Indulgencia








INDULGENCIA









José, espíritu protector, Bordeaux 1863:
Espiritistas, hoy queremos hablaros de la indulgencia, de este sentimiento tan dulce, tan fraternal que todo hombre debe tener para con sus hermanos, pero que muy pocos practican.

La indulgencia no ve los defectos de los otros, o si los ve se guarda de hablar de ellos o de divulgarlos; por el contrario, los oculta con el fin de que sólo él los conozca; y si la malevolencia los descubre, siempre tiene a mano una excusa para paliarlos, es decir, una excusa plausible, formal y nada tiene de aquellas que queriendo atenuar la falta, la hacen resaltar con pérfida maestría.

La indulgencia nunca se ocupa de los actos malos de los demás a menos que no sea para hacer un favor, y aun así tiene cuidado de atenuarlos tanto como le es posible.

No hace observaciones que choquen; ni tiene reproches a mano, sino consejos, lo más a menudo disfrazados. Cuando criticáis, ¿qué consecuencias deben sacarse de vuestras palabras? Vosotros los que vituperáis, ¿no habréis hecho tal vez lo que reprocháis, valdréis, acaso, más que el culpable? ¡Oh, hombres! ¿cuándo juzgaréis por vuestros propios corazones, vuestros propios pensamientos, vuestros propios actos, sin ocuparos de lo que hacen vuestros hermanos? ¿Cuándo no abriréis vuestros ojos severos sino para vosotros mismos?

Sed, pues, severos para con vosotros e indulgentes para con los demás. Pensad en el que juzga sin apelación que ve los pensamientos secretos de cada corazón y que, por consiguiente, excusa muy a menudo las faltas que vosotros vituperáis, o condena lo que excusáis, porque conoce el móvil de todos los actos y porque vosotros, que gritáis tan alto ¡anatema! (maldición), quizás habéis cometido faltas más graves. 

Sed indulgentes, amigos míos, porque la indulgencia atrae, calma, corrige; mientras que el rigor desalienta, aleja e irrita. 


Juan, obispo de Bordeaux, 1862:
Sed indulgentes para con las faltas de los otros, cualesquiera que sean; sólo debéis juzgar con severidad vuestras acciones, y el Señor usará de indulgencia con vosotros, así como vosotros la habréis usado para con los demás.

Sostened a los fuertes animándolos a la perseverancia; fortificad a los débiles enseñándoles la bondad de Dios, que toma en cuenta el menor arrepentimiento; mostrad a todos el ángel del arrepentimiento extendiendo sus blancas alas sobre las faltas de los humanos, velándolas de este modo a los ojos de aquél que no puede ver lo que es impuro. Comprended toda la misericordia infinita de vuestro Padre, y no os olvidéis jamás de decirle con vuestro pensamiento; y sobre todo con vuestros actos: "Perdonad nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido". Comprended bien el valor de esas sublimes palabras: no sólo su letra es admirable, sí que también la enseñanza que encierra. ¿Qué solicitáis del Señor cuando le pedís que os perdone? Es sólo el olvido de vuestras ofensas, olvido que os deja en la nada, porque Dios se contenta con olvidar vuestras faltas, no castiga, "pero tampoco recompensa". La recompensa no puede ser el precio del bien que no se ha hecho y aún menos del mal causado, aun cuando este mal fuese olvidado. Pidiéndole el perdón de vuestras infracciones, me pedís el favor de sus gracias para no volver a caer en la falta y la fuerza necesaria para entrar en el buen camino, camino de sumisión y de amor en el que podéis añadir la reparación al arrepentimiento.

Cuando perdonéis a vuestros hermanos, no os contentéis con correr el velo del olvido sobre sus faltas; este velo es a menudo muy transparente a vuestros ojos; cuando les perdonéis, ofrecedles al mismo tiempo vuestro amor; haced por ellos lo que quisierais que vuestro Padre celeste hiciere por vosotros. Reemplazad la cólera que mancha por el amor que purifica. Predicad con vuestro ejemplo esa caridad activa, infatigable, que Jesús os ha enseñado: predicadla como Él mismo lo hizo todo el tiempo que vivió en la tierra visible a los ojos del cuerpo, y como la ha predicado también sin cesar desde que sólo es visible a los ojos del espíritu. Seguid a ese divino modelo; no os apartéis de sus pasos; ellos os conducirán al lugar de refugio en donde encontraréis el reposo después de la lucha. Cargaos, como él, con vuestra cruz, y subid penosamente, pero con ánimo, vuestro calvario; en la cumbre está la glorificación. 


Dufétre, obispo de Nevers, Bordeaux:
Queridos amigos, sed severos para con vosotros mismos e indulgentes para con las debilidades de los otros; también esto es una práctica de la santa caridad que muy pocas personas observan. Todos vosotros tenéis malas inclinaciones que vencer, defectos que corregir, costumbres que modificar, todos vosotros tenéis una carga más o menos pesada que depositar para subir a la cumbre de la montaña del progreso. ¿Por qué, pues, veis tanto para el prójimo, y sois tan ciegos para vosotros mismos? ¿Cuándo, pues, cesaréis de advertir en el ojo de vuestro hermano una arista de paja que le hiere, sin mirar en el vuestro la viga que os ciega, y os hace marchar de precipicio en precipicio? Creed en vuestros hermanos los espíritus: Todo hombre bastante orgulloso para creerse superior en virtud y en mérito a sus hermanos encarnados es insensato y culpable, y Dios le castigará en el día de su justicia. El verdadero carácter de la caridad, es la modestia y la humildad que consiste en no ver superficialmente los defectos para dedicarse a hacer volver lo que hay en el bueno y virtuoso; porque si el corazón humano es un abismo de corrupción, existe siempre en algunos de sus pliegues más escondidos, el germen de buenos sentimientos, chispa brillante de la esencia espiritual.

¡Espiritismo, doctrina consoladora y bendita; felices los que te conocen y se aprovechan de las saludables enseñanzas de los espíritus del Señor! Para ellos el camino es claro, y durante todo el viaje pueden leer estas palabras que les indican el medio de llegar al fin: caridad práctica, caridad de corazón, caridad para el prójimo como para sí mismo, en una palabra, caridad para todos y amor de Dios sobre todas las cosas, porque el amor de Dios resume todos los deberes y porque realmente es imposible amar a Dios sin practicar la caridad, de la que hace una ley para con todas sus criaturas.


San Luis. París, 1860:
"Si nadie es perfecto, ¿se sigue de esto que nadie tiene el derecho de corregir a su vecino?
Seguramente que no, puesto que cada uno de vosotros debe trabajar para el progreso de todos, y sobre todo de aquellos cuya tutela se os ha confiado; pero hay una razón para hacerlo con moderación, con un fin útil, y no como se hace la mayor parte de las veces por el placer de denigrar (calumniar). En este último caso la censura es una maldad; en el primero es un deber que la caridad manda cumplir con toda prudencia posible, y aun la censura que se quiere hacer a otro, debe uno hacérsela a sí mismo al propio tiempo y preguntarse si también la merece. 


"¿Es uno reprensible por observar las imperfecciones de los otros cuando no puede resultar ningún provecho para ellos, aun cuando no las divulgue?"
Todo depende de la intención; ciertamente no está prohibido ver el mal cuando el mal existe, y aun habría inconveniente en ver por todas partes el bien; esta ilusión perjudicaría al progreso. Lo malo es hacer recaer esta observación en detrimento del prójimo, desacreditándole, sin necesidad, en la opinión. Sería también reprensible haciéndolo para complacerse a sí mismo en sus sentimientos de malevolencia y de alegría al encontrar a los otros en falta. Lo contrario sucede cuando echando un velo sobre el mal para el público, se limita uno a observarlo para su provecho personal, es decir, para estudiarse y evitar lo que se censura en los otros. Por lo demás, esta observación, ¿no es acaso, útil, al moralista? ¿Cómo pintaría los males de la humanidad si no estudiase los modelos?


"¿Hay casos en que sea útil el descubrir el mal de otro?"
Esta pregunta es muy delicada, y aquí es cuando debe recurrirse a la caridad bien comprendida. Si las imperfecciones de una persona sólo dañan a ella misma, nunca hay utilidad en hacerlas conocer; pero si pueden ocasionar perjuicio a otro es menester preferir el interés del mayor número al interés de uno solo. Según las circunstancias, descubrir la hipocresía y la mentira, puede ser un deber, porque vale más que un hombre caiga que no que muchos vengan a ser su ludibrio (desprecio) y sus víctimas. En tal caso, se han de pesar las ventajas y los inconvenientes. 



Ítem 886 y 903 de El libro de los Espíritus:
¿Cuál es el verdadero sentido de la palabra caridad, tal como Jesús la entendía?
“Benevolencia para con todos, indulgencia para con las imperfecciones de los demás, perdón de las ofensas.”

El amor y la caridad son el complemento de la ley de justicia, porque amar al prójimo es hacerle todo el bien que nos es posible y que querríamos que se nos hiciese a nosotros mismos. Ese es el sentido de las palabras de Jesús: Amaos los unos a los otros como hermanos. 

