AMOR, CARIDAD y TRABAJO






AMOR, CARIDAD y TRABAJO
antídotos del
EGOÍSMO y del ORGULLO


Los peores enemigos u obstáculos para nuestro progreso moral son el egoísmo y el orgullo, su antídoto el amor.

De todas las imperfecciones humanas, la más difícil de desarraigar es el egoísmo, porque guarda relación con la influencia de la materia, de la cual el hombre, aún muy cercano a su origen, no ha podido liberarse.

Todo es amor en la naturaleza; el egoísmo es el que lo mata.

Amor no es igual a caridad. El término amor ya existía antes de Cristo, pero Cristo nos enseñó el ápice del amor, que es precisamente la caridad, es decir, entregarse por el otro.

Si el amor del prójimo es el principio de la caridad, amar a sus enemigos es su aplicación sublime, porque esta virtud es una de las más grandes victorias contra el egoísmo y el orgullo.

Jesús dijo: Amad a vuestros enemigos. Ahora bien, el amor a nuestros enemigos, ¿no es contrario a nuestras tendencias naturales? Y la enemistad, ¿no proviene de la falta de simpatía entre los Espíritus?
No cabe duda de que no se puede sentir por los enemigos un amor tierno y apasionado. No es eso lo que Jesús quiso decir. Amar a los enemigos significa perdonarlos y devolverles bien por mal. De ese modo nos hacemos superiores a ellos, mientras que con la venganza nos colocamos por debajo.

El verdadero hombre de bien es el que practica la ley de justicia, de amor y de caridad en su más grande pureza. Si pregunta a su conciencia sobre sus propios actos, mira si ha violado esta ley; si no ha hecho daño, si ha hecho todo el bien "que ha podido", si ha despreciado voluntariamente alguna ocasión de ser útil, si alguien tiene quejas contra él; en fin, si ha hecho a otro lo que hubiera querido que hicieran por él.

El amor aproxima a las almas. Se puede estar en la Tierra más próximo de los que alcanzaron la perfección, que de aquellos que por su inferioridad y egoísmo se arremolinan en torno a la esfera terrestre. La caridad y el amor son dos poderosos motores de atracción. Constituyen el lazo que cimenta la unión de las almas vinculadas entre sí, y que persiste a pesar de la distancia y los lugares. La distancia sólo existe para los cuerpos materiales, nunca para los Espíritus.

El amor y la caridad son el complemento de la ley de justicia, porque amar al prójimo es hacerle todo el bien que nos es posible y que querríamos que se nos hiciese a nosotros mismos. Ese es el sentido de las palabras de Jesús: Amaos los unos a los otros como hermanos.

La caridad, según Jesús, no se limita a la limosna: abarca todas las relaciones con nuestros semejantes, sean ellos inferiores, iguales o superiores a nosotros.

Recordad también que la ostentación quita, ante Dios, el mérito del beneficio. Jesús dijo: Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha. Con ello os enseña a no empañar la caridad con el orgullo.

El amor está en todas partes: en la naturaleza, invitándonos a ejercer nuestra inteligencia; hasta se encuentra en el movimiento de los astros. El amor es el que adorna a la naturaleza con sus ricos tapices y pasa y fija su mirada en donde encuentra flores y perfumes; también es el que da paz a los hombres, calma al mar, silencio a los vientos y tregua al dolor.

¡Espiritismo, doctrina consoladora y bendita; felices los que te conocen y se aprovechan de las saludables enseñanzas de los espíritus del Señor! Para ellos el camino es claro, y durante todo el viaje pueden leer estas palabras que les indican el medio de llegar al fin: caridad práctica, caridad de corazón, caridad para el prójimo como para sí mismo, en una palabra, caridad para todos y amor de Dios sobre todas las cosas, porque el amor de Dios resume todos los deberes y porque realmente es imposible amar a Dios sin practicar la caridad, de la que hace una ley para con todas sus criaturas. 

El amor resume toda la doctrina de Jesús, porque es el sentimiento por excelencia, y los sentimientos son los instintos elevados a la altura del progreso realizado. El hombre en su origen sólo tiene instintos; más adelantado y corrompido, sólo tiene sensaciones; pero instruido y purificado, tiene sentimientos, y el punto exquisito del sentimiento es el amor; no el amor en el sentido vulgar de la palabra, sino ese sol interior que condensa y reúne en su ardiente foco todas las aspiraciones y todas las revelaciones sobrehumanas. La ley de amor reemplaza a la personalidad por la fusión de los seres, y aniquila las miserias sociales. ¡Feliz aquel que, elevándose sobre su humanidad, quiere con gran amor a sus hermanos doloridos! ¡Feliz aquel que ama, porque no conoce ni la carestía del alma ni la del cuerpo; sus pies son ligeros y vive como transportado fuera de sí mismo!

Si muchos de los llamados al Espiritismo se han estacionado, ¿cómo conoceremos a los que están en el buen camino? 
Los reconoceréis en los principios de verdadera caridad que profesarán y practicarán: los reconoceréis en el número de afligidos que habrán consolado; los reconoceréis en su amor hacia el prójimo, por su abnegación, por su desinterés personal; los reconoceréis, en fin, en el triunfo de sus principios, porque Dios quiere el triunfo de su ley; los que siguen su ley son sus elegidos y él les dará la victoria, pero destruirá a los que falsean el espíritu de esa ley y hacen de ella su comodín para satisfacer su vanidad y su ambición.

Cristo fue el iniciador de la más pura moral, la más sublime, de la moral evangélica cristiana que debe renovar el mundo, reunir a los hombres y hacerlos hermanos; que debe hacer brotar de todos los corazones humanos la caridad y el amor al prójimo, y crear entre todos los hombres una solidaridad común; en fin, de una moral que debe transformar la tierra y hacer de ella una morada para espíritus superiores a los que hoy la habitan. Es la ley del progreso, a la que está sometida la naturaleza, que se cumple, y el Espiritismo es la palanca de que Dios se sirve para hacer avanzar a la humanidad.

El verdadero carácter de la caridad, es la modestia, la humildad y la indulgencia que consiste en no ver superficialmente los defectos y dedicarse a hacer florecer lo que hay de bueno y virtuoso; porque si el corazón humano es un abismo de corrupción, existe siempre en algunos de sus pliegues más escondidos, el germen de buenos sentimientos, chispa brillante de la esencia espiritual.

"Amar a tu prójimo como a ti mismo, hacer por los otros lo que quisiéramos que los otros hiciesen por nosotros", es la expresión más completa de la caridad, porque resume todos los deberes para con el prójimo.

Amad, pues, a vuestro prójimo, amadle como a vosotros mismos, porque ahora ya lo sabéis; ese desgraciado que rechazáis, quizá es un hermano, un padre, un amigo que rechazáis lejos de vosotros, y entonces, ¡cuál será vuestra desesperación al reconocerle en el mundo de los espíritus!

Deseo que comprendáis bien lo que puede ser la "caridad moral", la que todos pueden practicar, la que no "cuesta nada material”, y, sin embargo, la que es más difícil de poner en práctica.

La caridad moral consiste en sobrellevarnos unos a otros, y es lo que menos hacéis en este mundo en donde estáis encarnados por el momento. Creedme, hay un gran mérito en saberse callar para dejar hablar a otro más ignorante, y esto es también una especie de caridad. Saber ser sordo cuando una palabra burlona se escapa de una boca acostumbrada a ridiculizar; no ver la sonrisa desdeñosa con que os reciben ciertas gentes, que muchas veces, sin razón, se creen superiores a vosotros mientras que, en la vida espiritista, "la sola verdadera", les falta quizá mucho para alcanzaros; aquí tenéis un mérito no de humildad sino de caridad, porque el dejar de notar las faltas de otro, es la caridad moral.

Caridad y humildad: tal es, pues, el sólo camino de la salvación; egoísmo y orgullo, tal es el de la perdición. Este principio está formulado en términos precisos en estas palabras: "Amaréis a Dios de toda vuestra alma y a vuestro prójimo como a vosotros mismos"; "toda la ley y los profetas están encerrados en estos dos mandamientos". Y para que no haya equivocación sobre la interpretación del amor de Dios y del prójimo, añade: "Y el segundo semejante es a éste"; es decir, que no se puede verdaderamente amar a Dios, sin amar a su prójimo, ni amar a su prójimo sin amar a Dios; pues todo lo que se hace contra el prójimo, se hace contra Dios. No pudiendo amar a Dios, sin practicar la caridad con el prójimo, todos los deberes del hombre están resumidos en esta máxima: "Sin caridad no hay salvación".

Si yo hablara lenguas de hombres y ángeles y no tuviera caridad, soy como metal que suena, o campana que retiñe. Y si tuviese profecía, y supiese todos los misterios y cuanto se pudiese saber; y si tuviese toda la fe, de manera que traspasase los montes, y no tuviese caridad, nada soy. Y si distribuyese todos mis bienes en dar de comer a pobres y si entregare mi cuerpo para ser quemado, y no tuviese caridad, nada me aprovecha.

