar siempre con los labios: es preciso hacerlo con la mano y el corazón. Dar a los que sufren es orar, ser espiritista.
Dios ha dado a todas las almas el libre albedrío, esto es, la facultad de progresar. Ha dado a todas, la misma aspiración, y por esta razón, la ropa de paño burdo está más cerca de la ropa de oro de lo que generalmente pensáis. Por lo tanto, estrechad las distancias por la caridad. Introducid al pobre en vuestra casa, animadle, levantadle, no le humilléis. Si se supiese practicar por todas partes esta gran ley de la conciencia, no se tendría en épocas determinadas esas grandes miserias que deshonran a los pueblos civilizados, y que Dios envía para castigarles y abrirles los ojos.

¡Qué hermoso pensamiento es éste: “La ropa de paño burdo está más cerca de la ropa recamada de oro de lo que generalmente pensáis!” Es una alusión a los espíritus que, de una existencia a otra, pasan de una posición brillante a otra posición humilde o miserable, porque muchas veces expían en un centro ínfimo el abuso que han hecho de los dones que Dios les había concedido. Es una justicia que todo el mundo comprende.

Otro pensamiento no menos profundo es el que atribuye las calamidades de los pueblos a la infracción de la ley de Dios, porque Dios castiga a los pueblos como castiga a los individuos. Es cierto que, si practicasen la ley de caridad, no habría guerras ni grandes miserias. El Espiritismo conduce a la práctica de esta ley, ¿será por esto que encuentra enemigos tan encarnizados? Las palabras de esta joven a sus padres, ¿son acaso las de un demonio?



El Libro de los Médiums de Allan Kardec
CAPÍTULO XXVII
DE LAS CONTRADICCIONES Y DE LAS MIXTIFICACIONES
De las mixtificaciones
P. ¿Por qué permite Dios que personas sinceras que aceptan el Espiritismo de buena fe sean mixtificadas? ¿no podría esto tener por inconveniente el hacerles vacilar en su creencia?

R. "Si esto hiciera vacilar su creencia, su fe no sería muy sólida; las que renunciasen al Espiritismo por una simple contrariedad, probarían que no lo comprenden y que no se dedican a la parte formal. Dios permite las mixtificaciones para probar la perseverancia de los verdaderos adeptos, y castigar a aquellos que hacen de él un objeto de diversión.
El Espíritu de Verdad".


CAPÍTULO XXXI
DISERTACIONES ESPIRITISTAS
Sobre los médiums
XII
Dios me ha encargado de una misión que debo cumplir con los creyentes a quienes favorece con la mediumnidad. Cuantas más gracias reciben del Altísimo, más peligros corren, y estos peligros son tanto más grandes porque toman origen en los mismos favores que Dios les concede. Las facultades de que gozan los médiums les atraen los elogios de los hombres, las felicitaciones, las adulaciones: aquí está su escollo. Estos mismos médiums que deberían tener siempre presente en la memoria su incapacidad primitiva lo olvidan; hacen más: lo que sólo deben a Dios lo atribuyen a su propio mérito.

¿Qué sucede entonces? Los buenos Espíritus les abandonan, vienen a ser el juguete de los malos, y no tienen brújula para guiarse; cuanto más capaces se hacen, más inclinados están en atribuirse un mérito que no les pertenece, hasta que por fin Dios les castiga retirándoles una facultad que sólo pudo serles fatal.

No sabría cómo recomendaros a vuestro ángel guardián, para que os ayude a estar siempre preparados contra vuestro más cruel enemigo que es el orgullo. Acordaos mucho los que tenéis la dicha de ser los intérpretes entre los Espíritus y los hombres, que sin el apoyo de nuestro divino maestro seréis castigados con más severidad, porque habréis sido más favorecidos.

Espero que esta comunicación dará sus frutos y deseo que pueda ayudar a los médiums a mantenerse en guardia contra el escollo que les estrellaría; este escollo ya os lo he dicho, es el orgullo.
Juana de Arco.



El Libro de los Espíritus de Allan Kardec
LIBRO SEGUNDO
CAPÍTULO I - DE LOS ESPÍRITUS
VII.- Tercer orden: Espíritus imperfectos
Conservan el recuerdo y la percepción de los sufrimientos de la vida corporal y esa impresión es muchas veces más penosa que la realidad misma. Así pues, sufren de veras los males que han soportado y los que infligieron a los demás; y, como los padecen durante mucho tiempo, creen que han de experimentarlos siempre. Dios, para castigarlos, quiere que así lo crean.


CAPÍTULO VI – VIDA ESPÍRITA
V.- Elección de las pruebas
258. En estado errante, y antes de iniciar una nueva existencia corporal, ¿tiene el Espíritu conciencia y previsión de lo que le sucederá durante la vida?

- Él mismo escoge el tipo de pruebas a que quiere ser sometido, y en esto consiste su libre albedrío.


258 a. ¿No es entonces Dios quien le impone las tribulaciones de la vida como castigo?

- Nada acontece sin permiso de Dios, por cuanto es Él quien ha establecido todas las leyes que rigen el Universo. ¡Preguntaréis por qué ha hecho tal ley en lugar de otra! Al dar al Espíritu la libertad de elegir, Él le deja toda la responsabilidad de sus actos y de sus consecuencias, sin obstruir para nada su porvenir. Suya puede ser la senda del bien, así como la del mal. Pero si cae derrotado le quedará un consuelo: el de que todo no terminó para él, y que Dios, en su bondad, le deja libre para reiniciar lo que hizo mal. Además, es menester distinguir lo que es obra de la voluntad de Dios, de aquello otro que es obra del hombre. Si un peligro os amenaza, no seréis vosotros quienes lo hayáis creado, sino Dios. Pero podéis exponeros voluntariamente a él, porque habéis visto en él un medio para vuestro propio adelanto, y Dios lo permite.


LIBRO TERCERO
CAPÍTULO VI - V. LEY DE DESTRUCCIÓN
II.- Plagas destructoras
737. ¿Con qué objeto castiga Dios a la humanidad con calamidades destructoras?

- Para que progrese más rápido. ¿No hemos dicho ya que la destrucción es necesaria para la regeneración moral de los Espíritus, que adquieren en cada nueva vida un grado más de perfección? Hay que ver el final para evaluar los resultados. Vosotros los juzgáis sólo desde vuestro punto de vista personal, y los llamáis plagas debido al perjuicio que os ocasionan. Pero tales trastornos son a menudo necesarios para acelerar el advenimiento de un orden de cosas mejor, trayendo en unos pocos años lo que hubiera demandado muchos siglos para producirse.


CAPÍTULO VIII - VII. LEY DEL PROGRESO
Marcha del progreso
781.– ¿Qué pensar de los hombres que intentan detener la marcha del progreso y hacer que la humanidad retrograde?

“Pobres seres, a quienes Dios castigará. Serán arrastrados por el torrente que pretenden detener.”


LIBRO CUARTO
ESPERANZAS Y CONSUELOS
CAPÍTULO II - PENAS Y GOCES FUTUROS
Intervención de Dios en las penas y en las recompensas
964. ¿Tiene Dios necesidad de ocuparse de cada uno de nuestros actos para recompensarnos o castigarnos? La mayoría de esos actos, ¿no son insignificantes para Él?

“Dios tiene sus leyes, que rigen todas vuestras acciones: si las violáis, la culpa es vuestra. No cabe duda de que, cuando un hombre comete un exceso, Dios no emite un juicio en contra suyo para decirle, por ejemplo: Has sido glotón, voy a castigarte. Sino que ha trazado un límite. Las enfermedades, y a menudo la muerte, son la consecuencia de los excesos. Este es el castigo: el resultado de la infracción a la ley. Así sucede en todo.”

Todas nuestras acciones se encuentran sometidas a las leyes de Dios. No hay ninguna, por insignificante que nos parezca, que no pueda llegar a ser una violación de esas leyes. Si sufrimos las consecuencias de esa violación, sólo debemos quejarnos de nosotros mismos, que así nos convertimos en los artífices de nuestra felicidad o de nuestras desdichas venideras. 


Reflexión sobre si Dios impone, premia, castiga, etc.
No es que Dios personalmente imponga, premie, castigue, etc., no, son figuras alegóricas. Él tiene sus leyes, y si las incumplimos, la culpa es nuestra. Por consiguiente, las imposiciones, premios, castigos, etc. son el resultado de infringir sus leyes, sirviéndose de diversos instrumentos para que suframos su incumplimiento. Las enfermedades, y a menudo la muerte, son la consecuencia de las infracciones que cometemos contra las leyes de Dios, ya que toda acción tiene su reacción por la Ley de Causa y Efecto.