La caridad, según Jesús, no se limita a la limosna: abarca todas las relaciones con nuestros semejantes, sean ellos inferiores, iguales o superiores a nosotros. La caridad nos ordena ser indulgentes, porque también nosotros necesitamos la indulgencia de los demás. La caridad nos prohíbe humillar a los desdichados, contrariamente a lo que se hace tan a menudo. Si ante nosotros se presentara una persona rica, le dispensaríamos mil consideraciones y deferencias. Si fuera pobre, no nos parecería necesario preocuparnos por ella. Por el contrario, cuanto más digna de lástima sea su situación, tanto más debemos precavernos de no aumentar su desdicha con un trato humillante. El hombre verdaderamente bueno se esfuerza por elevar al inferior a su propio nivel, para disminuir de ese modo la distancia que existe entre ambos.


¿Somos culpables si estudiamos los defectos de los demás?
“Si lo hacéis para criticar y divulgar esos defectos sois muy culpables, pues eso implica falta de caridad. En cambio, si se trata de aprovechar ese estudio para evitarlos en vosotros mismos, en ocasiones puede ser útil. Con todo, no hay que olvidar que la indulgencia para con los defectos del prójimo es una de las virtudes que forman parte de la caridad. Antes de hacer un reproche a los demás por sus imperfecciones, ved si no se puede decir lo mismo de vosotros. Tratad, pues, de cultivar las cualidades opuestas a los defectos que criticáis en el prójimo, pues ese es el modo de haceros superiores. Si le reprocháis su avaricia, sed generosos. Si le echáis en cara su orgullo, sed humildes y modestos. Si lo culpáis por su rudeza, sed tiernos. Si lo acusáis de obrar con mezquindad, sed generosos en todas vuestras acciones. En una palabra, procurad que no se pueda aplicaros esta frase de Jesús: Ve una paja en el ojo de su prójimo, pero no ve una viga en el suyo.”


Bibliografía:
El Evangelio según el Espiritismo de Allan Kardec
El Libro de los Espíritus de Allan Kardec

AMOR, CARIDAD y TRABAJO







NUESTRO HOGAR y la DOCTRINA ESPÍRITA, INCOHERENCIAS





NUESTRO HOGAR
y la 
DOCTRINA ESPÍRITA,

INCOHERENCIAS





Veamos en primer lugar lo que dicen los libros de la codificación espírita de Allan Kardec, dictados por espíritus superiores, y que son la base de la Doctrina Espírita, en relación con: los espíritus errantes, los mundos transitorios y los animales una vez que mueren.

ESPÍRITUS ERRANTES:
223. ¿El alma se encarna inmediatamente después de su separación del cuerpo?
«A veces inmediatamente, pero con más frecuencia después de intervalos más o menos largos. En los mundos superiores la reencarnación es casi siempre inmediata. Siendo menos grosera la materia corporal, el espíritu en ella encarnado goza de casi todas sus facultades de espíritu, y su estado normal es el de vuestros sonámbulos lúcidos».

224. ¿Qué es el alma en el intervalo de las encarnaciones?
«Espíritu errante que aspira a su nuevo destino; espera».
- ¿Cuál puede ser la duración de esos intervalos?
«Desde algunas horas a algunos miles de siglos. Por lo demás, hablando con exactitud, no hay límite extremo señalado al estado errante, que puede prolongarse mucho tiempo; pero nunca es perpetuo, pues el espíritu puede siempre tarde o temprano, volver a empezar una existencia que sirve para purificar sus existencias anteriores».
- ¿Esa duración está subordinada a la voluntad del espíritu, o puede serle impuesta como expiación?
«Es consecuencia del libre albedrío. Los espíritus saben perfectamente lo que hacen; pero los hay también para quienes aquélla es un castigo impuesto por Dios. Otros piden la prolongación de semejante estado para proseguir ciertos estudios que sólo los espíritus errantes pueden hacer con provecho».

225. ¿La erraticidad es en sí misma señal de inferioridad del espíritu?
» No; porque hay espíritus errantes de todos los grados. La encarnación es un estado transitorio, como tenemos dicho, y en estado normal el espíritu está desprendido de la materia».

226. ¿Puede decirse que todos los espíritus que no están encarnados están errantes?
«Los que se han de reencarnar, sí; pero los espíritus puros que han llegado a la perfección no están errantes: su estado es definitivo».

Bajo el aspecto de las cualidades intimas, los espíritus son de diferentes órdenes o grados que sucesivamente recorren, a medida que se purifican. Por su estado, pueden estar: encarnados, es decir, unidos a un cuerpo; errantes, es decir, separados del cuerpo material y esperando una nueva encarnación para mejorarse, y pueden ser espíritus puros, es decir, perfectos y sin necesidad de nuevas encarnaciones.

227. ¿De qué modo se instruyen los espíritus errantes, pues sin duda no lo hacen de la misma manera que nosotros?
«Estudian su pasado e inquieren los medios de elevarse. Miran y observan lo que ocurre en los lugares que recorren; oyen los discursos de los hombres ilustres y las advertencias de los espíritus más elevados, y todo esto les proporciona ideas de que carecían».

228. ¿Los espíritus conservan algunas de las pasiones humanas?
«Los espíritus elevados, al dejar su envoltura, dejan las malas pasiones y no conservan más que las buenas; pero los espíritus inferiores no se desprenden de aquéllas, pues de otro modo pertenecerían al primer orden».

229. ¿Por qué los espíritus, al dejar la tierra, no abandonan todas sus malas pasiones, puesto que ven sus inconvenientes?
«En este mundo hay personas excesivamente celosas, ¿crees que al abandonarlo se desprenden de ese defecto? Después de salir de la tierra, les queda, sobre todo a los que han tenido pasiones dominantes, una especie de atmósfera que les rodea y les conserva todas esas cosas malas; porque el espíritu no está completamente desprendido de ellas, y sólo en ciertos momentos entrevé la verdad, como para enseñarle el buen camino».

230. ¿Progresa el espíritu en estado errante?
«Puede mejorarse mucho, siempre según su voluntad y su deseo; pero en la existencia corporal es donde practica las nuevas ideas que ha adquirido».

231. ¿Son felices o desgraciados los espíritus errantes?
«Más o menos, según su mérito. Sufren las consecuencias de las pasiones cuyo principio han conservado, o bien son felices según están más o menos desmaterializados. En estado errante, el espíritu entrevé lo que le falta para ser más dichoso, y entonces busca los medios para conseguirlo; pero no siempre le es permitido reencarnarse a su gusto, lo que entonces constituye un castigo».

232. En estado errante, ¿pueden los espíritus ir a todos los mundos?
«Según y cómo. Separado el espíritu del cuerpo no está por ello completamente desprendido de la materia, y pertenece aún al mundo en que ha vivido, o a otro del mismo grado, a menos que, durante la vida, se haya elevado, y este es el fin a que debe dirigirse, pues sin él no se perfeccionaría nunca. Puede, sin embargo, ir a ciertos mundos superiores; pero estará en ellos como un extraño. Por decirlo así, no hace más que entreverlos, lo que le despierta el deseo de mejorarse, para ser digno de la felicidad que en ellos se goza y poder habitarlos más tarde».

233. ¿Los espíritus purificados vienen a los mundos inferiores?
«Vienen a menudo para ayudarles a progresar, pues, a no ser así, semejantes mundos estarían abandonados a sí mismos, sin guías que los dirigiese».



MUNDOS TRANSITORIOS:
234. ¿Existen, como se ha dicho, mundos que sirven a los espíritus errantes de estaciones y lugares de reposo?
«Sí; hay mundos particularmente consagrados a los seres errantes, mundos en que pueden habitar temporalmente, especies de vivaques o campamentos(1) para descansar de una prolongada erraticidad, que siempre es algo penosa. Son posiciones intermedias entre los otros mundos, graduadas según la naturaleza de los espíritus que pueden ir a ellas, los cuales gozan de mayor o menor bienestar».
-Los espíritus que habitan en esos mundos, ¿pueden dejarlos a su antojo?
«Sí, los espíritus que están en esos mundos pueden separarse de ellos para ir a donde deben dirigirse. Imaginadlos como aves de paso que se detienen en una isla, esperando recobrar fuerzas para dirigirse al término de su viaje».

(1) Campamento es la acción de acampar (detenerse y permanecer en una zona despoblada, alojándose en tiendas o carpas). Se trata de la instalación eventual en terreno abierto de personas que se reúnen para un fin especial o que van de camino hacia otra parte.

235. ¿Progresan los espíritus durante su permanencia en los mundos transitorios?
«Indudablemente, pues los que de tal modo se reúnen lo hacen con objeto de instruirse y de poder obtener más fácilmente permiso para trasladarse a mejores lugares, y llegar a la posición de los elegidos».

236. ¿Los mundos transitorios están por su naturaleza especial perpetuamente consagrados a los espíritus errantes?
«No; su posición es temporal únicamente».
- ¿Están habitados al mismo tiempo por seres corporales?
«No: pues su superficie es estéril. Los que los habitan no sienten necesidades».
- ¿Esta esterilidad es permanente y procede de su naturaleza especial?
«No; son estériles por transición».
- ¿Esos mundos deben, pues, carecer de bellezas naturales?
«La naturaleza se traduce en las bellezas de la inmensidad, que no son menos admirables que las que llamáis naturales».
-Puesto que el estado de estos mundos es transitorio, ¿pertenecerá el nuestro algún día a ellos?
«Ha pertenecido ya».
- ¿En qué época?
«Durante su formación».