La caridad es paciente, es benigna: la caridad no es envidiosa, no obra precipitadamente, no se ensoberbece. No es ambiciosa, no busca sus provechos, no se mueve a ira, no piensa mal. No se goza de la iniquidad, más se goza de la verdad: Todo lo sobrelleva, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Honesto ante Dios es el hombre que, impregnado de abnegación y amor, consagra su vida al bien, al progreso de sus semejantes; es el que, animado de una dedicación ilimitada, es activo en la vida: activo en el cumplimiento de los deberes materiales que se le imponen, pues debe enseñar a los otros el amor al trabajo; activo en las buenas acciones, pues no debe olvidar que es apenas un servidor a quien el Amo pedirá cuentas, un día, del empleo de su tiempo; activo, finalmente, pues debe predicar con el ejemplo el amor a Dios y al prójimo.

La encarnación es necesaria para el progreso moral e intelectual del Espíritu: para el progreso intelectual, por la actividad que se ve obligado a desplegar mediante el trabajo; para el progreso moral, por la necesidad que los hombres tienen unos de otros -en base al amor que Jesús nos enseñó-. La vida social es la piedra de toque de las buenas y de las malas cualidades. La bondad, la maldad, la mansedumbre, la violencia, la benevolencia, la caridad, el egoísmo, la avaricia, el orgullo, la humildad, la sinceridad, la franqueza, la lealtad, la mala fe, la hipocresía, en suma, todo lo que constituye al hombre de bien o al perverso tiene por móvil, por objetivo y como estimulante las relaciones del hombre con sus semejantes. Para el hombre que vive aislado no existen los vicios ni las virtudes. Si bien mediante el aislamiento se preserva del mal, por otro lado, anula las posibilidades de hacer el bien.

El camino de la felicidad está abierto para todos. Todos tienen la misma meta, y poseen las mismas condiciones para alcanzarla. La ley, grabada en las conciencias, se les enseña a todos. Dios hizo que la felicidad sea el premio al trabajo y no un favor, a fin de que cada uno tenga su mérito. Todos son libres de trabajar o de no hacer nada en favor de su adelanto. El que trabaja mucho y con rapidez recibe antes la recompensa. El que se extravía en el camino o pierde el tiempo retarda la llegada, y de ello no puede responsabilizar a nadie más que a sí mismo.

Los Espíritus son creados simples e ignorantes, es decir, sin conocimientos ni conciencia del bien y del mal, pero aptos para conseguir lo que les falta. El trabajo es el medio para sus logros, y el objetivo, que es la perfección, es común a todos. Lo alcanzan con relativa rapidez en virtud de su libre albedrío y en razón directa de sus esfuerzos. Todos deben trasponer los mismos peldaños y completar el mismo trabajo. Dios no favorece más a unos que a otros, ya que todos son sus hijos y, puesto que es justo, no tiene preferencia por ninguno.

El hombre pretende ser feliz, y ese sentimiento es natural. Por eso trabaja sin cesar para mejorar su posición en la Tierra. Además, busca las causas de sus males a fin de remediarlos. Cuando comprenda que el egoísmo es una de esas causas: la que engendra el orgullo, la ambición, la codicia, la envidia, el odio y los celos; la que lo hiere a cada instante, la que perturba las relaciones sociales, provoca las disensiones y destruye la confianza, la que lo obliga a mantenerse constantemente a la defensiva contra su vecino; la causa que, por último, hace del amigo un enemigo, entonces comprenderá también que ese vicio es incompatible con su propia felicidad y, diremos también, con su propia seguridad. Cuanto más haya sufrido el egoísmo, tanto más sentirá la necesidad de combatirlo.

Sólo por el trabajo del cuerpo el espíritu adquiere conocimientos.

La necesidad del trabajo, ¿es una ley de la naturaleza?
El trabajo es una ley de la naturaleza, por eso mismo es una necesidad.

¿Sólo debemos entender por trabajo las ocupaciones materiales?
No. El Espíritu trabaja, como el cuerpo. Toda ocupación útil es un trabajo.

¿Por qué el trabajo es impuesto al hombre?
Es una consecuencia de su naturaleza corporal. Se trata de una expiación y al mismo tiempo de un medio para perfeccionar su inteligencia. Sin el trabajo, el hombre permanecería en la infancia de la inteligencia. Por esa razón sólo debe su alimento, su seguridad y su bienestar a su trabajo y a su actividad. Al que es demasiado débil de cuerpo Dios le ha dado la inteligencia para que supla con ella esa debilidad. Con todo, siempre es un trabajo.

En los mundos más perfeccionados, ¿está el hombre sometido a la misma necesidad del trabajo?
La naturaleza del trabajo es relativa a la naturaleza de las necesidades. Cuanto menos materiales son las necesidades, menos material es el trabajo. Sin embargo, no creas por eso que el hombre permanece inactivo e inútil, pues la ociosidad sería un suplicio en vez de ser un beneficio.

Dado que el descanso después del trabajo es una necesidad, ¿es una ley de la naturaleza?
Sin duda, el descanso sirve para reponer las fuerzas del cuerpo y también es necesario para dar un poco más de libertad a la inteligencia, a fin de que esta se eleve por encima de la materia.

¿Cuál es el límite del trabajo?
El límite de las fuerzas. Por lo demás, Dios deja libre al hombre.

Si entre vuestros familiares, vecinos o entre vuestros compañeros de trabajo, hubiese alguno que os moleste o que trate de haceros daño; no le odiéis, no cometáis esa torpeza, no vale la pena; porque, él mismo, en su ignorancia no sabe lo que hace, es su atraso evolutivo que le hace actuar así. Tened compasión de él (o ella). Sí, tened compasión, ya que con ello estaréis vibrando en amor que es comprensión y tolerancia. No os dejéis llevar por el orgullo o por el egoísmo. Proyectad sobre esa persona vibraciones de amor (sentimientos de bien) y buenos pensamientos que son fuerzas positivas y energía armonizadora, y que también os armonizará a vosotros mismos. Además, para no uniros a él o ella por el rencor, sino por el amor. Y de ese modo habréis puesto en práctica las enseñanzas del sublime Maestro Jesús; pagar bien por mal. Esa enseñanza que los humanos no acabamos de comprender.


En el libro titulado Pablo y Esteban de Francisco Cándido Xavier dictado por el espíritu Emmanuel, hay una conversación entre el espíritu de Abigail y Saulo (o sea Pablo de Tarso), una vez convertido y antes de comenzar su inconmensurable trabajo de evangelización de la palabra de Jesús, que dice así:

Pablo: ¿Qué hacer para adquirir la perfecta comprensión de los designios del Cristo?

Abigail: ¡Ama!

Pablo: Pero, ¿cómo proceder para enriquecernos en la virtud ajena? Jesús aconseja el amor para los enemigos.  Mientras tanto, consideraba qué difícil debía ser semejante realización. Penoso era manifestar dedicación sin que hubiera comprensión por parte de los demás. ¿Cómo hacer para que el alma alcance tan elevada expresión de esfuerzo en Jesús Cristo?

Abigail: ¡Trabaja!

Pablo: Abigail tenía razón. Era necesario realizar la obra del perfeccionamiento interior.


Si sabemos la teoría, pero no la llevamos a la práctica mediante el trabajo, ¿de qué nos sirve?

Mas, puede haber quien diga que existan vicisitudes en la vida que no puedan dominar, porque sean muy difíciles de superar, y digo yo ¿quién dijo que fuera fácil?


Para poderlas vencer, hay que hacer un trabajo diario de menos a más, a fin de ir creando un hábito y así poder ir venciéndolas.

Entiendo que los principales obstáculos para nuestra reforma o perfeccionamiento interior son el egoísmo y el orgullo, que podemos y debemos combatir mediante nuestra reforma íntima, bajo la protección de la Doctrina del Maestro Jesús.

Para ello debemos hacer diariamente un examen sobre nosotros mismos, lento, gradual, minucioso, que nos permita convencernos de la urgencia en la reforma interior, a través de nuestra vibración y pensamientos diarios, para que emitamos la única conducta que debe marcar nuestras existencias en la Tierra: “Amar a los demás como a nosotros mismos”.

Toda vez que la Doctrina Espírita es, en esencia, universidad de redención. Y cada uno de sus profesantes o alumnos, por fuerza de la obligación en el perfeccionamiento interior está obligado a educarse para poder educar.


Las contradicciones, aun aparentes, pueden poner dudas en el Espíritu de ciertas personas. ¿Qué comprobación puede haber para conocer la verdad? 

"Para discernir el error de la verdad, es menester profundizar estas respuestas y meditar mucho tiempo formalmente; debe hacerse todo un estudio. Para éste como para estudiar las demás cosas, es necesario el tiempo."