Y como dicen nuestros hermanos elevados de la espiritualidad:
“Dios, al crear un alma, sabe, en efecto, si, en virtud de su libre albedrío, tomará el buen o el mal camino. Sabe que será castigada, si obra mal, pero sabe también que este castigo temporal es un medio de hacerle comprender su error y de hacerla entrar en la buena senda, a donde llegará tarde o temprano”.

AMOR, CARIDAD y TRABAJO








Indulgencia








INDULGENCIA









José, espíritu protector, Bordeaux 1863:
Espiritistas, hoy queremos hablaros de la indulgencia, de este sentimiento tan dulce, tan fraternal que todo hombre debe tener para con sus hermanos, pero que muy pocos practican.

La indulgencia no ve los defectos de los otros, o si los ve se guarda de hablar de ellos o de divulgarlos; por el contrario, los oculta con el fin de que sólo él los conozca; y si la malevolencia los descubre, siempre tiene a mano una excusa para paliarlos, es decir, una excusa plausible, formal y nada tiene de aquellas que queriendo atenuar la falta, la hacen resaltar con pérfida maestría.

La indulgencia nunca se ocupa de los actos malos de los demás a menos que no sea para hacer un favor, y aun así tiene cuidado de atenuarlos tanto como le es posible.

No hace observaciones que choquen; ni tiene reproches a mano, sino consejos, lo más a menudo disfrazados. Cuando criticáis, ¿qué consecuencias deben sacarse de vuestras palabras? Vosotros los que vituperáis, ¿no habréis hecho tal vez lo que reprocháis, valdréis, acaso, más que el culpable? ¡Oh, hombres! ¿cuándo juzgaréis por vuestros propios corazones, vuestros propios pensamientos, vuestros propios actos, sin ocuparos de lo que hacen vuestros hermanos? ¿Cuándo no abriréis vuestros ojos severos sino para vosotros mismos?

Sed, pues, severos para con vosotros e indulgentes para con los demás. Pensad en el que juzga sin apelación que ve los pensamientos secretos de cada corazón y que, por consiguiente, excusa muy a menudo las faltas que vosotros vituperáis, o condena lo que excusáis, porque conoce el móvil de todos los actos y porque vosotros, que gritáis tan alto ¡anatema! (maldición), quizás habéis cometido faltas más graves. 

Sed indulgentes, amigos míos, porque la indulgencia atrae, calma, corrige; mientras que el rigor desalienta, aleja e irrita. 


Juan, obispo de Bordeaux, 1862:
Sed indulgentes para con las faltas de los otros, cualesquiera que sean; sólo debéis juzgar con severidad vuestras acciones, y el Señor usará de indulgencia con vosotros, así como vosotros la habréis usado para con los demás.

Sostened a los fuertes animándolos a la perseverancia; fortificad a los débiles enseñándoles la bondad de Dios, que toma en cuenta el menor arrepentimiento; mostrad a todos el ángel del arrepentimiento extendiendo sus blancas alas sobre las faltas de los humanos, velándolas de este modo a los ojos de aquél que no puede ver lo que es impuro. Comprended toda la misericordia infinita de vuestro Padre, y no os olvidéis jamás de decirle con vuestro pensamiento; y sobre todo con vuestros actos: "Perdonad nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido". Comprended bien el valor de esas sublimes palabras: no sólo su letra es admirable, sí que también la enseñanza que encierra. ¿Qué solicitáis del Señor cuando le pedís que os perdone? Es sólo el olvido de vuestras ofensas, olvido que os deja en la nada, porque Dios se contenta con olvidar vuestras faltas, no castiga, "pero tampoco recompensa". La recompensa no puede ser el precio del bien que no se ha hecho y aún menos del mal causado, aun cuando este mal fuese olvidado. Pidiéndole el perdón de vuestras infracciones, me pedís el favor de sus gracias para no volver a caer en la falta y la fuerza necesaria para entrar en el buen camino, camino de sumisión y de amor en el que podéis añadir la reparación al arrepentimiento.

Cuando perdonéis a vuestros hermanos, no os contentéis con correr el velo del olvido sobre sus faltas; este velo es a menudo muy transparente a vuestros ojos; cuando les perdonéis, ofrecedles al mismo tiempo vuestro amor; haced por ellos lo que quisierais que vuestro Padre celeste hiciere por vosotros. Reemplazad la cólera que mancha por el amor que purifica. Predicad con vuestro ejemplo esa caridad activa, infatigable, que Jesús os ha enseñado: predicadla como Él mismo lo hizo todo el tiempo que vivió en la tierra visible a los ojos del cuerpo, y como la ha predicado también sin cesar desde que sólo es visible a los ojos del espíritu. Seguid a ese divino modelo; no os apartéis de sus pasos; ellos os conducirán al lugar de refugio en donde encontraréis el reposo después de la lucha. Cargaos, como él, con vuestra cruz, y subid penosamente, pero con ánimo, vuestro calvario; en la cumbre está la glorificación. 


Dufétre, obispo de Nevers, Bordeaux:
Queridos amigos, sed severos para con vosotros mismos e indulgentes para con las debilidades de los otros; también esto es una práctica de la santa caridad que muy pocas personas observan. Todos vosotros tenéis malas inclinaciones que vencer, defectos que corregir, costumbres que modificar, todos vosotros tenéis una carga más o menos pesada que depositar para subir a la cumbre de la montaña del progreso. ¿Por qué, pues, veis tanto para el prójimo, y sois tan ciegos para vosotros mismos? ¿Cuándo, pues, cesaréis de advertir en el ojo de vuestro hermano una arista de paja que le hiere, sin mirar en el vuestro la viga que os ciega, y os hace marchar de precipicio en precipicio? Creed en vuestros hermanos los espíritus: Todo hombre bastante orgulloso para creerse superior en virtud y en mérito a sus hermanos encarnados es insensato y culpable, y Dios le castigará en el día de su justicia. El verdadero carácter de la caridad, es la modestia y la humildad que consiste en no ver superficialmente los defectos para dedicarse a hacer volver lo que hay en el bueno y virtuoso; porque si el corazón humano es un abismo de corrupción, existe siempre en algunos de sus pliegues más escondidos, el germen de buenos sentimientos, chispa brillante de la esencia espiritual.

¡Espiritismo, doctrina consoladora y bendita; felices los que te conocen y se aprovechan de las saludables enseñanzas de los espíritus del Señor! Para ellos el camino es claro, y durante todo el viaje pueden leer estas palabras que les indican el medio de llegar al fin: caridad práctica, caridad de corazón, caridad para el prójimo como para sí mismo, en una palabra, caridad para todos y amor de Dios sobre todas las cosas, porque el amor de Dios resume todos los deberes y porque realmente es imposible amar a Dios sin practicar la caridad, de la que hace una ley para con todas sus criaturas.


San Luis. París, 1860:
"Si nadie es perfecto, ¿se sigue de esto que nadie tiene el derecho de corregir a su vecino?
Seguramente que no, puesto que cada uno de vosotros debe trabajar para el progreso de todos, y sobre todo de aquellos cuya tutela se os ha confiado; pero hay una razón para hacerlo con moderación, con un fin útil, y no como se hace la mayor parte de las veces por el placer de denigrar (calumniar). En este último caso la censura es una maldad; en el primero es un deber que la caridad manda cumplir con toda prudencia posible, y aun la censura que se quiere hacer a otro, debe uno hacérsela a sí mismo al propio tiempo y preguntarse si también la merece. 


"¿Es uno reprensible por observar las imperfecciones de los otros cuando no puede resultar ningún provecho para ellos, aun cuando no las divulgue?"
Todo depende de la intención; ciertamente no está prohibido ver el mal cuando el mal existe, y aun habría inconveniente en ver por todas partes el bien; esta ilusión perjudicaría al progreso. Lo malo es hacer recaer esta observación en detrimento del prójimo, desacreditándole, sin necesidad, en la opinión. Sería también reprensible haciéndolo para complacerse a sí mismo en sus sentimientos de malevolencia y de alegría al encontrar a los otros en falta. Lo contrario sucede cuando echando un velo sobre el mal para el público, se limita uno a observarlo para su provecho personal, es decir, para estudiarse y evitar lo que se censura en los otros. Por lo demás, esta observación, ¿no es acaso, útil, al moralista? ¿Cómo pintaría los males de la humanidad si no estudiase los modelos?


"¿Hay casos en que sea útil el descubrir el mal de otro?"
Esta pregunta es muy delicada, y aquí es cuando debe recurrirse a la caridad bien comprendida. Si las imperfecciones de una persona sólo dañan a ella misma, nunca hay utilidad en hacerlas conocer; pero si pueden ocasionar perjuicio a otro es menester preferir el interés del mayor número al interés de uno solo. Según las circunstancias, descubrir la hipocresía y la mentira, puede ser un deber, porque vale más que un hombre caiga que no que muchos vengan a ser su ludibrio (desprecio) y sus víctimas. En tal caso, se han de pesar las ventajas y los inconvenientes. 