Nada hay inútil en la naturaleza; todo tiene su objeto y su destino: nada está desocupado; todo está habitado, y en todas partes reina la vida. Así pues, durante la larga serie de siglos que transcurrieron, antes de que apareciese el hombre en la tierra, durante aquellos lentos períodos de transición, atestiguados por las capas geológicas antes aun de la formación de los primeros seres orgánicos, no faltaba vida en aquella masa informe, en aquel árido caos donde estaban confundidos los elementos, pues en él encontraban refugio seres que no tenían ni nuestras necesidades, ni nuestras sensaciones físicas. Dios quiso que aun en semejante estado de imperfección, sirviese para algo. ¿Quién, pues, se atreverá a decir que, entre esos miles de mundos que circulan por la inmensidad, tiene el privilegio de estar habitado uno solo, uno de los más pequeños, confundido con la multitud?  ¿Cuál sería la utilidad de los otros?

¿Los habría creado Dios sólo para recreo de nuestros ojos? suposición absurda, incompatible con la sabiduría que en todas sus obras se revela, e inadmisible, cuando se consideran todos los que no podemos distinguir. Nadie negará que en la idea de que existen mundos impropios todavía para la vida material, pero poblados, sin embargo, de seres vivientes apropiados a semejante medio, haya algo de grande y de sublime, en lo cual encontraremos quizá solución a más de un problema.



ANIMALES:
283. Evocación de animales
36. ¿Se puede evocar al Espíritu de un animal?
Después de la muerte del animal, el principio inteligente que residía en él permanece en estado latente, y es utilizado de inmediato por ciertos Espíritus encargados de la tarea de animar a nuevos seres, en los cuales ese principio inteligente continúa el proceso de su elaboración. Así pues, en el mundo de los Espíritus no existen Espíritus errantes de animales, sino tan sólo Espíritus humanos. Esto responde a vuestra pregunta.”



A continuación, se exponen fragmentos extraídos del libro titulado “NUESTRO HOGAR” de Francisco Cándido Xavier, dictado por el espíritu André Luiz, en donde se aprecian incoherencias con lo expuesto anteriormente de la Doctrina Espírita:

2.- CLARENCIO
Creciérame la barba, la ropa comenzaba a romperse con los esfuerzos de la resistencia, en aquella región desconocida.


3.- LA ORACIÓN COLECTIVA
A medida que avanzábamos, conseguía identificar preciosas construcciones situadas en extensos jardines.

A esa altura me sirvieron un caldo reconfortante, seguido de agua muy fresca, que me pareció portadora de fluidos divinos. Aquella reducida porción de líquido me reanimaba inesperadamente. No sabría decir qué clase de sopa era aquella: si una alimentación sedativa o si un remedio saludable.


7.- EXPLICACIONES DE LISIAS
El suelo estaba cubierto de vegetación. Grandes árboles, abundantes pomares (Tierra plantada de árboles frutales) y jardines deliciosos. Todos los departamentos aparecían cultivados con esmero. A pequeña distancia, se elevaban graciosos edificios. Se alineaban en espacios regulares exhibiendo diversas formas. Ninguno sin flores a la entrada, destacándose algunas casitas encantadoras, cercadas por muros de hiedra, donde diferentes rosas se abrían aquí y allá adornando el verde de variados cambiantes. Aves de plumajes policromos cruzaban los aires y, de cuando en cuando, se posaban agrupadas en las torres blancas que se levantaban rectilíneas, recordando lirios gigantescos elevándose al cielo.

Desde las grandes ventanas observaba lleno de curiosidad el movimiento del parque. Extremadamente sorprendido, identificaba animales domésticos, entre los frondosos árboles alineados al fondo.


10.- EN EL BOSQUE DE LAS AGUAS
Llegados a extenso ángulo de la plaza, el generoso amigo agregó:

–Esperemos el aerobús. (Carro aéreo, que sería en la Tierra algo parecido a un gran funicular)

Aún no me había repuesto de la sorpresa, cuando surgió un gran carro, suspendido del suelo a una altura de cinco metros, poco más o menos, repleto de pasajeros. Al descender hasta nosotros, a la manera de un elevador terrestre, lo examiné con atención. No era máquina conocida en la Tierra. Construida de material muy flexible, era de gran extensión, pareciendo estar unida a hilos invisibles por el gran número de antenas que tenía en el techo. Más tarde, confirmé mis suposiciones visitando los grandes talleres del Servicio de Tránsito y Transporte.


33.- CURIOSAS REFLEXIONES
De repente oí ladrar perros a gran distancia.

–¿Qué es eso? –interrogué asombrado.

–Los perros –dijo Narcisa– son auxiliares preciosos en las regiones obscuras del Umbral, donde se encuentran no solamente los hombres desencarnados, sino también verdaderos monstruos que no corresponde ahora describir.

La enfermera con voz activa, llamó a los servidores que se hallaban a distancia, enviando uno de ellos al interior, transmitiendo avisos.

Miré atentamente aquel grupo extraño que se acercaba despacio.

Seis grandes carretas, formato diligencia, precedidas de cuadrillas de perros alegres y alborotadores, eran tiradas por animales que, de lejos, me parecían iguales a los mulos terrestres. Pero la nota más interesante era la de las grandes bandadas de aves de cuerpo voluminoso que volaban a corta distancia, por encima de las carretas, produciendo singulares ruidos.


REFLEXIÓN:
Considerando que “Nuestro Hogar” está ubicado en un mundo transitorio, destinado a espíritus errantes, como así se define en el propio libro en el capítulo 37, en donde dice: “Nuestro Hogar es, una especie de ciudad espiritual transitoria…”, y después de leer lo que dice la codificación espírita, estimo que lo reseñado por André Luiz no concuerda con la naturaleza de los espíritus desencarnados que han dejado atrás su cuerpo físico.

Además, y como bien manifiestan claramente los espíritus superiores en el Libro de los Espíritus en relación con el tema de los mundos transitorios, estos mundos son inmateriales y su superficie estéril, por lo que y como dice textualmente la guía 18 del programa II del Estudio sistematizado de la Doctrina Espírita, editado por el Consejo Espírita Internacional: “En relación con esas afirmaciones y la comprensión de que los Espíritus de las regiones espirituales limítrofes con la Tierra necesitan volver, nuevamente, o encarnar por primera vez en nuestro planeta, las colonias espirituales descritas por André Luiz no parecen ser los mismos mundos transitorios mencionados en «El Libro de los Espíritus»”.


Bibliografía:
-El Libro de los Espíritus de Allan Kardec
-El Libro de los Médiums de Allan Kardec
-Nuestro Hogar de Francisco Cándido Xavier, dictado por el espíritu de André Luiz

AMOR, TRABAJO y CARIDAD







Amad a vuestros enemigos




AMAD A VUESTROS ENEMIGOS

-Retribuir el mal con el bien.
-Los enemigos desencarnados.
-Si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra.

-Instrucciones de los espíritus: La venganza. El odio.



Retribuir el mal con el bien

1. “Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tus enemigos’. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os odian, y orad por los que os persiguen y calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos, que hace que salga el sol sobre los malos y los buenos, y que llueva sobre los justos y los injustos. Porque, si sólo amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis con eso más que los otros? ¿No hacen lo mismo los gentiles? - Os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y los fariseos, no entraréis en el reino de los Cielos.” (San Mateo, 5:43 a 47 y 20.)


2. “Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Puesto que los pecadores también aman a quienes los aman. Si solamente hacéis el bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? Puesto que los pecadores también hacen lo mismo. Si sólo prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir el mismo favor, ¿qué mérito tenéis? Puesto que también los pecadores se prestan ayuda unos a otros, para recibir otro tanto. Mas, en cuanto a vosotros, amad a vuestros enemigos; haced el bien a todos, y prestad sin esperar nada a cambio. Entonces, vuestra recompensa será muy grande, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno aun con los ingratos y los malvados. Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Dios es misericordioso.” (San Lucas, 6:32 a 36.)


3. Si el amor al prójimo es el principio de la caridad, amar a los enemigos es su aplicación sublime, porque esa virtud es una de las más grandes victorias obtenidas contra el egoísmo y el orgullo. 

Sin embargo, en esta circunstancia, por lo general se comete una equivocación en cuanto al sentido de la palabra amar. Jesús no pretendió, mediante esas palabras, que tengamos para con el enemigo la misma ternura que para con un hermano o un amigo. La ternura presupone confianza. Ahora bien, no podemos confiar en una persona cuando sabemos que nos quiere mal. No podemos tener para con ella las expansiones de la amistad, porque sabemos que sería capaz de abusar de esa actitud. Entre las personas que desconfían recíprocamente no pueden existir los impulsos de simpatía que hay entre los que mantienen una comunión de pensamientos. En fin, nadie puede experimentar, al encontrarse con un enemigo, el mismo placer que se siente en compañía de un amigo.

Incluso, ese sentimiento es el resultado de una ley física: la de la asimilación y la repulsión de los fluidos. El pensamiento malévolo emite una corriente fluídica cuya impresión es penosa. El pensamiento benévolo nos envuelve en un efluvio agradable. De ahí resulta la diferencia de las sensaciones que se experimentan ante la proximidad de un amigo o de un enemigo. Por lo tanto, no es posible que “amar a los enemigos” signifique que no debemos hacer ninguna diferencia entre ellos y los amigos. Este precepto sólo parece difícil, y aun imposible de practicar, porque se considera falsamente que prescribe dar a ambos, amigos y enemigos, el mismo lugar en el corazón. Si la pobreza de las lenguas humanas nos obliga a servirnos de la misma palabra para expresar los diversos matices de un sentimiento,  corresponde a la razón establecer la diferencia, según los casos.

