Libre albedrío





LIBRE ALBEDRÍO




El libre albedrío es la libertad moral del hombre; facultad que posee de guiarse según su voluntad en el cumplimiento de sus actos.

Los Espíritus nos enseñan que la alteración de las facultades mentales, por una causa accidental o natural, es el único caso en que el hombre se ve privado de su libre albedrío; fuera de esto, es siempre dueño de hacer o de no hacer.

Goza de libertad en su estado de Espíritu y es en virtud de esta facultad que elige libremente la existencia y las pruebas que cree apropiadas a su adelanto, en función al grado de evolución que haya alcanzado; libertad que conserva en su estado corporal para poder luchar contra esas mismas pruebas.



Progresión de los Espíritus
¿Por qué algunos Espíritus han seguido el camino del bien y otros el del mal?
“¿Acaso no tienen libre albedrío? Dios no creó Espíritus malos; los creó simples e ignorantes, es decir, con tanta aptitud para el bien como para el mal. Los que son malos llegaron a serlo por su voluntad.”

Los Espíritus, ¿son creados iguales en cuanto a sus facultades intelectuales?
“Son creados iguales, pero al no saber de dónde provienen es preciso que el libre albedrío siga su curso. Progresan con mayor o menor rapidez, tanto en inteligencia como en moralidad.”

Los Espíritus que siguen desde el principio el camino del bien no son por eso Espíritus perfectos. Si bien no tienen malas tendencias, no están eximidos de adquirir la experiencia y los conocimientos necesarios para alcanzar la perfección. Podemos compararlos con niños que, sea cual fuere la bondad de sus instintos naturales, tienen necesidad de desarrollarse, de instruirse, y no llegan sin transición de la infancia a la edad madura. Así como hay hombres que son buenos y otros que son malos desde la infancia, de igual modo hay Espíritus que son buenos o malos desde el principio, con la diferencia capital de que el niño tiene instintos completamente formados, mientras que el Espíritu, en su creación, no es ni malo ni bueno; tiene todas las tendencias, y toma una u otra dirección en virtud de su libre albedrío.


Elección de las pruebas
En el estado errante, antes de comenzar una nueva existencia corporal, ¿tiene el Espíritu conciencia y previsión de lo que habrá de sucederle durante la vida?
“Él mismo escoge la clase de pruebas que quiere sufrir. En eso consiste su libre albedrío.”

¿De qué modo el Espíritu, que en su origen es simple, ignorante y carece de experiencia, puede elegir una existencia con conocimiento de causa, y ser responsable de esa elección?
“Dios suple su inexperiencia al señalarle el camino que debe seguir, como haces tú con un niño desde la cuna. No obstante, poco a poco lo deja ser dueño de elegir, a medida que su libre albedrío se desarrolla. En ese caso, si no escucha los consejos de los Espíritus buenos, suele extraviarse y seguir el camino del mal. A esto se lo puede llamar la caída del hombre.”


Fatalidad
¿Existe una fatalidad en los acontecimientos de la vida, conforme al sentido que se da a esa palabra? Es decir, todos los acontecimientos, ¿están determinados con antelación? En ese caso, ¿qué sucede con el libre albedrío?
“La fatalidad sólo existe en la elección de sufrir tal o cual prueba, que el Espíritu ha hecho al encarnar. Al elegirla, el Espíritu se traza una especie de destino, que es la consecuencia misma de la situación en que se encontrará. Me refiero a las pruebas físicas, porque con respecto a las pruebas morales y a las tentaciones, dado que el Espíritu conserva su libre albedrío acerca del bien y del mal, siempre es dueño de ceder o de resistir. Un Espíritu bueno, al verlo flaquear, puede acudir en su ayuda, pero no puede influir en él hasta el punto de adueñarse de su voluntad. Un Espíritu malo, es decir, inferior, al mostrarle y exagerarle un peligro físico, puede hacerlo vacilar y atemorizarlo. No obstante, la voluntad del Espíritu encarnado no deja por ello de estar libre de todo obstáculo.”

El hombre que cometió un asesinato, ¿sabía, cuando eligió su existencia, que se convertiría en un asesino?
“No. Sabía que si optaba por una vida de lucha tendría la posibilidad de matar a uno de sus semejantes, pero ignoraba si lo haría, porque el hombre casi siempre delibera antes de cometer el crimen. Ahora bien, el que delibera acerca de algo siempre es libre de hacerlo o no. Si el Espíritu supiera por anticipado que, como hombre, habrá de cometer un asesinato, estaría predestinado a ello. Sabed, pues, que nadie está predestinado al crimen, y que todo crimen, así como cualquier otro acto, es en todos los casos el resultado de la voluntad y del libre albedrío.
”Además, vosotros siempre confundís dos cosas muy distintas: los acontecimientos materiales de la vida y los actos de la vida moral. Si a veces existe la fatalidad, es en esos acontecimientos materiales, cuya causa es ajena a vosotros, y que son independientes de vuestra voluntad. En cuanto a los actos de la vida moral, emanan siempre del propio hombre, quien, por consiguiente, siempre tiene la libertad de elección. En relación con esos actos, pues, nunca existe la fatalidad.”

Así pues, la fatalidad que parece presidir los destinos materiales de nuestra vida, ¿sería también un efecto de nuestro libre albedrío?
“Tú mismo has elegido tu prueba. Cuanto más ruda sea y cuanto mejor la soportes, tanto más te elevarás. Los que pasan su vida en la abundancia y la felicidad humana son Espíritus cobardes que permanecen estacionarios. Así, el número de infortunados es muy superior al de los dichosos de la Tierra, dado que la inmensa mayoría de los Espíritus buscan la prueba que les será más fructífera. Conocen demasiado bien la insignificancia de vuestras grandezas y placeres. Además, hasta la vida más feliz inevitablemente es agitada y desordenada: incluso en ausencia del dolor.”

Libre albedrío
El hombre, ¿tiene el libre albedrío de sus actos?
“Dado que tiene la libertad de pensar, tiene la de obrar. Sin libre albedrío, el hombre sería una máquina.”

El hombre, ¿goza de libre albedrío desde el nacimiento?
“Tiene la libertad de obrar tan pronto como tiene voluntad de hacer. En las primeras etapas de la vida, la libertad es casi nula. Se desarrolla y cambia de objeto junto con las facultades. Dado que el niño tiene pensamientos acordes con las necesidades propias de su edad, aplica su libre albedrío a las cosas que necesita.”

Las predisposiciones instintivas que el hombre trae al nacer, ¿no son un obstáculo para el ejercicio del libre albedrío?
“Las predisposiciones instintivas son las del Espíritu antes de su encarnación. Según sea él, más o menos adelantado, pueden incitarlo a cometer actos reprensibles, y en eso será secundado por los Espíritus que simpatizan con esas disposiciones. Sin embargo, no hay incitación que sea irresistible cuando se tiene la voluntad de resistir. Recordad que querer es poder.”

La organización (manera en que se hallan dispuestos los órganos que componen un ser vivo), ¿influye en los actos de la vida? Si ejerce una influencia, ¿lo hace a expensas del libre albedrío?
“No cabe duda de que la materia ejerce una influencia en el Espíritu y puede obstaculizar sus manifestaciones. Por eso, en los mundos donde los cuerpos son menos materiales que en la Tierra, las facultades se desarrollan con mayor libertad. Con todo, el instrumento no confiere la facultad. Por lo demás, aquí es preciso distinguir las facultades morales de las intelectuales. Si un hombre tiene un instinto homicida, con toda seguridad es su propio Espíritu el que lo posee y el que se lo confiere, pero no sus órganos. Aquel que anula su pensamiento para ocuparse sólo de la materia, se vuelve semejante al animal, y peor aún, porque ya no piensa en precaverse contra el mal, y en esto comete una falta, puesto que obra así por su voluntad.”

La perturbación de las facultades, ¿quita al hombre el libre albedrío?
“Aquel cuya inteligencia se encuentra perturbada por alguna causa, ya no es dueño de su pensamiento y, por consiguiente, no tiene libertad. Esa perturbación suele ser un castigo para el Espíritu, que en una existencia anterior ha sido vano y orgulloso, y empleó mal sus facultades. Entonces podrá renacer en el cuerpo de un idiota, así como el déspota en el de un esclavo y el mal rico en el de un mendigo. No obstante, el Espíritu sufre con esa coacción, de la que tiene perfecta conciencia. En eso radica la acción de la materia.”

La perturbación de las facultades intelectuales a causa de la embriaguez, ¿excusa los actos reprensibles?
“No, porque el ebrio se ha privado voluntariamente de la razón para satisfacer pasiones brutales. En vez de una falta, comete dos.”