"Estudiad, comparad, profundizad; os lo decimos sin cesar, el conocimiento de la verdad se adquiere a este precio. ¿Cómo queréis llegar a la verdad cuando lo interpretáis todo según vuestras ideas limitadas que vosotros tomáis por grandes? Pero no está lejos el día en que la enseñanza de los Espíritus será uniforme por todas partes, así en los detalles como en las cosas principales. Su misión es de destruir el error, pero esto no puede venir sino sucesivamente."

Repetimos sin cesar: estudiad antes de practicar, porque ese es el único medio para que no adquiráis la experiencia a costa de vosotros mismos.


Bibliografía:
El libro de los espíritus de Allan Kardec
El Libro de los Médiums de Allan Kardec
El Evangelio según el Espiritismo de Allan Kardec
El cielo y el infierno de Allan Kardec
Pablo y Esteban de Francisco Cándido Xavier, dictado por el espíritu Emmanuel
Temario del conocimiento espiritual I de Sebastián de Arauco

AMOR, CARIDAD y TRABAJO








FATALIDAD





FATALIDAD




Sin ninguna duda hay leyes naturales e inmutables que Dios no puede anular a capricho de cada uno; pero de esto a creer que todas las circunstancias de la vida están sometidas a la fatalidad, es grande la distancia. Si así fuese, el hombre sólo sería un instrumento pasivo, sin libre albedrío y sin iniciativa. En esta hipótesis no habría más que doblar la cabeza al golpe de los acontecimientos, sin evitarlos, y, por lo tanto, no se hubiera procurado desviar el rayo. No ha dado Dios al hombre el juicio y la inteligencia para no servirse de ellos, ni la voluntad para no querer, ni la actividad para estar en la inacción. Siendo libre el hombre para obrar en un sentido o en otro, sus actos tienen consecuencias subordinadas a lo que hace o deja de hacer; hay acontecimientos que por su iniciativa escapan forzosamente a la fatalidad sin que por esto se destruya la armonía de las leyes universales, como si se adelanta o retrasa la saeta de un reloj, tampoco se destruye la ley del movimiento sobre la cual está establecido el mecanismo. Dios puede acceder a ciertas súplicas sin derogar la inmutabilidad de las leyes que rigen el conjunto, quedando siempre su acción subordinada a su voluntad.

Sería ilógico deducir de esta máxima: "Todas las cosas que pidiereis orando, creed que las recibiréis y os vendrán", que basta pedir para obtener como sería injusto acusar a la Providencia si no accede a lo que se le pide, puesto que sabe mejor que nosotros lo que nos conviene. Hace lo mismo que un padre prudente que rehúsa a su hijo las cosas contrarias al interés de éste. Generalmente el hombre sólo ve el presente; más si el sufrimiento es útil para su futura felicidad, Dios le dejará que sufra, como el cirujano deja sufrir al enfermo en la operación que debe conducirle a la curación.

Lo que Dios le concederá, si se dirige a Él con confianza, es valor, paciencia y resignación. También le concederá los medios para que él mismo salga del conflicto, con ayuda de las ideas que le sugiere por medio de los buenos espíritus, dejándole de este modo todo el mérito; Dios asiste a los que se ayudan a sí mismos, según esta máxima: "Ayúdate y el cielo te ayudará", y no a aquellos que todo lo esperan de un socorro extraño, sin hacer uso de sus propias facultades; pero casi siempre se preferiría el ser socorrido por un milagro sin que nos costase ningún trabajo.

¿Pueden obtenerse curas por medio de la plegaria solamente?
Sí, algunas veces, si Dios lo permite. Puede suceder, sin embargo, que para el enfermo sea bueno seguir sufriendo, en cuyo caso suponéis que vuestra plegaria no fue escuchada.

¿Hay para eso fórmulas de plegarias más eficaces que otras?
Sólo la superstición puede atribuir virtudes a ciertas palabras, y sólo los Espíritus ignorantes o mentirosos pueden alimentar semejantes ideas mediante la prescripción de fórmulas. Con todo, si se trata de personas poco ilustradas e incapaces de comprender las cosas puramente espirituales, puede suceder que el empleo de una determinada fórmula contribuya a infundirles confianza. En ese caso, la eficacia no reside en la fórmula, sino en la fe, que aumenta gracias a la idea asociada al uso de la fórmula.

¿Existe una fatalidad en los acontecimientos de la vida, conforme al sentido que se da a esa palabra? Es decir, todos los acontecimientos, ¿están determinados con antelación? En ese caso, ¿qué sucede con el libre albedrío?
La fatalidad sólo existe en la elección de sufrir tal o cual prueba, que el Espíritu ha hecho al encarnar. Al elegirla, el Espíritu se traza una especie de destino, que es la consecuencia misma de la situación en que se encontrará. Me refiero a las pruebas físicas, porque con respecto a las pruebas morales y a las tentaciones, dado que el Espíritu conserva su libre albedrío acerca del bien y del mal, siempre es dueño de ceder o de resistir. Un Espíritu bueno, al verlo flaquear, puede acudir en su ayuda, pero no puede influir en él hasta el punto de adueñarse de su voluntad. Un Espíritu malo, es decir, inferior, al mostrarle y exagerarle un peligro físico, puede hacerlo vacilar y atemorizarlo. No obstante, la voluntad del Espíritu encarnado no deja por ello de estar libre de todo obstáculo.

Hay personas a quienes parece perseguir una fatalidad, independientemente de su manera de obrar. ¿Está la desdicha en su destino? 
Tal vez sean pruebas que deben sufrir y que han elegido. Volvéis a culpar al destino de lo que casi siempre no es más que la consecuencia de vuestras propias faltas. En los males que te afligen, trata de conservar pura la conciencia, y eso será parte de tu consuelo.
Las ideas correctas o falsas que nos formamos acerca de las cosas son la causa de nuestros triunfos o fracasos, conforme a nuestro carácter y nuestra posición social. Consideramos más sencillo y menos humillante para nuestro amor propio atribuir nuestros fracasos a la suerte o al destino, antes que a nuestras propias faltas. Si bien la influencia de los Espíritus a veces contribuye a ello, siempre podemos sustraernos a esa influencia rechazando las ideas que nos sugieren, cuando estas son malas. 

Algunas personas se libran de un peligro mortal para caer en otro. Parece como si no pudieran escapar de la muerte. ¿No hay en eso una fatalidad?
Sólo es fatal, en el verdadero sentido de la palabra, el instante de la muerte. Cuando ese momento ha llegado, ya sea por un medio o por otro, no podéis sustraeros a él.

Así pues, sea cual fuere el peligro que nos amenace, ¿no moriremos si no nos ha llegado la hora?
No, no perecerás. Tienes de ello miles de ejemplos. Sin embargo, cuando haya llegado la hora de tu partida, nada podrá impedirlo. Dios sabe por anticipado el tipo de muerte con que partirás de la Tierra, y a menudo tu Espíritu también lo sabe, porque le es revelado cuando elige una existencia determinada.

Dado que la hora de la muerte es indefectible, ¿se sigue de ahí que las precauciones que tomemos para evitarla sean inútiles? 
No, porque las precauciones que tomáis os son sugeridas con miras a evitar la muerte que os amenaza. Son uno de los medios para que no ocurra.

¿Cuál es el objetivo de la Providencia al hacernos correr peligros que no tendrán ninguna consecuencia? 
Cuando tu vida está expuesta a un riesgo, se trata de una advertencia que tú mismo deseaste a fin de apartarte del mal y hacerte mejor. Cuando te libras de ese riesgo, mientras aún te encuentras bajo la influencia del peligro que has corrido, piensas con mayor o menor intensidad en ser mejor, conforme a la mayor o menor intensidad de la acción que los Espíritus buenos ejercen sobre ti. Pero cuando se acerca un Espíritu malo –se sobrentiende que digo malo en el sentido del mal que todavía hay en él–, piensas que volverás a librarte de otros peligros en el futuro, y nuevamente das rienda suelta a tus pasiones. Mediante los peligros que corréis, Dios os recuerda vuestra debilidad y la fragilidad de vuestra existencia. Si examinamos la causa y la naturaleza del peligro, veremos que casi siempre sus consecuencias habrían sido el castigo de una falta cometida o de un deber descuidado. Dios os advierte de ese modo para que reflexionéis acerca de vosotros mismos y os enmendéis.

El Espíritu, ¿sabe por anticipado el tipo de muerte con que habrá de sucumbir?
Sabe que la clase de vida que eligió lo expone a morir de una manera más que de otra. No obstante, también conoce las luchas que habrá de sostener para evitarlo, y que, si Dios lo permite, no sucumbirá.” 

Hay hombres que afrontan el peligro de las batallas persuadidos de que no ha llegado su hora. ¿Tiene algún fundamento esa confianza?
Muy a menudo el hombre tiene el presentimiento de su fin, como puede tener el de que aún no morirá. Ese presentimiento procede de sus Espíritus protectores, los cuales quieren advertirle que esté listo para partir, o le infunden valor en los momentos en que más lo necesita. También puede proceder de la intuición que tiene de la existencia que eligió, o de la misión que ha aceptado y que sabe que deberá cumplir.” 