Amar a los enemigos no significa, pues, dispensarles un afecto que no está en nuestra naturaleza, porque el contacto con un enemigo nos hace latir el corazón de muy diferente modo que el contacto con un amigo. Amar a los enemigos es no sentir por ellos ni odio, ni rencor, ni deseos de venganza; es perdonarles sin segundas intenciones e incondicionalmente el mal que nos hacen; es no poner ningún obstáculo para la reconciliación; es desearles el bien en lugar del mal; es alegrarse, en vez de afligirse, con el bien que les sucede; es tenderles una mano caritativa en caso de necesidad; es abstenerse tanto en palabras como en acciones de todo lo que pudiera perjudicarlos; es, en definitiva, retribuirles el mal con el bien, sin intención de humillarlos. Cualquiera que haga esto reúne las condiciones del mandamiento: “Amad a vuestros enemigos”.


4. Para los incrédulos, amar a los enemigos es un absurdo. Aquel para quien la vida presente lo es todo, sólo ve en su enemigo un ser pernicioso que perturba su tranquilidad, y cree que sólo la muerte puede librarlo de él. De ahí proviene su deseo de venganza. No tiene ningún interés en perdonar, salvo que sea para satisfacer su orgullo ante el mundo. Perdonar, en ciertos casos, le parece incluso una debilidad indigna de él. Si no responde con la venganza, no dejará por eso de guardarle rencor y de alimentar un secreto deseo de perjudicarlo.

Para el creyente, pero sobre todo para el espírita, la manera de ver es muy diferente, porque fija su mirada en el pasado y en el porvenir, entre los cuales la vida presente es apenas un punto. Sabe que, por el destino mismo de la Tierra, no habrá de encontrar en ella más que hombres malvados y perversos; que las maldades a que está expuesto forman parte de las pruebas que debe sufrir, y el punto de vista elevado en que se coloca contribuye a que las vicisitudes le resulten menos amargas, ya sea que estas provengan de los hombres o de las cosas. Si no se queja de las pruebas, tampoco debe quejarse de aquellos que les sirven de instrumento. Si, en vez de quejarse, da gracias a Dios porque lo puso a prueba, también debe dar gracias a la mano que le proporciona la ocasión de demostrar su paciencia y su resignación. Ese pensamiento lo predispone naturalmente al perdón. Siente, además, que cuanto más generoso es, más se engrandece ante sí mismo y se ubica fuera del alcance de los dardos malévolos de su enemigo.

El hombre que en el mundo ocupa una posición elevada no toma como una ofensa los insultos de aquel a quien considera inferior. Lo mismo sucede con el que se eleva, en el mundo moral, por encima de la humanidad material. Comprende que el odio y el rencor lo envilecerían y lo rebajarían. Ahora bien, para que sea superior a su adversario, es preciso que tenga el alma más grande, más noble y generosa.



Los enemigos desencarnados

5. El espírita tiene también otros motivos para ser indulgente con sus enemigos. En primer lugar, sabe que la maldad no es un estado permanente de los hombres, sino que se debe a una imperfección momentánea y que, de la misma manera que el niño se corrige de sus defectos, el hombre malo reconocerá un día sus errores y se volverá bueno.

Sabe además que la muerte sólo lo libera de la presencia material de su enemigo, porque este puede perseguirlo con su odio aun después de que haya dejado la Tierra. Así, la venganza no consigue su objetivo, sino que, por el contrario, tiene por efecto producir una irritación más grande, que puede prolongarse de una existencia a la otra. Correspondía al espiritismo probar, por medio de la experiencia y de la ley que rige las relaciones entre el mundo visible y el mundo invisible, que la expresión extinguir el odio con sangre es radicalmente falsa, y que la verdad, en cambio, es que la sangre alimenta el odio, incluso más allá de la tumba. Correspondía al espiritismo, por consiguiente, dar una razón de ser efectiva y una utilidad práctica tanto al perdón como a la sublime máxima de Cristo: Amad a vuestros enemigos. No hay corazón tan perverso que, aun sin saberlo, no se conmueva ante una buena acción. Con el buen proceder se quita, por lo menos, todo pretexto para las represalias, y de un enemigo se puede hacer un amigo, antes y después de la muerte. Por el contrario, con el mal proceder se irrita al enemigo, que entonces sirve él mismo de instrumento a la justicia de Dios para castigar a quien no ha perdonado.


6. Podemos, pues, tener enemigos entre los encarnados y entre los desencarnados. Los enemigos del mundo invisible manifiestan su malevolencia a través de las obsesiones y las subyugaciones, de las que son víctimas tantas personas, y que representan una variedad en las pruebas de la vida. Tanto estas pruebas, como las otras, contribuyen al adelanto del ser y deben ser aceptadas con resignación y como consecuencia de la naturaleza inferior del globo terrestre. Si no hubiese hombres malos en la Tierra, no habría Espíritus malos alrededor de ella. Así pues, si debemos ser indulgentes y benevolentes para con los enemigos encarnados, del mismo modo debemos proceder en relación con los que están desencarnados.

En el pasado se sacrificaba a víctimas sangrientas para apaciguar a los dioses infernales, que no eran otra cosa que Espíritus malos. A los dioses infernales los han sucedido los demonios, que son lo mismo. El espiritismo viene a probar que esos demonios no son sino las almas de los hombres perversos, que todavía no se han despojado de los instintos materiales; que nadie consigue apaciguarlos a no ser con el sacrificio de su odio, es decir, mediante la caridad; que la caridad no tiene sólo por efecto impedir que hagan el mal, sino conducirlos nuevamente al camino del bien, con lo cual contribuye a su salvación. Por consiguiente, la máxima: Amad a vuestros enemigos no se halla circunscrita al círculo estrecho de la Tierra y de la vida presente, sino que forma parte de la magna ley de la solidaridad y la fraternidad universal.



Si alguno te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra

7. “Habéis oído que se dijo: ‘ojo por ojo y diente por diente’. Pues yo os digo que no resistáis al mal que os quieran hacer; sino que, si alguien te ha golpeado en la mejilla derecha, ofrécele también la otra; y si alguien quiere pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si alguien te obliga a caminar mil pasos junto a él, camina dos mil. Al que te pida, dale; y al que quiera pedirte prestado, no lo rechaces.” (San Mateo, 5:38 a 42.)

8. Los prejuicios del mundo, sobre lo que se convino en denominar pundonor, producen esa susceptibilidad sombría, nacida del orgullo y de la exaltación de la personalidad, que conduce al hombre a devolver una injuria con otra injuria, una herida con otra herida, lo que es considerado justo por aquel cuyo sentido moral no se eleva por encima de las pasiones terrenales. A eso se debe que la ley mosaica prescribiera: “Ojo por ojo, diente por diente”, ley en armonía con la época en que vivió Moisés. Cristo vino y dijo: “Retribuid el mal con el bien”. Y dijo además: “No resistáis al mal que os quieran hacer; si te golpean en una mejilla, preséntale la otra”. Al orgulloso esta máxima le parece una cobardía, pues no comprende que haya más valor en soportar un insulto que en vengarse. Esto le sucede siempre debido a que su vista no llega más allá del presente. Con todo, ¿es preciso tomar literalmente esa máxima? No, como tampoco se debe tomar literalmente la que ordena que nos arranquemos el ojo que ha sido causa de escándalo. Llevada hasta sus últimas consecuencias, aquella máxima equivaldría a condenar toda represión del mal, incluso legal, y dejar el campo libre a los malos, que se verían liberados de todo motivo de temor. Si no se pusiera un freno a las agresiones de los malos, muy pronto los buenos serían sus víctimas. Hasta el instinto de conservación, que es una ley de la naturaleza, impide que pongamos benévolamente el cuello a disposición del asesino. Con esas palabras, pues, Jesús no prohibió la defensa, sino que condenó la venganza. Al decir que presentemos la otra mejilla cuando nos golpean, quiso decir, de otra forma, que no hay que retribuir el mal con el mal; que el hombre debe aceptar con humildad todo lo que tienda a rebajar su orgullo; que es más glorioso para él ser golpeado que golpear, y soportar con paciencia una injusticia que cometerla él mismo; que vale más ser engañado que engañar, ser arruinado que arruinar a los demás. Al mismo tiempo, esto implica la condena del duelo, que no es otra cosa que una manifestación de orgullo. Sólo la fe en la vida futura y en la justicia de Dios, que nunca deja el mal impune, puede infundirnos fuerzas para soportar con paciencia los ataques que se dirigen a nuestros intereses y a nuestro amor propio. Por eso repetimos sin cesar: Dirigid vuestra mirada hacia adelante; cuanto más os elevéis con el pensamiento por encima de la vida material, tanto menos os afligirán las cosas de la Tierra.