En el hombre en estado salvaje, ¿cuál es la facultad dominante: el instinto o el libre albedrío?
“El instinto, lo que no le impide que obre con completa libertad en algunas cosas. Con todo, así como el niño, aplica esa libertad a sus necesidades, y ella se desarrolla con la inteligencia. Por consiguiente, tú, que eres más instruido que un salvaje, eres también más responsable que él por lo que haces.”

La posición social, ¿no es a veces un obstáculo para la completa libertad de acción?
“El mundo tiene, sin duda, sus exigencias. Dios es justo: toma en cuenta todo, pero os deja la responsabilidad de los escasos esfuerzos que hacéis para superar los obstáculos.”


Resumen teórico del móvil de las acciones del hombre
La cuestión del libre albedrío puede resumirse así: el hombre no es fatalmente conducido al mal; los actos que realiza no están escritos de antemano; los crímenes que comete no son el resultado de una sentencia del destino. El hombre puede, como prueba o expiación, elegir una existencia en la que sufrirá las incitaciones del crimen, ya sea por el medio en que se encuentre, o por las circunstancias que sobrevengan. No obstante, siempre es libre de obrar o de no obrar. Así pues, el libre albedrío existe, en el estado de Espíritu, en la elección de la existencia y de las pruebas; y en el estado corporal, en la facultad de ceder o resistir a las incitaciones a que nos hemos sometido voluntariamente. Compete a la educación combatir esas malas tendencias. Y lo hará con provecho cuando se base en el estudio profundo de la naturaleza moral del hombre. Mediante el conocimiento de las leyes que rigen a esa naturaleza moral se llegará a modificarla, así como se modifica la inteligencia mediante la instrucción, y el temperamento mediante la higiene.

El Espíritu, desprendido de la materia y en el estado errante, elige sus futuras existencias corporales según el grado de perfección que ha alcanzado, y en eso sobre todo consiste –como hemos dicho– su libre albedrío. Esa libertad no queda anulada por la encarnación. Si el Espíritu cede a la influencia de la materia es porque sucumbe ante las pruebas que él mismo eligió, y para que lo ayuden a superarlas puede invocar la asistencia de Dios y de los Espíritus buenos.

Sin el libre albedrío el hombre no tiene culpa por el mal ni mérito por el bien. Esto es a tal punto admitido, que en el mundo siempre se censura o se elogia la intención, es decir, la voluntad. Ahora bien, quien dice voluntad está diciendo libertad. Por lo tanto, el hombre no puede buscar una excusa para sus malas acciones achacándolas a su organismo, sin abdicar de su razón y de su condición de ser humano, para equipararse al animal. Si es así para el mal, lo mismo será para el bien. No obstante, cuando el hombre hace el bien pone mucho cuidado en que se le reconozca el mérito a él mismo, y se abstiene de atribuírselo a sus órganos, lo cual prueba que instintivamente no renuncia, a pesar de lo que opinan algunos sistemáticos, al más bello privilegio de su especie: la libertad de pensar.

La fatalidad, tal como se la entiende vulgarmente, supone la decisión previa e irrevocable de todos los acontecimientos de la vida, cualquiera que sea su importancia. Si ese fuera el orden de las cosas, el hombre sería una máquina sin voluntad. Dado que se hallaría invariablemente dominado en todos sus actos por el poder del destino, ¿para qué le serviría la inteligencia? Tal doctrina, en caso de ser cierta, implicaría la destrucción de toda libertad moral. Ya no habría responsabilidad para el hombre y, por consiguiente, dejarían de existir el bien y el mal, los crímenes y las virtudes. Dios, soberanamente justo, no podría castigar a su criatura por faltas cuya realización no dependería de ella, así como tampoco podría recompensarla por virtudes cuyo mérito no tendría. Semejante ley sería, además, la negación de la ley del progreso, pues el hombre que esperase todo de la suerte no intentaría nada para mejorar su posición, puesto que esta no sería ni mejor ni peor.

La fatalidad no es, con todo, una palabra vana. Existe en la posición que el hombre ocupa en la Tierra y en las funciones que desempeña en ella, como consecuencia del tipo de existencia que su Espíritu eligió, ya sea una prueba, una expiación o una misión. El hombre sufre fatalmente todas las vicisitudes de esa existencia y todas las tendencias, buenas o malas, que le son inherentes; pero la fatalidad se detiene allí, porque depende de su voluntad que ceda o no a esas tendencias. El detalle de los acontecimientos está subordinado a las circunstancias que el propio hombre provoca con sus actos, y en los cuales pueden influir los Espíritus mediante los pensamientos que le sugieren.

La fatalidad está, pues, en los acontecimientos que se presentan, dado que ellos son la consecuencia de la elección de la existencia que ha hecho el Espíritu. Tal vez no esté en el resultado de esos acontecimientos, pues del hombre depende modificar el curso de los mismos con su prudencia. Nunca hay fatalidad en los actos de la vida moral.

En la muerte el hombre sí se halla sometido de manera absoluta a la inexorable ley de la fatalidad, pues no puede librarse de la sentencia que fija el término de su existencia, ni del tipo de muerte que debe interrumpir su curso.

Según la doctrina vulgar, el hombre extrae de sí mismo todos sus instintos. Estos proceden de su organización física, de la cual él no es responsable; o de su propia naturaleza, en la que encuentra una excusa ante sus propios ojos diciendo que no es culpa suya ser como es. La doctrina espírita es, evidentemente, más moral. Admite en el hombre el libre albedrío en toda su plenitud. Al decirle que si hace el mal cede a una mala sugestión extraña, le deja la responsabilidad completa, puesto que reconoce en él el poder de resistir, lo cual es evidentemente más fácil que si tuviera que luchar contra su propia naturaleza. Así, según la doctrina espírita, no hay incitación irresistible: el hombre puede siempre cerrar los oídos a la voz oculta que lo incita al mal en su fuero interior, así como puede cerrarlos a la voz material de quien le habla. Puede hacerlo mediante su voluntad, pidiéndole a Dios la fuerza necesaria y reclamando con ese fin la asistencia de los Espíritus buenos. Eso es lo que nos enseña Jesús en la sublime plegaria de La oración dominical, cuando nos hace decir: “No nos dejes caer en la tentación, más líbranos del mal

Esta teoría de la causa excitante de nuestros actos resulta evidentemente de toda la enseñanza que imparten los Espíritus. No sólo es sublime en cuanto a su moralidad, sino que –agregamos– eleva al hombre ante sí mismo. Lo muestra libre de sacudirse un yugo obsesor, así como es libre de cerrar su casa a los inoportunos. Ya no es una máquina que funciona mediante un impulso independiente de su voluntad, sino un ser de razón, que escucha, juzga y elige libremente entre dos consejos. Añadamos que, a pesar de esto, el hombre no se halla privado de su iniciativa; no deja de obrar por su propio impulso, puesto que en definitiva no es más que un Espíritu encarnado que conserva, bajo la envoltura corporal, las cualidades y los defectos que tenía como Espíritu. Por consiguiente, la causa principal de las faltas que cometemos está en nuestro propio Espíritu, que todavía no alcanzó la superioridad moral que tendrá algún día, aunque no por eso carece de libre albedrío. La vida corporal le fue otorgada para que purgue sus imperfecciones mediante las pruebas que sufre en ella, y son precisamente esas imperfecciones las que lo tornan más débil y más accesible a las sugestiones de los otros Espíritus imperfectos, que se aprovechan de ellas para tratar de hacerlo sucumbir en la lucha que ha emprendido. Si sale victorioso de esa lucha, se eleva. Si fracasa, sigue siendo lo que era, ni mejor ni peor. Se trata de una prueba que deberá recomenzar, y eso puede durar mucho tiempo. Cuanto más se purifica, tanto más disminuyen sus puntos débiles y menos motivos da a los que lo incitan al mal. Su fuerza moral crece a causa de su elevación, y los Espíritus malos se alejan de él.

Todos los Espíritus, más o menos buenos, cuando están encarnados, constituyen la especie humana. Y como la Tierra es uno de los mundos menos adelantados, en ella se encuentran más Espíritus malos que buenos, por eso vemos aquí tanta perversidad. Esforcémonos, pues, para no tener que volver a este mundo después de la actual estancia, y para que merezcamos ir a descansar en un mundo mejor, en uno de esos mundos privilegiados en los que el bien reina con exclusividad y donde sólo recordaremos nuestro paso por la Tierra como un período de exilio.