¿A qué se debe que quienes presienten su muerte le temen, por lo general, menos que los otros?
Quien teme a la muerte es el hombre y no el Espíritu. El que la presiente, piensa más como Espíritu que como hombre: comprende su liberación y la aguarda.

Si la muerte no puede evitarse cuando debe ocurrir, ¿sucede lo mismo con todos los accidentes que sufrimos en el transcurso de la vida?
Cuando se trata de cosas bastante insignificantes, nosotros podemos preveniros de ellas, y a veces hacemos que las evitéis dirigiendo vuestro pensamiento, pues no nos agrada el sufrimiento material. No obstante, eso es poco relevante para la vida que habéis elegido. La fatalidad, en verdad, sólo consiste en la hora en que debéis aparecer en la Tierra, así como en la que habréis de desaparecer de ella.

¿Hay hechos que deben suceder forzosamente y que la voluntad de los Espíritus no puede evitar?
Sí, pero que tú, en el estado de Espíritu, has visto y presentido cuando hiciste tu elección. Sin embargo, no creas que todo lo que sucede está escrito, como dicen. Un acontecimiento suele ser la consecuencia de algo que has hecho mediante un acto de tu voluntad libre, de modo que, si no hubieras hecho eso, el acontecimiento no habría tenido lugar. Si te quemas un dedo, no es más que el resultado de tu imprudencia y el efecto de la materia. Sólo los grandes dolores, los acontecimientos importantes, que pueden influir en la moral, han sido previstos por Dios, porque son útiles para tu purificación y tu esclarecimiento.

El hombre, mediante su voluntad y sus actos, ¿puede evitar que tengan lugar acontecimientos que debían ocurrir, y a la inversa?
Sí, puede hacerlo, en caso de que esa desviación aparente se integre a la vida que ha elegido. Además, para hacer el bien –como debe ser y por tratarse del único objetivo de la vida– puede impedir el mal, sobre todo aquel que contribuiría a un mal mayor.

El hombre que cometió un asesinato, ¿sabía, cuando eligió su existencia, que se convertiría en un asesino? 
No. Sabía que si optaba por una vida de lucha tendría la posibilidad de matar a uno de sus semejantes, pero ignoraba si lo haría, porque el hombre casi siempre delibera antes de cometer el crimen. Ahora bien, el que delibera acerca de algo siempre es libre de hacerlo o no. Si el Espíritu supiera por anticipado que, como hombre, habrá de cometer un asesinato, estaría predestinado a ello. Sabed, pues, que nadie está predestinado al crimen, y que todo crimen, así como cualquier otro acto, es en todos los casos el resultado de la voluntad y del libre albedrío.
Además, vosotros siempre confundís dos cosas muy distintas: los acontecimientos materiales de la vida y los actos de la vida moral. Si a veces existe la fatalidad, es en esos acontecimientos materiales, cuya causa es ajena a vosotros, y que son independientes de vuestra voluntad. En cuanto a los actos de la vida moral, emanan siempre del propio hombre, quien, por consiguiente, siempre tiene la libertad de elección. En relación con esos actos, pues, nunca existe la fatalidad.

Hay personas a las cuales nada les sale bien. Un genio malo parece perseguirlas en todas sus empresas. ¿Se puede denominar a eso fatalidad?
Es fatalidad, si así quieres denominarla. Pero es el resultado de la elección de la clase de existencia, porque esas personas han querido ser probadas mediante una vida de decepciones, a fin de ejercitar la paciencia y la resignación. Con todo, no creas que esa fatalidad sea absoluta. Suele ser el resultado del camino equivocado que han tomado y que no está a la altura de su inteligencia y sus aptitudes. El que quiere cruzar a nado un río, sin saber nadar, tiene muchas posibilidades de ahogarse. Así sucede en la mayoría de los acontecimientos de la vida. Si el hombre sólo emprendiera obras que estuviesen a la altura de sus facultades, por lo general tendría éxito. Pero se pierde por el amor propio y la ambición, que lo desvían del camino y hacen que confunda el deseo de satisfacer ciertas pasiones con una vocación. Fracasa por su culpa. No obstante, en lugar de admitir su error, prefiere acusar de ello a su estrella. Es el caso de quien se muere de hambre porque quiso ser un mal poeta en vez de ganarse honradamente la vida como un obrero eficiente. Habría lugar para todos si cada uno supiera ocupar el lugar que le corresponde.

Las costumbres sociales, ¿no suelen obligar al hombre a seguir un camino antes que otro? ¿No está él sometido al control de la opinión cuando elige sus ocupaciones? Lo que llamamos respeto humano, ¿no es un obstáculo para el ejercicio del libre albedrío?
Los hombres crean las costumbres sociales, no Dios. Si se someten a ellas es porque les conviene, lo cual también constituye un acto de su libre albedrío, puesto que si lo quisieran podrían liberarse de esas costumbres. Entonces, ¿por qué se quejan? No deben acusar a las costumbres sociales, sino a su tonto amor propio, que hace que prefieran morirse de hambre antes que renunciar a cumplirlas. Nadie les toma en cuenta ese sacrificio hecho a favor de la opinión. En cambio, Dios sí tomaría en cuenta el sacrificio de su vanidad. Esto no quiere decir que haya que desafiar a esa opinión innecesariamente, como lo hacen algunas personas que tienen más originalidad que verdadera filosofía. Hay tanto desatino en hacer que a uno lo señalen con el dedo o lo miren cual, si fuera un bicho raro, como sabiduría en descender por propia voluntad y sin quejarse, cuando uno no puede mantenerse en lo alto de la escala.” 

Hay personas a quienes la suerte les es contraria. En cambio, a otras parece favorecerlas, pues todo les sale bien. ¿A qué se debe esto último?
A menudo es porque son más ingeniosas. Aunque también puede tratarse de una clase de prueba. El éxito las embriaga. Se fían de su destino y más tarde suelen pagar esos mismos éxitos con crueles reveses, que habrían podido evitar con prudencia.

¿Cómo explicar la suerte que favorece a algunas personas en circunstancias en las que no intervienen en modo alguno la voluntad ni la inteligencia, en el juego, por ejemplo?
Algunos Espíritus han elegido por anticipado determinados tipos de placer. La suerte que los favorece es una tentación. El que gana como hombre, pierde como Espíritu. Se trata de una prueba para su orgullo y su codicia.

Así pues, la fatalidad que parece presidir los destinos materiales de nuestra vida, ¿sería también un efecto de nuestro libre albedrío? 
Tú mismo has elegido tu prueba. Cuanto más ruda sea y cuanto mejor la soportes, tanto más te elevarás. Los que pasan su vida en la abundancia y la felicidad humana son Espíritus cobardes que permanecen estacionarios. Así, el número de infortunados es muy superior al de los dichosos de la Tierra, dado que la inmensa mayoría de los Espíritus buscan la prueba que les será más fructífera. Conocen demasiado bien la futilidad de vuestras grandezas y placeres. Además, hasta la vida más feliz inevitablemente es agitada y desordenada: incluso en ausencia del dolor.

¿De dónde proviene la expresión “nacer con buena estrella”?
Antigua superstición que relacionaba las estrellas con el destino de cada hombre. Alegoría que algunas personas toman tontamente al pie de la letra.


Bibliografía:
El evangelio según el espiritismo
El libro de los Médiums
El libro de los Espíritus

AMOR, CARIDAD y TRABAJO






Magnetizadores y Médiumns Curativos o Sanadores





MAGNETIZADORES
y
MÉDIUMNS CURATIVOS o SANADORES




El fluido universal, es el elemento primitivo del cuerpo carnal y del periespíritu, pues éstos sólo son transformaciones de aquél. Por la identidad de su naturaleza, este fluido condensado en el periespíritu puede suministrar al cuerpo los principios regeneradores. El agente propulsor es el espíritu, encarnado o desencarnado, que infiltra en un cuerpo deteriorado una parte de la sustancia de su envoltura fluídica. La curación se opera por la sustitución de una molécula enferma por otra molécula sana. El poder curativo dependerá de la pureza de la sustancia inoculada y también de la energía de la voluntad, que provoca una emisión fluídica más abundante y otorga una fuerza de penetración mayor, y, finalmente, de las intenciones que animan al curador, ya sea hombre o espíritu. Los fluidos que emanan de una fuente impura son algo así como medicamentos alterados.

Los efectos de la acción fluídica sobre los enfermos son extremadamente variados, según las circunstancias. Esta acción es lenta, a veces, y requiere un tratamiento continuado; pero otras, es rápida como una corriente eléctrica. Hay personas dotadas de un poder tal, que obtienen en ciertos enfermos curaciones instantáneas con sólo imponerles las manos y aún con el solo acto de la voluntad. Entre los dos extremos de esa facultad, hay infinidad de matices. Todas las curaciones de este tipo son variedades del magnetismo y sólo difieren por el poder y la rapidez de la acción. El principio es siempre el mismo: es el fluido el que juega el papel de agente terapéutico. El efecto está subordinado a la calidad del mismo y las circunstancias.