INSTRUCCIONES DE LOS ESPÍRITUS
La venganza

9. La venganza es uno de los últimos restos de las costumbres bárbaras que tienden a desaparecer entre los hombres. Constituye, al igual que el duelo, uno de los postreros vestigios de las costumbres salvajes por efecto de las cuales se debatía la humanidad al comienzo de la era cristiana. A eso se debe que la venganza sea un indicio cierto del estado de atraso de los hombres que se entregan a ella, así como de los Espíritus que todavía la inspiran. Por consiguiente, amigos míos, ese sentimiento jamás debe hacer vibrar el corazón de quien se diga y se proclame espírita. Vengarse, bien lo sabéis, es tan contrario a esta prescripción de Cristo: “Perdonad a vuestros enemigos”, que quien rehúsa perdonar no sólo no es espírita sino que tampoco es cristiano. La venganza es una inspiración más funesta aún, porque la falsedad y la bajeza son sus asiduas compañeras. En efecto, aquel que se entrega a esa fatal y ciega pasión casi nunca lo hace a cielo descubierto. Cuando es el más fuerte, se lanza como una fiera sobre el que considera su enemigo, puesto que la presencia de este enciende su pasión, su cólera, su odio. No obstante, la mayoría de las veces asume una apariencia hipócrita, porque oculta en lo más hondo de su corazón los malos sentimientos que lo animan. Elije caminos sesgados, persigue entre las sombras a su enemigo, que no desconfía, y aguarda el momento propicio para atacarlo sin peligro. Se oculta de él, pero lo acecha en forma permanente. Le tiende trampas aborrecibles; y si encontrara la ocasión, vertería veneno en su copa. En el caso de que su odio no llegue a tales extremos, lo ataca entonces en su honor y en sus afectos. No retrocede ante la calumnia, y sus insinuaciones pérfidas, hábilmente desparramadas por todas partes, crecen a su paso. De ese modo, cuando el perseguido se presenta en los lugares por donde pasó el aliento envenenado de su perseguidor, se lleva la sorpresa de encontrar rostros indiferentes donde otras veces lo recibían semblantes amistosos y benévolos, y queda estupefacto cuando las manos que antes se le tendían, ahora se niegan a tomar las suyas. Por último, se siente anonadado cuando verifica que sus más queridos amigos y parientes se apartan y lo evitan. ¡Ah! El cobarde que se venga de esa manera es cien veces más culpable que aquel que enfrenta a su enemigo y lo insulta cara a cara.

¡Acabemos, pues, con esas costumbres salvajes! ¡Acabemos con esos hábitos obsoletos! El espírita que hoy pretendiese ejercer el derecho de vengarse, sería indigno de pertenecer por más tiempo a la falange que eligió para sí esta divisa: ¡Fuera de la caridad no hay salvación! Pero no, no debo detenerme en la idea de que un miembro de la gran familia espírita sea capaz, en lo sucesivo, de ceder al impulso de la venganza, sino, por el contrario, al de perdonar. (Jules Olivier. París, 1862.)



El odio

10. Amaos unos a otros y seréis felices. Procurad, sobre todo, amar a los que os inspiran indiferencia, odio o desprecio. Cristo, a quien debéis considerar vuestro modelo, os dio ese ejemplo de abnegación. Misionero de amor, Él amó hasta dar su sangre y su vida. El sacrificio que os obliga a amar a los que os ultrajan y os persiguen es penoso; pero eso es precisamente lo que os hace superiores a ellos. Si los aborrecieseis, como ellos os aborrecen, no valdríais más que ellos. Amarlos es la hostia sin mancha que ofrecéis a Dios en el altar de vuestros corazones, hostia de agradable aroma cuya fragancia asciende hasta Él. Aunque la ley de amor prescriba que amemos indistintamente a todos nuestros hermanos, no protege al corazón contra los malos procederes. Por el contrario, esa es la prueba más penosa, bien lo sé, pues durante mi última existencia terrenal experimenté esa tortura. Con todo, Dios existe, y castiga tanto en esta vida como en la otra a los que transgreden la ley de amor. No olvidéis, queridos hijos, que el amor os aproxima a Dios, mientras que el odio os aparta de Él. (Fenelón. Burdeos, 1861.)


REFLEXIÓN:
Perdonar verbalmente es cuestión de palabras; mas, quien realmente perdona necesita mover y extraer de su interior pesados fardos.

Además de las deudas que contraemos a causa de la venganza y del odio con nuestros “enemigos”, bien para esta misma vida o para sucesivas, nos podemos generar  enfermedades.


Bibliografía:
El Evangelio según el Espiritismo

AMOR, CARIDAD y TRABAJO







AMOR, CARIDAD y TRABAJO






AMOR, CARIDAD y TRABAJO
antídotos del
EGOÍSMO y del ORGULLO


Los peores enemigos u obstáculos para nuestro progreso moral son el egoísmo y el orgullo, su antídoto el amor.

De todas las imperfecciones humanas, la más difícil de desarraigar es el egoísmo, porque guarda relación con la influencia de la materia, de la cual el hombre, aún muy cercano a su origen, no ha podido liberarse.

Todo es amor en la naturaleza; el egoísmo es el que lo mata.

Amor no es igual a caridad. El término amor ya existía antes de Cristo, pero Cristo nos enseñó el ápice del amor, que es precisamente la caridad, es decir, entregarse por el otro.

Si el amor del prójimo es el principio de la caridad, amar a sus enemigos es su aplicación sublime, porque esta virtud es una de las más grandes victorias contra el egoísmo y el orgullo.

Jesús dijo: Amad a vuestros enemigos. Ahora bien, el amor a nuestros enemigos, ¿no es contrario a nuestras tendencias naturales? Y la enemistad, ¿no proviene de la falta de simpatía entre los Espíritus?
No cabe duda de que no se puede sentir por los enemigos un amor tierno y apasionado. No es eso lo que Jesús quiso decir. Amar a los enemigos significa perdonarlos y devolverles bien por mal. De ese modo nos hacemos superiores a ellos, mientras que con la venganza nos colocamos por debajo.

El verdadero hombre de bien es el que practica la ley de justicia, de amor y de caridad en su más grande pureza. Si pregunta a su conciencia sobre sus propios actos, mira si ha violado esta ley; si no ha hecho daño, si ha hecho todo el bien "que ha podido", si ha despreciado voluntariamente alguna ocasión de ser útil, si alguien tiene quejas contra él; en fin, si ha hecho a otro lo que hubiera querido que hicieran por él.

El amor aproxima a las almas. Se puede estar en la Tierra más próximo de los que alcanzaron la perfección, que de aquellos que por su inferioridad y egoísmo se arremolinan en torno a la esfera terrestre. La caridad y el amor son dos poderosos motores de atracción. Constituyen el lazo que cimenta la unión de las almas vinculadas entre sí, y que persiste a pesar de la distancia y los lugares. La distancia sólo existe para los cuerpos materiales, nunca para los Espíritus.

El amor y la caridad son el complemento de la ley de justicia, porque amar al prójimo es hacerle todo el bien que nos es posible y que querríamos que se nos hiciese a nosotros mismos. Ese es el sentido de las palabras de Jesús: Amaos los unos a los otros como hermanos.

La caridad, según Jesús, no se limita a la limosna: abarca todas las relaciones con nuestros semejantes, sean ellos inferiores, iguales o superiores a nosotros.

Recordad también que la ostentación quita, ante Dios, el mérito del beneficio. Jesús dijo: Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha. Con ello os enseña a no empañar la caridad con el orgullo.

El amor está en todas partes: en la naturaleza, invitándonos a ejercer nuestra inteligencia; hasta se encuentra en el movimiento de los astros. El amor es el que adorna a la naturaleza con sus ricos tapices y pasa y fija su mirada en donde encuentra flores y perfumes; también es el que da paz a los hombres, calma al mar, silencio a los vientos y tregua al dolor.

¡Espiritismo, doctrina consoladora y bendita; felices los que te conocen y se aprovechan de las saludables enseñanzas de los espíritus del Señor! Para ellos el camino es claro, y durante todo el viaje pueden leer estas palabras que les indican el medio de llegar al fin: caridad práctica, caridad de corazón, caridad para el prójimo como para sí mismo, en una palabra, caridad para todos y amor de Dios sobre todas las cosas, porque el amor de Dios resume todos los deberes y porque realmente es imposible amar a Dios sin practicar la caridad, de la que hace una ley para con todas sus criaturas. 

El amor resume toda la doctrina de Jesús, porque es el sentimiento por excelencia, y los sentimientos son los instintos elevados a la altura del progreso realizado. El hombre en su origen sólo tiene instintos; más adelantado y corrompido, sólo tiene sensaciones; pero instruido y purificado, tiene sentimientos, y el punto exquisito del sentimiento es el amor; no el amor en el sentido vulgar de la palabra, sino ese sol interior que condensa y reúne en su ardiente foco todas las aspiraciones y todas las revelaciones sobrehumanas. La ley de amor reemplaza a la personalidad por la fusión de los seres, y aniquila las miserias sociales. ¡Feliz aquel que, elevándose sobre su humanidad, quiere con gran amor a sus hermanos doloridos! ¡Feliz aquel que ama, porque no conoce ni la carestía del alma ni la del cuerpo; sus pies son ligeros y vive como transportado fuera de sí mismo!

Si muchos de los llamados al Espiritismo se han estacionado, ¿cómo conoceremos a los que están en el buen camino? 
Los reconoceréis en los principios de verdadera caridad que profesarán y practicarán: los reconoceréis en el número de afligidos que habrán consolado; los reconoceréis en su amor hacia el prójimo, por su abnegación, por su desinterés personal; los reconoceréis, en fin, en el triunfo de sus principios, porque Dios quiere el triunfo de su ley; los que siguen su ley son sus elegidos y él les dará la victoria, pero destruirá a los que falsean el espíritu de esa ley y hacen de ella su comodín para satisfacer su vanidad y su ambición.

Cristo fue el iniciador de la más pura moral, la más sublime, de la moral evangélica cristiana que debe renovar el mundo, reunir a los hombres y hacerlos hermanos; que debe hacer brotar de todos los corazones humanos la caridad y el amor al prójimo, y crear entre todos los hombres una solidaridad común; en fin, de una moral que debe transformar la tierra y hacer de ella una morada para espíritus superiores a los que hoy la habitan. Es la ley del progreso, a la que está sometida la naturaleza, que se cumple, y el Espiritismo es la palanca de que Dios se sirve para hacer avanzar a la humanidad.