Bibliografía:
El libro de los Espíritus de Allan Kardec

AMOR, CARIDAD y TRABAJO







REGENERACIÓN PLANETA TIERRA










REGENERACIÓN
PLANETA TIERRA




“Cuando os dicen que la Humanidad ha entrado en un período de transformación y que la Tierra debe elevarse en la jerarquía de los mundos, no debéis ver nada de místico, sino, por el contrario, ved el cumplimiento de una de las más importantes e ineludibles leyes del Universo, contra la cual toda mala voluntad humana se resquebraja.”
Arago


MUNDOS REGENERADORES
Entre esas estrellas que resplandecen en la bóveda azulada, ¡cuántos mundos hay como el vuestro designados por el Señor para expiación y para prueba! Pero los hay también más miserables y mejores, así como los hay transitorios que pueden llamárseles regeneradores.

Los mundos regeneradores sirven de transición entre los mundos de expiación y los mundos felices; el alma que se arrepiente encuentra allí la calma y el reposo acabándose de purificar. Sin duda en esos mundos el hombre está aún sujeto a las leyes que rigen la materia; allí no existe el orgullo que hace callar el corazón, la envidia que lo tortura y el odio que lo ahoga; la palabra amor está escrita en todas las frentes, y una perfecta equidad arregla las relaciones sociales.

Con todo, allí no se encuentra aún la perfecta felicidad, pero sí su aurora. El hombre aun es carnal y por lo mismo está sujeto a vicisitudes de las que no se eximen sino los seres completamente desmaterializados; aún quedan pruebas que pasar, pero no tienen las punzantes amarguras de la expiación.

Pero ¡ah! en esos mundos el hombre es aún falible, y el espíritu del mal no ha perdido en ellos completamente su imperio.


LOS TIEMPOS HAN LLEGADO
Señales de los tiempos
La Humanidad ha realizado hasta hoy indiscutibles progresos. Los hombres, gracias a su inteligencia, han obtenido resultados jamás alcanzados en lo que respecta a la ciencia, el arte y el bienestar material. Pero les queda aún por realizar un inmenso progreso: hacer reinar entre sí la caridad, la fraternidad y la solidaridad para asegurar el bienestar moral. No es sólo el desarrollo intelectual lo que el hombre necesita, requiere elevación de sentimientos, lo cual, para lograrlo, es menester destruir en él todo lo que pueda sobreexcitar el egoísmo y la soberbia.

Tal es el período en el que vamos a entrar y que señalará una de las más importantes fases de la Humanidad. Esta etapa, actualmente en elaboración, es el complemento necesario del estado precedente, así como la edad viril es el complemento de la juventud. Podía, por lo tanto, ser prevista y predicha de antemano, y es esa la razón por la que se dice que los tiempos señalados por Dios han llegado.

En esta ocasión, no se trata de un cambio parcial, de una renovación circunscrita a una nación, a un pueblo, a una raza. Se trata de un movimiento universal que se opera en beneficio del progreso moral.

Pero un cambio tan radical como el que se está elaborando no puede llevarse a cabo sin perturbaciones. Hay una lucha inevitable en las ideas. Ese conflicto originará forzosamente perturbaciones temporales, hasta que el terreno haya sido desbrozado y el equilibrio restablecido. Los graves acontecimientos anunciados surgirán de esa lucha de ideas y de ningún modo de cataclismos o catástrofes puramente materiales. Los cataclismos generales eran consecuencia del estado de formación de la Tierra. Hoy ya no se agitan las entrañas del globo, sino las de la Humanidad.


La nueva generación
Para que los hombres sean felices sobre la Tierra es preciso que sólo buenos espíritus -encarnados y desencarnados- la habiten, los cuales únicamente anhelan el bien. Ese momento ha llegado, actualmente se lleva a cabo una gran emigración entre sus habitantes. Quienes hacen el mal mismo y a quienes el sentimiento del bien no alcanza, no son dignos de la Tierra transformada y, por lo tanto, serán excluidos, porque de lo contrario volverían a traer la confusión y el desorden al planeta y serían un obstáculo para el progreso. Expiarán su obstinación, unos en los mundos inferiores, otros como miembros de las razas terrestres más atrasadas, nuestro equivalente de los mundos inferiores, llevando consigo los conocimientos ya adquiridos y con la misión de ayudar a su adelanto. Serán reemplazados por espíritus mejores que harán reinar entre sí la justicia, la paz y la fraternidad.


Regeneración de la humanidad
Los acontecimientos se precipitan con rapidez, y, por lo tanto, no os decimos como otras veces: "Los tiempos están próximos", sino que os decimos: "Los tiempos han llegado".

Por estas palabras no entendáis un nuevo diluvio, ni un cataclismo, ni una revuelta general. Las convulsiones parciales del globo han tenido lugar en todas las épocas y se producen aún, porque tienden a su constitución; pero estos no son los signos de los tiempos.

Y, no obstante, todo lo que fue predicho en el Evangelio, debe cumplirse y se cumple en este instante, como vosotros lo conoceréis más tarde; mas no toméis los signos anunciados sino como figuras de las que es necesario buscar el Espíritu y no la letra. Todas las Escrituras contienen grandes verdades bajo el velo de la alegoría, y por esto los comentaristas que se han aferrado a la letra, se han equivocado. Les faltaba la clave para descifrar el sentido verdadero. Esta clave se halla en los descubrimientos de las ciencias y en las leyes del mundo invisible que os revela el Espiritismo. De hoy en adelante, con la ayuda de estos nuevos conocimientos, lo que está oscuro se hará claro e inteligible.

Todo sigue el orden natural de las cosas, y las leyes inmutables de Dios no serán por ningún concepto interrumpidas. No veréis, por consiguiente, ni milagros, ni prodigios, ni nada sobrenatural en el sentido vulgar que se da a estas palabras.

No miréis al cielo para buscar los signos precursores, porque no los hallaréis, y aquellos que os los anuncien os engañarán; pero mirad en torno de vosotros, entre los hombres, y aquí los hallareis.

No creáis por esto que venga el fin del mundo material: la tierra ha progresado después de su transformación, debe progresar aún y no puede ser destruida; pero la humanidad ha llegado a uno de esos períodos de transformación, y la tierra va a elevarse en la jerarquía de los mundos.

No es, pues, el fin del mundo material lo que se prepara; es el fin del mundo moral, esto es, del viejo mundo, del viejo mundo de los prejuicios, del egoísmo, del orgullo y del fanatismo. Cada día se lleva algunos restos. Todo concluirá para él con la generación que se va, y la generación nueva elevará el nuevo edificio que las generaciones siguientes consolidaran y completaran.

De mundo de expiación, la tierra está llamada a ser un día un mundo de felicidad, y su habitación será una recompensa en lugar de ser un castigo.

Para que los hombres sean felices sobre la tierra, se hace preciso que no sea poblada más que por Espíritus encarnados y desencarnados que sólo quieran el bien. Este tiempo ha llegado ya. Una grande emigración, de entre los que la habitan se está realizando en este momento. Aquellos que hacen el mal por el mal y a los que el sentimiento del bien no les atañe, son indignos de la tierra transformada y serán excluidos, porque le llevarían de nuevo las revueltas y confusiones, siendo un obstáculo a su progreso. Irán a expiar su endurecimiento en mundos inferiores, donde portarán el caudal de sus conocimientos y servirán a la causa del perfeccionamiento. En la tierra serán reemplazados por Espíritus mejores, que harán reinar entre ellos la justicia, la paz y la fraternidad.

La actual generación desaparecerá gradualmente y la nueva le sucederá del mismo modo, sin que nada se altere en el orden ordinario de las cosas. Exteriormente todo pasará en su forma habitual con la sola y esencialísima diferencia de que una parte de los Espíritus que en ella se encarnaban, no volverán a encarnarse. En el niño que nazca, en vez de encarnar un Espíritu atrasado y con tendencias al mal, encarnará un Espíritu adelantado y portador del bien. Se trata, por lo tanto, menos de una generación corporal que de una nueva generación de Espíritus; y aquellos que esperan ver operarse esta transformación por efectos sobrenaturales y maravillosos, sufrirán una decepción.

La época actual es de transición: los elementos de dos generaciones se confunden. Colocados en el punto intermedio, asistís a la partida de una y a la llegada de otra, y cada cual se manifiesta en el mundo por los caracteres que le son propios.

Las dos generaciones tienen ideas y puntos de vista diametralmente opuestos. En la naturaleza de las disposiciones morales, y, sobre todo, de las intuitivas e innatas, es fácil distinguir a cuál de las dos pertenece cada individuo.