La acción magnética puede verificarse de diferentes maneras:

1) Por el fluido del mismo magnetizador; es el llamado magnetismo humano, cuya acción está subordinada a la potencia y, sobre todo, a la calidad del fluido.

2) Por el fluido de los espíritus que actúan directamente y sin intermediario sobre un encarnado, ya sea para curar o para calmar un sufrimiento, para provocar el sueño sonambúlico espontáneo o ejercer una influencia física o moral. Se le denomina magnetismo espiritual, y su potencia depende de las cualidades del espíritu.

3) Por el fluido que los espíritus proyectan sobre el magnetizador, a quienes éste sirve de conductor. Es el llamado magnetismo mixto, semiespiritual o humano-espiritual. El fluido espiritual, combinado con el fluido humano, otorga a este último las cualidades que le faltan. El concurso de los espíritus, en circunstancias parecidas, es a veces espontáneo, pero generalmente se produce por la evocación del magnetizador.


Los médiums que obtienen indicaciones de remedios de parte de Espíritus no son lo que se llaman médiums sanadores, pues no curan por sí mismos; son simples médiums escribientes que tienen una aptitud más específica que otros para ese tipo de comunicaciones y que, por esa razón, se pueden llamar médiums recetantes, como otros son médiums poetas o dibujantes. La mediumnidad curativa se ejerce por la acción directa del médium sobre el enfermo, por medio de una especie de magnetización de hecho o de pensamiento.

Quien dice médium dice intermediario. Hay esta diferencia entre el magnetizador propiamente dicho y el médium sanador: el primero magnetiza con su fluido personal y el segundo, con el fluido de los Espíritus, al cual sirve de conductor. El magnetismo producido por el fluido de las personas es el magnetismo humano; aquel que proviene del fluido de los Espíritus es el magnetismo espiritual. 

El fluido magnético tiene, pues, dos fuentes muy distintas: los Espíritus encarnados y los Espíritus desencarnados. Esa diferencia de origen produce una diferencia muy grande en la calidad del fluido y en sus efectos. El fluido humano siempre está impregnado, en mayor o menor grado, de las impurezas físicas y morales del encarnado; el de los buenos Espíritus es necesariamente más puro y, por eso mismo, tiene propiedades más activas que producen una cura más rápida. Pero, al pasar por intermedio del encarnado, puede alterarse como un agua limpia que pasa por un recipiente impuro, como todo remedio se altera si ha pasado un tiempo en un recipiente sucio y pierde, en parte, sus propiedades benéficas. De eso se deduce que, para todo verdadero médium sanador, hay la necesidad absoluta de trabajar en su depuración, es decir, en su mejoramiento moral, según el principio general: limpiad el recipiente antes de serviros, si deseáis tener algo bueno.

El fluido espiritual es más depurado y benéfico tanto en cuanto que el Espíritu que lo suministra es, él mismo, más puro y más liberado de la materia. Se concibe que el fluido espiritual de los Espíritus inferiores debe parecerse al de las personas y puede tener propiedades maléficas, si el Espíritu es impuro y animado de malas intenciones. Por la misma razón, las cualidades del fluido humano presentan matices infinitos según las cualidades físicas y morales del individuo; es evidente que el fluido rezumado de un cuerpo malsano puede inocular principios mórbidos en el magnetizado. Las cualidades morales del magnetizador, es decir, la pureza de intención y de sentimiento, el deseo ardiente y desinteresado de aliviar a su semejante, unidos a la salud del cuerpo, dan al fluido un poder reparador que, en ciertos individuos, puede acercarse a las cualidades del fluido espiritual. Por lo tanto, sería un error considerar al magnetizador como una simple máquina de transmisión fluídica. En eso como en todas las cosas, el producto va conforme al instrumento y al agente productor. Por esos motivos, habría imprudencia en someterse a la acción magnética del primer desconocido; aparte de los conocimientos prácticos indispensables, el fluido del magnetizador es como la leche de una nodriza: saludable o insalubre. 

Al ser el fluido humano menos activo, exige una magnetización constante y un verdadero tratamiento, a veces muy largo; el magnetizador, debido a que consume su propio fluido, se agota y se fatiga, pues es de su propio elemento vital que él da; es por eso que debe, de tiempo en tiempo, recuperar sus fuerzas. El fluido espiritual, más potente a causa de su pureza, produce efectos más rápidos y frecuentemente casi instantáneos. Al no ser ese fluido el del magnetizador, resulta que la fatiga es casi nula. 

El Espíritu puede actuar directamente, sin intermediario, sobre un individuo, así como se lo puede constatar en muchas ocasiones, ya sea para aliviarlo, curarlo si eso se puede, o para producir el sueño sonambúlico. Cuando actúa por un intermediario, es el caso de la mediumnidad curativa.

El médium sanador recibe el influjo fluídico de los Espíritus, mientras que el magnetizador extrae todo de sí mismo. Pero los médiums sanadores, en la estricta acepción de la palabra, es decir, aquellos cuya personalidad se borra completamente ante la acción espiritual, son extremadamente raros, porque esa facultad, elevada al más alto grado, requiere de un conjunto de cualidades morales que rara vez se encuentran en la Tierra; éstos pueden obtener, únicamente por la imposición de manos, esas curas instantáneas que nos parecen prodigiosas; muy pocas personas pueden aspirar a esa gracia. Al ser el orgullo y el egoísmo las principales fuentes de imperfecciones humanas, resulta que aquellos que se vanaglorian de poseer ese don, que, a todos los lugares, van a preconizar las curas maravillosas que han hecho, o que dicen haber hecho, que buscan la gloria, la reputación o el provecho, están en las peores condiciones para obtener ese don, pues esa facultad es el privilegio exclusivo de la modestia, de la humildad, de la abnegación y del desinterés. Jesús decía a aquellos a quienes había curado: «Id a dar gracias a Dios y no lo digáis a nadie».

Por lo tanto, al ser la mediumnidad curativa pura una excepción en la Tierra, resulta que hay casi siempre una acción simultánea del fluido espiritual y del fluido humano; es decir, que los médiums sanadores son todos magnetizadores, en mayor o menor grado, es por eso que actúan según los procedimientos magnéticos; la diferencia está en la predominancia de uno o de otro fluido y en la mayor o menor rapidez de la cura. Todo magnetizador puede volverse médium sanador si sabe hacerse asistir por buenos Espíritus; en ese caso, los Espíritus vienen en su ayuda vertiendo sobre él el propio fluido de ellos, que puede decuplicar o centuplicar la acción del fluido puramente humano. 

Los Espíritus vienen hacia quienes quieren; ninguna voluntad puede obligarles; ceden a la oración si es fervorosa, sincera, pero jamás a la conminación. Resulta que la voluntad no puede producir la mediumnidad curativa y que nadie puede ser médium sanador con designio premeditado. Se reconoce al médium sanador por los resultados que obtiene y no por su pretensión de serlo.

Pero si la voluntad es ineficaz en cuanto al concurso de los Espíritus, es todopoderosa para imprimir al fluido, espiritual o humano, una buena dirección y una energía más grande.

En la persona apática y distraída, la corriente es apática; la emisión, débil; el fluido espiritual se detiene en esa persona, pero sin provecho para ella; en la persona de una voluntad enérgica, la corriente produce el efecto de una ducha. No se debe confundir la voluntad enérgica con la testarudez, pues la testarudez es siempre una consecuencia del orgullo o del egoísmo, mientras que el más humilde puede tener la voluntad de la abnegación. 

La voluntad, además, es todopoderosa para dar a los fluidos las cualidades específicas apropiadas a la naturaleza de la enfermedad. Ese punto, que es capital, está relacionado con un principio todavía poco conocido, pero que está en estudio: el de las creaciones fluídicas y de las modificaciones que el pensamiento puede hacer sufrir a la materia. El pensamiento, que provoca una emisión fluídica, puede operar ciertas transformaciones moleculares y atómicas, como se ve producir bajo la influencia de la electricidad, de la luz o del calor. 

La oración, que es un pensamiento, cuando es fervorosa, ardiente, hecha con fe, produce el efecto de una magnetización, no solamente porque llama el concurso de los buenos Espíritus, sino también porque dirige sobre el enfermo una corriente fluídica saludable. Llamamos vuestra atención respecto a este asunto sobre las oraciones contenidas en El Evangelio según el Espiritismo para los enfermos o los obsesos.