El verdadero carácter de la caridad, es la modestia, la humildad y la indulgencia que consiste en no ver superficialmente los defectos y dedicarse a hacer florecer lo que hay de bueno y virtuoso; porque si el corazón humano es un abismo de corrupción, existe siempre en algunos de sus pliegues más escondidos, el germen de buenos sentimientos, chispa brillante de la esencia espiritual.

"Amar a tu prójimo como a ti mismo, hacer por los otros lo que quisiéramos que los otros hiciesen por nosotros", es la expresión más completa de la caridad, porque resume todos los deberes para con el prójimo.

Amad, pues, a vuestro prójimo, amadle como a vosotros mismos, porque ahora ya lo sabéis; ese desgraciado que rechazáis, quizá es un hermano, un padre, un amigo que rechazáis lejos de vosotros, y entonces, ¡cuál será vuestra desesperación al reconocerle en el mundo de los espíritus!

Deseo que comprendáis bien lo que puede ser la "caridad moral", la que todos pueden practicar, la que no "cuesta nada material”, y, sin embargo, la que es más difícil de poner en práctica.

La caridad moral consiste en sobrellevarnos unos a otros, y es lo que menos hacéis en este mundo en donde estáis encarnados por el momento. Creedme, hay un gran mérito en saberse callar para dejar hablar a otro más ignorante, y esto es también una especie de caridad. Saber ser sordo cuando una palabra burlona se escapa de una boca acostumbrada a ridiculizar; no ver la sonrisa desdeñosa con que os reciben ciertas gentes, que muchas veces, sin razón, se creen superiores a vosotros mientras que, en la vida espiritista, "la sola verdadera", les falta quizá mucho para alcanzaros; aquí tenéis un mérito no de humildad sino de caridad, porque el dejar de notar las faltas de otro, es la caridad moral.

Caridad y humildad: tal es, pues, el sólo camino de la salvación; egoísmo y orgullo, tal es el de la perdición. Este principio está formulado en términos precisos en estas palabras: "Amaréis a Dios de toda vuestra alma y a vuestro prójimo como a vosotros mismos"; "toda la ley y los profetas están encerrados en estos dos mandamientos". Y para que no haya equivocación sobre la interpretación del amor de Dios y del prójimo, añade: "Y el segundo semejante es a éste"; es decir, que no se puede verdaderamente amar a Dios, sin amar a su prójimo, ni amar a su prójimo sin amar a Dios; pues todo lo que se hace contra el prójimo, se hace contra Dios. No pudiendo amar a Dios, sin practicar la caridad con el prójimo, todos los deberes del hombre están resumidos en esta máxima: "Sin caridad no hay salvación".

Si yo hablara lenguas de hombres y ángeles y no tuviera caridad, soy como metal que suena, o campana que retiñe. Y si tuviese profecía, y supiese todos los misterios y cuanto se pudiese saber; y si tuviese toda la fe, de manera que traspasase los montes, y no tuviese caridad, nada soy. Y si distribuyese todos mis bienes en dar de comer a pobres y si entregare mi cuerpo para ser quemado, y no tuviese caridad, nada me aprovecha.

La caridad es paciente, es benigna: la caridad no es envidiosa, no obra precipitadamente, no se ensoberbece. No es ambiciosa, no busca sus provechos, no se mueve a ira, no piensa mal. No se goza de la iniquidad, más se goza de la verdad: Todo lo sobrelleva, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Honesto ante Dios es el hombre que, impregnado de abnegación y amor, consagra su vida al bien, al progreso de sus semejantes; es el que, animado de una dedicación ilimitada, es activo en la vida: activo en el cumplimiento de los deberes materiales que se le imponen, pues debe enseñar a los otros el amor al trabajo; activo en las buenas acciones, pues no debe olvidar que es apenas un servidor a quien el Amo pedirá cuentas, un día, del empleo de su tiempo; activo, finalmente, pues debe predicar con el ejemplo el amor a Dios y al prójimo.

La encarnación es necesaria para el progreso moral e intelectual del Espíritu: para el progreso intelectual, por la actividad que se ve obligado a desplegar mediante el trabajo; para el progreso moral, por la necesidad que los hombres tienen unos de otros -en base al amor que Jesús nos enseñó-. La vida social es la piedra de toque de las buenas y de las malas cualidades. La bondad, la maldad, la mansedumbre, la violencia, la benevolencia, la caridad, el egoísmo, la avaricia, el orgullo, la humildad, la sinceridad, la franqueza, la lealtad, la mala fe, la hipocresía, en suma, todo lo que constituye al hombre de bien o al perverso tiene por móvil, por objetivo y como estimulante las relaciones del hombre con sus semejantes. Para el hombre que vive aislado no existen los vicios ni las virtudes. Si bien mediante el aislamiento se preserva del mal, por otro lado, anula las posibilidades de hacer el bien.

El camino de la felicidad está abierto para todos. Todos tienen la misma meta, y poseen las mismas condiciones para alcanzarla. La ley, grabada en las conciencias, se les enseña a todos. Dios hizo que la felicidad sea el premio al trabajo y no un favor, a fin de que cada uno tenga su mérito. Todos son libres de trabajar o de no hacer nada en favor de su adelanto. El que trabaja mucho y con rapidez recibe antes la recompensa. El que se extravía en el camino o pierde el tiempo retarda la llegada, y de ello no puede responsabilizar a nadie más que a sí mismo.

Los Espíritus son creados simples e ignorantes, es decir, sin conocimientos ni conciencia del bien y del mal, pero aptos para conseguir lo que les falta. El trabajo es el medio para sus logros, y el objetivo, que es la perfección, es común a todos. Lo alcanzan con relativa rapidez en virtud de su libre albedrío y en razón directa de sus esfuerzos. Todos deben trasponer los mismos peldaños y completar el mismo trabajo. Dios no favorece más a unos que a otros, ya que todos son sus hijos y, puesto que es justo, no tiene preferencia por ninguno.

El hombre pretende ser feliz, y ese sentimiento es natural. Por eso trabaja sin cesar para mejorar su posición en la Tierra. Además, busca las causas de sus males a fin de remediarlos. Cuando comprenda que el egoísmo es una de esas causas: la que engendra el orgullo, la ambición, la codicia, la envidia, el odio y los celos; la que lo hiere a cada instante, la que perturba las relaciones sociales, provoca las disensiones y destruye la confianza, la que lo obliga a mantenerse constantemente a la defensiva contra su vecino; la causa que, por último, hace del amigo un enemigo, entonces comprenderá también que ese vicio es incompatible con su propia felicidad y, diremos también, con su propia seguridad. Cuanto más haya sufrido el egoísmo, tanto más sentirá la necesidad de combatirlo.

Sólo por el trabajo del cuerpo el espíritu adquiere conocimientos.

La necesidad del trabajo, ¿es una ley de la naturaleza?
El trabajo es una ley de la naturaleza, por eso mismo es una necesidad.

¿Sólo debemos entender por trabajo las ocupaciones materiales?
No. El Espíritu trabaja, como el cuerpo. Toda ocupación útil es un trabajo.

¿Por qué el trabajo es impuesto al hombre?
Es una consecuencia de su naturaleza corporal. Se trata de una expiación y al mismo tiempo de un medio para perfeccionar su inteligencia. Sin el trabajo, el hombre permanecería en la infancia de la inteligencia. Por esa razón sólo debe su alimento, su seguridad y su bienestar a su trabajo y a su actividad. Al que es demasiado débil de cuerpo Dios le ha dado la inteligencia para que supla con ella esa debilidad. Con todo, siempre es un trabajo.

En los mundos más perfeccionados, ¿está el hombre sometido a la misma necesidad del trabajo?
La naturaleza del trabajo es relativa a la naturaleza de las necesidades. Cuanto menos materiales son las necesidades, menos material es el trabajo. Sin embargo, no creas por eso que el hombre permanece inactivo e inútil, pues la ociosidad sería un suplicio en vez de ser un beneficio.

Dado que el descanso después del trabajo es una necesidad, ¿es una ley de la naturaleza?
Sin duda, el descanso sirve para reponer las fuerzas del cuerpo y también es necesario para dar un poco más de libertad a la inteligencia, a fin de que esta se eleve por encima de la materia.

¿Cuál es el límite del trabajo?
El límite de las fuerzas. Por lo demás, Dios deja libre al hombre.

Si entre vuestros familiares, vecinos o entre vuestros compañeros de trabajo, hubiese alguno que os moleste o que trate de haceros daño; no le odiéis, no cometáis esa torpeza, no vale la pena; porque, él mismo, en su ignorancia no sabe lo que hace, es su atraso evolutivo que le hace actuar así. Tened compasión de él (o ella). Sí, tened compasión, ya que con ello estaréis vibrando en amor que es comprensión y tolerancia. No os dejéis llevar por el orgullo o por el egoísmo. Proyectad sobre esa persona vibraciones de amor (sentimientos de bien) y buenos pensamientos que son fuerzas positivas y energía armonizadora, y que también os armonizará a vosotros mismos. Además, para no uniros a él o ella por el rencor, sino por el amor. Y de ese modo habréis puesto en práctica las enseñanzas del sublime Maestro Jesús; pagar bien por mal. Esa enseñanza que los humanos no acabamos de comprender.