Ítem 886 y 903 de El libro de los Espíritus:
¿Cuál es el verdadero sentido de la palabra caridad, tal como Jesús la entendía?
“Benevolencia para con todos, indulgencia para con las imperfecciones de los demás, perdón de las ofensas.”

El amor y la caridad son el complemento de la ley de justicia, porque amar al prójimo es hacerle todo el bien que nos es posible y que querríamos que se nos hiciese a nosotros mismos. Ese es el sentido de las palabras de Jesús: Amaos los unos a los otros como hermanos. 

La caridad, según Jesús, no se limita a la limosna: abarca todas las relaciones con nuestros semejantes, sean ellos inferiores, iguales o superiores a nosotros. La caridad nos ordena ser indulgentes, porque también nosotros necesitamos la indulgencia de los demás. La caridad nos prohíbe humillar a los desdichados, contrariamente a lo que se hace tan a menudo. Si ante nosotros se presentara una persona rica, le dispensaríamos mil consideraciones y deferencias. Si fuera pobre, no nos parecería necesario preocuparnos por ella. Por el contrario, cuanto más digna de lástima sea su situación, tanto más debemos precavernos de no aumentar su desdicha con un trato humillante. El hombre verdaderamente bueno se esfuerza por elevar al inferior a su propio nivel, para disminuir de ese modo la distancia que existe entre ambos.


¿Somos culpables si estudiamos los defectos de los demás?
“Si lo hacéis para criticar y divulgar esos defectos sois muy culpables, pues eso implica falta de caridad. En cambio, si se trata de aprovechar ese estudio para evitarlos en vosotros mismos, en ocasiones puede ser útil. Con todo, no hay que olvidar que la indulgencia para con los defectos del prójimo es una de las virtudes que forman parte de la caridad. Antes de hacer un reproche a los demás por sus imperfecciones, ved si no se puede decir lo mismo de vosotros. Tratad, pues, de cultivar las cualidades opuestas a los defectos que criticáis en el prójimo, pues ese es el modo de haceros superiores. Si le reprocháis su avaricia, sed generosos. Si le echáis en cara su orgullo, sed humildes y modestos. Si lo culpáis por su rudeza, sed tiernos. Si lo acusáis de obrar con mezquindad, sed generosos en todas vuestras acciones. En una palabra, procurad que no se pueda aplicaros esta frase de Jesús: Ve una paja en el ojo de su prójimo, pero no ve una viga en el suyo.”


Bibliografía:
El Evangelio según el Espiritismo de Allan Kardec
El Libro de los Espíritus de Allan Kardec

AMOR, CARIDAD y TRABAJO







NUESTRO HOGAR y la DOCTRINA ESPÍRITA, INCOHERENCIAS





NUESTRO HOGAR
y la 
DOCTRINA ESPÍRITA,

INCOHERENCIAS





Veamos en primer lugar lo que dicen los libros de la codificación espírita de Allan Kardec, dictados por espíritus superiores, y que son la base de la Doctrina Espírita, en relación con: los espíritus errantes, los mundos transitorios y los animales una vez que mueren.

ESPÍRITUS ERRANTES:
223. ¿El alma se encarna inmediatamente después de su separación del cuerpo?
«A veces inmediatamente, pero con más frecuencia después de intervalos más o menos largos. En los mundos superiores la reencarnación es casi siempre inmediata. Siendo menos grosera la materia corporal, el espíritu en ella encarnado goza de casi todas sus facultades de espíritu, y su estado normal es el de vuestros sonámbulos lúcidos».

224. ¿Qué es el alma en el intervalo de las encarnaciones?
«Espíritu errante que aspira a su nuevo destino; espera».
- ¿Cuál puede ser la duración de esos intervalos?
«Desde algunas horas a algunos miles de siglos. Por lo demás, hablando con exactitud, no hay límite extremo señalado al estado errante, que puede prolongarse mucho tiempo; pero nunca es perpetuo, pues el espíritu puede siempre tarde o temprano, volver a empezar una existencia que sirve para purificar sus existencias anteriores».
- ¿Esa duración está subordinada a la voluntad del espíritu, o puede serle impuesta como expiación?
«Es consecuencia del libre albedrío. Los espíritus saben perfectamente lo que hacen; pero los hay también para quienes aquélla es un castigo impuesto por Dios. Otros piden la prolongación de semejante estado para proseguir ciertos estudios que sólo los espíritus errantes pueden hacer con provecho».

225. ¿La erraticidad es en sí misma señal de inferioridad del espíritu?
» No; porque hay espíritus errantes de todos los grados. La encarnación es un estado transitorio, como tenemos dicho, y en estado normal el espíritu está desprendido de la materia».

226. ¿Puede decirse que todos los espíritus que no están encarnados están errantes?
«Los que se han de reencarnar, sí; pero los espíritus puros que han llegado a la perfección no están errantes: su estado es definitivo».

Bajo el aspecto de las cualidades intimas, los espíritus son de diferentes órdenes o grados que sucesivamente recorren, a medida que se purifican. Por su estado, pueden estar: encarnados, es decir, unidos a un cuerpo; errantes, es decir, separados del cuerpo material y esperando una nueva encarnación para mejorarse, y pueden ser espíritus puros, es decir, perfectos y sin necesidad de nuevas encarnaciones.

227. ¿De qué modo se instruyen los espíritus errantes, pues sin duda no lo hacen de la misma manera que nosotros?
«Estudian su pasado e inquieren los medios de elevarse. Miran y observan lo que ocurre en los lugares que recorren; oyen los discursos de los hombres ilustres y las advertencias de los espíritus más elevados, y todo esto les proporciona ideas de que carecían».

228. ¿Los espíritus conservan algunas de las pasiones humanas?
«Los espíritus elevados, al dejar su envoltura, dejan las malas pasiones y no conservan más que las buenas; pero los espíritus inferiores no se desprenden de aquéllas, pues de otro modo pertenecerían al primer orden».

229. ¿Por qué los espíritus, al dejar la tierra, no abandonan todas sus malas pasiones, puesto que ven sus inconvenientes?
«En este mundo hay personas excesivamente celosas, ¿crees que al abandonarlo se desprenden de ese defecto? Después de salir de la tierra, les queda, sobre todo a los que han tenido pasiones dominantes, una especie de atmósfera que les rodea y les conserva todas esas cosas malas; porque el espíritu no está completamente desprendido de ellas, y sólo en ciertos momentos entrevé la verdad, como para enseñarle el buen camino».

230. ¿Progresa el espíritu en estado errante?
«Puede mejorarse mucho, siempre según su voluntad y su deseo; pero en la existencia corporal es donde practica las nuevas ideas que ha adquirido».

231. ¿Son felices o desgraciados los espíritus errantes?
«Más o menos, según su mérito. Sufren las consecuencias de las pasiones cuyo principio han conservado, o bien son felices según están más o menos desmaterializados. En estado errante, el espíritu entrevé lo que le falta para ser más dichoso, y entonces busca los medios para conseguirlo; pero no siempre le es permitido reencarnarse a su gusto, lo que entonces constituye un castigo».

232. En estado errante, ¿pueden los espíritus ir a todos los mundos?
«Según y cómo. Separado el espíritu del cuerpo no está por ello completamente desprendido de la materia, y pertenece aún al mundo en que ha vivido, o a otro del mismo grado, a menos que, durante la vida, se haya elevado, y este es el fin a que debe dirigirse, pues sin él no se perfeccionaría nunca. Puede, sin embargo, ir a ciertos mundos superiores; pero estará en ellos como un extraño. Por decirlo así, no hace más que entreverlos, lo que le despierta el deseo de mejorarse, para ser digno de la felicidad que en ellos se goza y poder habitarlos más tarde».

233. ¿Los espíritus purificados vienen a los mundos inferiores?
«Vienen a menudo para ayudarles a progresar, pues, a no ser así, semejantes mundos estarían abandonados a sí mismos, sin guías que los dirigiese».



MUNDOS TRANSITORIOS:
234. ¿Existen, como se ha dicho, mundos que sirven a los espíritus errantes de estaciones y lugares de reposo?
«Sí; hay mundos particularmente consagrados a los seres errantes, mundos en que pueden habitar temporalmente, especies de vivaques o campamentos(1) para descansar de una prolongada erraticidad, que siempre es algo penosa. Son posiciones intermedias entre los otros mundos, graduadas según la naturaleza de los espíritus que pueden ir a ellas, los cuales gozan de mayor o menor bienestar».
-Los espíritus que habitan en esos mundos, ¿pueden dejarlos a su antojo?
«Sí, los espíritus que están en esos mundos pueden separarse de ellos para ir a donde deben dirigirse. Imaginadlos como aves de paso que se detienen en una isla, esperando recobrar fuerzas para dirigirse al término de su viaje».