Si la mediumnidad curativa pura es el privilegio de las almas de élite, la posibilidad de dulcificar ciertos sufrimientos, incluso de curar, aunque de una manera no instantánea, ciertas enfermedades, está dada a todo el mundo, sin que haya necesidad de ser magnetizador. El conocimiento de los procedimientos magnéticos(1) es útil en los casos complicados, pero no es indispensable. Como está dado a todo el mundo hacer un llamado a los buenos Espíritus, orar y querer el bien, frecuentemente basta imponer las manos sobre un dolor para calmarlo; es lo que puede hacer todo individuo, si emplea en eso la fe, el fervor, la voluntad y la confianza en Dios. Se puede observar que la mayoría de los médiums sanadores inconscientes, aquellos que no se dan ninguna cuenta de su facultad y que se encuentran a veces en las condiciones más humildes y entre personas privadas de toda instrucción, recomiendan la oración y se ayudan a sí mismos al orar. Únicamente, la ignorancia de ellos les hace creer en la influencia de esta o de aquella fórmula; algunas veces, incluso, mezclan en eso prácticas evidentemente supersticiosas, que deben ser consideradas tal como merecen. 

Pero del hecho de que se habrá obtenido una vez, o incluso varias veces, resultados satisfactorios, sería temerario hacerse pasar por médium sanador y concluir que se puede vencer toda especie de mal. La experiencia prueba que, en la acepción estricta de la palabra, entre los mejores dotados, no hay médiums sanadores universales. Éste habrá devuelto la salud a un enfermo y no producirá nada en otro; aquél habrá curado un mal en un individuo y no curará el mismo mal otra vez, en la misma persona o en otra; otro, en fin, tendrá la facultad hoy, ya no la tendrá mañana y podrá recuperarla más tarde, según las afinidades o las condiciones fluídicas en las cuales se encuentre.

La mediumnidad curativa es una aptitud, como todos los tipos de mediumnidad, inherente al individuo, pero el resultado efectivo de esa aptitud es independiente de su voluntad. Indudablemente, se desarrolla por el ejercicio y, sobre todo, por la práctica del bien y de la caridad; pero como no podría tener la fijeza, ni la puntualidad de un talento adquirido por el estudio y del cual se es siempre poseedor, no podría volverse una profesión. Por lo tanto, sería algo engañoso que una persona se ostentara ante el público como médium sanador. 

La mediumnidad curativa razonada está íntimamente asociada con el Espiritismo, ya que se basa esencialmente en el concurso de los Espíritus; ahora bien, aquellos que no creen en los Espíritus, ni en su propia alma, y mucho menos en la eficacia de la oración, no podrían ponerse en las condiciones deseadas, pues no es algo que se pueda experimentar maquinalmente. Entre aquellos que creen en el alma y en su inmortalidad, ¿cuántos todavía hoy en día retrocederían de pavor ante un llamado a los buenos Espíritus, con el temor de atraer al demonio, y que creen todavía, de buena fe, que todas esas curas son obra del diablo? El fanatismo es ciego; no razona. No será siempre así, sin duda, pero pasará todavía tiempo antes de que la luz penetre en ciertos cerebros. Entretanto, hagamos el mayor bien posible con la ayuda del Espiritismo; hagamos el bien incluso a nuestros enemigos, aunque seamos pagados con ingratitud. Es el mejor medio de vencer ciertas resistencias y de probar que el Espiritismo no es oscuro, como algunos lo afirman.

La mediumnidad curativa consiste principalmente en el don que poseen ciertas personas de curar con un simple toque, con la mirada e incluso con un gesto, sin el auxilio de ninguna medicación. Se dirá, sin duda, que esto no es más que magnetismo. Es evidente que en este fenómeno el fluido magnético desempeña un papel importante. Pero cuando se lo analiza con cuidado, fácilmente se reconoce que en él hay algo más. La magnetización ordinaria es un verdadero tratamiento, continuado, regular y metódico. En cambio, en la mediumnidad curativa las cosas ocurren de un modo diferente por completo. Todos los magnetizadores son más o menos aptos para curar, siempre que sepan conducirse convenientemente, mientras que en los médiums curativos la facultad es espontánea, e incluso algunos la poseen sin jamás haber oído hablar del magnetismo. La intervención de un poder oculto, que caracteriza a la mediumnidad, se torna evidente en determinadas circunstancias, sobre todo si consideramos que la mayoría de las personas que con razón pueden ser calificadas de médiums curativos recurren a la plegaria, que es una verdadera evocación. 

Veamos las respuestas que nos dieron los Espíritus a las preguntas que les hicimos acerca de este asunto:

¿Podemos considerar que las personas dotadas de poder magnético forman una variedad de médiums?
No cabe duda.

Sin embargo, el médium es un intermediario entre los Espíritus y el hombre. Ahora bien, el magnetizador, dado que toma de sí mismo la fuerza que utiliza, no parece servir de intermediario a ningún poder extraño.
Es un error. El poder magnético reside, sin duda, en el hombre, pero es aumentado por la acción de los Espíritus a los que llama en su ayuda. Si magnetizas con el propósito de curar, por ejemplo, y evocas a un Espíritu bueno que se interesa por ti y por tu enfermo, ese Espíritu aumenta tu fuerza y tu voluntad, dirige tu fluido y le confiere las cualidades necesarias.

De todos modos, hay muy buenos magnetizadores que no creen en los Espíritus.
¿Supones entonces que los Espíritus sólo ejercen su acción sobre los que creen en ellos? Los que magnetizan para el bien son auxiliados por Espíritus buenos. Todo hombre que alimenta el deseo del bien los llama sin proponérselo, del mismo modo que, mediante el deseo del mal y las malas intenciones, llama a los malos.

El magnetizador que creyera en la intervención de los Espíritus, ¿se desempeñaría con mayor eficacia? 
Haría cosas que consideraríais milagros.

Algunas personas, ¿tienen realmente el don de curar con el simple toque, sin el empleo de los pases magnéticos?
Sin duda. ¿Acaso no tenéis al respecto numerosos ejemplos?

En ese caso, ¿existe una acción magnética, o sólo la influencia de los Espíritus?
Ambas cosas. Esas personas son verdaderos médiums, pues actúan bajo la influencia de los Espíritus, lo que no quiere decir que lo hagan a la manera de los médiums escribientes, según vosotros lo entendéis.

Ese poder, ¿puede ser transmitido?
El poder, no; pero sí el conocimiento de lo necesario para ejercerlo en caso de que se lo posea. Hay personas que dudarían de que tienen ese poder, si no fuera porque creen que les ha sido transmitido.

¿Pueden obtenerse curas por medio de la plegaria solamente?
Sí, algunas veces, si Dios lo permite. Puede suceder, sin embargo, que para el enfermo sea bueno seguir sufriendo, en cuyo caso suponéis que vuestra plegaria no fue escuchada.

¿Hay para eso fórmulas de plegarias más eficaces que otras?
Sólo la superstición puede atribuir virtudes a ciertas palabras, y sólo los Espíritus ignorantes o mentirosos pueden alimentar semejantes ideas mediante la prescripción de fórmulas. Con todo, si se trata de personas poco ilustradas e incapaces de comprender las cosas puramente espirituales, puede suceder que el empleo de una determinada fórmula contribuya a infundirles confianza. En ese caso, la eficacia no reside en la fórmula, sino en la fe, que aumenta gracias a la idea asociada al uso de la fórmula.


El magnetismo al igual que la mediumnidad curativa es una facultad o don que podemos tener, pero en grados muy diferentes, por lo que ambas facultades no deberían ser explotadas económicamente, como ocurre con la medicina por ser una ciencia, máxime la mediumnidad curativa por estar supeditada al concurso del plano espiritual.

Según la Doctrina Espírita, en los encarnados en los que la facultad de la mediumnidad está manifiesta ostensiblemente, normalmente es una prueba por la que tienen que pasar, y si la explotan o hacen mal uso de ella, tendrán que dar cuenta en el plano espiritual.


(1) Procedimientos magnéticos:
Es un fenómeno físico por el cual los objetos ejercen fuerzas de atracción o repulsión sobre otros materiales. 
Ejemplos:
Hay algunos materiales conocidos que han presentado propiedades magnéticas detectables fácilmente como el níquel, hierro, cobalto y sus aleaciones que comúnmente se llaman imanes.
Magnetismo:
El magnetismo también tiene otras manifestaciones en física, particularmente como uno de los dos componentes de la radiación electromagnética, como, por ejemplo, la luz.
Explicación:
Todos los electrones tienden a orientarse en la misma dirección, creando una fuerza magnética grande o pequeña dependiendo del número de electrones que estén orientados.


Bibliografía:
El Génesis de Allan Kardec
Revista Espírita 1862-5 (Colección de textos de Allan Kardec)
El Libro de los Médiums de Allan Kardec

AMOR, CARIDAD y TRABAJO







Paciencia y Resignación espírita







PACIENCIA y RESIGNACIÓN
ESPÍRITA





El dolor es una bendición que Dios envía a los elegidos; no os aflijáis, pues, cuando sufrís, sino por el contrario, bendecid a Dios Todopoderoso que os ha señalado el dolor en la tierra para la gloria en el cielo.

Sed pacientes; la paciencia también es una caridad, y vosotros debéis practicar la ley de caridad enseñada por Cristo, enviado de Dios. La caridad que consiste en la limosna que se da a los pobres, es la más fácil de todas: pero hay una mucho más penosa, y por consecuencia mucho más meritoria: es "la de perdonar a aquellos que Dios ha colocado a nuestro paso para ser instrumentos de nuestros sufrimientos y poner nuestra paciencia a prueba".