La nueva generación, debiendo fundar la era del progreso moral, se distingue por una inteligencia y una razón generalmente precoces, aunadas a un sentimiento innato del bien y de las creencias espiritualistas; todo lo cual es signo indubitable de cierto grado de progreso anterior. No se crea por esto que toda ella la compongan Espíritus eminentemente superiores, pero sí de aquellos que habiendo progresado lo bastante, están predispuestos a asimilarse todas las ideas progresivas y sean aptos para secundar el movimiento regenerador.

Se distingue, por el contrario, a los Espíritus atrasados, por su rebelión desde el primer instante contra Dios, negando la providencia y todo poder superior a la humanidad; y después, por la propensión instintiva a las pasiones degradantes, a los sentimientos anti fraternales del orgullo, la malevolencia, los celos, la lujuria, en fin, por el predominio, por el deseo vehemente en ellos hacia todo lo que es material.

De estos vicios debe la tierra purgarse por el alejamiento de aquellos que rehúsan su enmienda y son incompatibles, por lo mismo, con el reino de la fraternidad y con los hombres de bien, que sufrirían con su contacto.

Por esta emigración de los Espíritus no debéis entender que todos los retardatarios serán expulsados de la tierra y relegados a mundos inferiores.

Muchos, por el contrario, reencarnarán para ceder al empuje de las circunstancias y del ejemplo, porque su corteza era peor todavía que el fondo. Una vez sustraídos a la influencia de la materia y de los prejuicios del mundo corporal, la mayor parte, y de esto lograréis muchos ejemplos, verán las cosas de una manera totalmente diferente de cuando vivan.

No habrá, pues, exclusión definitiva más que para los Espíritus profundamente rebeldes, para aquellos a quienes el orgullo y el egoísmo, más que la ignorancia, les tiene sordos a la voz del bien y de la razón. Y aun estos mismos no serán condenados a una inferioridad perpetua, sino que vendrá un día en que repudiarán su pasado y abrirán los ojos a la luz.

Desgraciadamente, desconociendo la voz de Dios, la mayor parte de ellos persistirán en su ceguera, y su resistencia señalará el fin de su reinado por el de las luchas terribles. En su error correrán presurosos a su propia perdición. Apelarán a la destrucción que engendra multitud de males y de calamidades; y de este modo, sin quererlo, precipitarán el advenimiento de la nueva era. Todo se cumplirá por el encadenamiento de las circunstancias, sin que nada se derogue en las leyes de la naturaleza, tal como os lo llevamos dicho.

Entretanto, a través de la densa sombra que os envuelve y en medio de la grande tempestad que os amenaza, ¡ved aparecer los primeros fulgores de la era nueva! La fraternidad sienta sus fundamentos en todos los puntos del globo y los pueblos se tienden la mano; la barbarie se familiariza al contacto de la civilización; los prejuicios de razas y sectas, que han hecho derramar lagos de sangre, se extinguen; el fanatismo y la intolerancia pierden terreno, mientras que la libertad de conciencia se abre paso entre los buenos y se proclama como un derecho. Por todas partes las ideas fermentan: se ve el mal y se ensaya remediarlo, pero muchos caminan sin brújula y se engolfan en utopías. El mundo se halla empecinado en un inmenso trabajo de transformación que durará un siglo; en este trabajo, todavía confuso, se ve, no obstante, dominar una tendencia desde el principio: la de la unidad y uniformidad que predispone a la fraternidad.

Éstos serán los signos de los tiempos que han de venir, bien contrarios, por cierto, a los precedentes, pues mientras estos son los de la agonía del pasado, aquellos son los primeros lamentos del niño que nace, los precursores de la aurora que lucirá sus galas en el siglo próximo, porque entonces la nueva generación estará en todo su apogeo. Mientras, el aspecto del siglo decimonono diferirá del aspecto del decimoctavo desde ciertos puntos de vista, como el siglo vigésimo diferir del actual por otros que le serán propios.

Uno de los caracteres distintivos de la nueva generación será la fe innata; no la fe exclusivista y ciega que divide a los hombres, sino la fe razonada que esclarece y fortifica, que une y confunde en un común sentimiento de amor a Dios y al prójimo. Con la generación que se extingue desaparecerán los últimos vestigios que la incredulidad y del fanatismo; contrarios por igual al progreso moral que al social.

El Espiritismo es el camino que conduce a la renovación, porque derroca los dos más grandes obstáculos que a ella se oponen: la incredulidad y el fanatismo.

Espiritistas, el porvenir es vuestro y de todos los hombres de corazón, y de confianza. No os arredren los obstáculos, porque no hay ninguno que pueda obstruir los designios de la Providencia. Trabajad sin interrupción y dad gracias a Dios por haberos colocado a la vanguardia de la nueva falange. Este es un puesto de honor que habéis pedido y del que os haréis dignos por vuestro valor, vuestra perseverancia y vuestro desinterés. Aquellos que sucumban valerosamente en esta lucha contra la fuerza, obtendrán su galardón; a los que sucumban por debilidad o miedo, la confusión les rodeará en el mundo de los Espíritus. Las luchas son necesarias para fortificar el alma; el contacto del mal hace apreciar mejor las ventajas del bien. Sin las luchas que estimulan las facultades, el Espíritu se entregaría a una apatía funesta para su progreso. Las luchas contra los elementos desarrollan las fuerzas físicas e inteligentes; las luchas contra el mal desenvuelven las fuerzas morales.


REFLEXIÓN PERSONAL:
Según estos textos, extraídos de los libros de la codificación espírita y de las obras póstumas de Allan Kardec, el tiempo de la transformación del Planeta Tierra de mundo de expiación y pruebas a mundo de regeneración, está iniciado, lo que no nos dicen ni sabemos, es cuánto tiempo durará esta transición.

Y como nos dice Allan Kardec a los espiritistas, trabajemos sin interrupción y demos gracias a Dios por habernos colocado a la vanguardia. Puesto, que hemos pedido y del que nos haremos dignos por nuestro valor, nuestra perseverancia y nuestro desinterés.

Bibliografía:
El Evangelio según el Espiritismo de Allan Kardec
El Génesis de Allan Kardec
Obras póstumas de Allan Kardec







Resurrección y Reencarnación







RESURRECCIÓN
Y
REENCARNACIÓN







El Evangelio según el Espiritismo de Allan Kardec
Capítulo IV
NADIE PUEDE VER EL REINO DE DIOS SI NO NACE DE NUEVO
Resurrección y reencarnación

1. Llegado Jesús a las cercanías de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo:
¿Qué dicen los hombres acerca del Hijo del Hombre? ¿Quién dicen que soy yo?
Ellos le respondieron:
Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que eres Elías; otros, Jeremías o alguno de los profetas”.
Jesús les dijo:
Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Simón Pedro, tomando la palabra, le dijo:
Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”.
Jesús le respondió:
Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no fue la carne ni la sangre que te ha revelado esto, sino mi Padre que está en los Cielos”.
(San Mateo, 16:13 a 17; San Marcos, 8:27 a 30.)


2. Herodes el tetrarca oyó hablar de todo lo que hacía Jesús, y su espíritu se hallaba perplejo; porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, que Elías había aparecido; y otros, que uno de los antiguos profetas había resucitado. Entonces Herodes dijo:
A Juan, yo mandé que le cortaran la cabeza; ¿quién es, pues, ese de quien oigo decir tan grandes cosas?
Y buscaba verle.
(San Marcos, 6:14 y 15; San Lucas, 9:7 a 9.)

3. (Después de la transfiguración.) Entonces sus discípulos le preguntaron, diciendo:
¿Por qué, pues, los escribas dicen que es preciso que Elías venga primero?
Jesús les respondió:
Es verdad que Elías ha de venir y restablecerá todas las cosas; pero yo os declaro que Elías ya vino, y ellos no lo reconocieron, sino que hicieron con él cuanto quisieron. Así también harán padecer al Hijo del Hombre”.
Entonces sus discípulos entendieron que les había hablado de Juan el Bautista.
(San Mateo, 17:10 a 13; San Marcos, 9: 10 a 12.)