(1) Campamento es la acción de acampar (detenerse y permanecer en una zona despoblada, alojándose en tiendas o carpas). Se trata de la instalación eventual en terreno abierto de personas que se reúnen para un fin especial o que van de camino hacia otra parte.

235. ¿Progresan los espíritus durante su permanencia en los mundos transitorios?
«Indudablemente, pues los que de tal modo se reúnen lo hacen con objeto de instruirse y de poder obtener más fácilmente permiso para trasladarse a mejores lugares, y llegar a la posición de los elegidos».

236. ¿Los mundos transitorios están por su naturaleza especial perpetuamente consagrados a los espíritus errantes?
«No; su posición es temporal únicamente».
- ¿Están habitados al mismo tiempo por seres corporales?
«No: pues su superficie es estéril. Los que los habitan no sienten necesidades».
- ¿Esta esterilidad es permanente y procede de su naturaleza especial?
«No; son estériles por transición».
- ¿Esos mundos deben, pues, carecer de bellezas naturales?
«La naturaleza se traduce en las bellezas de la inmensidad, que no son menos admirables que las que llamáis naturales».
-Puesto que el estado de estos mundos es transitorio, ¿pertenecerá el nuestro algún día a ellos?
«Ha pertenecido ya».
- ¿En qué época?
«Durante su formación».

Nada hay inútil en la naturaleza; todo tiene su objeto y su destino: nada está desocupado; todo está habitado, y en todas partes reina la vida. Así pues, durante la larga serie de siglos que transcurrieron, antes de que apareciese el hombre en la tierra, durante aquellos lentos períodos de transición, atestiguados por las capas geológicas antes aun de la formación de los primeros seres orgánicos, no faltaba vida en aquella masa informe, en aquel árido caos donde estaban confundidos los elementos, pues en él encontraban refugio seres que no tenían ni nuestras necesidades, ni nuestras sensaciones físicas. Dios quiso que aun en semejante estado de imperfección, sirviese para algo. ¿Quién, pues, se atreverá a decir que, entre esos miles de mundos que circulan por la inmensidad, tiene el privilegio de estar habitado uno solo, uno de los más pequeños, confundido con la multitud?  ¿Cuál sería la utilidad de los otros?

¿Los habría creado Dios sólo para recreo de nuestros ojos? suposición absurda, incompatible con la sabiduría que en todas sus obras se revela, e inadmisible, cuando se consideran todos los que no podemos distinguir. Nadie negará que en la idea de que existen mundos impropios todavía para la vida material, pero poblados, sin embargo, de seres vivientes apropiados a semejante medio, haya algo de grande y de sublime, en lo cual encontraremos quizá solución a más de un problema.



ANIMALES:
283. Evocación de animales
36. ¿Se puede evocar al Espíritu de un animal?
Después de la muerte del animal, el principio inteligente que residía en él permanece en estado latente, y es utilizado de inmediato por ciertos Espíritus encargados de la tarea de animar a nuevos seres, en los cuales ese principio inteligente continúa el proceso de su elaboración. Así pues, en el mundo de los Espíritus no existen Espíritus errantes de animales, sino tan sólo Espíritus humanos. Esto responde a vuestra pregunta.”



A continuación, se exponen fragmentos extraídos del libro titulado “NUESTRO HOGAR” de Francisco Cándido Xavier, dictado por el espíritu André Luiz, en donde se aprecian incoherencias con lo expuesto anteriormente de la Doctrina Espírita:

2.- CLARENCIO
Creciérame la barba, la ropa comenzaba a romperse con los esfuerzos de la resistencia, en aquella región desconocida.


3.- LA ORACIÓN COLECTIVA
A medida que avanzábamos, conseguía identificar preciosas construcciones situadas en extensos jardines.

A esa altura me sirvieron un caldo reconfortante, seguido de agua muy fresca, que me pareció portadora de fluidos divinos. Aquella reducida porción de líquido me reanimaba inesperadamente. No sabría decir qué clase de sopa era aquella: si una alimentación sedativa o si un remedio saludable.


7.- EXPLICACIONES DE LISIAS
El suelo estaba cubierto de vegetación. Grandes árboles, abundantes pomares (Tierra plantada de árboles frutales) y jardines deliciosos. Todos los departamentos aparecían cultivados con esmero. A pequeña distancia, se elevaban graciosos edificios. Se alineaban en espacios regulares exhibiendo diversas formas. Ninguno sin flores a la entrada, destacándose algunas casitas encantadoras, cercadas por muros de hiedra, donde diferentes rosas se abrían aquí y allá adornando el verde de variados cambiantes. Aves de plumajes policromos cruzaban los aires y, de cuando en cuando, se posaban agrupadas en las torres blancas que se levantaban rectilíneas, recordando lirios gigantescos elevándose al cielo.

Desde las grandes ventanas observaba lleno de curiosidad el movimiento del parque. Extremadamente sorprendido, identificaba animales domésticos, entre los frondosos árboles alineados al fondo.


10.- EN EL BOSQUE DE LAS AGUAS
Llegados a extenso ángulo de la plaza, el generoso amigo agregó:

–Esperemos el aerobús. (Carro aéreo, que sería en la Tierra algo parecido a un gran funicular)

Aún no me había repuesto de la sorpresa, cuando surgió un gran carro, suspendido del suelo a una altura de cinco metros, poco más o menos, repleto de pasajeros. Al descender hasta nosotros, a la manera de un elevador terrestre, lo examiné con atención. No era máquina conocida en la Tierra. Construida de material muy flexible, era de gran extensión, pareciendo estar unida a hilos invisibles por el gran número de antenas que tenía en el techo. Más tarde, confirmé mis suposiciones visitando los grandes talleres del Servicio de Tránsito y Transporte.


33.- CURIOSAS REFLEXIONES
De repente oí ladrar perros a gran distancia.

–¿Qué es eso? –interrogué asombrado.

–Los perros –dijo Narcisa– son auxiliares preciosos en las regiones obscuras del Umbral, donde se encuentran no solamente los hombres desencarnados, sino también verdaderos monstruos que no corresponde ahora describir.

La enfermera con voz activa, llamó a los servidores que se hallaban a distancia, enviando uno de ellos al interior, transmitiendo avisos.

Miré atentamente aquel grupo extraño que se acercaba despacio.

Seis grandes carretas, formato diligencia, precedidas de cuadrillas de perros alegres y alborotadores, eran tiradas por animales que, de lejos, me parecían iguales a los mulos terrestres. Pero la nota más interesante era la de las grandes bandadas de aves de cuerpo voluminoso que volaban a corta distancia, por encima de las carretas, produciendo singulares ruidos.


REFLEXIÓN:
Considerando que “Nuestro Hogar” está ubicado en un mundo transitorio, destinado a espíritus errantes, como así se define en el propio libro en el capítulo 37, en donde dice: “Nuestro Hogar es, una especie de ciudad espiritual transitoria…”, y después de leer lo que dice la codificación espírita, estimo que lo reseñado por André Luiz no concuerda con la naturaleza de los espíritus desencarnados que han dejado atrás su cuerpo físico.

Además, y como bien manifiestan claramente los espíritus superiores en el Libro de los Espíritus en relación con el tema de los mundos transitorios, estos mundos son inmateriales y su superficie estéril, por lo que y como dice textualmente la guía 18 del programa II del Estudio sistematizado de la Doctrina Espírita, editado por el Consejo Espírita Internacional: “En relación con esas afirmaciones y la comprensión de que los Espíritus de las regiones espirituales limítrofes con la Tierra necesitan volver, nuevamente, o encarnar por primera vez en nuestro planeta, las colonias espirituales descritas por André Luiz no parecen ser los mismos mundos transitorios mencionados en «El Libro de los Espíritus»”.


Bibliografía:
-El Libro de los Espíritus de Allan Kardec
-El Libro de los Médiums de Allan Kardec
-Nuestro Hogar de Francisco Cándido Xavier, dictado por el espíritu de André Luiz

AMOR, TRABAJO y CARIDAD







Amad a vuestros enemigos




AMAD A VUESTROS ENEMIGOS

-Retribuir el mal con el bien.
-Los enemigos desencarnados.
-Si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra.

-Instrucciones de los espíritus: La venganza. El odio.