La vida es difícil, ya lo sé; se compone de mil frioleras que son alfilerazos que acaban por herir; pero es menester mirar los deberes que se nos han impuesto, los consuelos y las compensaciones que por otra parte tenemos, y entonces veremos que las bendiciones son mucho más numerosas que los dolores. La carga parece menos pesada cuando miramos a la altura que cuando doblamos la frente hacia el suelo.

Animo, amigos, Cristo es vuestro modelo; sufrió más que ninguno de vosotros, y nada tenía que echarse en cara, mientras que vosotros tenéis que expiar vuestro pasado y fortificaros para el porvenir. Sed, pues, pacíficos; sed cristianos; esta palabra lo enseña todo.

Con estas palabras: "Bienaventurados los afligidos, porque ellos serán consolados", Jesús indica al mismo tiempo la compensación que espera a los que sufren, y la resignación que hace bendecir el sufrimiento como preludio de la curación.

Estas palabras también pueden traducirse de este modo: Vosotros debéis consideraros felices sufriendo, porque vuestros dolores son deudas de vuestras faltas pasadas, y esos dolores sufridos con paciencia en la tierra os ahorran siglos de sufrimientos en la vida futura. Debéis, pues, teneros por felices, viendo que Dios reduce vuestra deuda, permitiéndoos que la paguéis ahora, lo que os asegurará la tranquilidad para el porvenir.

El hombre puede aliviar o aumentar las amarguras de sus pruebas según el modo como considere la vida terrestre. Sufre tanto más cuanto más larga ve la duración del sufrimiento; así, pues, el que se coloca en el punto de vista de la vida espiritual, abraza de una sola ojeada la vida corporal; la ve como un punto en el infinito, comprende su corta duración, y dice que ese momento penoso pasa muy pronto; la certeza de un porvenir próximo más feliz le sostiene y le anima, y en lugar de quejarse, da gracias al cielo por los dolores que le hacen adelantar. Para el que sólo ve la vida corporal, por el contrario, ésta le parece interminable, y el dolor pesa sobre él con toda su fuerza. Es resultado de ese modo de considerar la vida el disminuir la importancia de las cosas de este mundo, conducir al hombre a moderar sus deseos y a contentarse con su posición sin envidiar la de los otros; atenuando la impresión moral de los reveses y de los desengaños que experimenta, adquiere una calma y una resignación tan útiles a la salud del cuerpo como a la del alma; mientras que con la envidia, los celos y la ambición, él mismo se pone voluntariamente en el tormento y aumenta de este modo las miserias y las angustias de su corta existencia.

La falta de resignación vuelve estéril el sufrimiento, en cuyo caso hay que volver a empezar las pruebas.

En las tareas de la actividad humana, a veces, surgen para la criatura determinados escenarios de prueba para cuya travesía, no siempre bastará el conocimiento superior.

Es necesario que el alma se apoye en el bastón invisible de la paciencia, a fin de no resbalarse en sufrimientos mayores. Y por eso es que nos permitimos expresar reiterados consejos a los hermanos, domiciliados en el Plano Físico, a fin de que se dediquen al cultivo de la comprensión.

Si te encuentras bajo el impacto de conflictos domésticos, usa la tolerancia, tanto como te sea posible, ante aquellos que generen el campo de las vibraciones negativas, prestando auxilio de este modo, a la seguridad del equipo familiar, al que estás vinculado.

En las decepciones, sean cuales fueran, reflexiona en el valor de la ponderación respecto a tu propio beneficio.

Delante de los golpes que recibas, olvida injurias y agravios, y piensa en las oportunidades del trabajo que se te encargó como apoyo defensivo contra la desesperación.

Bajo acusaciones que reconozcas inmerecidas, olvida el mal y no alimentes el fuego de la discordia.

Cuando te falte actividad profesional, continúa actuando, tanto como pudieras, en las tareas de auxilio espontáneo a los otros, aprendiendo que la actividad noble atrae actividades nobles y, con eso, en breve, te reconocerán en nuevas posiciones de servicio, según tus necesidades.

Si el desánimo te amenaza por ese o aquel motivo, recuerda la importancia de tu concurso fraterno, en apoyo de alguien, y no te des el lujo de estancamientos improductivos.

Ante cualquier obstáculo a transponer en el camino, conserva la paciencia como compañera y guía y, mantén el pensamiento confiado en la Divina Providencia, siguiendo siempre adelante, apartando lejos de ti la tentación de fuga, y reconociendo en el efímero tiempo, que hay siempre un futuro mejor para cada uno de nosotros y que, en todas las tribulaciones de la existencia, vale la pena esperar por el socorro de Dios.

Oración: Dios mío, vos sois soberanamente justo; todo sufrimiento en la tierra debe, pues, tener su causa y su utilidad. Yo acepto el motivo de aflicción que acabo de experimentar como una expiación de mis faltas pasadas y como una prueba para el porvenir.
Espíritus buenos que me protegéis, dadme fuerza para soportarla sin murmurar; haced que sea para mí una advertencia saludable, que aumente mi experiencia y que combata en mí el orgullo, la ambición, la necia vanidad y el egoísmo, y que todo contribuya a mi adelantamiento. 

Bibliografía:
EL EVANGELIO SEGÚN EL ESPIRITISMO de Allan Kardec
EL CIELO Y EL INFIERNO de Allan Kardec
ATENCIÓN por el espíritu Emmanuel de Francisco Cándido Xavier

AMOR, CARIDAD y TRABAJO







FAMILIA y ESPIRITISMO






FAMILIA y ESPIRITISMO




El hogar humano, desde la visión espirita, representa la oportunidad de aprendizaje y practica de las leyes divinas, proporcionando el encuentro con Espíritus amigos de otras existencias, así como también el debido reajuste con los adversarios de existencias pasadas.

La familia humana es un conjunto de almas oriundas de la misma fuente divina, difiere apenas, en su periferia, por ser en la tierra cónyuges, hijos, padres o parientes, cuya meta definitiva es la futura familia Universal.

“No hay unión particular y fatal entre dos almas. Lo que hay es la unión de todos los espíritus, pero en grados diversos, según el orden que ocupan, es decir, según la perfección que hayan adquirido. Cuanto más perfectos, tanto más unidos.”


MISIONES:
Junto a las grandes misiones confiadas a los Espíritus superiores, hay otras misiones de importancia relativa en todos los grados, que se conceden a los Espíritus de todas las categorías. De ahí que podamos afirmar que cada encarnado tiene la suya, es decir, que tiene deberes que cumplir en bien de sus semejantes, desde el padre de familia, responsable de hacer que sus hijos progresen, hasta el hombre de genio que siembra en la sociedad nuevos elementos de progreso. En esas misiones secundarias a menudo se verifican debilidades y fracasos, incumplimientos del deber y renuncias, que si bien perjudican al individuo, no afectan al conjunto.


LAZOS:
Los lazos de familia no son destruidos por la reencarnación como creen ciertas personas; al contrario, se fortifican y estrechan: el principio opuesto es el que los destruye.

Los espíritus en el espacio forman grupos o familias unidas por el afecto, la simpatía y la semejanza de inclinaciones; son espíritus felices que se buscan para estar juntos; la encarnación sólo les separa momentáneamente, porque después que vuelven a la erraticidad se encuentran como los amigos al regresar de un viaje. También se siguen muchas veces en la encarnación, en la que se reúnen en una misma familia, o en un mismo centro, trabajando juntos para su mutuo adelanto. Si los unos están encarnados y los otros no, no están menos unidos por el pensamiento; los que están libres velan por los que están cautivos; los más adelantados procuran hacer progresar a los rezagados. Después de cada existencia, han dado un paso en el camino de la perfección; cada vez menos unidos a la materia, su afecto es más vivo, por lo mismo que es más puro, y que ya no es turbado por el egoísmo ni por la obscuridad de las pasiones. De este modo pueden recorrer un número ilimitado de existencias corporales, sin que nada perturbe su mutuo afecto.

Se comprende que hablamos ahora del afecto real de alma a alma, único que sobrevive a la destrucción del cuerpo, porque los seres que no se unen en la tierra sino por los sentidos, no tienen ningún motivo de buscarse en el mundo de los espíritus. Sólo son duraderos los afectos espirituales; los carnales se extinguen con la causa que los ha motivado, pero esta causa no existe en el mundo de los espíritus, mientras que el alma existe siempre. En cuanto a las personas unidas por el sólo móvil del interés, no son realmente nada la una para la otra; la muerte las separa en la tierra y en el cielo.