4. La reencarnación formaba parte de los dogmas de los judíos bajo el nombre de resurrección. Sólo los saduceos, que pensaban que todo concluye con la muerte, no creían en ella. Las ideas de los judíos acerca de este punto, como sobre muchos otros, no estaban claramente definidas, porque sólo tenían nociones vagas e incompletas respecto al alma y su vínculo con el cuerpo. Creían que un hombre que ha vivido podía volver a vivir, sin explicarse con precisión de qué manera eso podía suceder. Designaban con la palabra resurrección lo que el espiritismo llama, más razonablemente, reencarnación. En efecto, la resurrección supone la vuelta a la vida del cuerpo que está muerto, pero la ciencia demuestra que eso es materialmente imposible, sobre todo cuando, desde mucho tiempo antes, los elementos de ese cuerpo se hallan dispersos y han sido absorbidos. La reencarnación es el regreso del alma o Espíritu a la vida corporal, pero en otro cuerpo, nuevamente formado para él, y que no tiene nada en común con el antiguo. Así, la palabra resurrección podía aplicarse a Lázaro, pero no a Elías ni a los otros profetas. Según sus creencias, pues, si Juan el Bautista era Elías, entonces el cuerpo de Juan no podía ser el de Elías, puesto que se había visto a Juan de niño, y se conocía a su padre y a su madre. Por consiguiente, Juan podía ser Elías reencarnado, pero no resucitado.

5. Había un hombre entre los fariseos, llamado Nicodemo, senador de los judíos, que vino a encontrar a Jesús de noche, y le dijo:
Maestro, sabemos que viniste de parte de Dios para instruirnos como un doctor; porque nadie podría hacer los milagros que tú haces, si Dios no estuviera con él”.
Jesús le respondió:
En verdad, en verdad te digo: Nadie puede ver el reino de Dios si no nace de nuevo”.
Nicodemo le dijo:
“¿Cómo puede un hombre nacer si ya es viejo? ¿Puede volver a entrar en el seno de su madre, para nacer una segunda vez?”.
Jesús le respondió:
En verdad, en verdad te digo: si un hombre no renace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, es carne; y lo que es nacido del Espíritu, es Espíritu. No te maravilles de que te haya dicho que es necesario nacer de nuevo. El Espíritu sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene, ni adónde va; así es todo hombre nacido del Espíritu”.
Nicodemo le respondió:
¿Cómo puede suceder eso?
Jesús le dijo:
¡Cómo! ¿Tú eres maestro en Israel, e ignoras estas cosas? En verdad, en verdad te digo, que no decimos más que lo que sabemos, y que sólo damos testimonio de lo que hemos visto. Con todo, no aceptáis nuestro testimonio. Pero si no me creéis cuando os hablo de las cosas de la Tierra, ¿cómo me creeréis cuando os hable de las cosas del Cielo?
(San Juan, 3:1 a 12.)

6. La idea de que Juan el Bautista era Elías y que los profetas podían volver a vivir en la Tierra se encuentra en muchos de los pasajes de los Evangelios, particularmente en los que han sido transcriptos más arriba (Números 1 a 3). Si esa creencia hubiese sido una equivocación, Jesús no habría dejado de combatirla, como combatió tantas otras. Lejos de ello, Él la sanciona con toda su autoridad y la coloca como un principio y como una condición necesaria cuando dice: Nadie puede ver el reino de los Cielos si no nace de nuevo. E insiste, al agregar: No te maravilles de que te haya dicho que es NECESARIO nacer de nuevo.

7. Estas palabras: si un hombre no renace del agua y del Espíritu, han sido interpretadas en el sentido de la regeneración mediante el agua del bautismo. No obstante, el texto primitivo dice simplemente: no renace del agua y del Espíritu, en tanto que en algunas traducciones las palabras del Espíritu han sido sustituidas por del Santo Espíritu, lo que ya no se corresponde con el mismo pensamiento. Este punto fundamental se destaca en los primeros comentarios hechos sobre el Evangelio, lo que un día se verificará sin posibilidad de equívoco (1).

(1) La traducción de Ostervald está conforme al texto primitivo; dice: no renace del agua y del Espíritu. La de Sacy dice: del Santo Espíritu. La de Lammenais: del Espíritu Santo. (N. de Allan Kardec.) En la primera edición de Le Nouveau Testament de Sacy, publicado en 1667, uno de cuyos ejemplares se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia, se lee: de l’Efprit (“del Espíritu”), sin la palabra Saint, es decir, tal como figura en la transcripción del Nº 5. (N. del T.)

8. Para que se comprenda el verdadero sentido de esas palabras, es preciso referirse a la significación de la palabra agua, que no se empleaba en la acepción que le es propia.
Los conocimientos que los antiguos tenían acerca de las ciencias físicas eran muy imperfectos. Creían que la Tierra había salido de las aguas, y por eso consideraban al agua como el elemento generador absoluto. En ese sentido, en el Génesis se lee: “El Espíritu de Dios era llevado sobre las aguas; flotaba sobre la superficie de las aguas”; “Que el firmamento sea hecho en medio de las aguas”; “Que las aguas que están debajo del cielo se junten en un solo lugar, y que el elemento seco aparezca”; “Que las aguas produzcan animales vivientes que naden en el agua, y pájaros que vuelen sobre la tierra y bajo el firmamento”.
Según esa creencia, el agua se había convertido en el símbolo de la naturaleza material, así como el Espíritu era el símbolo de la naturaleza inteligente. Estas palabras: “Si el hombre no renace del agua y del Espíritu”, o “en agua y en Espíritu”, significan, pues: “Si el hombre no vuelve a nacer con su cuerpo y su alma”. En ese sentido fueron comprendidas al principio.
Por otra parte, esa interpretación queda justificada con estas otras palabras: Lo que es nacido de la carne, es carne; y lo que es nacido del Espíritu, es Espíritu. Jesús hace aquí una distinción positiva entre el Espíritu y el cuerpo. Lo que es nacido de la carne, es carne indica claramente que sólo el cuerpo procede del cuerpo, y que el Espíritu es independiente del cuerpo.

9. La frase El Espíritu sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene, ni adónde va, puede entenderse como una referencia al Espíritu de Dios, que da la vida a quien quiere; o bien, al alma del hombre. En esta última acepción, la frase “no sabes de dónde viene, ni adónde va” significa que no se conoce lo que ha sido el Espíritu, ni lo que será. Si el Espíritu, o alma, fuese creado al mismo tiempo que el cuerpo, se sabría de dónde vino, puesto que conoceríamos su comienzo. Sea como fuere, ese pasaje es la consagración del principio de la preexistencia del alma y, por consiguiente, del de la pluralidad de las existencias.

10. “Desde el tiempo de Juan el Bautista hasta el presente, el reino de los Cielos se toma por la violencia, y los violentos lo arrebatan. Porque, hasta Juan, todos los profetas, lo mismo que la Ley, profetizaron. Si queréis comprender lo que os digo, él mismo es Elías, el que iba a venir. El que tenga oídos para oír, que oiga.
(San Mateo, 11:12 a 15).

11. Si bien el principio de la reencarnación expresado en San Juan podría, en rigor, ser interpretado en un sentido puramente místico, no sucede lo mismo con este pasaje de San Mateo, en el que no hay posibilidad de equivocarse: ÉL MISMO es Elías, el que iba de venir. Aquí no hay figura ni alegoría: es una afirmación positiva. “Desde el tiempo de Juan el Bautista hasta el presente, el reino de los Cielos se toma por la violencia.” ¿Qué significan esas palabras, puesto que Juan el Bautista vivía aún en ese momento? Jesús las explica al decir: “Si queréis comprender lo que os digo, él mismo es Elías, el que iba a venir”. Ahora bien, dado que Juan no era otro más que Elías, Jesús hacía alusión a la época en que Juan vivía con el nombre de Elías. “Hasta el presente el reino de los Cielos se toma por la violencia” es otra alusión a la violencia de la ley mosaica, que ordenaba el exterminio de los infieles para ganar la Tierra Prometida, el Paraíso de los hebreos; mientras que, según la nueva ley, el Cielo se gana mediante la caridad y la dulzura.
Después añade: “El que tenga oídos para oír, que oiga.” Esas palabras, que Jesús repite con tanta frecuencia, expresan claramente que no todos se hallaban en condiciones de comprender ciertas verdades.

12. “Aquellos de vuestro pueblo a quienes hicieron morir, vivirán de nuevo. Los que eran muertos en medio de mí, resucitarán. Despertad de vuestro sueño y cantad alabanzas a Dios, vosotros que habitáis en el polvo. Porque el rocío que cae sobre vosotros es un rocío de luz, y porque arrasaréis la Tierra y el reino de los gigantes.”
(Isaías, 26:19.)

13. Este pasaje de Isaías también es muy explícito: “Aquellos de vuestro pueblo a quienes hicieron morir, vivirán de nuevo”. Si el profeta hubiese pretendido hablar de la vida espiritual, si hubiese querido decir que aquellos que habían sido ejecutados no estaban muertos en Espíritu, habría dicho: aún viven, y no: vivirán de nuevo. En el sentido espiritual, esas palabras serían absurdas, puesto que implicarían una interrupción en la vida del alma. En el sentido de regeneración moral, serían la negación de las penas eternas, puesto que establecen, en principio, que todos los que están muertos revivirán.