Retribuir el mal con el bien

1. “Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tus enemigos’. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os odian, y orad por los que os persiguen y calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos, que hace que salga el sol sobre los malos y los buenos, y que llueva sobre los justos y los injustos. Porque, si sólo amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis con eso más que los otros? ¿No hacen lo mismo los gentiles? - Os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y los fariseos, no entraréis en el reino de los Cielos.” (San Mateo, 5:43 a 47 y 20.)


2. “Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Puesto que los pecadores también aman a quienes los aman. Si solamente hacéis el bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? Puesto que los pecadores también hacen lo mismo. Si sólo prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir el mismo favor, ¿qué mérito tenéis? Puesto que también los pecadores se prestan ayuda unos a otros, para recibir otro tanto. Mas, en cuanto a vosotros, amad a vuestros enemigos; haced el bien a todos, y prestad sin esperar nada a cambio. Entonces, vuestra recompensa será muy grande, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno aun con los ingratos y los malvados. Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Dios es misericordioso.” (San Lucas, 6:32 a 36.)


3. Si el amor al prójimo es el principio de la caridad, amar a los enemigos es su aplicación sublime, porque esa virtud es una de las más grandes victorias obtenidas contra el egoísmo y el orgullo. 

Sin embargo, en esta circunstancia, por lo general se comete una equivocación en cuanto al sentido de la palabra amar. Jesús no pretendió, mediante esas palabras, que tengamos para con el enemigo la misma ternura que para con un hermano o un amigo. La ternura presupone confianza. Ahora bien, no podemos confiar en una persona cuando sabemos que nos quiere mal. No podemos tener para con ella las expansiones de la amistad, porque sabemos que sería capaz de abusar de esa actitud. Entre las personas que desconfían recíprocamente no pueden existir los impulsos de simpatía que hay entre los que mantienen una comunión de pensamientos. En fin, nadie puede experimentar, al encontrarse con un enemigo, el mismo placer que se siente en compañía de un amigo.

Incluso, ese sentimiento es el resultado de una ley física: la de la asimilación y la repulsión de los fluidos. El pensamiento malévolo emite una corriente fluídica cuya impresión es penosa. El pensamiento benévolo nos envuelve en un efluvio agradable. De ahí resulta la diferencia de las sensaciones que se experimentan ante la proximidad de un amigo o de un enemigo. Por lo tanto, no es posible que “amar a los enemigos” signifique que no debemos hacer ninguna diferencia entre ellos y los amigos. Este precepto sólo parece difícil, y aun imposible de practicar, porque se considera falsamente que prescribe dar a ambos, amigos y enemigos, el mismo lugar en el corazón. Si la pobreza de las lenguas humanas nos obliga a servirnos de la misma palabra para expresar los diversos matices de un sentimiento,  corresponde a la razón establecer la diferencia, según los casos.

Amar a los enemigos no significa, pues, dispensarles un afecto que no está en nuestra naturaleza, porque el contacto con un enemigo nos hace latir el corazón de muy diferente modo que el contacto con un amigo. Amar a los enemigos es no sentir por ellos ni odio, ni rencor, ni deseos de venganza; es perdonarles sin segundas intenciones e incondicionalmente el mal que nos hacen; es no poner ningún obstáculo para la reconciliación; es desearles el bien en lugar del mal; es alegrarse, en vez de afligirse, con el bien que les sucede; es tenderles una mano caritativa en caso de necesidad; es abstenerse tanto en palabras como en acciones de todo lo que pudiera perjudicarlos; es, en definitiva, retribuirles el mal con el bien, sin intención de humillarlos. Cualquiera que haga esto reúne las condiciones del mandamiento: “Amad a vuestros enemigos”.


4. Para los incrédulos, amar a los enemigos es un absurdo. Aquel para quien la vida presente lo es todo, sólo ve en su enemigo un ser pernicioso que perturba su tranquilidad, y cree que sólo la muerte puede librarlo de él. De ahí proviene su deseo de venganza. No tiene ningún interés en perdonar, salvo que sea para satisfacer su orgullo ante el mundo. Perdonar, en ciertos casos, le parece incluso una debilidad indigna de él. Si no responde con la venganza, no dejará por eso de guardarle rencor y de alimentar un secreto deseo de perjudicarlo.

Para el creyente, pero sobre todo para el espírita, la manera de ver es muy diferente, porque fija su mirada en el pasado y en el porvenir, entre los cuales la vida presente es apenas un punto. Sabe que, por el destino mismo de la Tierra, no habrá de encontrar en ella más que hombres malvados y perversos; que las maldades a que está expuesto forman parte de las pruebas que debe sufrir, y el punto de vista elevado en que se coloca contribuye a que las vicisitudes le resulten menos amargas, ya sea que estas provengan de los hombres o de las cosas. Si no se queja de las pruebas, tampoco debe quejarse de aquellos que les sirven de instrumento. Si, en vez de quejarse, da gracias a Dios porque lo puso a prueba, también debe dar gracias a la mano que le proporciona la ocasión de demostrar su paciencia y su resignación. Ese pensamiento lo predispone naturalmente al perdón. Siente, además, que cuanto más generoso es, más se engrandece ante sí mismo y se ubica fuera del alcance de los dardos malévolos de su enemigo.

El hombre que en el mundo ocupa una posición elevada no toma como una ofensa los insultos de aquel a quien considera inferior. Lo mismo sucede con el que se eleva, en el mundo moral, por encima de la humanidad material. Comprende que el odio y el rencor lo envilecerían y lo rebajarían. Ahora bien, para que sea superior a su adversario, es preciso que tenga el alma más grande, más noble y generosa.



Los enemigos desencarnados

5. El espírita tiene también otros motivos para ser indulgente con sus enemigos. En primer lugar, sabe que la maldad no es un estado permanente de los hombres, sino que se debe a una imperfección momentánea y que, de la misma manera que el niño se corrige de sus defectos, el hombre malo reconocerá un día sus errores y se volverá bueno.

Sabe además que la muerte sólo lo libera de la presencia material de su enemigo, porque este puede perseguirlo con su odio aun después de que haya dejado la Tierra. Así, la venganza no consigue su objetivo, sino que, por el contrario, tiene por efecto producir una irritación más grande, que puede prolongarse de una existencia a la otra. Correspondía al espiritismo probar, por medio de la experiencia y de la ley que rige las relaciones entre el mundo visible y el mundo invisible, que la expresión extinguir el odio con sangre es radicalmente falsa, y que la verdad, en cambio, es que la sangre alimenta el odio, incluso más allá de la tumba. Correspondía al espiritismo, por consiguiente, dar una razón de ser efectiva y una utilidad práctica tanto al perdón como a la sublime máxima de Cristo: Amad a vuestros enemigos. No hay corazón tan perverso que, aun sin saberlo, no se conmueva ante una buena acción. Con el buen proceder se quita, por lo menos, todo pretexto para las represalias, y de un enemigo se puede hacer un amigo, antes y después de la muerte. Por el contrario, con el mal proceder se irrita al enemigo, que entonces sirve él mismo de instrumento a la justicia de Dios para castigar a quien no ha perdonado.


6. Podemos, pues, tener enemigos entre los encarnados y entre los desencarnados. Los enemigos del mundo invisible manifiestan su malevolencia a través de las obsesiones y las subyugaciones, de las que son víctimas tantas personas, y que representan una variedad en las pruebas de la vida. Tanto estas pruebas, como las otras, contribuyen al adelanto del ser y deben ser aceptadas con resignación y como consecuencia de la naturaleza inferior del globo terrestre. Si no hubiese hombres malos en la Tierra, no habría Espíritus malos alrededor de ella. Así pues, si debemos ser indulgentes y benevolentes para con los enemigos encarnados, del mismo modo debemos proceder en relación con los que están desencarnados.

En el pasado se sacrificaba a víctimas sangrientas para apaciguar a los dioses infernales, que no eran otra cosa que Espíritus malos. A los dioses infernales los han sucedido los demonios, que son lo mismo. El espiritismo viene a probar que esos demonios no son sino las almas de los hombres perversos, que todavía no se han despojado de los instintos materiales; que nadie consigue apaciguarlos a no ser con el sacrificio de su odio, es decir, mediante la caridad; que la caridad no tiene sólo por efecto impedir que hagan el mal, sino conducirlos nuevamente al camino del bien, con lo cual contribuye a su salvación. Por consiguiente, la máxima: Amad a vuestros enemigos no se halla circunscrita al círculo estrecho de la Tierra y de la vida presente, sino que forma parte de la magna ley de la solidaridad y la fraternidad universal.



Si alguno te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra

7. “Habéis oído que se dijo: ‘ojo por ojo y diente por diente’. Pues yo os digo que no resistáis al mal que os quieran hacer; sino que, si alguien te ha golpeado en la mejilla derecha, ofrécele también la otra; y si alguien quiere pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si alguien te obliga a caminar mil pasos junto a él, camina dos mil. Al que te pida, dale; y al que quiera pedirte prestado, no lo rechaces.” (San Mateo, 5:38 a 42.)