En el libro titulado Pablo y Esteban de Francisco Cándido Xavier dictado por el espíritu Emmanuel, hay una conversación entre el espíritu de Abigail y Saulo (o sea Pablo de Tarso), una vez convertido y antes de comenzar su inconmensurable trabajo de evangelización de la palabra de Jesús, que dice así:

Pablo: ¿Qué hacer para adquirir la perfecta comprensión de los designios del Cristo?

Abigail: ¡Ama!

Pablo: Pero, ¿cómo proceder para enriquecernos en la virtud ajena? Jesús aconseja el amor para los enemigos.  Mientras tanto, consideraba qué difícil debía ser semejante realización. Penoso era manifestar dedicación sin que hubiera comprensión por parte de los demás. ¿Cómo hacer para que el alma alcance tan elevada expresión de esfuerzo en Jesús Cristo?

Abigail: ¡Trabaja!

Pablo: Abigail tenía razón. Era necesario realizar la obra del perfeccionamiento interior.


Si sabemos la teoría, pero no la llevamos a la práctica mediante el trabajo, ¿de qué nos sirve?

Mas, puede haber quien diga que existan vicisitudes en la vida que no puedan dominar, porque sean muy difíciles de superar, y digo yo ¿quién dijo que fuera fácil?


Para poderlas vencer, hay que hacer un trabajo diario de menos a más, a fin de ir creando un hábito y así poder ir venciéndolas.

Entiendo que los principales obstáculos para nuestra reforma o perfeccionamiento interior son el egoísmo y el orgullo, que podemos y debemos combatir mediante nuestra reforma íntima, bajo la protección de la Doctrina del Maestro Jesús.

Para ello debemos hacer diariamente un examen sobre nosotros mismos, lento, gradual, minucioso, que nos permita convencernos de la urgencia en la reforma interior, a través de nuestra vibración y pensamientos diarios, para que emitamos la única conducta que debe marcar nuestras existencias en la Tierra: “Amar a los demás como a nosotros mismos”.

Toda vez que la Doctrina Espírita es, en esencia, universidad de redención. Y cada uno de sus profesantes o alumnos, por fuerza de la obligación en el perfeccionamiento interior está obligado a educarse para poder educar.


Las contradicciones, aun aparentes, pueden poner dudas en el Espíritu de ciertas personas. ¿Qué comprobación puede haber para conocer la verdad? 

"Para discernir el error de la verdad, es menester profundizar estas respuestas y meditar mucho tiempo formalmente; debe hacerse todo un estudio. Para éste como para estudiar las demás cosas, es necesario el tiempo."

"Estudiad, comparad, profundizad; os lo decimos sin cesar, el conocimiento de la verdad se adquiere a este precio. ¿Cómo queréis llegar a la verdad cuando lo interpretáis todo según vuestras ideas limitadas que vosotros tomáis por grandes? Pero no está lejos el día en que la enseñanza de los Espíritus será uniforme por todas partes, así en los detalles como en las cosas principales. Su misión es de destruir el error, pero esto no puede venir sino sucesivamente."

Repetimos sin cesar: estudiad antes de practicar, porque ese es el único medio para que no adquiráis la experiencia a costa de vosotros mismos.


Bibliografía:
El libro de los espíritus de Allan Kardec
El Libro de los Médiums de Allan Kardec
El Evangelio según el Espiritismo de Allan Kardec
El cielo y el infierno de Allan Kardec
Pablo y Esteban de Francisco Cándido Xavier, dictado por el espíritu Emmanuel
Temario del conocimiento espiritual I de Sebastián de Arauco

AMOR, CARIDAD y TRABAJO








FATALIDAD





FATALIDAD




Sin ninguna duda hay leyes naturales e inmutables que Dios no puede anular a capricho de cada uno; pero de esto a creer que todas las circunstancias de la vida están sometidas a la fatalidad, es grande la distancia. Si así fuese, el hombre sólo sería un instrumento pasivo, sin libre albedrío y sin iniciativa. En esta hipótesis no habría más que doblar la cabeza al golpe de los acontecimientos, sin evitarlos, y, por lo tanto, no se hubiera procurado desviar el rayo. No ha dado Dios al hombre el juicio y la inteligencia para no servirse de ellos, ni la voluntad para no querer, ni la actividad para estar en la inacción. Siendo libre el hombre para obrar en un sentido o en otro, sus actos tienen consecuencias subordinadas a lo que hace o deja de hacer; hay acontecimientos que por su iniciativa escapan forzosamente a la fatalidad sin que por esto se destruya la armonía de las leyes universales, como si se adelanta o retrasa la saeta de un reloj, tampoco se destruye la ley del movimiento sobre la cual está establecido el mecanismo. Dios puede acceder a ciertas súplicas sin derogar la inmutabilidad de las leyes que rigen el conjunto, quedando siempre su acción subordinada a su voluntad.

Sería ilógico deducir de esta máxima: "Todas las cosas que pidiereis orando, creed que las recibiréis y os vendrán", que basta pedir para obtener como sería injusto acusar a la Providencia si no accede a lo que se le pide, puesto que sabe mejor que nosotros lo que nos conviene. Hace lo mismo que un padre prudente que rehúsa a su hijo las cosas contrarias al interés de éste. Generalmente el hombre sólo ve el presente; más si el sufrimiento es útil para su futura felicidad, Dios le dejará que sufra, como el cirujano deja sufrir al enfermo en la operación que debe conducirle a la curación.

Lo que Dios le concederá, si se dirige a Él con confianza, es valor, paciencia y resignación. También le concederá los medios para que él mismo salga del conflicto, con ayuda de las ideas que le sugiere por medio de los buenos espíritus, dejándole de este modo todo el mérito; Dios asiste a los que se ayudan a sí mismos, según esta máxima: "Ayúdate y el cielo te ayudará", y no a aquellos que todo lo esperan de un socorro extraño, sin hacer uso de sus propias facultades; pero casi siempre se preferiría el ser socorrido por un milagro sin que nos costase ningún trabajo.

¿Pueden obtenerse curas por medio de la plegaria solamente?
Sí, algunas veces, si Dios lo permite. Puede suceder, sin embargo, que para el enfermo sea bueno seguir sufriendo, en cuyo caso suponéis que vuestra plegaria no fue escuchada.

¿Hay para eso fórmulas de plegarias más eficaces que otras?
Sólo la superstición puede atribuir virtudes a ciertas palabras, y sólo los Espíritus ignorantes o mentirosos pueden alimentar semejantes ideas mediante la prescripción de fórmulas. Con todo, si se trata de personas poco ilustradas e incapaces de comprender las cosas puramente espirituales, puede suceder que el empleo de una determinada fórmula contribuya a infundirles confianza. En ese caso, la eficacia no reside en la fórmula, sino en la fe, que aumenta gracias a la idea asociada al uso de la fórmula.

¿Existe una fatalidad en los acontecimientos de la vida, conforme al sentido que se da a esa palabra? Es decir, todos los acontecimientos, ¿están determinados con antelación? En ese caso, ¿qué sucede con el libre albedrío?
La fatalidad sólo existe en la elección de sufrir tal o cual prueba, que el Espíritu ha hecho al encarnar. Al elegirla, el Espíritu se traza una especie de destino, que es la consecuencia misma de la situación en que se encontrará. Me refiero a las pruebas físicas, porque con respecto a las pruebas morales y a las tentaciones, dado que el Espíritu conserva su libre albedrío acerca del bien y del mal, siempre es dueño de ceder o de resistir. Un Espíritu bueno, al verlo flaquear, puede acudir en su ayuda, pero no puede influir en él hasta el punto de adueñarse de su voluntad. Un Espíritu malo, es decir, inferior, al mostrarle y exagerarle un peligro físico, puede hacerlo vacilar y atemorizarlo. No obstante, la voluntad del Espíritu encarnado no deja por ello de estar libre de todo obstáculo.

Hay personas a quienes parece perseguir una fatalidad, independientemente de su manera de obrar. ¿Está la desdicha en su destino? 
Tal vez sean pruebas que deben sufrir y que han elegido. Volvéis a culpar al destino de lo que casi siempre no es más que la consecuencia de vuestras propias faltas. En los males que te afligen, trata de conservar pura la conciencia, y eso será parte de tu consuelo.
Las ideas correctas o falsas que nos formamos acerca de las cosas son la causa de nuestros triunfos o fracasos, conforme a nuestro carácter y nuestra posición social. Consideramos más sencillo y menos humillante para nuestro amor propio atribuir nuestros fracasos a la suerte o al destino, antes que a nuestras propias faltas. Si bien la influencia de los Espíritus a veces contribuye a ello, siempre podemos sustraernos a esa influencia rechazando las ideas que nos sugieren, cuando estas son malas. 

Algunas personas se libran de un peligro mortal para caer en otro. Parece como si no pudieran escapar de la muerte. ¿No hay en eso una fatalidad?
Sólo es fatal, en el verdadero sentido de la palabra, el instante de la muerte. Cuando ese momento ha llegado, ya sea por un medio o por otro, no podéis sustraeros a él.

Así pues, sea cual fuere el peligro que nos amenace, ¿no moriremos si no nos ha llegado la hora?
No, no perecerás. Tienes de ello miles de ejemplos. Sin embargo, cuando haya llegado la hora de tu partida, nada podrá impedirlo. Dios sabe por anticipado el tipo de muerte con que partirás de la Tierra, y a menudo tu Espíritu también lo sabe, porque le es revelado cuando elige una existencia determinada.