14. “Pero cuando el hombre ha muerto una vez, cuando su cuerpo, separado de su espíritu, es consumido, ¿en qué se convierte?” – “Si el hombre ha muerto una vez, ¿podría revivir de nuevo? En esta guerra en que me encuentro todos los días de mi vida, espero que llegue mi cambio.”
(Job, 14:10 y 14. Traducción de Le Maistre de Sacy.)
Cuando el hombre muere, pierde toda su fuerza, expira. Después, ¿dónde está él? – Si el hombre muere, ¿revivirá? ¿Esperaré todos los días de mi combate, hasta que me llegue algún cambio?
(Ibíd. Traducción protestante de Ostervald.)
Cuando el hombre ha muerto, vive siempre. Al concluir los días de mi existencia terrenal, esperaré, porque volveré de nuevo aquí.”
(Ibíd. Versión de la Iglesia griega.)

15. El principio de la pluralidad de existencias se encuentra claramente expresado en esas tres versiones. No se puede suponer que Job pretendía aludir a la regeneración por medio del agua del bautismo, que por cierto no conocía.  “Si el hombre ha muerto una vez,
¿podría revivir de nuevo?” La idea de morir una vez y de revivir, implica la de morir y revivir muchas veces. La versión de la Iglesia griega es aún más explícita, si es eso posible: “Al concluir los días de mi existencia terrenal, esperaré, porque volveré de nuevo aquí”, es decir, volveré a la existencia terrenal. Está tan claro como si alguien dijera: “Salgo de mi casa, pero a ella regresaré”.
En esta guerra en que me encuentro todos los días de mi vida, espero que llegue mi cambio.” Job pretende, evidentemente, referirse a la lucha que sostenía contra las miserias de la vida. Espera su cambio, es decir, se resigna. En la versión griega, esperaré parece aplicarse más bien a una nueva existencia: “Cuando mi existencia terrenal haya concluido, esperaré, porque volveré de nuevo aquí”. Job parece colocarse, después de la muerte, en el intervalo que separa una existencia de otra, y dice que allí aguardará el momento de volver.

16. Así pues, no cabe duda de que, bajo el nombre resurrección, el principio de la reencarnación era una de las creencias fundamentales de los judíos, y que ese principio fue confirmado por Jesús, así como por los profetas, de una manera formal. De ahí se sigue que negar la reencarnación implica renegar de las palabras de Cristo. Un día sus palabras constituirán autoridad en relación con ese punto, así como sobre muchos otros, cuando se reflexione acerca de ellas sin ideas preconcebidas.

17. Con todo, a esa autoridad, desde el punto de vista religioso, viene a sumarse, desde el punto de vista filosófico, la de las pruebas que resultan de la observación de los hechos. Cuando de los efectos queremos remontarnos a las causas, la reencarnación aparece como una necesidad absoluta, como una condición inherente a la humanidad; en una palabra, como una ley de la naturaleza. Por sus resultados, se revela de un modo, por decirlo así, material, de la misma forma que el motor oculto se revela por el movimiento que genera. Sólo la reencarnación puede decir al hombre de dónde viene, adónde va y por qué está en la Tierra, así como justificar todas las anomalías y todas las injusticias aparentes que presenta la vida. (2)
Sin el principio de la preexistencia del alma y de la pluralidad de las existencias, la mayoría de las máximas del Evangelio son ininteligibles. Por esa razón dieron origen a interpretaciones tan contradictorias. Ese principio es la clave que habrá de restituirles su verdadero sentido.

(2) Para los desarrollos acerca del dogma de la reencarnación, véase Allan Kardec, El Libro de los Espíritus, caps. IV y V; ¿Qué es el Espiritismo?, cap. II.; y Pezzani, La Pluralidad de las Existencias. (N. de Allan Kardec.)



El Libro de los  Espíritus de Allan Kardec
CAPÍTULO II
ENCARNACIÓN DE LOS ESPÍRITUS
I.- Finalidad de la encarnación

132. ¿Qué objeto tiene la encarnación de los Espíritus?
- Dios se la impone con el propósito de hacerlos alcanzar la perfección. Para unos constituye una expiación; para otros, una misión. Pero, para llegar a esa perfección deben sufrir todas las vicisitudes de la existencia corporal: en ello reside la expiación. La encarnación tiene asimismo otra finalidad, consiste en poner al Espíritu en condiciones de afrontar la parte que le cabe en la obra de la Creación. Para cumplirla, toma en cada mundo un instrumento de acuerdo con la materia esencial de ese globo a fin de ejecutar, desde ese punto de vista, las órdenes de Dios. De modo que, cooperando a la obra general, progrese él mismo.

La acción de los seres corpóreos es necesaria a la marcha del Universo. Pero con su sabiduría quiso Dios que en esa acción misma aquéllos encontraran un medio de progresar y acercarse a Él. Así, por una ley admirable de su providencia, todo se eslabona, todo es solidario en la Naturaleza.


133. Los Espíritus que desde el comienzo siguieron el camino del bien ¿tienen necesidad de la encarnación?
- Todos ellos son creados simples e ignorantes, y se instruyen en las luchas y tribulaciones de la vida corporal. Siendo justo, no podía Dios hacer dichosos a algunos sin penas ni trabajos y, por tanto, sin mérito.

133 a. Pero entonces ¿de qué vale a esos Espíritus haber seguido la senda del bien, si ello no les exime de las penas de la existencia corporal?
- Llegan más pronto a la meta. Además, los pesares de la vida son muchas veces la consecuencia de la imperfección del Espíritu. Cuantas menos imperfecciones tenga, tanto menores serán los tormentos que padezca. Aquel que no es envidioso ni celoso, avaro ni ambicioso, no sufrirá los suplicios que de esos defectos nacen.



El cielo y el infierno de Allan Kardec

La encarnación es necesaria para el progreso moral e intelectual del Espíritu: para el progreso intelectual, por la actividad que se ve obligado a desplegar mediante el trabajo; para el progreso moral, por la necesidad que los hombres tienen unos de otros. La vida social es la piedra de toque de las buenas y de las malas cualidades. La bondad, la maldad, la mansedumbre, la violencia, la benevolencia, la caridad, el egoísmo, la avaricia, el orgullo, la humildad, la sinceridad, la franqueza, la lealtad, la mala fe, la hipocresía, en suma, todo lo que constituye al hombre de bien o al perverso tiene por móvil, por objetivo y como estimulante las relaciones del hombre con sus semejantes. Para el hombre que vive aislado no existen los vicios ni las virtudes. Si bien mediante el aislamiento se preserva del mal, por otro lado, anula las posibilidades de hacer el bien.



En el libro: El Espiritismo en su Más Simple Expresión, escrito por Allan Kardec, nos dice lo siguiente desde el Ítem #12 al Ítem #20.

12. El perfeccionamiento del Espíritu es fruto de su propio esfuerzo; no pudiendo, en una sola existencia corpórea, adquirir todas las cualidades morales e intelectuales que deben conducirlo al objetivo, él lo alcanza por una sucesión de existencias, en cada una de las cuales da algunos pasos adelante en el camino del progreso.

13. En cada existencia corporal el Espíritu debe llevar a cabo una labor en proporción con su grado de desarrollo; cuanto más ruda y trabajosa sea tanto mayor será el mérito en cumplirla. De esta manera, cada existencia es una prueba que lo acerca al objetivo. El número de esas existencias es indeterminado. Depende de la voluntad del Espíritu abreviarlo esforzándose activamente por su perfeccionamiento moral; del mismo modo que depende de la voluntad del obrero, que debe entregar un trabajo, el disminuir la cantidad de días que emplea en hacerlo.

14. Cuando una existencia fue mal empleada y sin provecho para el Espíritu, debe recomenzarla en condiciones más o menos penosas, debido a su negligencia y su mala voluntad; del mismo modo, en la vida, se puede ser constreñido a hacer al día siguiente, lo que no se hizo en la víspera o a rehacer lo que se hizo mal. 

15. La vida espiritual es la vida normal del Espíritu y es eterna; la vida corpórea es transitoria y pasajera: no es sino un instante en la eternidad.