8. Los prejuicios del mundo, sobre lo que se convino en denominar pundonor, producen esa susceptibilidad sombría, nacida del orgullo y de la exaltación de la personalidad, que conduce al hombre a devolver una injuria con otra injuria, una herida con otra herida, lo que es considerado justo por aquel cuyo sentido moral no se eleva por encima de las pasiones terrenales. A eso se debe que la ley mosaica prescribiera: “Ojo por ojo, diente por diente”, ley en armonía con la época en que vivió Moisés. Cristo vino y dijo: “Retribuid el mal con el bien”. Y dijo además: “No resistáis al mal que os quieran hacer; si te golpean en una mejilla, preséntale la otra”. Al orgulloso esta máxima le parece una cobardía, pues no comprende que haya más valor en soportar un insulto que en vengarse. Esto le sucede siempre debido a que su vista no llega más allá del presente. Con todo, ¿es preciso tomar literalmente esa máxima? No, como tampoco se debe tomar literalmente la que ordena que nos arranquemos el ojo que ha sido causa de escándalo. Llevada hasta sus últimas consecuencias, aquella máxima equivaldría a condenar toda represión del mal, incluso legal, y dejar el campo libre a los malos, que se verían liberados de todo motivo de temor. Si no se pusiera un freno a las agresiones de los malos, muy pronto los buenos serían sus víctimas. Hasta el instinto de conservación, que es una ley de la naturaleza, impide que pongamos benévolamente el cuello a disposición del asesino. Con esas palabras, pues, Jesús no prohibió la defensa, sino que condenó la venganza. Al decir que presentemos la otra mejilla cuando nos golpean, quiso decir, de otra forma, que no hay que retribuir el mal con el mal; que el hombre debe aceptar con humildad todo lo que tienda a rebajar su orgullo; que es más glorioso para él ser golpeado que golpear, y soportar con paciencia una injusticia que cometerla él mismo; que vale más ser engañado que engañar, ser arruinado que arruinar a los demás. Al mismo tiempo, esto implica la condena del duelo, que no es otra cosa que una manifestación de orgullo. Sólo la fe en la vida futura y en la justicia de Dios, que nunca deja el mal impune, puede infundirnos fuerzas para soportar con paciencia los ataques que se dirigen a nuestros intereses y a nuestro amor propio. Por eso repetimos sin cesar: Dirigid vuestra mirada hacia adelante; cuanto más os elevéis con el pensamiento por encima de la vida material, tanto menos os afligirán las cosas de la Tierra.



INSTRUCCIONES DE LOS ESPÍRITUS
La venganza

9. La venganza es uno de los últimos restos de las costumbres bárbaras que tienden a desaparecer entre los hombres. Constituye, al igual que el duelo, uno de los postreros vestigios de las costumbres salvajes por efecto de las cuales se debatía la humanidad al comienzo de la era cristiana. A eso se debe que la venganza sea un indicio cierto del estado de atraso de los hombres que se entregan a ella, así como de los Espíritus que todavía la inspiran. Por consiguiente, amigos míos, ese sentimiento jamás debe hacer vibrar el corazón de quien se diga y se proclame espírita. Vengarse, bien lo sabéis, es tan contrario a esta prescripción de Cristo: “Perdonad a vuestros enemigos”, que quien rehúsa perdonar no sólo no es espírita sino que tampoco es cristiano. La venganza es una inspiración más funesta aún, porque la falsedad y la bajeza son sus asiduas compañeras. En efecto, aquel que se entrega a esa fatal y ciega pasión casi nunca lo hace a cielo descubierto. Cuando es el más fuerte, se lanza como una fiera sobre el que considera su enemigo, puesto que la presencia de este enciende su pasión, su cólera, su odio. No obstante, la mayoría de las veces asume una apariencia hipócrita, porque oculta en lo más hondo de su corazón los malos sentimientos que lo animan. Elije caminos sesgados, persigue entre las sombras a su enemigo, que no desconfía, y aguarda el momento propicio para atacarlo sin peligro. Se oculta de él, pero lo acecha en forma permanente. Le tiende trampas aborrecibles; y si encontrara la ocasión, vertería veneno en su copa. En el caso de que su odio no llegue a tales extremos, lo ataca entonces en su honor y en sus afectos. No retrocede ante la calumnia, y sus insinuaciones pérfidas, hábilmente desparramadas por todas partes, crecen a su paso. De ese modo, cuando el perseguido se presenta en los lugares por donde pasó el aliento envenenado de su perseguidor, se lleva la sorpresa de encontrar rostros indiferentes donde otras veces lo recibían semblantes amistosos y benévolos, y queda estupefacto cuando las manos que antes se le tendían, ahora se niegan a tomar las suyas. Por último, se siente anonadado cuando verifica que sus más queridos amigos y parientes se apartan y lo evitan. ¡Ah! El cobarde que se venga de esa manera es cien veces más culpable que aquel que enfrenta a su enemigo y lo insulta cara a cara.

¡Acabemos, pues, con esas costumbres salvajes! ¡Acabemos con esos hábitos obsoletos! El espírita que hoy pretendiese ejercer el derecho de vengarse, sería indigno de pertenecer por más tiempo a la falange que eligió para sí esta divisa: ¡Fuera de la caridad no hay salvación! Pero no, no debo detenerme en la idea de que un miembro de la gran familia espírita sea capaz, en lo sucesivo, de ceder al impulso de la venganza, sino, por el contrario, al de perdonar. (Jules Olivier. París, 1862.)



El odio

10. Amaos unos a otros y seréis felices. Procurad, sobre todo, amar a los que os inspiran indiferencia, odio o desprecio. Cristo, a quien debéis considerar vuestro modelo, os dio ese ejemplo de abnegación. Misionero de amor, Él amó hasta dar su sangre y su vida. El sacrificio que os obliga a amar a los que os ultrajan y os persiguen es penoso; pero eso es precisamente lo que os hace superiores a ellos. Si los aborrecieseis, como ellos os aborrecen, no valdríais más que ellos. Amarlos es la hostia sin mancha que ofrecéis a Dios en el altar de vuestros corazones, hostia de agradable aroma cuya fragancia asciende hasta Él. Aunque la ley de amor prescriba que amemos indistintamente a todos nuestros hermanos, no protege al corazón contra los malos procederes. Por el contrario, esa es la prueba más penosa, bien lo sé, pues durante mi última existencia terrenal experimenté esa tortura. Con todo, Dios existe, y castiga tanto en esta vida como en la otra a los que transgreden la ley de amor. No olvidéis, queridos hijos, que el amor os aproxima a Dios, mientras que el odio os aparta de Él. (Fenelón. Burdeos, 1861.)


REFLEXIÓN:
Perdonar verbalmente es cuestión de palabras; mas, quien realmente perdona necesita mover y extraer de su interior pesados fardos.

Además de las deudas que contraemos a causa de la venganza y del odio con nuestros “enemigos”, bien para esta misma vida o para sucesivas, nos podemos generar  enfermedades.


Bibliografía:
El Evangelio según el Espiritismo

AMOR, CARIDAD y TRABAJO







AMOR, CARIDAD y TRABAJO






AMOR, CARIDAD y TRABAJO
antídotos del
EGOÍSMO y del ORGULLO


Los peores enemigos u obstáculos para nuestro progreso moral son el egoísmo y el orgullo, su antídoto el amor.

De todas las imperfecciones humanas, la más difícil de desarraigar es el egoísmo, porque guarda relación con la influencia de la materia, de la cual el hombre, aún muy cercano a su origen, no ha podido liberarse.

Todo es amor en la naturaleza; el egoísmo es el que lo mata.

Amor no es igual a caridad. El término amor ya existía antes de Cristo, pero Cristo nos enseñó el ápice del amor, que es precisamente la caridad, es decir, entregarse por el otro.

Si el amor del prójimo es el principio de la caridad, amar a sus enemigos es su aplicación sublime, porque esta virtud es una de las más grandes victorias contra el egoísmo y el orgullo.

Jesús dijo: Amad a vuestros enemigos. Ahora bien, el amor a nuestros enemigos, ¿no es contrario a nuestras tendencias naturales? Y la enemistad, ¿no proviene de la falta de simpatía entre los Espíritus?
No cabe duda de que no se puede sentir por los enemigos un amor tierno y apasionado. No es eso lo que Jesús quiso decir. Amar a los enemigos significa perdonarlos y devolverles bien por mal. De ese modo nos hacemos superiores a ellos, mientras que con la venganza nos colocamos por debajo.