La unión y el afecto que existen entre parientes, son indicio de la simpatía anterior que les ha aproximado; por esto se dice, hablando de una persona cuyo carácter, gustos e inclinaciones no tienen ninguna semejanza con sus allegados, que no es de la familia. Cuando se dice esto se dice más verdad de lo que se cree. Dios permite en las familias estas encarnaciones de espíritus antipáticos o extraños con el doble objeto de servir de prueba para los unos y de medio de adelanto para los otros. Además, los malos se mejoran poco a poco con el contacto de los buenos y por los cuidados que de éstos reciben; su carácter se suaviza, sus costumbres se purifican, las antipatías se deshacen, y así es como se establece la fusión entre las diferentes categorías de espíritus, como en la tierra se establece entre las razas y los pueblos.


PARENTESCO:
Los lazos de la sangre no establecen necesariamente los lazos entre los espíritus. El cuerpo procede del cuerpo, pero el espíritu no procede del espíritu, porque éste existía antes de la formación del cuerpo; el padre no es el que crea el espíritu de su hijo, pues no hace más que darle una envoltura corporal; pero debe procurar su desarrollo intelectual y moral para hacerlo progresar.

Los espíritus que se encarnan en una misma familia, sobre todo entre próximos parientes, muchas veces son espíritus simpáticos unidos por relaciones anteriores, que se manifiestan por su afecto durante la vida terrestre; pero puede suceder también que estos espíritus sean completamente extraños unos de otros, divididos por antipatías igualmente anteriores, y que igualmente se traducen por su antagonismo en la tierra para servirles de prueba. Los verdaderos lazos de la familia no son, pues, los de la consanguinidad, sino los de la simpatía y de la comunión de pensamientos que unen a los espíritus "antes, durante y después" de su encarnación. De donde se sigue que dos seres de padres diferentes, pueden ser más hermanos por el espíritu que si lo fueran por la sangre; pueden atraerse, buscarse, gozar juntos, mientras que dos hermanos consanguíneos pueden rechazarse, como se ve todos los días; problema moral que sólo el Espiritismo podía resolver por la pluralidad de las existencias.

Hay, pues, dos clases de familia: "las familias por lazos espirituales y las familias por lazos corporales"; las primeras son duraderas, se fortifican por la purificación y se perpetúan en el mundo de los espíritus a través de las diversas emigraciones del alma; las segundas son frágiles como la materia, se extinguen con el tiempo y muchas veces se disuelven moralmente desde la vida actual. Esto es lo que ha querido hacer comprender Jesús, diciendo a sus discípulos: Esta es mi madre y éstos son mis hermanos, mi familia por los lazos del espíritu, porque cualquiera que haga la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, este es mi hermano, mi hermana y mi madre.


SEMEJANZAS:
Los padres suelen transmitir a sus hijos un parecido físico. ¿Les transmiten también una semejanza moral?
No, puesto que tienen almas o Espíritus diferentes. El cuerpo procede del cuerpo, pero el Espíritu no procede del Espíritu. Entre los descendientes de las razas sólo hay consanguinidad.”

¿De dónde proceden las semejanzas morales que existen a veces entre padres e hijos?
Son Espíritus que simpatizan entre sí, atraídos por la similitud de sus inclinaciones.

¿Por qué hay padres buenos y virtuosos que procrean hijos de una naturaleza perversa? Dicho de otro modo, ¿por qué las buenas cualidades de los padres no siempre atraen, por simpatía, a un Espíritu bueno para que anime a su hijo?
Un Espíritu malo puede pedir padres buenos, con la esperanza de que sus consejos lo guíen por un camino mejor, y con frecuencia Dios se los concede.

¿De dónde procede la semejanza de carácter que suele existir entre dos hermanos, sobre todo en los gemelos?
Se trata de Espíritus que simpatizan, que se acercan por la semejanza de sus sentimientos y son felices porque están juntos.

Dado que los Espíritus encarnan en los gemelos por simpatía, ¿de dónde procede la aversión que a veces vemos entre ellos?
No es una regla que los gemelos sean Espíritus que simpatizan. Es posible que algunos Espíritus malos quieran luchar juntos en el teatro de la vida.


INGRATITUD:
La ingratitud es uno de los frutos más inmediatos del egoísmo.

Cuando el espíritu deja la tierra, lleva consigo las pasiones o las virtudes inherentes a su naturaleza, y en el espacio, va perfeccionándose o quedándose estacionado hasta que quiere ver la luz. Algunos, pues, han partido llevándose consigo odios poderosos y deseos de venganza no satisfecha; pero a algunos de aquellos más avanzados que los otros, les es permitido entrever un lado de la verdad; reconocen el funesto efecto de sus pasiones, y entonces es cuando toman buenas resoluciones; comprenden que para ir a Dios sólo hay una palabra de pase: "caridad"; pues no hay caridad sin olvido de los ultrajes y las injurias; no hay caridad con odios en el corazón y sin perdón.

Entonces, por un esfuerzo inaudito, miran a los que detestaron en la tierra; pero a su vista se despierta su animosidad; se rebelan a la idea de perdonar aún más que a la de renunciarse a sí mismos, y sobre todo, a la de amar a aquellos que tal vez destruyeron su fortuna, su honor y su familia. Sin embargo, el corazón de esos desgraciados está conmovido; titubean y vacilan agitados por estos sentimientos contrarios; si la buena resolución vence, ruegan a Dios e imploran a los buenos espíritus para que les den fuerza en el momento más decisivo de la prueba.

En fin, después de algunos años de meditación y de oraciones, el espíritu aprovecha una carne que se prepara en la familia de aquél que ha detestado, y pide a los espíritus encargados de transmitir las órdenes supremas el ir a cumplir en la tierra los destinos de esa carne que acaba de formarse. ¿Cuál será, pues, su conducta en esta familia? Dependerá de mayor o menor persistencia en sus buenas resoluciones. El contacto incesante de los seres que aborreció, es una prueba terrible bajo la cual sucumbe algunas veces, si su voluntad no es muy fuerte. De este modo, según la buena o la mala resolución que les dominará, será amigo o enemigo de aquellos entre los cuales está llamado a vivir. Así se explican los odios, las repulsiones instintivas que se notan en ciertos niños y que ningún acto anterior parece justificar; nada, en efecto, en esta existencia ha podido provocar esta antipatía; para que uno pueda encontrar la causa, es preciso mirar lo pasado.

¡Oh, espiritistas! comprended hoy el gran papel de la Humanidad; comprended que cuando producís un cuerpo, el alma que se encarna en él viene del espacio para progresar; sabed vuestros deberes; y poned todo vuestro amor en aproximar esta alma a Dios; esta es la misión que os está confiada, y por la que recibiréis la recompensa si la cumplís fielmente. Vuestros cuidados, la educación que la daréis, ayudarán a su perfeccionamiento y a su bienestar futuro. Pensad que a cada padre y a cada madre, Dios preguntará: ¿Qué habéis hecho del niño confiado a vuestro cuidado? Si se ha quedado atrasado por vuestra falta, vuestro castigo será el verle entre los espíritus que sufren, dependiendo de vosotros el que hubiese sido feliz. Entonces vosotros mismos, abatidos por los remordimientos, procuraréis reparar vuestra falta, solicitaréis una nueva encarnación para vosotros y para él, en la cual le rodearéis de mejores cuidados, y él, lleno de reconocimiento, os rodeará con su amor.

Cuando los padres han hecho todo cuanto han podido para el adelantamiento moral de sus hijos, si no pueden conseguir su objeto, no pueden hacerse cargos, y su conciencia puede estar tranquila; pero al pesar muy natural que experimentan por el mal éxito de sus esfuerzos, Dios reserva un grande, un inmenso consuelo, por la "certeza" de que sólo es un atraso, y que les será permitido acabar en otra existencia la obra empezada en ésta, y que un día el hijo ingrato les recompensara con su amor.

Dios no ha hecho las pruebas superiores a las fuerzas del que las pide; no permite sino las que se puedan cumplir.


Y CUALQUIERA QUE DEJARE…
Cuando Jesús dijo: “Y cualquiera que dejare, casa o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierra por mi nombre, recibirá ciento por uno y poseerá la vida eterna.”, para seguirlo incondicionalmente, se refería a la necesidad que el hombre  tenía de librarse de los lazos consanguíneos, que en realidad es el sustentáculo de la familia humana, aislada en el seno de la humanidad. El Maestro invita a los hombres a entregarse  definitivamente a la familia universal que es eterna.

Estas palabras tenían por objeto enseñar, por medio de una hipérbole, cuán imperioso era el deber de ocuparse de la vida futura.

Aquí las cosas se miran desde el punto de vista terrestre; el Espiritismo nos las hace ver de más alto enseñándonos que los verdaderos lazos de afecto son los del Espíritu y no los del cuerpo; que estos lazos no se rompen ni por la separación, ni aun por la muerte del cuerpo, y que se fortifican en la vida espiritual por la purificación del espíritu; verdad consoladora que da gran fuerza para sobrellevar las vicisitudes de la vida.

Bibliografía:
El libro de los Espíritus de Allan Kardec
El Cielo y el Infierno de Allan Kardec
El Evangelio según el Espiritismo de Allan Kardec

AMOR, CARIDAD y TRABAJO