16. En el intervalo de sus existencias corpóreas, el Espíritu está errante. La erraticidad no tiene una duración determinada; en ese estado, el Espíritu es feliz o infeliz; según el buen o mal empleo que hizo de su última existencia; él estudia las causas que apresuraron o retardaron su adelanto; toma las resoluciones que procurará poner en práctica en su próxima encarnación y escoge, él mismo, las pruebas que cree más apropiadas para su evolución; pero en algunas ocasiones se equivoca o sucumbe, porque no mantiene, como hombre, las resoluciones que había tomado como Espíritu.

17. El Espíritu culpable es castigado con sufrimientos morales en el mundo de los Espíritus y con penas físicas en la vida corpórea. Sus aflicciones son consecuencias de sus faltas, vale decir, de sus infracciones a la ley de Dios; de esta manera constituyen, a la vez, una expiación del pasado y una prueba para el porvenir; así es que el orgulloso puede tener una existencia de humillaciones; el tirano una de servidumbre y el mal rico una de miseria.

18. Hay mundos apropiados a los diferentes grados de adelanto de los Espíritus y donde la existencia corporal se encuentra en condiciones muy diferentes. Cuanto menos avanzado es el Espíritu, tanto más pesado y material es el cuerpo con que se reviste; a medida que se purifica, pasa a mundos superiores moral y físicamente. La Tierra no es ni el primero ni el último, pero, sí, uno de los más atrasados.

19. Los Espíritus culpados están encarnados en los mundos menos avanzados donde expían sus faltas por las tribulaciones de la vida material. Esos mundos son para ellos verdaderos purgatorios, pero de donde depende de ellos salir, trabajando por su perfeccionamiento moral. La Tierra es uno de esos mundos.

20. Siendo Dios, soberanamente justo y bueno, no condena a sus criaturas a castigos perpetuos por faltas transitorias; les ofrece en todo momento medios para progresar y reparar el mal que pudieron hacer. Dios perdona, pero exige el arrepentimiento, la reparación y el retorno al bien; de suerte que la duración del castigo es proporcional a la persistencia del Espíritu en el mal; en consecuencia, el castigo sería eterno para aquel que permaneciese eternamente en el mal camino; pero, desde que la claridad del arrepentimiento entra en el corazón del culpado, Dios extiende sobre él su misericordia. Así, la eternidad de las penas debe ser entendida en el sentido relativo y no en el sentido absoluto.


AMOR, CARIDAD  y TRABAJO

Mediumnidad según la Doctrina Espírita







MEDIUMNIDAD 
SEGÚN LA DOCTRINA ESPÍRITA




La mediumnidad no es una prerrogativa (Privilegio) de tal o cual individuo, sino una facultad fugaz, subordinada a la voluntad de los Espíritus que quieren comunicarse, una facultad que se posee hoy y mañana puede faltar, y que en ningún caso es aplicable a todos los Espíritus indistintamente, de modo que por eso mismo tampoco constituye un mérito personal, como lo sería un talento conquistado mediante el trabajo y los esfuerzos de la inteligencia. Los médiums sinceros, los que comprenden la seriedad de la misión que desempeñan, se consideran instrumentos a los que la voluntad de Dios puede aniquilar cuando lo entienda conveniente, en caso de que no obren según sus designios. Son felices porque poseen una facultad que les permite ser útiles, pero de la cual no pueden envanecerse. 

¿Con qué objetivo la Providencia ha dotado de mediumnidad especialmente a ciertos individuos? 
“Se trata de una misión que se les encomienda, y de la que se sienten dichosos. Ellos son los intérpretes entre los Espíritus y los hombres.”

Si se trata de una misión, ¿por qué esa facultad no es privilegio de los hombres de bien, dado que se concede también a personas que no merecen ninguna consideración y que pueden abusar de ella?
“La facultad se les concede porque la necesitan para su mejoramiento, y también para que reciban buenas enseñanzas. Si no la aprovechan, sufrirán las consecuencias. ¿Acaso Jesús no predicaba de preferencia a los pecadores, alegando que es necesario dar a los que no tienen?”

Los médiums modernos - porque los apóstoles poseían también la mediumnidad - han recibido igualmente de Dios un don gratuito, que consiste en ser los intérpretes de los espíritus para la instrucción de los hombres, para enseñarles el camino del bien y conducirles a la fe, y no para vender palabras que no les pertenecen, porque no son producto "de su concepción, ni de sus investigaciones, ni de su trabajo personal". Dios quiere que la luz llegue a todo el mundo, y no quiere que el más pobre quede desheredado y pueda decir: No tengo fe porque no he podido pagarla; yo no he tenido el consuelo de recibir la ayuda y los testimonios de afecto de los que lloro, porque soy pobre. Por esta razón la mediumnidad no es un privilegio, sino que se halla en todas partes y hacerla pagar sería desviarla de su objeto providencial.

El que conozca un poco las condiciones en que se comunican los buenos espíritus y su repulsión por todo lo que es de interés y de egoísmo, sabe cuán poca cosa se necesita para alejarles; nunca podrá admitir que los espíritus superiores estén a disposición del primero que llegue y les llame, a tanto la sesión, pues el buen sentido rechaza tal pensamiento. ¿Acaso no sería una profanación evocar a precio de oro a los seres que nosotros respetamos o que queremos? Sin duda que de este modo pueden obtenerse manifestaciones; pero, ¿quién podría garantir su sinceridad? Los espíritus ligeros, mentirosos, traviesos y toda la cohorte de espíritus inferiores, muy poco escrupulosos, vienen siempre a responder y están dispuestos a lo que se les pregunta, sin que les dé ningún cuidado mentir. Luego, el que quiere comunicaciones formales, debe, desde luego pedirlas formalmente, y después penetrarse bien de la naturaleza de las simpatías del médium con los seres del mundo espiritual. La primera condición para adquirir la benevolencia de los buenos espíritus, es la humildad, el sacrificio, la abnegación y el desinterés "moral y material" más absoluto.

Al lado de la cuestión moral se presenta una consideración efectiva no menos importante, que tiene relación con la misma naturaleza de la facultad. La mediumnidad formal no puede ser ni será nunca una profesión, no sólo porque sería desacreditada moralmente y muy pronto asimilada a la de los que dicen la buenaventura, sino porque se opone a ella un obstáculo material: el de ser una facultad esencialmente movible, fugitiva y variable, y sobre cuya permanencia nadie puede tener una completa seguridad. Luego, para explotarla, sería un recurso del todo incierto, toda vez que podría faltar en el momento que fuese más necesaria. Otra cosa sucede con un talento adquirido por el estudio y el trabajo y que, por lo mismo, siendo una propiedad, naturalmente se permite sacar partido de él. Pero la mediumnidad ni es un arte ni es un talento, por lo cual no puede ser una profesión; sólo existe por el concurso de los espíritus, y si éstos faltan, ya no hay mediumnidad; la aptitud puede subsistir, pero el ejercicio está anulado. Así es que no hay ningún médium en el mundo que pueda asegurar la producción de un fenómeno espiritista en un momento dado. Explotar la mediumnidad, es pues, disponer de una cosa que realmente no se tiene, y afirmar lo contrario sería engañar al que la pagara; hay más aun, y es que el médium no dispone de "sí mismo", sino de los espíritus de las almas de los muertos, cuyo concurso se pone a precio. Este pensamiento repugna instintivamente. El tráfico degenerado en abuso y explotado por el charlatanismo, la ignorancia, la credulidad y la superstición, motivó la prohibición de Moisés. El espiritismo moderno, comprendiendo lo formal del asunto, por el descrédito que ha echado sobre esta explotación, ha elevado la mediumnidad al rango de misión. (Véase el "Libro de los Médiums", capítulo XXVIII. - Y el "Cielo a Infierno", cap. XII.)

El médico da el fruto de sus estudios, que ha hecho a costa de sacrificios, a menudo muy penosos; éste puede poner precio a sus facultades; pero el médium que cura, sólo transmite el fluido saludable de los buenos espíritus, y por lo tanto no tiene derecho de venderlo, Jesús y los apóstoles, aunque pobres, no hacían pagar las curaciones que operaban.

Así, pues, el que no tenga de qué vivir, que busque recursos por otra parte y no en la mediumnidad; que no consagre en ello, si es necesario, sino el tiempo de que pueda disponer materialmente. Los espíritus ya tomarán en cuenta su sacrificio y abnegación, mientras que se retirarán de los que esperan hacer de esto un negocio.

Y acontecerá en los postreros días, dice el Señor, que yo derramaré mi espíritu sobre toda carne; y profetizarán vuestros hijos, y vuestras hijas, y vuestros mancebos verán visiones, y vuestros ancianos sonarán sueños. Y ciertamente en aquellos días derramaré de mi espíritu sobre mis siervos y sobre mis siervas, y profetizarán. (Hechos de los Apóstoles, capítulo II, v. 17 y 18.) 