El verdadero hombre de bien es el que practica la ley de justicia, de amor y de caridad en su más grande pureza. Si pregunta a su conciencia sobre sus propios actos, mira si ha violado esta ley; si no ha hecho daño, si ha hecho todo el bien "que ha podido", si ha despreciado voluntariamente alguna ocasión de ser útil, si alguien tiene quejas contra él; en fin, si ha hecho a otro lo que hubiera querido que hicieran por él.

El amor aproxima a las almas. Se puede estar en la Tierra más próximo de los que alcanzaron la perfección, que de aquellos que por su inferioridad y egoísmo se arremolinan en torno a la esfera terrestre. La caridad y el amor son dos poderosos motores de atracción. Constituyen el lazo que cimenta la unión de las almas vinculadas entre sí, y que persiste a pesar de la distancia y los lugares. La distancia sólo existe para los cuerpos materiales, nunca para los Espíritus.

El amor y la caridad son el complemento de la ley de justicia, porque amar al prójimo es hacerle todo el bien que nos es posible y que querríamos que se nos hiciese a nosotros mismos. Ese es el sentido de las palabras de Jesús: Amaos los unos a los otros como hermanos.

La caridad, según Jesús, no se limita a la limosna: abarca todas las relaciones con nuestros semejantes, sean ellos inferiores, iguales o superiores a nosotros.

Recordad también que la ostentación quita, ante Dios, el mérito del beneficio. Jesús dijo: Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha. Con ello os enseña a no empañar la caridad con el orgullo.

El amor está en todas partes: en la naturaleza, invitándonos a ejercer nuestra inteligencia; hasta se encuentra en el movimiento de los astros. El amor es el que adorna a la naturaleza con sus ricos tapices y pasa y fija su mirada en donde encuentra flores y perfumes; también es el que da paz a los hombres, calma al mar, silencio a los vientos y tregua al dolor.

¡Espiritismo, doctrina consoladora y bendita; felices los que te conocen y se aprovechan de las saludables enseñanzas de los espíritus del Señor! Para ellos el camino es claro, y durante todo el viaje pueden leer estas palabras que les indican el medio de llegar al fin: caridad práctica, caridad de corazón, caridad para el prójimo como para sí mismo, en una palabra, caridad para todos y amor de Dios sobre todas las cosas, porque el amor de Dios resume todos los deberes y porque realmente es imposible amar a Dios sin practicar la caridad, de la que hace una ley para con todas sus criaturas. 

El amor resume toda la doctrina de Jesús, porque es el sentimiento por excelencia, y los sentimientos son los instintos elevados a la altura del progreso realizado. El hombre en su origen sólo tiene instintos; más adelantado y corrompido, sólo tiene sensaciones; pero instruido y purificado, tiene sentimientos, y el punto exquisito del sentimiento es el amor; no el amor en el sentido vulgar de la palabra, sino ese sol interior que condensa y reúne en su ardiente foco todas las aspiraciones y todas las revelaciones sobrehumanas. La ley de amor reemplaza a la personalidad por la fusión de los seres, y aniquila las miserias sociales. ¡Feliz aquel que, elevándose sobre su humanidad, quiere con gran amor a sus hermanos doloridos! ¡Feliz aquel que ama, porque no conoce ni la carestía del alma ni la del cuerpo; sus pies son ligeros y vive como transportado fuera de sí mismo!

Si muchos de los llamados al Espiritismo se han estacionado, ¿cómo conoceremos a los que están en el buen camino? 
Los reconoceréis en los principios de verdadera caridad que profesarán y practicarán: los reconoceréis en el número de afligidos que habrán consolado; los reconoceréis en su amor hacia el prójimo, por su abnegación, por su desinterés personal; los reconoceréis, en fin, en el triunfo de sus principios, porque Dios quiere el triunfo de su ley; los que siguen su ley son sus elegidos y él les dará la victoria, pero destruirá a los que falsean el espíritu de esa ley y hacen de ella su comodín para satisfacer su vanidad y su ambición.

Cristo fue el iniciador de la más pura moral, la más sublime, de la moral evangélica cristiana que debe renovar el mundo, reunir a los hombres y hacerlos hermanos; que debe hacer brotar de todos los corazones humanos la caridad y el amor al prójimo, y crear entre todos los hombres una solidaridad común; en fin, de una moral que debe transformar la tierra y hacer de ella una morada para espíritus superiores a los que hoy la habitan. Es la ley del progreso, a la que está sometida la naturaleza, que se cumple, y el Espiritismo es la palanca de que Dios se sirve para hacer avanzar a la humanidad.

El verdadero carácter de la caridad, es la modestia, la humildad y la indulgencia que consiste en no ver superficialmente los defectos y dedicarse a hacer florecer lo que hay de bueno y virtuoso; porque si el corazón humano es un abismo de corrupción, existe siempre en algunos de sus pliegues más escondidos, el germen de buenos sentimientos, chispa brillante de la esencia espiritual.

"Amar a tu prójimo como a ti mismo, hacer por los otros lo que quisiéramos que los otros hiciesen por nosotros", es la expresión más completa de la caridad, porque resume todos los deberes para con el prójimo.

Amad, pues, a vuestro prójimo, amadle como a vosotros mismos, porque ahora ya lo sabéis; ese desgraciado que rechazáis, quizá es un hermano, un padre, un amigo que rechazáis lejos de vosotros, y entonces, ¡cuál será vuestra desesperación al reconocerle en el mundo de los espíritus!

Deseo que comprendáis bien lo que puede ser la "caridad moral", la que todos pueden practicar, la que no "cuesta nada material”, y, sin embargo, la que es más difícil de poner en práctica.

La caridad moral consiste en sobrellevarnos unos a otros, y es lo que menos hacéis en este mundo en donde estáis encarnados por el momento. Creedme, hay un gran mérito en saberse callar para dejar hablar a otro más ignorante, y esto es también una especie de caridad. Saber ser sordo cuando una palabra burlona se escapa de una boca acostumbrada a ridiculizar; no ver la sonrisa desdeñosa con que os reciben ciertas gentes, que muchas veces, sin razón, se creen superiores a vosotros mientras que, en la vida espiritista, "la sola verdadera", les falta quizá mucho para alcanzaros; aquí tenéis un mérito no de humildad sino de caridad, porque el dejar de notar las faltas de otro, es la caridad moral.

Caridad y humildad: tal es, pues, el sólo camino de la salvación; egoísmo y orgullo, tal es el de la perdición. Este principio está formulado en términos precisos en estas palabras: "Amaréis a Dios de toda vuestra alma y a vuestro prójimo como a vosotros mismos"; "toda la ley y los profetas están encerrados en estos dos mandamientos". Y para que no haya equivocación sobre la interpretación del amor de Dios y del prójimo, añade: "Y el segundo semejante es a éste"; es decir, que no se puede verdaderamente amar a Dios, sin amar a su prójimo, ni amar a su prójimo sin amar a Dios; pues todo lo que se hace contra el prójimo, se hace contra Dios. No pudiendo amar a Dios, sin practicar la caridad con el prójimo, todos los deberes del hombre están resumidos en esta máxima: "Sin caridad no hay salvación".

Si yo hablara lenguas de hombres y ángeles y no tuviera caridad, soy como metal que suena, o campana que retiñe. Y si tuviese profecía, y supiese todos los misterios y cuanto se pudiese saber; y si tuviese toda la fe, de manera que traspasase los montes, y no tuviese caridad, nada soy. Y si distribuyese todos mis bienes en dar de comer a pobres y si entregare mi cuerpo para ser quemado, y no tuviese caridad, nada me aprovecha.

La caridad es paciente, es benigna: la caridad no es envidiosa, no obra precipitadamente, no se ensoberbece. No es ambiciosa, no busca sus provechos, no se mueve a ira, no piensa mal. No se goza de la iniquidad, más se goza de la verdad: Todo lo sobrelleva, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Honesto ante Dios es el hombre que, impregnado de abnegación y amor, consagra su vida al bien, al progreso de sus semejantes; es el que, animado de una dedicación ilimitada, es activo en la vida: activo en el cumplimiento de los deberes materiales que se le imponen, pues debe enseñar a los otros el amor al trabajo; activo en las buenas acciones, pues no debe olvidar que es apenas un servidor a quien el Amo pedirá cuentas, un día, del empleo de su tiempo; activo, finalmente, pues debe predicar con el ejemplo el amor a Dios y al prójimo.