Dado que la hora de la muerte es indefectible, ¿se sigue de ahí que las precauciones que tomemos para evitarla sean inútiles? 
No, porque las precauciones que tomáis os son sugeridas con miras a evitar la muerte que os amenaza. Son uno de los medios para que no ocurra.

¿Cuál es el objetivo de la Providencia al hacernos correr peligros que no tendrán ninguna consecuencia? 
Cuando tu vida está expuesta a un riesgo, se trata de una advertencia que tú mismo deseaste a fin de apartarte del mal y hacerte mejor. Cuando te libras de ese riesgo, mientras aún te encuentras bajo la influencia del peligro que has corrido, piensas con mayor o menor intensidad en ser mejor, conforme a la mayor o menor intensidad de la acción que los Espíritus buenos ejercen sobre ti. Pero cuando se acerca un Espíritu malo –se sobrentiende que digo malo en el sentido del mal que todavía hay en él–, piensas que volverás a librarte de otros peligros en el futuro, y nuevamente das rienda suelta a tus pasiones. Mediante los peligros que corréis, Dios os recuerda vuestra debilidad y la fragilidad de vuestra existencia. Si examinamos la causa y la naturaleza del peligro, veremos que casi siempre sus consecuencias habrían sido el castigo de una falta cometida o de un deber descuidado. Dios os advierte de ese modo para que reflexionéis acerca de vosotros mismos y os enmendéis.

El Espíritu, ¿sabe por anticipado el tipo de muerte con que habrá de sucumbir?
Sabe que la clase de vida que eligió lo expone a morir de una manera más que de otra. No obstante, también conoce las luchas que habrá de sostener para evitarlo, y que, si Dios lo permite, no sucumbirá.” 

Hay hombres que afrontan el peligro de las batallas persuadidos de que no ha llegado su hora. ¿Tiene algún fundamento esa confianza?
Muy a menudo el hombre tiene el presentimiento de su fin, como puede tener el de que aún no morirá. Ese presentimiento procede de sus Espíritus protectores, los cuales quieren advertirle que esté listo para partir, o le infunden valor en los momentos en que más lo necesita. También puede proceder de la intuición que tiene de la existencia que eligió, o de la misión que ha aceptado y que sabe que deberá cumplir.” 

¿A qué se debe que quienes presienten su muerte le temen, por lo general, menos que los otros?
Quien teme a la muerte es el hombre y no el Espíritu. El que la presiente, piensa más como Espíritu que como hombre: comprende su liberación y la aguarda.

Si la muerte no puede evitarse cuando debe ocurrir, ¿sucede lo mismo con todos los accidentes que sufrimos en el transcurso de la vida?
Cuando se trata de cosas bastante insignificantes, nosotros podemos preveniros de ellas, y a veces hacemos que las evitéis dirigiendo vuestro pensamiento, pues no nos agrada el sufrimiento material. No obstante, eso es poco relevante para la vida que habéis elegido. La fatalidad, en verdad, sólo consiste en la hora en que debéis aparecer en la Tierra, así como en la que habréis de desaparecer de ella.

¿Hay hechos que deben suceder forzosamente y que la voluntad de los Espíritus no puede evitar?
Sí, pero que tú, en el estado de Espíritu, has visto y presentido cuando hiciste tu elección. Sin embargo, no creas que todo lo que sucede está escrito, como dicen. Un acontecimiento suele ser la consecuencia de algo que has hecho mediante un acto de tu voluntad libre, de modo que, si no hubieras hecho eso, el acontecimiento no habría tenido lugar. Si te quemas un dedo, no es más que el resultado de tu imprudencia y el efecto de la materia. Sólo los grandes dolores, los acontecimientos importantes, que pueden influir en la moral, han sido previstos por Dios, porque son útiles para tu purificación y tu esclarecimiento.

El hombre, mediante su voluntad y sus actos, ¿puede evitar que tengan lugar acontecimientos que debían ocurrir, y a la inversa?
Sí, puede hacerlo, en caso de que esa desviación aparente se integre a la vida que ha elegido. Además, para hacer el bien –como debe ser y por tratarse del único objetivo de la vida– puede impedir el mal, sobre todo aquel que contribuiría a un mal mayor.

El hombre que cometió un asesinato, ¿sabía, cuando eligió su existencia, que se convertiría en un asesino? 
No. Sabía que si optaba por una vida de lucha tendría la posibilidad de matar a uno de sus semejantes, pero ignoraba si lo haría, porque el hombre casi siempre delibera antes de cometer el crimen. Ahora bien, el que delibera acerca de algo siempre es libre de hacerlo o no. Si el Espíritu supiera por anticipado que, como hombre, habrá de cometer un asesinato, estaría predestinado a ello. Sabed, pues, que nadie está predestinado al crimen, y que todo crimen, así como cualquier otro acto, es en todos los casos el resultado de la voluntad y del libre albedrío.
Además, vosotros siempre confundís dos cosas muy distintas: los acontecimientos materiales de la vida y los actos de la vida moral. Si a veces existe la fatalidad, es en esos acontecimientos materiales, cuya causa es ajena a vosotros, y que son independientes de vuestra voluntad. En cuanto a los actos de la vida moral, emanan siempre del propio hombre, quien, por consiguiente, siempre tiene la libertad de elección. En relación con esos actos, pues, nunca existe la fatalidad.

Hay personas a las cuales nada les sale bien. Un genio malo parece perseguirlas en todas sus empresas. ¿Se puede denominar a eso fatalidad?
Es fatalidad, si así quieres denominarla. Pero es el resultado de la elección de la clase de existencia, porque esas personas han querido ser probadas mediante una vida de decepciones, a fin de ejercitar la paciencia y la resignación. Con todo, no creas que esa fatalidad sea absoluta. Suele ser el resultado del camino equivocado que han tomado y que no está a la altura de su inteligencia y sus aptitudes. El que quiere cruzar a nado un río, sin saber nadar, tiene muchas posibilidades de ahogarse. Así sucede en la mayoría de los acontecimientos de la vida. Si el hombre sólo emprendiera obras que estuviesen a la altura de sus facultades, por lo general tendría éxito. Pero se pierde por el amor propio y la ambición, que lo desvían del camino y hacen que confunda el deseo de satisfacer ciertas pasiones con una vocación. Fracasa por su culpa. No obstante, en lugar de admitir su error, prefiere acusar de ello a su estrella. Es el caso de quien se muere de hambre porque quiso ser un mal poeta en vez de ganarse honradamente la vida como un obrero eficiente. Habría lugar para todos si cada uno supiera ocupar el lugar que le corresponde.

Las costumbres sociales, ¿no suelen obligar al hombre a seguir un camino antes que otro? ¿No está él sometido al control de la opinión cuando elige sus ocupaciones? Lo que llamamos respeto humano, ¿no es un obstáculo para el ejercicio del libre albedrío?
Los hombres crean las costumbres sociales, no Dios. Si se someten a ellas es porque les conviene, lo cual también constituye un acto de su libre albedrío, puesto que si lo quisieran podrían liberarse de esas costumbres. Entonces, ¿por qué se quejan? No deben acusar a las costumbres sociales, sino a su tonto amor propio, que hace que prefieran morirse de hambre antes que renunciar a cumplirlas. Nadie les toma en cuenta ese sacrificio hecho a favor de la opinión. En cambio, Dios sí tomaría en cuenta el sacrificio de su vanidad. Esto no quiere decir que haya que desafiar a esa opinión innecesariamente, como lo hacen algunas personas que tienen más originalidad que verdadera filosofía. Hay tanto desatino en hacer que a uno lo señalen con el dedo o lo miren cual, si fuera un bicho raro, como sabiduría en descender por propia voluntad y sin quejarse, cuando uno no puede mantenerse en lo alto de la escala.” 

Hay personas a quienes la suerte les es contraria. En cambio, a otras parece favorecerlas, pues todo les sale bien. ¿A qué se debe esto último?
A menudo es porque son más ingeniosas. Aunque también puede tratarse de una clase de prueba. El éxito las embriaga. Se fían de su destino y más tarde suelen pagar esos mismos éxitos con crueles reveses, que habrían podido evitar con prudencia.

¿Cómo explicar la suerte que favorece a algunas personas en circunstancias en las que no intervienen en modo alguno la voluntad ni la inteligencia, en el juego, por ejemplo?
Algunos Espíritus han elegido por anticipado determinados tipos de placer. La suerte que los favorece es una tentación. El que gana como hombre, pierde como Espíritu. Se trata de una prueba para su orgullo y su codicia.

Así pues, la fatalidad que parece presidir los destinos materiales de nuestra vida, ¿sería también un efecto de nuestro libre albedrío? 
Tú mismo has elegido tu prueba. Cuanto más ruda sea y cuanto mejor la soportes, tanto más te elevarás. Los que pasan su vida en la abundancia y la felicidad humana son Espíritus cobardes que permanecen estacionarios. Así, el número de infortunados es muy superior al de los dichosos de la Tierra, dado que la inmensa mayoría de los Espíritus buscan la prueba que les será más fructífera. Conocen demasiado bien la futilidad de vuestras grandezas y placeres. Además, hasta la vida más feliz inevitablemente es agitada y desordenada: incluso en ausencia del dolor.

¿De dónde proviene la expresión “nacer con buena estrella”?
Antigua superstición que relacionaba las estrellas con el destino de cada hombre. Alegoría que algunas personas toman tontamente al pie de la letra.


Bibliografía:
El evangelio según el espiritismo
El libro de los Médiums
El libro de los Espíritus

AMOR, CARIDAD y TRABAJO