El Señor ha querido que la luz se hiciera para todos los hombres, y que penetrase en todas partes por la voz de los espíritus, con el fin de que cada uno pudiera adquirir la prueba de la inmortalidad; con este objeto los espíritus se manifiestan hoy en todos los puntos de la tierra, y la mediumnidad que se revela en las personas de todas edades y condiciones, en los hombres y en las mujeres, en los niños y en los ancianos, es una de las señales del complemento de los tiempos predichos.

Para conocer las cosas del mundo visible y descubrir los secretos de la naturaleza material, Dios ha dado al hombre la vista del cuerpo, los sentidos y los instrumentos especiales; con el telescopio penetran sus miradas en las profundidades del espacio, y con el microscopio ha descubierto el mundo de lo infinitamente pequeño. Para penetrar en el mundo invisible, le ha dado la mediumnidad.

Los médiums son los intérpretes encargados de transmitir a los hombres las enseñanzas de los espíritus, o, mejor dicho, "son los órganos materiales por los cuales se expresan los espíritus para hacerse inteligibles a los hombres". 

Los espíritus vienen a instruir al hombre sobre sus destinos futuros, a fin de conducirle por el camino del bien, y no para ahorrarle el trabajo material que debe tomarse en la tierra para su adelantamiento, ni para favorecer su ambición y su codicia. De esto deben penetrarse bien los médiums para no hacer mal uso de sus facultades. El que comprende la gravedad del mandato de que está revestido, lo cumple religiosamente; si convirtiera en diversión o distracción para él o para los otros una facultad dada con un fin tan formal y que le pone en relación con los seres de ultratumba, su conciencia se lo echaría en cara como un acto sacrílego.

Los médiums como intérpretes de la enseñanza de los espíritus, deben hacer un papel importante en la transformación moral que se opera; los servicios que puedan prestar están en razón de la buena dirección que den a sus facultades, porque los que siguen una mala senda, son más perniciosos que útiles a la causa del Espiritismo; por las malas impresiones que producen, retardan más de una conversión. Por eso se les pedirá cuenta del mal uso que han hecho de una facultad que les fue dada para el bien de sus semejantes.

El médium que quiera conservar la asistencia de los buenos espíritus, debe trabajar en su propio mejoramiento; el que quiera ver aumentar y desarrollar su facultad, debe progresar moralmente, y abstenerse de todo lo que pudiese desviarle de su objeto providencial.

Si los buenos espíritus se sirven algunas veces de instrumentos imperfectos, es para dar buenos consejos y procurar conducirles al bien; pero si encuentran corazones endurecidos, y si sus avisos no son escuchados, entonces se retiran y los malos tienen el campo libre. (El Evangelio según el Espiritismo, cap. XXIV, núms. 11 y 12.)

La experiencia prueba que los médiums que no se aprovechan de los consejos que reciben de los espíritus buenos, las comunicaciones, después de haber dado un buen resultado durante cierto tiempo, degeneran poco a poco, y concluyen por caer en el error, en palabrería o en el ridículo, señal incontestable del alejamiento de los buenos espíritus.

Obtener la asistencia de los buenos espíritus, separar a los espíritus ligeros y mentirosos: tal debe ser el objeto de los constantes esfuerzos de todos los médiums formales; sin esto la mediumnidad es una facultad estéril que puede redundar en perjuicio del que la posee, porque puede degenerar en obsesión peligrosa. 

El médium que comprende su deber, en lugar de enorgullecerse por una facultad que no le pertenece puesto que puede serle retirada, atribuye a Dios las cosas buenas que obtiene; si sus comunicaciones merecen elogios, no se envanece, porque sabe que son independientes de su mérito personal, y da gracias a Dios por haber permitido que los buenos espíritus vengan a manifestársele. Si dan lugar a critica, no se ofende por ello, porque no son obra de su propio espíritu; dice que ha sido un mal instrumento, y que no posee todas las cualidades necesarias para oponerse a la intervención de los malos espíritus; por eso procura adquirir estas facultades, y solicita por medio de la oración, la fuerza que le falta.

Todos los hombres son médiums, todos tienen un Espíritu que los orienta hacia el bien, en caso de que sepan escucharlo. Ahora bien, poco importa que algunos se comuniquen directamente con él a través de una mediumnidad especial, y que otros sólo lo escuchen a través de la voz del corazón y de la inteligencia, pues no deja de ser su Espíritu familiar quien los aconseja. Llamadlo espíritu, razón o inteligencia: en todos los casos es una voz que responde a vuestra alma y os dicta buenas palabras. Sin embargo, no siempre las comprendéis. No todos saben proceder de acuerdo con los consejos de la razón, no de esa razón que se arrastra y repta más de lo que camina, que se pierde en la maraña de los intereses materiales y groseros, sino de esa razón que eleva al hombre por encima de sí mismo y lo transporta a regiones desconocidas. Esa razón es la llama sagrada que inspira al artista y al poeta, el pensamiento divino que eleva al filósofo, el impulso que arrebata a los individuos y a los pueblos. Razón que el vulgo no puede comprender, pero que eleva al hombre y lo aproxima a Dios más que ninguna otra criatura; entendimiento que sabe conducirlo de lo conocido a lo desconocido, y le hace realizar las cosas más sublimes. Escuchad, pues, esa voz interior, ese genio bueno que os habla sin cesar, y llegaréis progresivamente a oír a vuestro ángel de la guarda, que desde lo alto del cielo os tiende la mano. Repito: la voz íntima que habla al corazón es la de los Espíritus buenos, y desde ese punto de vista todos los hombres son médiums.
CHANNING

No hay duda de que todos los médiums están llamados a servir a la causa del espiritismo en la medida de sus facultades, pero muy pocos son los que no se dejan atrapar en las celadas del amor propio. Es una piedra de toque que raramente deja de producir efecto. Por eso, de cien médiums encontraréis a lo sumo uno que, por muy insignificante que sea, en los primeros tiempos de su mediumnidad no haya creído que estaba llamado a obtener resultados superiores, y predestinado a importantes misiones. Los que sucumben ante esa vanidosa expectativa, y grande es el número de ellos, se convierten inevitablemente en víctimas de Espíritus obsesores, que no tardan en subyugarlos lisonjeando su orgullo y atacándolos por su lado flaco. Cuanto más pretendan elevarse, tanto más ridícula será su caída, toda vez que no les resulte desastrosa. Las misiones importantes sólo se confían a los mejores hombres, y Dios mismo los coloca, sin que ellos se lo hayan propuesto, en el ambiente y en la posición en que puedan prestar una colaboración eficaz. Nunca estará de más recomendar, a los médiums carentes de experiencia, que desconfíen de lo que ciertos Espíritus les dicen acerca del supuesto rol que están destinados a desempeñar, porque si lo toman en serio sólo cosecharán contrariedades en la Tierra, y una severa sanción en el otro mundo. Convénzanse bien de que, en la modesta y oscura esfera en la que están ubicados, pueden prestar grandes servicios, ya sea ayudando a convertir a los incrédulos, o brindando consuelo a los afligidos. En caso de que deban salir de esa situación, una mano invisible los conducirá y les preparará los caminos, y serán puestos en evidencia, por así decirlo, a pesar suyo. Tengan presentes estas palabras: “Aquel que se eleve será rebajado, y el que se rebaje será elevado
EL ESPÍRITU DE VERDAD

Sobre si se debe o no provocar el desarrollo de la mediumnidad, la espiritualidad nos dice lo siguiente:

Nadie deberá provocar el desarrollo de esa o de aquella facultad, porque, en ese terreno, toda la espontaneidad es necesaria; observándose, con todo, el florecimiento mediúmnico espontáneo, en las expresiones más simples, se debe aceptar ese evento con las mejores disposiciones de trabajo y buena voluntad, sea esa posibilidad psíquica, la más humilde de todas.


La mediumnidad no debe ser objeto de precipitación en ese o aquel sector de la actividad doctrinaria, por cuanto, en aquel asunto, toda la espontaneidad es indispensable, considerándose que las tareas mediúmnicas son dirigidas por los mentores del plano espiritual.


-Para un completo estudio de la mediumnidad se propone el estudio de:

-Para la iniciación en el trabajo en reuniones mediúmnicas se propone el estudio del:
Borrador normas reuniones mediúmnicas


BIBLIOGRAFÍA:
El cielo y el infierno de Allan Kardec
El libro de los Médiums de Allan Kardec
El Evangelio según el Espiritismo de Allan Kardec