La encarnación es necesaria para el progreso moral e intelectual del Espíritu: para el progreso intelectual, por la actividad que se ve obligado a desplegar mediante el trabajo; para el progreso moral, por la necesidad que los hombres tienen unos de otros -en base al amor que Jesús nos enseñó-. La vida social es la piedra de toque de las buenas y de las malas cualidades. La bondad, la maldad, la mansedumbre, la violencia, la benevolencia, la caridad, el egoísmo, la avaricia, el orgullo, la humildad, la sinceridad, la franqueza, la lealtad, la mala fe, la hipocresía, en suma, todo lo que constituye al hombre de bien o al perverso tiene por móvil, por objetivo y como estimulante las relaciones del hombre con sus semejantes. Para el hombre que vive aislado no existen los vicios ni las virtudes. Si bien mediante el aislamiento se preserva del mal, por otro lado, anula las posibilidades de hacer el bien.

El camino de la felicidad está abierto para todos. Todos tienen la misma meta, y poseen las mismas condiciones para alcanzarla. La ley, grabada en las conciencias, se les enseña a todos. Dios hizo que la felicidad sea el premio al trabajo y no un favor, a fin de que cada uno tenga su mérito. Todos son libres de trabajar o de no hacer nada en favor de su adelanto. El que trabaja mucho y con rapidez recibe antes la recompensa. El que se extravía en el camino o pierde el tiempo retarda la llegada, y de ello no puede responsabilizar a nadie más que a sí mismo.

Los Espíritus son creados simples e ignorantes, es decir, sin conocimientos ni conciencia del bien y del mal, pero aptos para conseguir lo que les falta. El trabajo es el medio para sus logros, y el objetivo, que es la perfección, es común a todos. Lo alcanzan con relativa rapidez en virtud de su libre albedrío y en razón directa de sus esfuerzos. Todos deben trasponer los mismos peldaños y completar el mismo trabajo. Dios no favorece más a unos que a otros, ya que todos son sus hijos y, puesto que es justo, no tiene preferencia por ninguno.

El hombre pretende ser feliz, y ese sentimiento es natural. Por eso trabaja sin cesar para mejorar su posición en la Tierra. Además, busca las causas de sus males a fin de remediarlos. Cuando comprenda que el egoísmo es una de esas causas: la que engendra el orgullo, la ambición, la codicia, la envidia, el odio y los celos; la que lo hiere a cada instante, la que perturba las relaciones sociales, provoca las disensiones y destruye la confianza, la que lo obliga a mantenerse constantemente a la defensiva contra su vecino; la causa que, por último, hace del amigo un enemigo, entonces comprenderá también que ese vicio es incompatible con su propia felicidad y, diremos también, con su propia seguridad. Cuanto más haya sufrido el egoísmo, tanto más sentirá la necesidad de combatirlo.

Sólo por el trabajo del cuerpo el espíritu adquiere conocimientos.

La necesidad del trabajo, ¿es una ley de la naturaleza?
El trabajo es una ley de la naturaleza, por eso mismo es una necesidad.

¿Sólo debemos entender por trabajo las ocupaciones materiales?
No. El Espíritu trabaja, como el cuerpo. Toda ocupación útil es un trabajo.

¿Por qué el trabajo es impuesto al hombre?
Es una consecuencia de su naturaleza corporal. Se trata de una expiación y al mismo tiempo de un medio para perfeccionar su inteligencia. Sin el trabajo, el hombre permanecería en la infancia de la inteligencia. Por esa razón sólo debe su alimento, su seguridad y su bienestar a su trabajo y a su actividad. Al que es demasiado débil de cuerpo Dios le ha dado la inteligencia para que supla con ella esa debilidad. Con todo, siempre es un trabajo.

En los mundos más perfeccionados, ¿está el hombre sometido a la misma necesidad del trabajo?
La naturaleza del trabajo es relativa a la naturaleza de las necesidades. Cuanto menos materiales son las necesidades, menos material es el trabajo. Sin embargo, no creas por eso que el hombre permanece inactivo e inútil, pues la ociosidad sería un suplicio en vez de ser un beneficio.

Dado que el descanso después del trabajo es una necesidad, ¿es una ley de la naturaleza?
Sin duda, el descanso sirve para reponer las fuerzas del cuerpo y también es necesario para dar un poco más de libertad a la inteligencia, a fin de que esta se eleve por encima de la materia.

¿Cuál es el límite del trabajo?
El límite de las fuerzas. Por lo demás, Dios deja libre al hombre.

Si entre vuestros familiares, vecinos o entre vuestros compañeros de trabajo, hubiese alguno que os moleste o que trate de haceros daño; no le odiéis, no cometáis esa torpeza, no vale la pena; porque, él mismo, en su ignorancia no sabe lo que hace, es su atraso evolutivo que le hace actuar así. Tened compasión de él (o ella). Sí, tened compasión, ya que con ello estaréis vibrando en amor que es comprensión y tolerancia. No os dejéis llevar por el orgullo o por el egoísmo. Proyectad sobre esa persona vibraciones de amor (sentimientos de bien) y buenos pensamientos que son fuerzas positivas y energía armonizadora, y que también os armonizará a vosotros mismos. Además, para no uniros a él o ella por el rencor, sino por el amor. Y de ese modo habréis puesto en práctica las enseñanzas del sublime Maestro Jesús; pagar bien por mal. Esa enseñanza que los humanos no acabamos de comprender.


En el libro titulado Pablo y Esteban de Francisco Cándido Xavier dictado por el espíritu Emmanuel, hay una conversación entre el espíritu de Abigail y Saulo (o sea Pablo de Tarso), una vez convertido y antes de comenzar su inconmensurable trabajo de evangelización de la palabra de Jesús, que dice así:

Pablo: ¿Qué hacer para adquirir la perfecta comprensión de los designios del Cristo?

Abigail: ¡Ama!

Pablo: Pero, ¿cómo proceder para enriquecernos en la virtud ajena? Jesús aconseja el amor para los enemigos.  Mientras tanto, consideraba qué difícil debía ser semejante realización. Penoso era manifestar dedicación sin que hubiera comprensión por parte de los demás. ¿Cómo hacer para que el alma alcance tan elevada expresión de esfuerzo en Jesús Cristo?

Abigail: ¡Trabaja!

Pablo: Abigail tenía razón. Era necesario realizar la obra del perfeccionamiento interior.


Si sabemos la teoría, pero no la llevamos a la práctica mediante el trabajo, ¿de qué nos sirve?

Mas, puede haber quien diga que existan vicisitudes en la vida que no puedan dominar, porque sean muy difíciles de superar, y digo yo ¿quién dijo que fuera fácil?


Para poderlas vencer, hay que hacer un trabajo diario de menos a más, a fin de ir creando un hábito y así poder ir venciéndolas.

Entiendo que los principales obstáculos para nuestra reforma o perfeccionamiento interior son el egoísmo y el orgullo, que podemos y debemos combatir mediante nuestra reforma íntima, bajo la protección de la Doctrina del Maestro Jesús.

Para ello debemos hacer diariamente un examen sobre nosotros mismos, lento, gradual, minucioso, que nos permita convencernos de la urgencia en la reforma interior, a través de nuestra vibración y pensamientos diarios, para que emitamos la única conducta que debe marcar nuestras existencias en la Tierra: “Amar a los demás como a nosotros mismos”.

Toda vez que la Doctrina Espírita es, en esencia, universidad de redención. Y cada uno de sus profesantes o alumnos, por fuerza de la obligación en el perfeccionamiento interior está obligado a educarse para poder educar.


Las contradicciones, aun aparentes, pueden poner dudas en el Espíritu de ciertas personas. ¿Qué comprobación puede haber para conocer la verdad? 

"Para discernir el error de la verdad, es menester profundizar estas respuestas y meditar mucho tiempo formalmente; debe hacerse todo un estudio. Para éste como para estudiar las demás cosas, es necesario el tiempo."

"Estudiad, comparad, profundizad; os lo decimos sin cesar, el conocimiento de la verdad se adquiere a este precio. ¿Cómo queréis llegar a la verdad cuando lo interpretáis todo según vuestras ideas limitadas que vosotros tomáis por grandes? Pero no está lejos el día en que la enseñanza de los Espíritus será uniforme por todas partes, así en los detalles como en las cosas principales. Su misión es de destruir el error, pero esto no puede venir sino sucesivamente."

Repetimos sin cesar: estudiad antes de practicar, porque ese es el único medio para que no adquiráis la experiencia a costa de vosotros mismos.


Bibliografía:
El libro de los espíritus de Allan Kardec
El Libro de los Médiums de Allan Kardec
El Evangelio según el Espiritismo de Allan Kardec
El cielo y el infierno de Allan Kardec
Pablo y Esteban de Francisco Cándido Xavier, dictado por el espíritu Emmanuel
Temario del conocimiento espiritual I de Sebastián de Arauco

AMOR, CARIDAD y TRABAJO